ACCIÓN PEDAGÓGICA: Carta a un profesor.
“Estimado” profesor don X X X.
Me dirijo a usted en la presente carta, con la intención pedagógica de manifestarle los motivos que su patética hipocresía y su ofensivo ejercicio de poder han ocasionado en mí, y en muchos de los alumnos y alumnas a quienes el sistema educativo, y dentro de éste, profesoras y profesores como usted, les ha llevado a una situación de alienación y sumisión y no son capaces ya ni de exteriorizar su malestar y los prejuicios que usted ha podido ocasionarles. Prejuicios que han llegado a calar tan hondo dentro de mí ser, que me han revuelto hasta las entrañas…
Señor X, lo que más nos repugna y asquea es ver como usted predica en clase la necesidad de realizar procesos de transformación y cambio de métodos y de los procesos de “aprendizaje-enseñanza” hacia planteamientos más activos y participativos e incurrir en el aprendizaje significativo con todo lo que éste conlleva. Con conceptos como profesor-mediador, guía, ayuda en el proceso de enseñanza-aprendizaje, partir de las ideas previas…y ver como luego todo eso en su práctica educativa se queda en agua de borrajas. Lo que más nos duele, como pedagogos y pedagogas, y como hombres y mujeres principalmente, es ser partícipes de sus incoherencias (¿o incongruencias?) y de sus necedades, al igual que lo perverso de la utilización de su posición de poder para humillar y apolillar a sus alumnos y alumnas.
Todos y todas sabemos que como decía el señor Bruner somos la única especie que enseña de una forma significativa. Que la vida mental se vive con otros, que toma forma para ser comunicada, y se desarrolla con la ayuda de códigos culturales, tradiciones y cosas por el estilo. Pero que esto va más allá de la escuela. Que la educación no sólo ocurre en las clases, sino también alrededor de la mesa del comedor cuando los miembros de la familia intentan dar sentido colectivamente a lo que pasó durante el día, o cuando los chicos intentan ayudarse unos a otros a dar sentido al mundo adulto, o cuando un maestro y un aprendiz interactúan en el trabajo.
Es importante no perder de vista esta primera dimensión del proceso de educación permanente que todo SER HUMANO desarrolla a lo largo de su vida (dentro del cual también creo que se podría encontrar usted) y que se suele denominar socialización primaria. Proceso en el cual el individuo va a aprender a andar, la forma de vestirse, los usos sociales, el comportamiento con los objetos, las normas morales, los valores, lo que es bello y lo que es desagradable, a interpretar las reacciones de los otros y contestar adecuadamente a ellas, las comidas apetecibles, la forma de dormir o incluso cómo realizar sus necesidades fisiológicas más primarias, y sin duda alguna, cómo tratar a sus iguales o a sus allegados, entre los cuales nos encontramos nosotros y nosotras, las personas; el alumnado (aunque le cueste creerlo). La pura forma de tratar al niño, la conducta de los adultos hacia él y la conducta que observa entre los adultos, van a tener gran influencia en su vida posterior. Y, como se trata de relaciones en las que el individuo está sumergido, no puede sustraerse a ellas de ninguna manera, por eso yo me pregunto ¿qué clase de socialización primaria tuvo usted para reproducir en nuestras carnes aquello que supuestamente aprendió-padeció de chiquito?
Estos aprendizajes tienen una gran influencia sobre el resto de la vida de una persona, también la de un profesor o profesora, pues se aprenden como absolutos, y en muchos casos resulta difícil someter a la reflexión consciente muchas de las ideas adquiridas en este proceso de socialización primaria, que suelen mantenerse de modo inconsciente. Por eso a su vez, yo me sigo preguntando ¿servirá de algo mi pequeña intervención pedagógica con usted? ¿servirá de algo esta carta? ¿Estará la Facultad de Educación condenada a seguir teniendo como supuestos profesionales a incompetentes desalmados que utilizan su posición para ultrajar a sus alumnos y alumnas y hacerles a su vez incompetentes en el sentido que les toca? Y luego me contesto: si el profesorado no estuviera condicionado por esta primera educación en la que los valores se aprenden como absolutos, y estos valores no pervivieran como lo hacen en los sujetos, no resultaría comprensible que algunos profesores fueran intolerantes, xenófobos, racistas, insolidarios o maltratadores,…
Así pues, por desgracia, todos tenemos la capacidad de hacer “sufrir” a los demás aquello que hemos aprendido en casa, en la calle, en la escuela, en el instituto o en la universidad, y en alguno de estos espacios aprendimos que la verdad puede doler. Por eso, yo espero que en estos momentos se le esté remordiendo la conciencia hasta el punto del arrepentimiento, y que así se le quiten las ganas de utilizar su poder, que todos y todas sabemos que va más allá del aula o del despacho, espacios de los cuales se sirve para empoderarse a partir de la humillación o la ofensa a su alumnado, y que se comporte de una vez por todas como una Persona honrada y como un verdadero Guía o Mediador, palabras que tanto le gusta nombrar.
Llegados a este punto, creo que no me queda más que decirle que se replantee su intervención: su metodología, su actitud en clase (y en el despacho), su “saber hacer”, su teoría educativa,… en fin, que se replantee toda su vida, porque al fin y al cabo todo esto interfiere en su vida, e intente con apremio ser un buen pedagogo y no desperdiciar la posición que ocupa dentro de la facultad, pues las vidas de muchas personas pasan por sus manos, no sólo las de los miles de estudiantes que año tras año sufrimos sus clases, sino también la de los miles y millones de niños y niñas que pasaran a su vez por las manos de estos formadores a los que se supone que usted está formando. Pues como no, su ejemplo habrá calado en multitud de ellos, reproduciendo hasta la saciedad modelos antipedagógicos e in-humanos que se convierten en tales en el momento en que franquean la barrera de respeto y la honestidad.
Atentamente: una alumna suya, tocada pero no hundida.
Me dirijo a usted en la presente carta, con la intención pedagógica de manifestarle los motivos que su patética hipocresía y su ofensivo ejercicio de poder han ocasionado en mí, y en muchos de los alumnos y alumnas a quienes el sistema educativo, y dentro de éste, profesoras y profesores como usted, les ha llevado a una situación de alienación y sumisión y no son capaces ya ni de exteriorizar su malestar y los prejuicios que usted ha podido ocasionarles. Prejuicios que han llegado a calar tan hondo dentro de mí ser, que me han revuelto hasta las entrañas…
Señor X, lo que más nos repugna y asquea es ver como usted predica en clase la necesidad de realizar procesos de transformación y cambio de métodos y de los procesos de “aprendizaje-enseñanza” hacia planteamientos más activos y participativos e incurrir en el aprendizaje significativo con todo lo que éste conlleva. Con conceptos como profesor-mediador, guía, ayuda en el proceso de enseñanza-aprendizaje, partir de las ideas previas…y ver como luego todo eso en su práctica educativa se queda en agua de borrajas. Lo que más nos duele, como pedagogos y pedagogas, y como hombres y mujeres principalmente, es ser partícipes de sus incoherencias (¿o incongruencias?) y de sus necedades, al igual que lo perverso de la utilización de su posición de poder para humillar y apolillar a sus alumnos y alumnas.
Todos y todas sabemos que como decía el señor Bruner somos la única especie que enseña de una forma significativa. Que la vida mental se vive con otros, que toma forma para ser comunicada, y se desarrolla con la ayuda de códigos culturales, tradiciones y cosas por el estilo. Pero que esto va más allá de la escuela. Que la educación no sólo ocurre en las clases, sino también alrededor de la mesa del comedor cuando los miembros de la familia intentan dar sentido colectivamente a lo que pasó durante el día, o cuando los chicos intentan ayudarse unos a otros a dar sentido al mundo adulto, o cuando un maestro y un aprendiz interactúan en el trabajo.
Es importante no perder de vista esta primera dimensión del proceso de educación permanente que todo SER HUMANO desarrolla a lo largo de su vida (dentro del cual también creo que se podría encontrar usted) y que se suele denominar socialización primaria. Proceso en el cual el individuo va a aprender a andar, la forma de vestirse, los usos sociales, el comportamiento con los objetos, las normas morales, los valores, lo que es bello y lo que es desagradable, a interpretar las reacciones de los otros y contestar adecuadamente a ellas, las comidas apetecibles, la forma de dormir o incluso cómo realizar sus necesidades fisiológicas más primarias, y sin duda alguna, cómo tratar a sus iguales o a sus allegados, entre los cuales nos encontramos nosotros y nosotras, las personas; el alumnado (aunque le cueste creerlo). La pura forma de tratar al niño, la conducta de los adultos hacia él y la conducta que observa entre los adultos, van a tener gran influencia en su vida posterior. Y, como se trata de relaciones en las que el individuo está sumergido, no puede sustraerse a ellas de ninguna manera, por eso yo me pregunto ¿qué clase de socialización primaria tuvo usted para reproducir en nuestras carnes aquello que supuestamente aprendió-padeció de chiquito?
Estos aprendizajes tienen una gran influencia sobre el resto de la vida de una persona, también la de un profesor o profesora, pues se aprenden como absolutos, y en muchos casos resulta difícil someter a la reflexión consciente muchas de las ideas adquiridas en este proceso de socialización primaria, que suelen mantenerse de modo inconsciente. Por eso a su vez, yo me sigo preguntando ¿servirá de algo mi pequeña intervención pedagógica con usted? ¿servirá de algo esta carta? ¿Estará la Facultad de Educación condenada a seguir teniendo como supuestos profesionales a incompetentes desalmados que utilizan su posición para ultrajar a sus alumnos y alumnas y hacerles a su vez incompetentes en el sentido que les toca? Y luego me contesto: si el profesorado no estuviera condicionado por esta primera educación en la que los valores se aprenden como absolutos, y estos valores no pervivieran como lo hacen en los sujetos, no resultaría comprensible que algunos profesores fueran intolerantes, xenófobos, racistas, insolidarios o maltratadores,…
Así pues, por desgracia, todos tenemos la capacidad de hacer “sufrir” a los demás aquello que hemos aprendido en casa, en la calle, en la escuela, en el instituto o en la universidad, y en alguno de estos espacios aprendimos que la verdad puede doler. Por eso, yo espero que en estos momentos se le esté remordiendo la conciencia hasta el punto del arrepentimiento, y que así se le quiten las ganas de utilizar su poder, que todos y todas sabemos que va más allá del aula o del despacho, espacios de los cuales se sirve para empoderarse a partir de la humillación o la ofensa a su alumnado, y que se comporte de una vez por todas como una Persona honrada y como un verdadero Guía o Mediador, palabras que tanto le gusta nombrar.
Llegados a este punto, creo que no me queda más que decirle que se replantee su intervención: su metodología, su actitud en clase (y en el despacho), su “saber hacer”, su teoría educativa,… en fin, que se replantee toda su vida, porque al fin y al cabo todo esto interfiere en su vida, e intente con apremio ser un buen pedagogo y no desperdiciar la posición que ocupa dentro de la facultad, pues las vidas de muchas personas pasan por sus manos, no sólo las de los miles de estudiantes que año tras año sufrimos sus clases, sino también la de los miles y millones de niños y niñas que pasaran a su vez por las manos de estos formadores a los que se supone que usted está formando. Pues como no, su ejemplo habrá calado en multitud de ellos, reproduciendo hasta la saciedad modelos antipedagógicos e in-humanos que se convierten en tales en el momento en que franquean la barrera de respeto y la honestidad.
Atentamente: una alumna suya, tocada pero no hundida.





