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LA LUNA EN UN CHARCO
Empapado pero contento.
Sobre mí
Ya sé que famoso con este blog no voy a hacerme. Quizás te aburrirías y pensarías que es más de lo mismo si te dijese como me llamo Manuel, donde vivo Barcelona y la edad que tengo treinta y tantos (y empiezo a ponerme nervioso), que tengo un divorcio a cuestas (muy nervioso) y un hijo de 6 años. Así que me lo callo, de todas formas a poco que leais os vais a enterar igual. A estas alturas está clarísimo que el mundo es una mierda, y que no es posible hacer nada heroico para salvarlo al completo. Lo único que podemos hacer, con suerte y paciencia, es no convertir nuestra vida en algo mediocre. De eso va esto, de lo que intento hacer para conseguirlo.
Esas cosillas que casi nadie sabe para qué sirven
 
Se acabó
Se acabaron las navidades. Los contenedores de basura estan llenos de cajas vacías de juguetes y de papel de regalo rasgado y roto. Dentro de poco quitarán el alumbrado navideño de las calles, quitarán los belenes de los escaparates y los sustituiran por abrigos rebajados y por minifaldas de entre tiempo.
Las navidades cada vez me gustan menos y me cuestan más. Este año me han costado más que nunca, porque la familia es cada vez más grande y porque ahora a la hora de comprar regalos sólo cuento con un sueldo en vez de comprar las cosas a medias con mi ex, como antes.
Mi hijo tiene un cacao mental con los reyes magos, papá noel y el caga tió. Le dió la carta de los reyes a un papá noel de medio pelo que repartía caramelos a la puerta de el corte inglés, me preguntaba cómo era eso del caga tió, que en una excursión del cole le cagó un juguetillo, y para terminarlo de rematar, este año durante nuestro viaje a Cádiz, por razones logísticas, los reyes vinieron a las cinco de la tarde del día 28 de diciembre y se fueron por un callejón sin salida. Pero él esta contento, como no. Es un niño afortunado que no sabe la suerte que tiene. Como la mayoría. Con su bicicleta nueva y su nuevo circuito de coches de carreras y su maletín espía dotado de micrófono espía acoplado a unas gafas de pega, con el cual espiará las conversaciones a través de las paredes o a lo largo de los pasillos, para enterarse quizás de que nos lo hemos inventado todo. Y que todos esos personajes que él espera con ilusión nos cuestan una pasta y en realidad no existen.