LAS REGLAS DEL CUERPO
¿El poder de las tecnologías o tecnologías de poder?
Nos encontramos ante una fotografía, una bonita fotografía en blanco y negro. Una imagen en la que podemos encontrar una pequeña niña de pelo negro y liso, con un vestido de graciosas frutitas y zapatos a juego, sonriendo, posando para la foto. Su mirada se encuentra directamente con el objetivo. En sus ojos podemos localizar un destello, parecería que brillan de felicidad… En el reflejo que muestra la córnea, podemos delimitar la silueta del fotógrafo. Tras la niña, hallamos un acontecimiento; suponemos que se trata de su fiesta de cumpleaños. Su séptimo u octavo cumpleaños a juzgar por la estatura, rostro y cuerpo de la niña. Entre sus manos, sujeta uno de los regalos; una hermosa muñeca de trapo. Una muñeca a la que aprieta fuertemente, por la tirantez que muestran los músculos de sus manos y la presión ejercida en el cuerpo endeble de la muñeca. Más niños y niñas se ven detrás de nuestra protagonista, todos ellos más o menos de su misma edad. También podemos apreciar los restos de lo que fue un buen banquete, pedazos de comida y trozos de papel de regalo se entremezclan por encima de la mesa. Da la sensación de que había mucha ilusión y mucha felicidad puesta en esa fiesta, mucha alegría y bienestar. Damos la vuelta a la foto y en su reverso está escrito: Paula 12/08/68. ¿Podríamos afirmar que había ilusión y felicidad? ¿Sabemos acaso cuál es el estado anímico de esa niña, sus pensamientos o sentimientos en el momento de ser fotografiada? Puede que la sonrisa sea simplemente un gesto obligado, o que el brillo de felicidad en sus ojos no sea otra cosa que rabia o impotencia, tristeza o melancolía, y la presión que sus manos ejercen sobre la muñeca, una mera forma de externalizarlo…
Se dice que los indios, a mediados del siglo XIX cuando comenzó el auge de la fotografía, no permitían que se les fotografiara, pues afirmaban que la fotografía pretendía robarles el alma, apoderarse de ella. Podemos reflexionar un poco sobre esta afirmación y decir a su vez que, lo que los indios querrían decir con “robar el alma”, no era otra cosa que “atraparla”, “apresarla”, “cautivarla”. Así pues, la fotografía o imagen fija, pretendía atrapar el alma del fotografiado, apresarla y hacerla suya. Y ¿por qué razón el indio se negaba a ser objeto de aprehensión de su alma?, simplemente porque creían que ésta no era capaz de encontrarse, localizarse, visualizarse o aprehenderse, a través de una imagen fija y estática. Se negaban a aceptar que tras la inexistencia de su olor, sus sentimientos, su respiración, sus emociones, su acontecer en ese mismo momento, e incluso que, con la falta de aquellas partes de su cuerpo que no aparecían en el encuadre, en la imagen, esas imágenes pudieran ser consideradas como: “Margarita”, “Ojo de luna” o “Jerónimo”.

En la actualidad, la imagen juega con los cuerpos, negocia con ellos, los aísla de la realidad, los abstrae de ésta. Para ello, utiliza tanto el cine como la fotografía, y dentro de la fotografía, podemos encontrar tres instrumentos de poder (tecnológico) esgrimidos para “jugar” con los cuerpos, los podemos denominar así: fotografías tomadas, fotografías robadas y fotografías montadas. De la fotografía tomada, tenemos el ejemplo de la imagen de la niña en su fiesta de cumpleaños. Una imagen tomada “a conciencia”, con el permiso del fotografiado, una imagen donde el fotógrafo encuentra su mirada en la mirada del que posa, donde el fotografiado pone su cuerpo al servicio de la imagen. La fotografía robada es aquella considerada como: “la verdad” o “la realidad”. Tu cuerpo o pose pillado “in fraganti”. En este tipo de fotografía, la mirada del fotografiado no suele coincidir con la del fotógrafo; es una mirada perdida, acorde con un cuerpo o una pose. Lo más común, es que el fotografiado, cuya imagen ha sido “robada”, no se identifique en la foto, así pues decimos -¡esa no soy yo!, repite la foto que salgo muy mal, etc.- Por ello, también es común que con la fotografía robada no sólo negocie el fotógrafo, sino que los propios sujetos cuyo cuerpo ha sido robado, negocien con éste. Negociamos para que nuestro cuerpo no sea expuesto. O si es expuesto, se hagan algunos “retoques”; fotografía montada. La fotografía montada, puede considerarse entonces como una burda manipulación de la realidad…
¿Las tecnologías son capaces de captar nuestra “esencia”, nuestra “alma”, como decían los indios? ¿Pueden penetrar en nuestros cuerpos? ¿Localizar nuestros sentimientos o emociones, nuestros pensamientos, nuestro olor, nuestro “estar”? ¿o, por el contrario, los distorsionan?
Las fotografías objetivizan (de objeto) a los sujetos, los cuerpos, los rostros… porque su “alma” no se encuentra ahí. Su esencia no se encuentra dentro, no se puede identificar a partir de la foto. Lo único que hacen, es situar nuestro cuerpo en un espacio para recordarnos que estuvimos ahí. En las fotografías posadas, nuestro cuerpo se reviste de una pose o de una serie de gestos, para prestar servicio a esa fotografía y a ese contexto. En el mundo del cine se premia el hecho de que los rostros o los cuerpos sepan meterse en los contextos que se exigen para significarlos. Es necesario que un buen actor o actriz sepa posar y abandonar la psique para rendirse a las exigencias de la imagen. Es necesario que abandonen su “alma”.
“EL CUERPO AL SERVICIO DE LA IMAGEN”
Así, el cine y la televisión juegan con los cuerpos y los rostros para crear esteriotipos de la imagen. Las cámaras juegan con los cuerpos para intentar mostrar y, por tanto, significar, aquellas zonas que desean resaltar porque van acompañadas del relato o del contexto, o bien para guiar nuestra visión y nuestra percepción; la del receptor, hacia un punto determinado. Hacia un fin delimitado, pensado y requetepensado… Así se moldean las subjetividades. ¿De qué manera podemos llegar a identificarnos con uno de los personajes de una película? ¿Extraemos de él o de ella lo que podemos encontrar en nosotr@s más potenciado? ¿Lo buscamos? ¿o bien, si no lo encontramos; lo creamos o construimos? ¿Creamos subjetividades en base a los personajes que aparecen en la pantalla? ¿Qué esteriotipos se crean, transmiten y por tanto recreamos en nosotr@s? ¿Somos lo suficientemente conscientes de lo influenciables y moldeables que somos? ¿Podría ser que nos identificáramos con el género opuesto? ¿O con unos valores o esteriotipos que no se “estilan”? ¿No seríamos considerados entonces como “nostálgicos” en el sentido negativo de la palabra?
“LA IMAGEN AL SERVICIO DE LA DICTADURA Y/O DE LA DEMOCRACIA”
En la actualidad, diríamos (aunque no muy bien dicho), la imagen al servicio de la democracia, la imagen al servicio del capitalismo. Entonces, el cuerpo al servicio del capitalismo. De este modo, el capitalismo se sirve del cine o de la televisión no sólo para preconizar unos valores y unos esteriotipos, sino más bien para recrearlos en nuestras subjetividades, para guiarlas hacia unos intereses determinados. Y ¿sabemos cuáles son esos intereses? ¿Nos podemos hacer una idea? ¿Qué imagen transmiten de la mujer? ¿Y del hombre? ¿Cuál es la que se ha ido transmitiendo a lo largo de la historia? ¿Cuánto ha calado ésta en nuestras subjetividades? ¿Cómo nos hemos construido, en base a qué? ¿Quién somos? ¿Qué han creado?
Nos encontramos ante una fotografía, una bonita fotografía en blanco y negro. Una imagen en la que podemos encontrar una pequeña niña de pelo negro y liso, con un vestido de graciosas frutitas y zapatos a juego, sonriendo, posando para la foto. Su mirada se encuentra directamente con el objetivo. En sus ojos podemos localizar un destello, parecería que brillan de felicidad… En el reflejo que muestra la córnea, podemos delimitar la silueta del fotógrafo. Tras la niña, hallamos un acontecimiento; suponemos que se trata de su fiesta de cumpleaños. Su séptimo u octavo cumpleaños a juzgar por la estatura, rostro y cuerpo de la niña. Entre sus manos, sujeta uno de los regalos; una hermosa muñeca de trapo. Una muñeca a la que aprieta fuertemente, por la tirantez que muestran los músculos de sus manos y la presión ejercida en el cuerpo endeble de la muñeca. Más niños y niñas se ven detrás de nuestra protagonista, todos ellos más o menos de su misma edad. También podemos apreciar los restos de lo que fue un buen banquete, pedazos de comida y trozos de papel de regalo se entremezclan por encima de la mesa. Da la sensación de que había mucha ilusión y mucha felicidad puesta en esa fiesta, mucha alegría y bienestar. Damos la vuelta a la foto y en su reverso está escrito: Paula 12/08/68. ¿Podríamos afirmar que había ilusión y felicidad? ¿Sabemos acaso cuál es el estado anímico de esa niña, sus pensamientos o sentimientos en el momento de ser fotografiada? Puede que la sonrisa sea simplemente un gesto obligado, o que el brillo de felicidad en sus ojos no sea otra cosa que rabia o impotencia, tristeza o melancolía, y la presión que sus manos ejercen sobre la muñeca, una mera forma de externalizarlo…
Se dice que los indios, a mediados del siglo XIX cuando comenzó el auge de la fotografía, no permitían que se les fotografiara, pues afirmaban que la fotografía pretendía robarles el alma, apoderarse de ella. Podemos reflexionar un poco sobre esta afirmación y decir a su vez que, lo que los indios querrían decir con “robar el alma”, no era otra cosa que “atraparla”, “apresarla”, “cautivarla”. Así pues, la fotografía o imagen fija, pretendía atrapar el alma del fotografiado, apresarla y hacerla suya. Y ¿por qué razón el indio se negaba a ser objeto de aprehensión de su alma?, simplemente porque creían que ésta no era capaz de encontrarse, localizarse, visualizarse o aprehenderse, a través de una imagen fija y estática. Se negaban a aceptar que tras la inexistencia de su olor, sus sentimientos, su respiración, sus emociones, su acontecer en ese mismo momento, e incluso que, con la falta de aquellas partes de su cuerpo que no aparecían en el encuadre, en la imagen, esas imágenes pudieran ser consideradas como: “Margarita”, “Ojo de luna” o “Jerónimo”.

En la actualidad, la imagen juega con los cuerpos, negocia con ellos, los aísla de la realidad, los abstrae de ésta. Para ello, utiliza tanto el cine como la fotografía, y dentro de la fotografía, podemos encontrar tres instrumentos de poder (tecnológico) esgrimidos para “jugar” con los cuerpos, los podemos denominar así: fotografías tomadas, fotografías robadas y fotografías montadas. De la fotografía tomada, tenemos el ejemplo de la imagen de la niña en su fiesta de cumpleaños. Una imagen tomada “a conciencia”, con el permiso del fotografiado, una imagen donde el fotógrafo encuentra su mirada en la mirada del que posa, donde el fotografiado pone su cuerpo al servicio de la imagen. La fotografía robada es aquella considerada como: “la verdad” o “la realidad”. Tu cuerpo o pose pillado “in fraganti”. En este tipo de fotografía, la mirada del fotografiado no suele coincidir con la del fotógrafo; es una mirada perdida, acorde con un cuerpo o una pose. Lo más común, es que el fotografiado, cuya imagen ha sido “robada”, no se identifique en la foto, así pues decimos -¡esa no soy yo!, repite la foto que salgo muy mal, etc.- Por ello, también es común que con la fotografía robada no sólo negocie el fotógrafo, sino que los propios sujetos cuyo cuerpo ha sido robado, negocien con éste. Negociamos para que nuestro cuerpo no sea expuesto. O si es expuesto, se hagan algunos “retoques”; fotografía montada. La fotografía montada, puede considerarse entonces como una burda manipulación de la realidad…
¿Las tecnologías son capaces de captar nuestra “esencia”, nuestra “alma”, como decían los indios? ¿Pueden penetrar en nuestros cuerpos? ¿Localizar nuestros sentimientos o emociones, nuestros pensamientos, nuestro olor, nuestro “estar”? ¿o, por el contrario, los distorsionan?
Las fotografías objetivizan (de objeto) a los sujetos, los cuerpos, los rostros… porque su “alma” no se encuentra ahí. Su esencia no se encuentra dentro, no se puede identificar a partir de la foto. Lo único que hacen, es situar nuestro cuerpo en un espacio para recordarnos que estuvimos ahí. En las fotografías posadas, nuestro cuerpo se reviste de una pose o de una serie de gestos, para prestar servicio a esa fotografía y a ese contexto. En el mundo del cine se premia el hecho de que los rostros o los cuerpos sepan meterse en los contextos que se exigen para significarlos. Es necesario que un buen actor o actriz sepa posar y abandonar la psique para rendirse a las exigencias de la imagen. Es necesario que abandonen su “alma”.
“EL CUERPO AL SERVICIO DE LA IMAGEN”
Así, el cine y la televisión juegan con los cuerpos y los rostros para crear esteriotipos de la imagen. Las cámaras juegan con los cuerpos para intentar mostrar y, por tanto, significar, aquellas zonas que desean resaltar porque van acompañadas del relato o del contexto, o bien para guiar nuestra visión y nuestra percepción; la del receptor, hacia un punto determinado. Hacia un fin delimitado, pensado y requetepensado… Así se moldean las subjetividades. ¿De qué manera podemos llegar a identificarnos con uno de los personajes de una película? ¿Extraemos de él o de ella lo que podemos encontrar en nosotr@s más potenciado? ¿Lo buscamos? ¿o bien, si no lo encontramos; lo creamos o construimos? ¿Creamos subjetividades en base a los personajes que aparecen en la pantalla? ¿Qué esteriotipos se crean, transmiten y por tanto recreamos en nosotr@s? ¿Somos lo suficientemente conscientes de lo influenciables y moldeables que somos? ¿Podría ser que nos identificáramos con el género opuesto? ¿O con unos valores o esteriotipos que no se “estilan”? ¿No seríamos considerados entonces como “nostálgicos” en el sentido negativo de la palabra?
“LA IMAGEN AL SERVICIO DE LA DICTADURA Y/O DE LA DEMOCRACIA”
En la actualidad, diríamos (aunque no muy bien dicho), la imagen al servicio de la democracia, la imagen al servicio del capitalismo. Entonces, el cuerpo al servicio del capitalismo. De este modo, el capitalismo se sirve del cine o de la televisión no sólo para preconizar unos valores y unos esteriotipos, sino más bien para recrearlos en nuestras subjetividades, para guiarlas hacia unos intereses determinados. Y ¿sabemos cuáles son esos intereses? ¿Nos podemos hacer una idea? ¿Qué imagen transmiten de la mujer? ¿Y del hombre? ¿Cuál es la que se ha ido transmitiendo a lo largo de la historia? ¿Cuánto ha calado ésta en nuestras subjetividades? ¿Cómo nos hemos construido, en base a qué? ¿Quién somos? ¿Qué han creado?
STOP HIPOCRESÍA:
Cansada me encuentro de dar vueltas en la noria de la hipocresía. Parece como si ésta se vendiese al peso en cualquiera de los lugares en los que el mercado de la globalización permite su entrada a diestro y siniestro. Como decía León Felipe (1974: 30):

No cansa una vuelta sola.
Cansa estar todo un día,
hora tras hora,
y día tras día un año
y año tras año una vida
dando vueltas a la noria.
- ¡Barato, barato el gramo de hipocresía! ¡Estoy que lo tiro, que me lo quitan de las manos! ¡Dense prisa señoras y caballeros que es de la mejor del mercado!
- Perdona ¿a cuánto tienes el gramo de hipocresía?
- Barato caballero, a precio de fábrica, se lo puede llevar por sólo 2,50 euros, y además le regalo una pizca de injusticia, una pizca de desconfianza, una pizca de malhumor y una gran dosis de disimulo. Y si usted quiere además un poco de falsedad, entonces se tiene que llevar dos gramos de la riquísima hipocresía. El “ofertón de la sinrazón”. Lo mezcla todo bien removidito y ahí lo tiene; una amasijo explosivo…
- ¡Uy! no sé, no sé, dos gramos de hipocresía a lo mejor va a ser mucho…
- ¡Bah! Tonterías, si seguro que luego le sirve caballero, no ve que en estos tiempos tod@s la usamos mucho, las cosas están muy mal, y se ha hecho imprescindible agraviar a la gente. “O pisas o te pisan” se dice.
- Tiene usted RAZÓN. ¡Venga! Me lo llevo.
- Muy bien, se ve que ha utilizado usted el “sentido común”.
¿A qué se supone que juegan? ¿A qué jugamos?
Que pare la partida por favor que yo me planto aquí.
Abandonando la concepción tradicional del poder como un mecanismo esencialmente jurídico que se limita a hacer lo que dice la ley; a prohibir, y tomando como vehículo de análisis de la realidad que nos acontece el de las “tecnologías” propuesto por Foucault, diremos que hay que entender este poder como un mecanismo que se ejerce a través de una red de biopoder (forma de poder que regula la vida social desde su interior, siguiéndola, interpretándola, absorbiéndola y rearticulándola) que concierne a nuestros cuerpos, nuestras existencias y a nuestra vida cotidiana. El poder se construye y funciona (y no veas si funciona…) a partir de poderes, de multitud de cuestiones y de efectos de poder que están patentes en multitud de relaciones de fuerza en las que nos encontramos constantemente (Universidad, familia, escuela, medicina, sexualidad…). Así que… ¡ojo! ¡¡¡¡¡Cuidado!!!!!
La educación
En las cercanías de la Universidad de Stanford, pude conocer otra universidad, más chiquita, que dicta cursos de obediencia. Los alumnos, perros de todas las razas, colores y tamaños, aprenden a no ser perros. Cuando ladran, la profesora les castiga apretándoles el hocico con el puño y pegando un doloroso tirón al collar de pinchos de acero. Cuando callan, la profesora les recompensa el silencio con golosinas. Así se enseña el olvido de ladrar. (Galeano 2004: 230)
Vista del crepúsculo, al fin de siglo
Está envenenada la tierra que nos entierra o destierra.
Ya no hay aire, sino desaire.
Ya no hay lluvia, sino lluvia ácida.
Ya no hay parques, sino parkings.
Ya no hay sociedades, sino sociedades anónimas.
Empresas en lugar de naciones.
Consumidores en lugar de ciudadanos.
Aglomeraciones en lugar de ciudades.
No hay personas, sino públicos.
No hay realidades, sino publicidades.
No hay visiones, sino televisiones.
Para elogiar una flor, se dice “parece de plástico”.
(Galeano 2004: 232)
Que triste es pensar que esto es lo que hacemos en la universidad; nos olvidamos de ser personas. Pero más triste es pensar que tenía un post muy, pero que muy positivo y alegre preparado para colgarlo pero que me desanimé y mirar lo que puse. No me hagáis mucho caso… se me pasará. Para no parecer un tanto negativa, desconsiderada o “aguafiestas”, diré que este post viene por una serie de hechos que me están ocurriendo últimamente en la facultad, y esto encima se ve agravado con el comentario de personas que en mi misma situación me transmiten desconsolad@s que: ¡¡¡La universidad se les está cayendo encima!!!. Así que si alguna de esas personas pasa por aquí, que salga a mi encuentro en este espacio y exprese su malestar junto al mío para que no me tachen únicamente a mí de “negativa”.
“Toda relación y toda práctica es tanto un lugar de cambio potencial como un lugar de reproducción”
Wendy Hollway
P.D: Ah! En la universidad me enseñaron a citar según el sistema APA:
GALEANO, Eduardo (2004) Patas arriba. La escuela del mundo al revés. Madrid: Siglo XXI
LEON, Felipe (1974) Nueva antología rota. México: Finisterre
(No pude poner el título de los libros en cursiva…)

No cansa una vuelta sola.
Cansa estar todo un día,
hora tras hora,
y día tras día un año
y año tras año una vida
dando vueltas a la noria.
- ¡Barato, barato el gramo de hipocresía! ¡Estoy que lo tiro, que me lo quitan de las manos! ¡Dense prisa señoras y caballeros que es de la mejor del mercado!
- Perdona ¿a cuánto tienes el gramo de hipocresía?
- Barato caballero, a precio de fábrica, se lo puede llevar por sólo 2,50 euros, y además le regalo una pizca de injusticia, una pizca de desconfianza, una pizca de malhumor y una gran dosis de disimulo. Y si usted quiere además un poco de falsedad, entonces se tiene que llevar dos gramos de la riquísima hipocresía. El “ofertón de la sinrazón”. Lo mezcla todo bien removidito y ahí lo tiene; una amasijo explosivo…
- ¡Uy! no sé, no sé, dos gramos de hipocresía a lo mejor va a ser mucho…
- ¡Bah! Tonterías, si seguro que luego le sirve caballero, no ve que en estos tiempos tod@s la usamos mucho, las cosas están muy mal, y se ha hecho imprescindible agraviar a la gente. “O pisas o te pisan” se dice.
- Tiene usted RAZÓN. ¡Venga! Me lo llevo.
- Muy bien, se ve que ha utilizado usted el “sentido común”.
¿A qué se supone que juegan? ¿A qué jugamos?
Que pare la partida por favor que yo me planto aquí.
Abandonando la concepción tradicional del poder como un mecanismo esencialmente jurídico que se limita a hacer lo que dice la ley; a prohibir, y tomando como vehículo de análisis de la realidad que nos acontece el de las “tecnologías” propuesto por Foucault, diremos que hay que entender este poder como un mecanismo que se ejerce a través de una red de biopoder (forma de poder que regula la vida social desde su interior, siguiéndola, interpretándola, absorbiéndola y rearticulándola) que concierne a nuestros cuerpos, nuestras existencias y a nuestra vida cotidiana. El poder se construye y funciona (y no veas si funciona…) a partir de poderes, de multitud de cuestiones y de efectos de poder que están patentes en multitud de relaciones de fuerza en las que nos encontramos constantemente (Universidad, familia, escuela, medicina, sexualidad…). Así que… ¡ojo! ¡¡¡¡¡Cuidado!!!!!
La educación
En las cercanías de la Universidad de Stanford, pude conocer otra universidad, más chiquita, que dicta cursos de obediencia. Los alumnos, perros de todas las razas, colores y tamaños, aprenden a no ser perros. Cuando ladran, la profesora les castiga apretándoles el hocico con el puño y pegando un doloroso tirón al collar de pinchos de acero. Cuando callan, la profesora les recompensa el silencio con golosinas. Así se enseña el olvido de ladrar. (Galeano 2004: 230)
Vista del crepúsculo, al fin de siglo
Está envenenada la tierra que nos entierra o destierra.
Ya no hay aire, sino desaire.
Ya no hay lluvia, sino lluvia ácida.
Ya no hay parques, sino parkings.
Ya no hay sociedades, sino sociedades anónimas.
Empresas en lugar de naciones.
Consumidores en lugar de ciudadanos.
Aglomeraciones en lugar de ciudades.
No hay personas, sino públicos.
No hay realidades, sino publicidades.
No hay visiones, sino televisiones.
Para elogiar una flor, se dice “parece de plástico”.
(Galeano 2004: 232)
Que triste es pensar que esto es lo que hacemos en la universidad; nos olvidamos de ser personas. Pero más triste es pensar que tenía un post muy, pero que muy positivo y alegre preparado para colgarlo pero que me desanimé y mirar lo que puse. No me hagáis mucho caso… se me pasará. Para no parecer un tanto negativa, desconsiderada o “aguafiestas”, diré que este post viene por una serie de hechos que me están ocurriendo últimamente en la facultad, y esto encima se ve agravado con el comentario de personas que en mi misma situación me transmiten desconsolad@s que: ¡¡¡La universidad se les está cayendo encima!!!. Así que si alguna de esas personas pasa por aquí, que salga a mi encuentro en este espacio y exprese su malestar junto al mío para que no me tachen únicamente a mí de “negativa”.
“Toda relación y toda práctica es tanto un lugar de cambio potencial como un lugar de reproducción”
Wendy Hollway
P.D: Ah! En la universidad me enseñaron a citar según el sistema APA:
GALEANO, Eduardo (2004) Patas arriba. La escuela del mundo al revés. Madrid: Siglo XXI
LEON, Felipe (1974) Nueva antología rota. México: Finisterre
(No pude poner el título de los libros en cursiva…)
ANTE LA LEY
Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.
-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora.
La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:
-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.
El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.
Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:
-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.
Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.
-¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable.
-Todos se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?
El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:
-Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.
Fran Kafka.





