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Desde mi zanja
El mundo visto desde abajo. Las ingenuas opiniones de un obrero de la construcción.
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Image hosted by Photobucket.com Cada mañana me levanto con la idea de que algo va a mejorar. Sin embargo, cada día nos vemos envueltos en otro poco más de basura por causas que no llego a entender. Cuando llego a casa, la ducha no es capaz de quitarme más que la suciedad propia de mi zanja. Aquí trato de deshacerme de todo el barro que me inyectan dentro antes de que se endurezca y me convierta en una insensible figura de cerámica. Si os sirve como terapia os invito a gritar conmigo. free hit counter
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La última luz (II de IV)
Martín esperaba simplemente otro día más, uno de tantos. En el trabajo todo transcurría normal, él dedicado a lo suyo, con un gesto impasible. No hablaba más que lo necesario si no se dirigían a él. Por la tarde, a la salida del trabajo, un seco “adiós, hasta mañana”, y vuelta a casa.
Esa tarde, al llegar a casa, Martín se duchó, como todos los días, y después se cambió de ropa con la intención de salir a la calle. La tarde estaba un tanto desapacible. Corría un aire fresco que constantemente cambiaba de dirección, pero no llovía. Por aquella zona de la ciudad el tráfico era denso y el ruido de los motores en marcha de todos aquellos vehículos, el de sus bocinas y el de alguna que otra sirena, bien de la policía o bien de las ambulancias, lo irritaban mucho. Pero él quería pasear. Llevaba mucho tiempo sin hacerlo y quería caminar por su ciudad, contemplar los escaparates, cruzarse con la gente.
Se quedó observando a un crío que, insistentemente, tiraba de la mano de su madre mientras con la otra señalaba un coche de carreras que se exponía en un escaparate. Siguió caminando y, unos metros más adelante, estuvo a punto de ser derribado por una cuadrilla de jóvenes estudiantes que corrían, tirándose unos a otros sus carpetas. Este incidente, lejos de enfadarle, le robó una sonrisa que lo animó a seguir paseando.
Y así, viendo cómo vivía la ciudad, se acercó hasta una coqueta librería. Decidió entrar a buscar algo con lo que entretenerse. La tienda estaba vacía. Únicamente un hombre de unos sesenta años, con gafas y un canoso bigote atendía tras un pequeño mostrador, colocado a la izquierda de la entrada. Entró y, tras dar las buenas tardes al dependiente, le comentó lo que iba a buscar. El canoso dueño le señaló la zona de aquel tema y lo invitó a que buscase él mismo. Se dirigió a unas estanterías que había en el fondo de la tienda y allí comenzó a ojear algunos libros.
Sonaron los cascabeles de la entrada de la tienda. Martín tenía en esos momentos un libro de bricolaje en las manos y estaba de espaldas a la puerta. No se preocupó de mirar quién había entrado.
Oyó decir al dueño asustado: “¿Qué van a hacer?”. Y quiso darse la vuelta pero alguien ya lo sujetaba por el brazo con fuerza y notó en su garganta el frío metálico de una navaja. Una voz nerviosa y baja le advirtió: “No te muevas o te corto el cuello”. Escuchó cómo otro intimidaba al dependiente y le pedía que abriese la caja. El que le sujetó a él seguía a su lado, pero le había soltado y le recriminaba al otro: “Date prisa, tú!”. Martín aprovechó para girar la cabeza y vio primero al dueño, asustado, con pulso tembloroso, cogiendo el dinero que había en la caja. Después, al otro individuo, joven, que lo encañonaba con una pistola. Siguió girando la cabeza y vio al que estaba junto a él, de medio lado. En la mano derecha aún esgrimía una navaja que mantenía muy cerca de sus costillas. También miraba la escena de la caja. Cuando el atracador volvió la cara de nuevo, lo reconoció y lentamente se volvió hasta ponerse frente a él.
Aquel joven dio un paso hacia atrás, guardó la navaja y, sin dejar de mirar a su padre, gritó: “¡Vamos, acaba!”. Padre e hijo se miraban a los ojos sin pronunciar palabra alguna.
Aquella escena duró apenas unos segundos pero en ese poco tiempo pasaron por la cabeza de martín infinidad de recuerdos. Cuando, como acababa de ver en la calle, Roberto le pedía todo lo que veía en los escaparates; recordó la cara de Paula, con él en brazos el día en que nació; recordó el desconsolado llanto de Roberto cuando los abandonó para siempre Patricia; recordó el brillo extraño de aquellos ojos la primera noche que Roberto llegó a casa “volando”...
Una voz dijo desde la puerta: “¡Vamos!”. Ellos seguían mirándose. Roberto dio dos pasos hacia atrás, muy lentamente, y se detuvo. Aún se miraban. Su compañero gritaba impaciente desde la puerta. “¿Qué esperas?”. Martín quiso avanzar hacia Roberto, que permanecía inquieto pero inmóvil delante de él. Pero en cuanto le tendió una mano acercándose a él, éste giró y salió de la librería corriendo. Martín se asomó a la puerta lo más rápidamente que pudo y sólo consiguió verle doblar la esquina huyendo... quizás de él.
“Fue todo muy rápido. Eran dos jóvenes morenos, de mediana estatura. Uno de ellos llevaba una pistola.” Es todo lo que declaró a la policía cuando le interrogaron.
... continuará
 
Comentario:
Gracias por tu visita.Interesante tu relato volvere a leer los siguientes capitulos.
Besitos.
 
Comentario:
Son situaciones que se salen de control, en las que nadie es responsable más que de su vida. Es duro e interesante.

Un biko.biko azul
 
Comentario:
Tiene que ser muy duro vivir una situación así, y culparse uno mismo cuando no tiene culpa de nada.
Ya llevamos la mitad del relato, guay, guay, ta interesante.
Te libras porque tirabas al gato sobre el sofá, que si no........ a mi gato no le harías eso, es un cabronazo, a la primera te saca los ojos, jejejeejee.
Saludis.
No