De perseidas y sensaciones
Anunciaban una lluvia de perseidas ... y las vi, ¡vaya si las vi! En apenas diez minutos distinguí seis perfectamente. Me hubiera quedado para ver muchas más pero mi pequeño duende comenzaba a tener miedo.
Habíamos subido unos pocos metros por la falda de un pequeño monte que hay frente a la casa y nos habíamos tumbado boca arriba como si fuéramos Timón y Pumba, los personajes del Rey León. Yo le rodeaba con mi brazo a modo de almohada dejando caer mi mano sobre su hombro pero, a pesar de ello, a los pocos minutos se sintió inquieto pos si algún insecto o pequeño animalillo se acercaba por allí.
A pesar del poco tiempo que estuvimos así fue uno de los momentos mágicos de este fin de semana.
Muchas veces despreciamos esos pequeños pueblos, apartados de cualquier gran urbe, por sus carencias en alardes técnicos: luces, música, discotecas, escaparates, atracciones mecánicas, piscinas climatizadas, canales digitales, conexiones informáticas... No sé lo que tardaremos pero estoy seguro de que, con el paso de los años, acabaremos valorando poder alejarnos de todo aquello para encontrar estos pequeños paraísos en donde la tranquilidad sólo es distraída por el vuelo de algún insecto, el silencio sólo lo rompen las aves y el discurrir del agua por el río y el tiempo se mide por la longitud que nuestra sombra proyecta en el suelo.
Esta fin de semana he podido disfrutar de todas estas cosas tan poco sofisticadas pero tan llenas de vida. Ver juntos al hombre que me educó y al que yo trato de educar preparando unas chuletas para compartir con la familia, a la orilla del Pisuerga. Si hay algo aún más gratificante que observar cómo se entretiene un hijo es verlo “trabajar” con su abuelo mano a mano.
Ningún menú del más afamado de los chef del mundo vale para mí lo que aquellas chuletas a la brasa. Ningún lujoso restaurante supera en sensaciones lo de aquella mesa de madera bajo las ramas de un manzano, construida este mismo año por un viejo ebanista jubilado. Ninguna cocina da ese mismo calor a la carne como ese bidón de chapa preparado para tales ocasiones.
Todo aquello sabe a verdad, a viento, a tierra. Ni siquiera se necesitan platos; la vajilla consiste en trozos de una hogaza de pan y los cubiertos son las manos de cada uno.
Pero no todo consiste en comer; hay que “salir de marcha”. Pero no lo hicimos en un coche “tuneado” ni por la ruta del bacalao, no. Nos fuimos en bicicleta por la ruta de las eras, entre chopos y trigales. Y no estábamos solos. Un azor nos vigilaba desde lo alto y poco más tarde un joven ciervo cruzaba delante nuestro hacia el río tan rápido que no pude parar la bicicleta y desenfundar la cámara de fotos.
En estas “rutas” también es necesario consumir. El sol cae a plomo y tanto la joven promesa del ciclismo como “el grueso del pelotón” que le seguía con la lengua fuera necesitábamos reponer líquidos.
Así llegamos al “pub” de moda. Una pequeña fuente junto a la iglesia del pueblo de al lado, al que habíamos llegado sin pisar ni un metro de asfalto.
No sé si Induráin saldría tan satisfecho cuando pasaba en cabeza los Alpes en el Tour de Francia como lo estaba yo al acabar 2º en una carrera entre dos.
Otro de los “lujos asiáticos” fue refrescarse al atardecer entre las limpias – y escasas – aguas de un pantano. Poderse bañar en un paraje tranquilo, rodeado de montes, sin ruidos ni problemas de aglomeraciones. Ver desde la orilla cómo, cuando el sol comienza a esconderse tras los montes, una tía juega con su sobrino que se resiste a salir del agua; le voltea de su barquita hinchable y escapa del “lugar del crimen” para evitar que éste le salpique a modo de represalia.
Son tantos los pequeños detalles que inyectan dosis de paz, que acarician un sistema nervioso alterado por otros acontecimientos en los que el hombre es un animal social y económico, guiado por ansias de poder y de riqueza, y no como aquí, donde se convierte en un mamífero inteligente y sensible, guiado únicamente por los sentidos y por el afecto.
Son tantos aquellos lugares en los que deberíamos sacar la fotografía de lo que disfruta el espíritu en lugar de aquellas fotos inertes que nos sacan a la entrada de los parques temáticos.
No me he olvidado de que éramos tres, lo que sucede es que varias de estas excursiones necesitan ciertas capacidades físicas que a ella le “robaron” como ya os conté en otra ocasión. Aquí, y no en una fría consulta, es donde quiero ver a esos jueces y médicos para que le digan que no puede dar un paseo en bici con su hijo pero sí puede trabajar porque consigue inclinar la espalda hasta cierto grado; que no puede subir una decena de metros por un monte para ver las estrellas pero sus pulmones aún tienen la capacidad mínima que exigen la leyes; que no puede jugar con su hijo en el agua pero es capaz aún de caminar y por lo tanto está bien.
Ella también disfrutó del fin de semana, pero porque hace tiempo que ha aprendido a vivir renunciando a unas cuantas cosas. Los médicos responsables de aquel destrozo no han sido capaces de renunciar a cinco miserables minutos de su sacrificada vida para descolgar el teléfono e interesarse por ella, a pesar de que delante de mí lo prometieron con un rictus de compromiso merecedor de un Oscar.
Pero el tiempo no para y llegó el día de regresar. Nos fuimos de allí y aquel pequeño pueblo se iba perdiendo, tímido, silencioso, oculto entre los árboles.
Apartado del mundo, sin querer hacer ruido, habiendo cosechado durante muchos años el fruto de sus tierras, después de criar jóvenes que después se van lejos y casi se olvidan de él; se quedó allí, arrinconado en el mapa, con su arquitectura en donde se refleja el paso de los años, su vida tranquila, aquel rincón de la montaña palentina.
Igual que el pueblo te quedaste tú allí, viejo ebanista. Tu imagen en el retrovisor fue la última que me traje.
Hay lugares, hay personas a las que nunca visitamos lo suficiente.
Habíamos subido unos pocos metros por la falda de un pequeño monte que hay frente a la casa y nos habíamos tumbado boca arriba como si fuéramos Timón y Pumba, los personajes del Rey León. Yo le rodeaba con mi brazo a modo de almohada dejando caer mi mano sobre su hombro pero, a pesar de ello, a los pocos minutos se sintió inquieto pos si algún insecto o pequeño animalillo se acercaba por allí.
A pesar del poco tiempo que estuvimos así fue uno de los momentos mágicos de este fin de semana.
Muchas veces despreciamos esos pequeños pueblos, apartados de cualquier gran urbe, por sus carencias en alardes técnicos: luces, música, discotecas, escaparates, atracciones mecánicas, piscinas climatizadas, canales digitales, conexiones informáticas... No sé lo que tardaremos pero estoy seguro de que, con el paso de los años, acabaremos valorando poder alejarnos de todo aquello para encontrar estos pequeños paraísos en donde la tranquilidad sólo es distraída por el vuelo de algún insecto, el silencio sólo lo rompen las aves y el discurrir del agua por el río y el tiempo se mide por la longitud que nuestra sombra proyecta en el suelo.Esta fin de semana he podido disfrutar de todas estas cosas tan poco sofisticadas pero tan llenas de vida. Ver juntos al hombre que me educó y al que yo trato de educar preparando unas chuletas para compartir con la familia, a la orilla del Pisuerga. Si hay algo aún más gratificante que observar cómo se entretiene un hijo es verlo “trabajar” con su abuelo mano a mano.
Ningún menú del más afamado de los chef del mundo vale para mí lo que aquellas chuletas a la brasa. Ningún lujoso restaurante supera en sensaciones lo de aquella mesa de madera bajo las ramas de un manzano, construida este mismo año por un viejo ebanista jubilado. Ninguna cocina da ese mismo calor a la carne como ese bidón de chapa preparado para tales ocasiones.
Todo aquello sabe a verdad, a viento, a tierra. Ni siquiera se necesitan platos; la vajilla consiste en trozos de una hogaza de pan y los cubiertos son las manos de cada uno.Pero no todo consiste en comer; hay que “salir de marcha”. Pero no lo hicimos en un coche “tuneado” ni por la ruta del bacalao, no. Nos fuimos en bicicleta por la ruta de las eras, entre chopos y trigales. Y no estábamos solos. Un azor nos vigilaba desde lo alto y poco más tarde un joven ciervo cruzaba delante nuestro hacia el río tan rápido que no pude parar la bicicleta y desenfundar la cámara de fotos.
En estas “rutas” también es necesario consumir. El sol cae a plomo y tanto la joven promesa del ciclismo como “el grueso del pelotón” que le seguía con la lengua fuera necesitábamos reponer líquidos.Así llegamos al “pub” de moda. Una pequeña fuente junto a la iglesia del pueblo de al lado, al que habíamos llegado sin pisar ni un metro de asfalto.
No sé si Induráin saldría tan satisfecho cuando pasaba en cabeza los Alpes en el Tour de Francia como lo estaba yo al acabar 2º en una carrera entre dos.
Otro de los “lujos asiáticos” fue refrescarse al atardecer entre las limpias – y escasas – aguas de un pantano. Poderse bañar en un paraje tranquilo, rodeado de montes, sin ruidos ni problemas de aglomeraciones. Ver desde la orilla cómo, cuando el sol comienza a esconderse tras los montes, una tía juega con su sobrino que se resiste a salir del agua; le voltea de su barquita hinchable y escapa del “lugar del crimen” para evitar que éste le salpique a modo de represalia.
Son tantos los pequeños detalles que inyectan dosis de paz, que acarician un sistema nervioso alterado por otros acontecimientos en los que el hombre es un animal social y económico, guiado por ansias de poder y de riqueza, y no como aquí, donde se convierte en un mamífero inteligente y sensible, guiado únicamente por los sentidos y por el afecto. Son tantos aquellos lugares en los que deberíamos sacar la fotografía de lo que disfruta el espíritu en lugar de aquellas fotos inertes que nos sacan a la entrada de los parques temáticos.
No me he olvidado de que éramos tres, lo que sucede es que varias de estas excursiones necesitan ciertas capacidades físicas que a ella le “robaron” como ya os conté en otra ocasión. Aquí, y no en una fría consulta, es donde quiero ver a esos jueces y médicos para que le digan que no puede dar un paseo en bici con su hijo pero sí puede trabajar porque consigue inclinar la espalda hasta cierto grado; que no puede subir una decena de metros por un monte para ver las estrellas pero sus pulmones aún tienen la capacidad mínima que exigen la leyes; que no puede jugar con su hijo en el agua pero es capaz aún de caminar y por lo tanto está bien.
Ella también disfrutó del fin de semana, pero porque hace tiempo que ha aprendido a vivir renunciando a unas cuantas cosas. Los médicos responsables de aquel destrozo no han sido capaces de renunciar a cinco miserables minutos de su sacrificada vida para descolgar el teléfono e interesarse por ella, a pesar de que delante de mí lo prometieron con un rictus de compromiso merecedor de un Oscar.
Pero el tiempo no para y llegó el día de regresar. Nos fuimos de allí y aquel pequeño pueblo se iba perdiendo, tímido, silencioso, oculto entre los árboles. Apartado del mundo, sin querer hacer ruido, habiendo cosechado durante muchos años el fruto de sus tierras, después de criar jóvenes que después se van lejos y casi se olvidan de él; se quedó allí, arrinconado en el mapa, con su arquitectura en donde se refleja el paso de los años, su vida tranquila, aquel rincón de la montaña palentina.
Igual que el pueblo te quedaste tú allí, viejo ebanista. Tu imagen en el retrovisor fue la última que me traje.
Hay lugares, hay personas a las que nunca visitamos lo suficiente.
Comentario:
que chevere que las viste!!! me hubiera gustado a mi tambièn pero no sabìa como serìa por aquì... :s me imagino que nada...
Y con respecto a las chuletas... es que no hay nada como el sabor de casa pues! :)
Que bonito tu paseo, de verdad... yo espero tener uno igual próximamente :) Y es bien cierta tu frase ùltima... me has dejado pensando.
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Comentario:
Que maravillosa es la naturaleza...una lluvia de estrellas, nada mejor para apaciguar el alma. Casi tanto como leer este paseo por tus paseos...sigo leyendote.
Musu txiki bat.
Ondo Ibili.
Musu txiki bat.
Ondo Ibili.

Comentario:
A ver.. si lo consigo... aprenderé.. aprenderé.. ;-))
Comentario:
yo tengo mi pequeño refugio del alma particular entre montañas tambien. por desgracia hace tiempo que no puedo visitarlo, pero tengo la intuicion de que la proxima vez que vaya renovare energias. gracias por tu post!
Comentario:
Es la primera vez q t leo y me ha gustado mucho lo que escribes. A veces hay que desconectar e irse a sitios como esos.
besitos
besitos
Comentario:
que bonito tu post.
Yo soy chica urbana casi al 100 x 100 pero cada vez soporto menos el ruido. Es cierto, creo que me estoy volviendo una antisocial. Siempre que puedo me alejo. Soy nómada y necesito cambiar de aires para recuperar el equilibrio. Eso sí, siempre hay que volver. Necesito mi punto de referencia.
Un abrazo y enhorabuena por esa manera tan lida que tienes de ver la vida
Yo soy chica urbana casi al 100 x 100 pero cada vez soporto menos el ruido. Es cierto, creo que me estoy volviendo una antisocial. Siempre que puedo me alejo. Soy nómada y necesito cambiar de aires para recuperar el equilibrio. Eso sí, siempre hay que volver. Necesito mi punto de referencia.
Un abrazo y enhorabuena por esa manera tan lida que tienes de ver la vida
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Precioso, has conseguido que tenga ganas de salir al campo, y eso es dificil porque yo vivo en el campo. Me parece un texto bucolico y muy lindo. Un saludo desde el fondo del oceano.
Comentario:
Has tenido un buen descanso....eso es descansar..y disfrutar,en una palabra ..vivir.
Besitos.
Besitos.
Comentario:
Hay que vivir cada minuto como si fuera el último, como tú, disfruto más de las cosas insignificantes que de los grandes acontecimientos, a veces nadie lo entiende.
Un beso.
Preciosas fotos.
Un beso.
Preciosas fotos.
Comentario:
Qué bonito, qué paz... Yo no pude ver las estrellas, a ver si el año que viene nos hacemos una piña los tres en la playa, abrazados mirando al infinito...
Besitos ;)
Besitos ;)
Comentario:
Precioso.. y ya sabes... a visitar mas a los que amas y te inspiran tanto pensamiento precioso... Sin duda son alimento para el alma... besos y gracias por tus visitas a mi pagina... Está normalmente en soledad... ;-))
Comentario:
Hermoso post, me ha encantado.
Gracias por tu visita. Volveré por aquí, seguro.
Gracias por tu visita. Volveré por aquí, seguro.
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Fue maravilloso recorrer contigo esos lugares, sitios que se deberían de visitar con mas frecuencia pues nos llevan a una vida menos agobiada y mas sana y las fotos preciosas. Me alegro que hayais disfrutado tanto y siento que ella no pudiera participar en todo, la vida es así, no hay felicidad completa.
Un beso
Un beso
Comentario:
También disfruté de las Perseidas, en una casa perdida de la Axarquía Malagueña, con mis leonas, en poco más de media hora fueron 23, una tras otra, sin parar y ya cerca el amanecer. La sensación de estar tumbada en medio del campo, las tres dentro de unas mantas (a esa hora hacía algo de frío) y sentirnos tan unidas, es una de esas sensaciones que se guardan en lugar especial, para recuperar en malos tiempos... y saber que esa otra persona especial estaba ahí, al lado también....
Besos de una maia.
(Por cierto, al día siguiente, mis hijas recordaron que por esos lares circulan arañas bastante "creciditas" y sintieron algo de miedo... pero en el momento de ver las estrellas fugaces, ni pasarse por su imaginación)
Besos de una maia.
(Por cierto, al día siguiente, mis hijas recordaron que por esos lares circulan arañas bastante "creciditas" y sintieron algo de miedo... pero en el momento de ver las estrellas fugaces, ni pasarse por su imaginación)
Comentario:
Gracia a tí por las tuyas, tanto en mi post como en el tuyo. Relajas mucho. Un besazo muy fuerte.






Cada mañana me levanto con la idea de que algo va a mejorar. Sin embargo, cada día nos vemos envueltos en otro poco más de basura por causas que no llego a entender. Cuando llego a casa, la ducha no es capaz de quitarme más que la suciedad propia de mi zanja.
Aquí trato de deshacerme de todo el barro que me inyectan dentro antes de que se endurezca y me convierta en una insensible figura de cerámica.
Si os sirve como terapia os invito a gritar conmigo.