¿El servicio, por favor?
En todos los bares hay lavabos. Generalmente se limitan a un cuartucho minúsculo dividido en otros dos cuartuchos, diminutos y alicatados hasta el techo, que tienen colgados en la puerta el consabido cartelito con una silueta de hombre o de mujer, según corresponda (¿Cobrará derechos de autor el tipo que diseñó las siluetas del caballero con bastón y sombrero de copa y la dama con vestido de época? Si cobra, Bill Gates a su lado debe parecer un vagabundo.)
En general, los servicios de un bar corriente no tienen mucho interés: inodoro, lavabo, jabonera recargable sin jabón, pastilla de jabón hedionda para suplir la jabonera, secamanos averiado, toalla mugrienta para resolver el problema del secamanos y poca cosa más.
Los lavabos realmente apasionantes son los de los bares musicales, y de ellos tratará este artículo.
La situación es la siguiente: estás pasando una noche de muerte en un bar musical cuando de pronto sientes ganas de ir al baño. Como no parece buena idea pasar el resto de la velada con las piernas cruzadas y sudando frente a tus amigos y, lo que es peor, de tus amigas, uno suele excusarse e ir al lavabo a toda prisa. Y aquí empieza el espectáculo.
Para empezar, en el lavabo siempre hay una cola interminable. Parece que la haya montado el dueño del bar con figurantes para que cuando llegues a la puerta estés tan apurado que te sientas capaz de utilizar la letrina más nauseabunda. Y de hecho, en cuanto el avance de la cola te lleva hasta la puerta, sueles darte cuenta de que la letrina más nauseabunda del cuartel más sucio del mundo no tiene nada que envidiarle a lo que te vas a encontrar, a juzgar por el olor que se percibe ya a diez metros de la puerta.
Al llegar a la entrada de los lavabos, llega el primer dilema. Aparentemente, los dueños de bares musicales no han visto nunca los cartelitos del señor del bastón y la señora de época y han decidido obsequiar con un pequeño pasatiempo a sus clientes. ¿En qué lavabo entras? ¿En el que tiene un "+" en la puerta o en el que tiene una "X"? ¿En el que tiene un cartelito con una escoba o en el de la fregona? Son momentos en los que no puedes dejar de pensar que deberías haber prestado más atención cuando te explicaban las metáforas en clase.
Finalmente, y aplicando el afamado método de abrir la puerta que tienes más a mano con la esperanza de acertar con los servicios de hombres, encuentras tu lavabo. Los lavabos de los bares musicales suelen ser más espaciosos, pero el inventario de su contenido es parecido al de los bares de barrio: tres urinarios que permiten una estancia brevísima en el epicentro del hedor que notabas a diez metros de la puerta, un lavamanos, una jabonera sin jabón (y sin pastilla de jabón hedionda), un secamanos averiado (sin toalla mugrienta) y tres cabinas con inodoros para los más valientes, con la puerta serrada por arriba y por abajo de manera que a la madera le queden un par de palmos de apertura antes de llegar al marco. Muy íntimo, sí señor.
Si te toca usar los inodoros, la aventura continúa. Para empezar, en cuanto entras, echas de menos tus botas de agua, porque el suelo siempre está cubierto de una espesa capa de agua mezclada con algo que prefieres no saber qué es y que, aparentemente, está vivo, porque también impregna la superficie del inodoro casi por completo. Lamentablemente, no hay duda de qué es lo que cubre el asiento, así que si la necesidad aprieta, uno acaba vaciando el rollo de papel higiénico (o lo poco que queda de él) y limpiando tan bien como puede el plástico (tanto diseño en los cartelitos y, al final, los asientos de los lavabos siempre son de plástico cutre).
Al final de la operación, el resultado siempre es el mismo: el contacto con el maldito plástico sigue pareciendo repugnante, así que toca iniciar maniobras avanzadas. En primer lugar, no se puede hacer como en casa y bajarse los pantalones con normalidad, porque el caldo de cultivo que recubre el suelo nos los pondría perdidos, así que uno se ve obligado a bajarlos solamente hasta las rodillas. A continuación, la vista busca el pestillo de la puerta. ¿Pestillo? ¿Qué pestillo? Toca sostener la puerta con el pie y en cuanto apoyamos el pie en la madera comprobamos con horror que la puerta se abre hacia afuera. ¡Pues nada, hombre! ¡Se pasa el pie por debajo de la apertura inferior de la puerta, se tira de ella hacia dentro y listos!
Hecho todo esto, llega el momento de acuclillarse, una postura nada fácil de adoptar si no te puedes sentar en el inodoro, así que flexionas los brazos, te apoyas en las paredes y ¡Tachán! ¡Has completado la postura de Karate Kid dentro del retrete! (Con los pantalones bajados, eso sí, pero nadie es perfecto). ¡Miyagi estaría orgulloso de ti, campeón!
Sin embargo, el peor de los problemas aún está por llegar. El peor de los problemas se presenta cuando al acabar recuerdas con qué has limpiado el asiento del inodoro y descubres que en los bolsillos sólo llevas un envoltorio de chicle.
En general, los servicios de un bar corriente no tienen mucho interés: inodoro, lavabo, jabonera recargable sin jabón, pastilla de jabón hedionda para suplir la jabonera, secamanos averiado, toalla mugrienta para resolver el problema del secamanos y poca cosa más.
Los lavabos realmente apasionantes son los de los bares musicales, y de ellos tratará este artículo.
La situación es la siguiente: estás pasando una noche de muerte en un bar musical cuando de pronto sientes ganas de ir al baño. Como no parece buena idea pasar el resto de la velada con las piernas cruzadas y sudando frente a tus amigos y, lo que es peor, de tus amigas, uno suele excusarse e ir al lavabo a toda prisa. Y aquí empieza el espectáculo.
Para empezar, en el lavabo siempre hay una cola interminable. Parece que la haya montado el dueño del bar con figurantes para que cuando llegues a la puerta estés tan apurado que te sientas capaz de utilizar la letrina más nauseabunda. Y de hecho, en cuanto el avance de la cola te lleva hasta la puerta, sueles darte cuenta de que la letrina más nauseabunda del cuartel más sucio del mundo no tiene nada que envidiarle a lo que te vas a encontrar, a juzgar por el olor que se percibe ya a diez metros de la puerta.
Al llegar a la entrada de los lavabos, llega el primer dilema. Aparentemente, los dueños de bares musicales no han visto nunca los cartelitos del señor del bastón y la señora de época y han decidido obsequiar con un pequeño pasatiempo a sus clientes. ¿En qué lavabo entras? ¿En el que tiene un "+" en la puerta o en el que tiene una "X"? ¿En el que tiene un cartelito con una escoba o en el de la fregona? Son momentos en los que no puedes dejar de pensar que deberías haber prestado más atención cuando te explicaban las metáforas en clase.
Finalmente, y aplicando el afamado método de abrir la puerta que tienes más a mano con la esperanza de acertar con los servicios de hombres, encuentras tu lavabo. Los lavabos de los bares musicales suelen ser más espaciosos, pero el inventario de su contenido es parecido al de los bares de barrio: tres urinarios que permiten una estancia brevísima en el epicentro del hedor que notabas a diez metros de la puerta, un lavamanos, una jabonera sin jabón (y sin pastilla de jabón hedionda), un secamanos averiado (sin toalla mugrienta) y tres cabinas con inodoros para los más valientes, con la puerta serrada por arriba y por abajo de manera que a la madera le queden un par de palmos de apertura antes de llegar al marco. Muy íntimo, sí señor.
Si te toca usar los inodoros, la aventura continúa. Para empezar, en cuanto entras, echas de menos tus botas de agua, porque el suelo siempre está cubierto de una espesa capa de agua mezclada con algo que prefieres no saber qué es y que, aparentemente, está vivo, porque también impregna la superficie del inodoro casi por completo. Lamentablemente, no hay duda de qué es lo que cubre el asiento, así que si la necesidad aprieta, uno acaba vaciando el rollo de papel higiénico (o lo poco que queda de él) y limpiando tan bien como puede el plástico (tanto diseño en los cartelitos y, al final, los asientos de los lavabos siempre son de plástico cutre).
Al final de la operación, el resultado siempre es el mismo: el contacto con el maldito plástico sigue pareciendo repugnante, así que toca iniciar maniobras avanzadas. En primer lugar, no se puede hacer como en casa y bajarse los pantalones con normalidad, porque el caldo de cultivo que recubre el suelo nos los pondría perdidos, así que uno se ve obligado a bajarlos solamente hasta las rodillas. A continuación, la vista busca el pestillo de la puerta. ¿Pestillo? ¿Qué pestillo? Toca sostener la puerta con el pie y en cuanto apoyamos el pie en la madera comprobamos con horror que la puerta se abre hacia afuera. ¡Pues nada, hombre! ¡Se pasa el pie por debajo de la apertura inferior de la puerta, se tira de ella hacia dentro y listos!
Hecho todo esto, llega el momento de acuclillarse, una postura nada fácil de adoptar si no te puedes sentar en el inodoro, así que flexionas los brazos, te apoyas en las paredes y ¡Tachán! ¡Has completado la postura de Karate Kid dentro del retrete! (Con los pantalones bajados, eso sí, pero nadie es perfecto). ¡Miyagi estaría orgulloso de ti, campeón!
Sin embargo, el peor de los problemas aún está por llegar. El peor de los problemas se presenta cuando al acabar recuerdas con qué has limpiado el asiento del inodoro y descubres que en los bolsillos sólo llevas un envoltorio de chicle.
Comentario:
¿Lavabos sin puerta? ¡Espero que no fueran mixtos!
Comentario:
En USA encontre una disco aun mas divertida en cuanto a servicios se refiere. Llevaba ya tres cervezas cuando la necesidad de ir al servicio se hizo perentoria. Lo jodido era que la intimidad alli era cero. Si. No habia ni una misera puerta y no por falta de presupuesto (era una disco bastante apagna) sino de... yo que se.