Censura
El Periódico de Catalunya publicaba anteayer un artículo sobre una empresa norteamericana que se dedica a vender y alquilar películas "filtradas". La idea de colocar estos filtros es que se pueda ver el largometraje sin escenas violentas, sin sexo o sin palabras malsonantes, o bien combinar varios filtros para, por ejemplo, ver una película sin sexo y sin contenidos religiosamente reprobables. Censura a la carta, vamos.
Al parecer, parte de la industria de Hollywood ha acogido la idea con cierto entusiasmo, dado que les abre un mercado (el de los extremistas católicos y los mormones, por citar dos casos) de lo más suculento que antes estaba fuera de su alcance. Los empresarios de la compañía en cuestión se defienden con el siguiente argumento: "Si una película tiene contenidos violentos y alguien no disfruta con estos contenidos, ¿acaso no está en su derecho de ver la película de todos modos?" Pues hombre, en su derecho sí está, pero si no quieres ver violencia, mejor te alquilas una comedia romántica de Meg Ryan y Tom Hanks, ¿no?
Desde que leí el artículo me asaltan las preguntas trascendentales. ¿Cobrarán lo mismo por alquilar una peli sin cortes que por una película de Chuck Norris, por poner un caso, sin escenas violentas? Y es que me imagino la estampa del tipo que va a alquilar la película de artes marciales censurada y el dependiente dándole una foto y cobrándole el alquiler.
-Oiga, ¿está de guasa? Yo quiero alquilar una peli, no una foto.
-No, si ya lo sé, lo que pasa es que es el único fotograma sin violencia de la película así que mejor le doy la foto y le ahorro el trabajo de poner el deuvedé en el lector. Ah, y rebobíneme la foto antes de devolverla, que se les olvida siempre a todos.
También debe ser digna de ver la sección de cortometrajes, con títulos como "Rambo", "Pulp Fiction" o "Terminator", por ejemplo.
Tampoco se van a poder identificar las películas si la censura llega a los títulos, porque claro, si se quiere eliminar toda referencia a la violencia de las películas habrá que rebautizar algunas películas y ponerles, por ejemplo: "Arma que hace mucha pupita" ("letal" es muy violento), "Lucía y la amistad sin derecho a roce" ("sexo" es una palabra que, al parecer, ofende, supongo que sobre todo a quien va mal servido en este campo) o "La amiga íntima pero no carnal del rey" (leer "puta" en el título de una película puede provocar una angina de pecho a estos mojigatos).
Por otro lado, al parecer estos censores camuflados de defensores de los derechos del consumidor pretenden suprimir las escenas de besos apasionados entre no casados, los fragmentos en los que aparezcan homosexuales y las escenas en las que aparecen vestidos o trajes excesivamente sugerentes (entre los que incluyen trajes tan eróticos como los de los personajes de Los Increibles, aunque parezca ídem, con lo que las mallas ajustadas de Spiderman les deben parecer pornografía pura). Este punto va a comportar problemillas con los niños porque, que yo sepa, a la Bella Durmiente la despertaba con un beso un príncipe que no se había casado con ella, así que censura al canto; en Peter Pan, Campanilla va a desaparecer porque lleva un modelito digno de una bailarina de strip tease; Mejor no hacemos comentarios sobre La Sirenita, que va desnuda de cintura para abajo y a Nemo también nos lo cargamos porque va completamente desnudo. Si esto de la censura se pone de moda, Disney va a tener que cerrar.
En fin, espero que esta idea no tenga mucho éxito, porque ver por la tele "Los vigilantes con anorak creado digitalmente de la playa" o "Amistad casta y pura en Nueva York no iba a ser lo mismo.
Cuantísima incultura.
Al parecer, parte de la industria de Hollywood ha acogido la idea con cierto entusiasmo, dado que les abre un mercado (el de los extremistas católicos y los mormones, por citar dos casos) de lo más suculento que antes estaba fuera de su alcance. Los empresarios de la compañía en cuestión se defienden con el siguiente argumento: "Si una película tiene contenidos violentos y alguien no disfruta con estos contenidos, ¿acaso no está en su derecho de ver la película de todos modos?" Pues hombre, en su derecho sí está, pero si no quieres ver violencia, mejor te alquilas una comedia romántica de Meg Ryan y Tom Hanks, ¿no?
Desde que leí el artículo me asaltan las preguntas trascendentales. ¿Cobrarán lo mismo por alquilar una peli sin cortes que por una película de Chuck Norris, por poner un caso, sin escenas violentas? Y es que me imagino la estampa del tipo que va a alquilar la película de artes marciales censurada y el dependiente dándole una foto y cobrándole el alquiler.
-Oiga, ¿está de guasa? Yo quiero alquilar una peli, no una foto.
-No, si ya lo sé, lo que pasa es que es el único fotograma sin violencia de la película así que mejor le doy la foto y le ahorro el trabajo de poner el deuvedé en el lector. Ah, y rebobíneme la foto antes de devolverla, que se les olvida siempre a todos.
También debe ser digna de ver la sección de cortometrajes, con títulos como "Rambo", "Pulp Fiction" o "Terminator", por ejemplo.
Tampoco se van a poder identificar las películas si la censura llega a los títulos, porque claro, si se quiere eliminar toda referencia a la violencia de las películas habrá que rebautizar algunas películas y ponerles, por ejemplo: "Arma que hace mucha pupita" ("letal" es muy violento), "Lucía y la amistad sin derecho a roce" ("sexo" es una palabra que, al parecer, ofende, supongo que sobre todo a quien va mal servido en este campo) o "La amiga íntima pero no carnal del rey" (leer "puta" en el título de una película puede provocar una angina de pecho a estos mojigatos).
Por otro lado, al parecer estos censores camuflados de defensores de los derechos del consumidor pretenden suprimir las escenas de besos apasionados entre no casados, los fragmentos en los que aparezcan homosexuales y las escenas en las que aparecen vestidos o trajes excesivamente sugerentes (entre los que incluyen trajes tan eróticos como los de los personajes de Los Increibles, aunque parezca ídem, con lo que las mallas ajustadas de Spiderman les deben parecer pornografía pura). Este punto va a comportar problemillas con los niños porque, que yo sepa, a la Bella Durmiente la despertaba con un beso un príncipe que no se había casado con ella, así que censura al canto; en Peter Pan, Campanilla va a desaparecer porque lleva un modelito digno de una bailarina de strip tease; Mejor no hacemos comentarios sobre La Sirenita, que va desnuda de cintura para abajo y a Nemo también nos lo cargamos porque va completamente desnudo. Si esto de la censura se pone de moda, Disney va a tener que cerrar.
En fin, espero que esta idea no tenga mucho éxito, porque ver por la tele "Los vigilantes con anorak creado digitalmente de la playa" o "Amistad casta y pura en Nueva York no iba a ser lo mismo.
Cuantísima incultura.
Intelectualoides (o fantasmas)
Bruji: Eres un cielo, ¿lo sabías?
Antiguamente, si uno quería ser un intelectual como Dios manda tenía que estudiar un montón, prodigarse por las tertulias de intelectuales de la época, cultivar una cultura general digna de una enciclopedia ilustrada y dedicarse a la sabiduría en cuerpo y alma. Hoy en día, gracias a la televisión y a la estupenda cultura de masas, basta con saber escribir sin faltas de ortografía, aprenderse cuatro palabras difíciles y ¡hala, majete!, ya eres un intelectual con autoridad para hablar o escribir sobre lo que sea y donde te de la gana.
Esta nueva generación de intelectuales más falsos que un billete de seis euros con treinta ya no se prodiga por las tertulias a las que me refería antes, sino que luce su infinita sapiencia por escenarios más diversos. Los intelectualoides también se presentan en diversos envases, entre los que destacan:
1. Los intelectuales de bar: En todos los bares hay uno. El típico tío que si te ve comiendo gominolas y te escucha decir "¡Qué buenas están estas gominolas!" pone una expresión seria, sonríe como si estuviera a la vuelta de todo y te suelta algo así como: "¿son una invención del gobierno para tenernos controlados. Son baratas y adictivas, y las creó en los 60..." y así se puede pasar horas, el tipejo. Normalmente sus teorías son tan raras que si las escucharan Mulder y Scully seguro que lo contrataban del tirón.
2. Los freaks. Estos son eruditos de verdad, pero en materias tan raras como el lenguaje klingoniano o los entresijos de la serie Friends. Si te pillan en medio de una conversación con uno de los intelectuales de bar descritos más arriba, ¡tiembla!
3. Los tertulianos. Si sueltas una palabra como "fariseo" hablando con tus amigos, se reirán de ti; si pronuncias dos palabras infrecuentes en una misma frase, la gente creerá que eres rarito, y si te aprendes muchas y las dices muy seguidas, te invitarán a las tertulias de radio y televisión y te tratarán como una eminencia aunque no se te entienda nada. La otra opción es aprender a decir una burrada tras otra e inventarte muchas cosas sobre famosos y entrar en la nómina de tertulianos de la Campos o de Sardá.
4. Los gafapastas musicales o literarios. Gafotas de toda la vida convencidos de que cualquier canción o texto popular es una porquería y que sólo vale la pena lo que no escucha ni lee nadie. Si a ti te gusta Estopa, te sueltan "bah, música comercial, qué garrulo eres. Ben Harper sí que mola."; si te gustó "El código da Vinci" te replican que es un insulto a la inteligencia (como dijo Carmen Posadas) y te recomiendan una obra de Thomas Mann o de Noah Chomsky. SInceramente, si algo le gusta a todo el mundo menos a ellos, ¿no será que son raritos, y no que todo el mundo es tonto, como parecen creer?
Otra especialidad de estos especímenes es decir que ellos descubrieron un grupo antes que nadie y después cargárselo cuando se hace famoso. Que si los U2 de los inicios sí que eran buenos, pero después se vendieron a las multinacionales, que si Texas en sus primeros conciertos eran mucho mejores, que si REM sí que molaban cuando sólo los escuchaban ellos...
5. Los críticos. Los peores. Como los del punto anterior pero con pluma (de la de escribir, no como la de Boris Izaguirre). Son como el amigo gorrón al que invitas a cenar y que después se dedica a criticarte la comida. Van gratis a todos los conciertos y después critican con sorna y con saña al artista que les ha dejado entrar. Lo curioso es que uno puede ir a un concierto, pasárselo en grande y ver cómo el público corea las canciones enloquecido y aplaude a rabiar y al día siguiente leer en la crítica que el grupo es "soso y carente de talento, aunque el público aborregado por las radiofórmulas les riera todas las gracias". Creo que los críticos son los únicos autores que insultan directamente a sus lectores y esperan que al día siguiente les vuelvan a leer como si nada.
En fin, ante tanta avalancha de listillo, creo que lo mejor es regozijarnoe en nuestra ignorancia. Yo seré tonto, pero ellos son más pesados que un discurso de Fidel Castro.
Hoy un solo link, pero de los buenos. Si buscáis un intelectual de los buenos, un mago de las palabras con un cerebro privilegiado, es este:
Verbalia, el mundo de los verbívoros de Màrius Serra.
Antiguamente, si uno quería ser un intelectual como Dios manda tenía que estudiar un montón, prodigarse por las tertulias de intelectuales de la época, cultivar una cultura general digna de una enciclopedia ilustrada y dedicarse a la sabiduría en cuerpo y alma. Hoy en día, gracias a la televisión y a la estupenda cultura de masas, basta con saber escribir sin faltas de ortografía, aprenderse cuatro palabras difíciles y ¡hala, majete!, ya eres un intelectual con autoridad para hablar o escribir sobre lo que sea y donde te de la gana.
Esta nueva generación de intelectuales más falsos que un billete de seis euros con treinta ya no se prodiga por las tertulias a las que me refería antes, sino que luce su infinita sapiencia por escenarios más diversos. Los intelectualoides también se presentan en diversos envases, entre los que destacan:
1. Los intelectuales de bar: En todos los bares hay uno. El típico tío que si te ve comiendo gominolas y te escucha decir "¡Qué buenas están estas gominolas!" pone una expresión seria, sonríe como si estuviera a la vuelta de todo y te suelta algo así como: "¿son una invención del gobierno para tenernos controlados. Son baratas y adictivas, y las creó en los 60..." y así se puede pasar horas, el tipejo. Normalmente sus teorías son tan raras que si las escucharan Mulder y Scully seguro que lo contrataban del tirón.
2. Los freaks. Estos son eruditos de verdad, pero en materias tan raras como el lenguaje klingoniano o los entresijos de la serie Friends. Si te pillan en medio de una conversación con uno de los intelectuales de bar descritos más arriba, ¡tiembla!
3. Los tertulianos. Si sueltas una palabra como "fariseo" hablando con tus amigos, se reirán de ti; si pronuncias dos palabras infrecuentes en una misma frase, la gente creerá que eres rarito, y si te aprendes muchas y las dices muy seguidas, te invitarán a las tertulias de radio y televisión y te tratarán como una eminencia aunque no se te entienda nada. La otra opción es aprender a decir una burrada tras otra e inventarte muchas cosas sobre famosos y entrar en la nómina de tertulianos de la Campos o de Sardá.
4. Los gafapastas musicales o literarios. Gafotas de toda la vida convencidos de que cualquier canción o texto popular es una porquería y que sólo vale la pena lo que no escucha ni lee nadie. Si a ti te gusta Estopa, te sueltan "bah, música comercial, qué garrulo eres. Ben Harper sí que mola."; si te gustó "El código da Vinci" te replican que es un insulto a la inteligencia (como dijo Carmen Posadas) y te recomiendan una obra de Thomas Mann o de Noah Chomsky. SInceramente, si algo le gusta a todo el mundo menos a ellos, ¿no será que son raritos, y no que todo el mundo es tonto, como parecen creer?
Otra especialidad de estos especímenes es decir que ellos descubrieron un grupo antes que nadie y después cargárselo cuando se hace famoso. Que si los U2 de los inicios sí que eran buenos, pero después se vendieron a las multinacionales, que si Texas en sus primeros conciertos eran mucho mejores, que si REM sí que molaban cuando sólo los escuchaban ellos...
5. Los críticos. Los peores. Como los del punto anterior pero con pluma (de la de escribir, no como la de Boris Izaguirre). Son como el amigo gorrón al que invitas a cenar y que después se dedica a criticarte la comida. Van gratis a todos los conciertos y después critican con sorna y con saña al artista que les ha dejado entrar. Lo curioso es que uno puede ir a un concierto, pasárselo en grande y ver cómo el público corea las canciones enloquecido y aplaude a rabiar y al día siguiente leer en la crítica que el grupo es "soso y carente de talento, aunque el público aborregado por las radiofórmulas les riera todas las gracias". Creo que los críticos son los únicos autores que insultan directamente a sus lectores y esperan que al día siguiente les vuelvan a leer como si nada.
En fin, ante tanta avalancha de listillo, creo que lo mejor es regozijarnoe en nuestra ignorancia. Yo seré tonto, pero ellos son más pesados que un discurso de Fidel Castro.
Hoy un solo link, pero de los buenos. Si buscáis un intelectual de los buenos, un mago de las palabras con un cerebro privilegiado, es este:
Verbalia, el mundo de los verbívoros de Màrius Serra.