Pánico prenupcial
Si lo de dejar las cosas para última hora (costumbre en la que ostento el título de campeón del mundo imbatido) tiene un inconveniente es que, si encima eres despistado y desorganizado (otra disciplina combinada en la que soy recordman mundial), tienes muchos números para que te pille el toro si se te presenta el menor contratiempo. Justo lo que me pasó el mismísimo día de la boda de mi amiga más querida.
Esta vez pensaba que todo estaba bajo control: desde hacía una semana planeaba la boda de Aldara para, por una vez, no quedar como un impresentable. El viernes sólo me faltaba comprar los zapatos y pasar por la peluquería mientras mi mujer hacía otro tanto. Los trajes tenían que estar a punto en la tintorería a las 7 de la tarde y hasta tenía un suplente para que el sábado cubriera mi puesto en el bar y así poder ir sin prisas. Todo chupado hasta que anoche (la noche del jueves al viernes), a las doce pasadas, llamé a Aldara para ver cómo le iban los nervios ante su inminente cita con el altar del sábado.
Y resultó que estaba nerviosa. Y también resultó que no se casaba el sábado, sino el viernes al mediodía. Y también resultó que me había equivocado de fecha y no tenía traje (mi mujer tampoco) para ir a la boda y al banquete nupcial. Ni zapatos. Ni corte de pelo. Lo que sí tenía era que abrir el bar y encima no podía escaparme antes de las 9 de la mañana, dos horas y media antes de la hora a la que nos teníamos que reunir con el resto de invitados.
Después de hablar con Aldara se me vino el mundo encima y se me fundieron los plomos. Y lloré, por qué no decirlo, porque soy muy sensiblón para esas cosas. Me tenía que presentar a la boda de una de las personas más importantes de mi vida con unos pantalones viejos, un traje gastado y una corbata hecha polvo de tanto tute, por no mencionar que mi mujer no tiene más que tejanos y camisetas en el armario y se negaba a ir a la boda si no era vestida como Dios manda. Hablamos y llegamos a la conclusión de que solucionarlo todo en dos horas y media era imposible, así que lo mejor era rescatar el traje viejo del armario y excusarla a ella. Con este panorama desolador por delante, nos fuimos a dormir.
Lo curioso es que esta mañana, después de pasar la noche casi sin dormir por los remordimientos, me he despertado de buen humor. Mis amigos dicen que nací con una flor ya sabéis dónde (¿que no lo sabéis? En el culo, hombre, en el culo), y he decidido comprobar si se había marchitado. A fin de cuentas, el traje viejo siempre estaba disponible, así que, ¿por qué no probar suerte durante esas dos horas y media que me quedaban libres?
CRONOLOGÍA DE 5 HORAS DE PÁNICO
7.30 Somnolencia. Abro el bar. Le cuento a mi compañera lo que me pasa.
8.45 Solidaridad. Mi compañera me dice que me largue al grito de "Dejarme zola" y que haga lo que pueda para salvar mi escasa dignidad. Mi mujer sigue sin querer ir vestida como una pordiosera y, deprimida, piensa ir a clase a las 11 para olvidar el tema e invitar a Aldara a cenar inminentemente para disculparse.
9.00 Estrés. Llego a la peluquería justo cuando están abriendo. Les cuento lo que me ha pasado y me hacen un corte en 20 minutos que encima me queda de perlas. Si hago el ridículo, al menos lo haré bien peinado. Me doy cuenta de que no llevo pasta y no aceptan VISA. Las peluqueras, clientas del bar, me fían y me dicen que ya volveré otro día y que corra.
9.30 Primeras soluciones. Llego a la zapatería en el momento en que la dependienta se quita la chaqueta para entrar a trabajar. Otra clienta del bar. Le pido los zapatos más elegantes que tenga, le cuento mi caso y en 5 minutos me saca un par de zapatos clásicos que me encantan. Haré el ridículo pero bien calzado.
9.50 Sudores. Llego a la tienda de electrodomésticos 10 minutos antes de la hora a la que se supone que abren. Más clientes. Les cuento el rollo, me atienden y me venden una plancha en 5 minutos para que mi mujer pueda planchar el traje viejo mientras sigo corriendo por la ciudad. Haré el ridículo pero sin una arruga.
10.00 Grandes conquistas. Me presento en la tintorería y me dicen que, por pura suerte, mi traje está listo. Al diablo el traje viejo y, por cierto, ¿para qué habré perdido 5 minutos comprando una plancha? El traje de mi mujer, sin embargo, está por planchar en otra tintorería, bastante lejana, por cierto. Haré el ridículo por ir solo, pero bien vestido. Como también es clienta, tiento a la suerte y le suplico que pida que planchen el traje en menos de una hora. La mujer, una santa, se lo exige a su colega y lo consigue. En la otra tintorería me esperan en 40 minutos. Recuerdo que no llevo pasta y me fía porque tampoco acepta VISA.
10.20 Enormes esperanzas. Salgo de la tintorería y, de camino a casa, llamo a mi mujer para que salga volando a comprarse unos zapatos. Vamos a por todas y voy a ir a buscar su vestido. A lo mejor no hacemos mucho el ridículo.
10.40 Casi Victoria. Salgo de casa trajeado, perfumado y agotado, corriendo en dirección a la segunda tintorería. 50 minutos para la recepción, el final del partido, y necesito 30 para llegar al punto de reunión. Mi mujer va a la misma zapatería a la que he ido yo y le atienden con la misma velocidad supersónica. Y de paso le cuelan un bolso. Sólo nos falta llegar a tiempo. Llamo al novio y me dice que el autocar finalmente saldrá a las 12 del punto de encuentro. Ya casi está...
11.00-12.15 Misión cumplida. De vuelta ambos en casa, se viste en 5 minutos y corremos a por un taxi. Lo encontramos en 5 minutos más y quedamos atrapados en un monumental atasco. Llegamos tarde y no recordamos el lugar exacto de la ceremonia porque nos tenía que llevar el autocar hasta allí. Más pánico hasta que, al llegar por fin al punto de encuentro, casi 20 minutos tarde, comprobamos que, efectivamente, en las bodas todo va con retraso y ni siquiera somos los últimos en llegar. Y ni siquiera hemos hecho un poquito el ridículo... ¡Victoria, victoria!
En cuanto a los detalles de las bodas, y de esta en concreto... Bueno, eso será otro post.
Esta vez pensaba que todo estaba bajo control: desde hacía una semana planeaba la boda de Aldara para, por una vez, no quedar como un impresentable. El viernes sólo me faltaba comprar los zapatos y pasar por la peluquería mientras mi mujer hacía otro tanto. Los trajes tenían que estar a punto en la tintorería a las 7 de la tarde y hasta tenía un suplente para que el sábado cubriera mi puesto en el bar y así poder ir sin prisas. Todo chupado hasta que anoche (la noche del jueves al viernes), a las doce pasadas, llamé a Aldara para ver cómo le iban los nervios ante su inminente cita con el altar del sábado.
Y resultó que estaba nerviosa. Y también resultó que no se casaba el sábado, sino el viernes al mediodía. Y también resultó que me había equivocado de fecha y no tenía traje (mi mujer tampoco) para ir a la boda y al banquete nupcial. Ni zapatos. Ni corte de pelo. Lo que sí tenía era que abrir el bar y encima no podía escaparme antes de las 9 de la mañana, dos horas y media antes de la hora a la que nos teníamos que reunir con el resto de invitados.
Después de hablar con Aldara se me vino el mundo encima y se me fundieron los plomos. Y lloré, por qué no decirlo, porque soy muy sensiblón para esas cosas. Me tenía que presentar a la boda de una de las personas más importantes de mi vida con unos pantalones viejos, un traje gastado y una corbata hecha polvo de tanto tute, por no mencionar que mi mujer no tiene más que tejanos y camisetas en el armario y se negaba a ir a la boda si no era vestida como Dios manda. Hablamos y llegamos a la conclusión de que solucionarlo todo en dos horas y media era imposible, así que lo mejor era rescatar el traje viejo del armario y excusarla a ella. Con este panorama desolador por delante, nos fuimos a dormir.
Lo curioso es que esta mañana, después de pasar la noche casi sin dormir por los remordimientos, me he despertado de buen humor. Mis amigos dicen que nací con una flor ya sabéis dónde (¿que no lo sabéis? En el culo, hombre, en el culo), y he decidido comprobar si se había marchitado. A fin de cuentas, el traje viejo siempre estaba disponible, así que, ¿por qué no probar suerte durante esas dos horas y media que me quedaban libres?
CRONOLOGÍA DE 5 HORAS DE PÁNICO
7.30 Somnolencia. Abro el bar. Le cuento a mi compañera lo que me pasa.
8.45 Solidaridad. Mi compañera me dice que me largue al grito de "Dejarme zola" y que haga lo que pueda para salvar mi escasa dignidad. Mi mujer sigue sin querer ir vestida como una pordiosera y, deprimida, piensa ir a clase a las 11 para olvidar el tema e invitar a Aldara a cenar inminentemente para disculparse.
9.00 Estrés. Llego a la peluquería justo cuando están abriendo. Les cuento lo que me ha pasado y me hacen un corte en 20 minutos que encima me queda de perlas. Si hago el ridículo, al menos lo haré bien peinado. Me doy cuenta de que no llevo pasta y no aceptan VISA. Las peluqueras, clientas del bar, me fían y me dicen que ya volveré otro día y que corra.
9.30 Primeras soluciones. Llego a la zapatería en el momento en que la dependienta se quita la chaqueta para entrar a trabajar. Otra clienta del bar. Le pido los zapatos más elegantes que tenga, le cuento mi caso y en 5 minutos me saca un par de zapatos clásicos que me encantan. Haré el ridículo pero bien calzado.
9.50 Sudores. Llego a la tienda de electrodomésticos 10 minutos antes de la hora a la que se supone que abren. Más clientes. Les cuento el rollo, me atienden y me venden una plancha en 5 minutos para que mi mujer pueda planchar el traje viejo mientras sigo corriendo por la ciudad. Haré el ridículo pero sin una arruga.
10.00 Grandes conquistas. Me presento en la tintorería y me dicen que, por pura suerte, mi traje está listo. Al diablo el traje viejo y, por cierto, ¿para qué habré perdido 5 minutos comprando una plancha? El traje de mi mujer, sin embargo, está por planchar en otra tintorería, bastante lejana, por cierto. Haré el ridículo por ir solo, pero bien vestido. Como también es clienta, tiento a la suerte y le suplico que pida que planchen el traje en menos de una hora. La mujer, una santa, se lo exige a su colega y lo consigue. En la otra tintorería me esperan en 40 minutos. Recuerdo que no llevo pasta y me fía porque tampoco acepta VISA.
10.20 Enormes esperanzas. Salgo de la tintorería y, de camino a casa, llamo a mi mujer para que salga volando a comprarse unos zapatos. Vamos a por todas y voy a ir a buscar su vestido. A lo mejor no hacemos mucho el ridículo.
10.40 Casi Victoria. Salgo de casa trajeado, perfumado y agotado, corriendo en dirección a la segunda tintorería. 50 minutos para la recepción, el final del partido, y necesito 30 para llegar al punto de reunión. Mi mujer va a la misma zapatería a la que he ido yo y le atienden con la misma velocidad supersónica. Y de paso le cuelan un bolso. Sólo nos falta llegar a tiempo. Llamo al novio y me dice que el autocar finalmente saldrá a las 12 del punto de encuentro. Ya casi está...
11.00-12.15 Misión cumplida. De vuelta ambos en casa, se viste en 5 minutos y corremos a por un taxi. Lo encontramos en 5 minutos más y quedamos atrapados en un monumental atasco. Llegamos tarde y no recordamos el lugar exacto de la ceremonia porque nos tenía que llevar el autocar hasta allí. Más pánico hasta que, al llegar por fin al punto de encuentro, casi 20 minutos tarde, comprobamos que, efectivamente, en las bodas todo va con retraso y ni siquiera somos los últimos en llegar. Y ni siquiera hemos hecho un poquito el ridículo... ¡Victoria, victoria!
En cuanto a los detalles de las bodas, y de esta en concreto... Bueno, eso será otro post.