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APRENDIENDO A APRENDER
"Hermosa encuentra la vida quien la construye hermosa" Otto René Castillo.
Acerca de
"Si yo no pienso en mí, quién lo hará.Si pienso sólo en mí, quién soy.Si no es ahora, cuándo". Hakim Bey
Sindicación
 
RELATO DE UNA TARDE DE DOMINGO DIFERENTE...
Por: Silvia (Precarias a la deriva).

Aquí, unas impresiones sobre lo ocurrido el domingo.

¿Aquí como en París?

Que el texto circule.
Seguimos! "¡Que sí, que sí, aquí como en París!"

14 de mayo. Hacía tiempo que no se celebraba una manifestación de estas características en Madrid. Acudir con la curiosidad de no saber lo que va a ocurrir… La Cibeles ya se aburría de ver sólo pasar a su lado a las gentes del PP, coches y más coches transcurrían a su alrededor. A las cuatro y media de la tarde, la Puerta del Sol estaba desierta. Un chico se nos acerca: “-¿cómo creéis que saldrá la cosa?- Espero que nadie lo politice, es lo único que espero”.

En todo caso, nadie había convocado, no se habían escrito manifiestos, nada de asambleas preparatorias. Sin partidos políticos, sin sindicatos ni colectivos, ¿quién se sentiría llamado por el mail que circulaba? Media hora después, unas dos mil personas (o tres mil, o mil) llenaban la Puerta del Sol. Algunas con pancartas, otras con casas en la cabeza, unas pocas con panfletos, un grupo vestido de presos de las hipotecas, con cámaras de fotos, sin demasiadas consignas, ni discursos incendiarios, ocupábamos tranquilamente acera y calzada.

Nosotras nos juntamos para hacer una pequeña encuesta. Salimos con cámara y micrófono en mano, con tres preguntas: cómo y dónde vives, por qué vienes y como te has enterado de esta convocatoria, y cuál sería tu casa ideal, cómo te imaginas viviendo 'de mayor'. Las respuestas, impresionantes: la gente ha dejado de imaginar, ya no pensamos que tengamos derecho a nada, la aplastante realidad configura nuestro pensamiento, de tal forma que pensar más allá de los 30 metros cuadrados, o de una emancipación conformándose con cualquier cosa, es imposible o sólo posible para la gente que está acostumbrada a pensar que las cosas se pueden exigir, que hay derecho para pedir más.

Hoy, la prensa dice: “miles de jóvenes salieron ayer a la calle en las principales ciudades españolas en la primera gran manifestación dedicada a la vivienda” (El País, última página). Donde termina la noticia, empieza la experiencia: al grito de “eso, eso, nos vamos al congreso” una multitud tranquila se encaminó al Congreso de los Diputados, cortó la Castellana a la altura de Neptuno, acompañada por la percusión desplazó la sentada a la Plaza de Cibeles, subió por la Gran Vía, bajó hasta la Plaza de España, pacíficamente se dio media vuelta frente al cordón policial que cerraba la calle Princesa, abandonando el plan de llegar a Moncloa y se encaminó a Bailén, entre autobuses y coches llegó al Palacio Real, donde la policía exhibía escudos, cascos y porras ante estupefactas parejas paseando con niños y perros y la manifestación interminable, imperturbable, subía por la calle Arenal, trataba de volver a la Puerta del Sol, veía a la policía a lo lejos, giraba ante los clientes estupefactos de la Chocolatería San Ginés y terminaba con otra sentada en la Plaza Mayor.

Un trayecto insólito que fue ganando en intensidad, salpicado de muchísimos cánticos improvisados, de complicidad con los conductores perjudicados por esta nave de locos, de una sorprendente inteligencia colectiva ante la policía y de enormes ganas de seguir, seguir y seguir juntos en la calle así redescubierta. La ocupación del espacio público es absolutamente legítima, y lo sabemos. Hay consenso social absoluto con el tema de la vivienda, igual que lo hubo con el de la guerra.
Después de un ‘hasta luego’ y la repetición de la convocatoria que no se dejaba de repetir 'en sol a las cinco el próximo domingo', convencidas de que esta energía debe continuar e incapaz de autodesconvocarse, el cortejo siguió hacia las Vistillas ‘a por unas cervecillas’ y fue finalmente dispersado. Un solo periódico nacional se hace eco: “Un grupo de jóvenes cortó, pasadas las 22:00, la calle Bailén y volcó cubos y vallas, informa Ep. La policía intentó controlar la situación y se personaron miembros de la Unidad de Intervención Policial, que realizaron cargas para dispersarlos” (La Razón pag.34, Asuntos Sociales)”.

Nada de esto, ni los números, ni la longitud del recorrido, ni la duración de la manifestación, ni la carga final, refleja lo que vivimos el domingo en Madrid. No cuenta que más de dos mil personas (o más de mil, o menos de tres mil) deambuló durante cinco horas y pico por las calles de Madrid, durante las cuales la indignación resignada de una juventud (y no tanto) precaria ante el (aparentemente) irresoluble problema de la vivienda se transformó en extraña euforia por la recuperación, aunque sea temporal, del espacio público de nuestra ciudad. Saber que sí se puede, que estamos ahí porque, de una manera u otra estamos colectivamente hipotecados, que es problema y responsabilidad común. Y hacerlo de un modo que, paradójicamente, en una ciudad tan desmemoriada como la nuestra, nos recuerda a otros momentos en los que se cortaron calles, se tomaron las calles durante horas protestando contra una guerra que aún no ha acabado o contra las mentiras que convirtieron la muerte de 192 vecinos de Madrid en propaganda electoral. Sin enfrentamientos con la policía, cambiando de rumbo cuando era necesario, sin grandes acciones, sin discursos finales.

Sin rumbo fijo pero con determinación, como una memoria subterránea que aflora.

Es cierto que la flamante nueva delegada del Gobierno no se quería estrenar en el cargo con una carga policial contra la juventud precarizada (“mileurista”, dicen ahora los periódicos), pero después de las noticias, los gritos, las pancartas y los análisis, el domingo en Madrid tuvimos la sensación de que teníamos el derecho de ocupar las calles para protestar por uno de los problemas más graves que padecemos y que es prácticamente empeorado por todas las acciones institucionales, y que pudimos hacerlo, que de hecho lo hicimos, durante horas, hasta que se puso el sol.

¿A las cinco el próximo domingo?