Citius, altius, fortius
Hoy comienzan las Olimpiadas de Atenas. Este tipo de acontecimientos deportivos son la alegría de cualquier camarero, y no porque todos seamos grandes aficionados al deporte (en mi caso, hago menos deporte que una Maruja de cartón). A los camareros nos gusta tanto el deporte porque nos facilita el trabajo.
Para empezar, vienen menos clientes. Los aficionados al deporte prefieren quedarse en casa comiendo pizzas y bebiendo cervezas a salir a cenar, porque así pueden escuchar los comentarios del locutor, aunque la mayoría de veces no sepan ni de quién ni de qué está hablando:
-Y acabamos de ver a Maya Djorbundesnovieskalovskaya ejecutar un perfecto triple flip que le dará la medalla con seguridad...
Lo mejor, sin embargo, es que los que acaban yendo al bar de todos modos, entran en una especie de letargo en cuanto ven que retransmiten deportes. El mismo cliente que una semana antes te decía seis veces en tres minutos: "Nene, ¿te acuerdas de mi bocadillo?", de pronto es capaz de esperar horas a que le lleves su bocata porque, en realidad, ni siquiera recuerda que lo ha pedido.
Este estado hipnótico también tiene sus pequeños inconvenientes, ya que los clientes que ven deportes se quedan sordos como tapias, pero es un mal menor. Cuando vas a la mesa y preguntas: "¿Para quién era el bocata de anchoas?", lo más habitual es que ni te contesten. De hecho, tienes suerte si te miran. Lo bueno es que puedes dejarle los bocatas a quien quieras, porque si te equivocas y no le das a cada cliente el suyo, ni siquiera se va a dar cuenta. Se quedan sordos, ciegos y también pierden el sentido del gusto.
Además, si lo que retransmiten es un partido de fútbol, los efectos de la tele sobre los clientes del bar aún son más espectaculares. Cuando su equipo marca gol, cuando falla un gol cantado, cuando le pitan un penalty a favor o en contra o cuando hay una jugada polémica, el cliente es presa de espasmos y acaba tirando copas al suelo o incluso el plato y ni siquiera se da cuenta. El sentido del tacto también cae víctima del deporte. El olfato sobrevive, pero como quien ve fútbol ni siquiera es consciente de que tiene nariz, como si no existiera. Mientras hay fútbol en la tele podrías sustituir tu desodorante por líquido de bomba fétida y los clientes del bar ni siquiera se darían cuenta.
Si dicen que la marihuana es mala porque adormece los sentidos, el fútbol debe ser malísimo porque directamente los suprime.
Hablando de deportes, un linkito divertido: Mini-golf currado!
Para empezar, vienen menos clientes. Los aficionados al deporte prefieren quedarse en casa comiendo pizzas y bebiendo cervezas a salir a cenar, porque así pueden escuchar los comentarios del locutor, aunque la mayoría de veces no sepan ni de quién ni de qué está hablando:
-Y acabamos de ver a Maya Djorbundesnovieskalovskaya ejecutar un perfecto triple flip que le dará la medalla con seguridad...
Lo mejor, sin embargo, es que los que acaban yendo al bar de todos modos, entran en una especie de letargo en cuanto ven que retransmiten deportes. El mismo cliente que una semana antes te decía seis veces en tres minutos: "Nene, ¿te acuerdas de mi bocadillo?", de pronto es capaz de esperar horas a que le lleves su bocata porque, en realidad, ni siquiera recuerda que lo ha pedido.
Este estado hipnótico también tiene sus pequeños inconvenientes, ya que los clientes que ven deportes se quedan sordos como tapias, pero es un mal menor. Cuando vas a la mesa y preguntas: "¿Para quién era el bocata de anchoas?", lo más habitual es que ni te contesten. De hecho, tienes suerte si te miran. Lo bueno es que puedes dejarle los bocatas a quien quieras, porque si te equivocas y no le das a cada cliente el suyo, ni siquiera se va a dar cuenta. Se quedan sordos, ciegos y también pierden el sentido del gusto.
Además, si lo que retransmiten es un partido de fútbol, los efectos de la tele sobre los clientes del bar aún son más espectaculares. Cuando su equipo marca gol, cuando falla un gol cantado, cuando le pitan un penalty a favor o en contra o cuando hay una jugada polémica, el cliente es presa de espasmos y acaba tirando copas al suelo o incluso el plato y ni siquiera se da cuenta. El sentido del tacto también cae víctima del deporte. El olfato sobrevive, pero como quien ve fútbol ni siquiera es consciente de que tiene nariz, como si no existiera. Mientras hay fútbol en la tele podrías sustituir tu desodorante por líquido de bomba fétida y los clientes del bar ni siquiera se darían cuenta.
Si dicen que la marihuana es mala porque adormece los sentidos, el fútbol debe ser malísimo porque directamente los suprime.
Hablando de deportes, un linkito divertido: Mini-golf currado!
Comentario:
Que razón llevas, yo también he trabajado de camarero y durante los partidos de fútbol todo era tranquilidad, aunque el local estuviera lleno, solamente con un momento de ajetreo, el descanso.Y lo mejor de todo es ver al final del partido la cara de los "vencidos", y oir las palabras de los "vencedores".