la libreta Moleskine
Hoy me apetece escribir para no decir nada, quiero rellenar líneas y líneas
sin ningún contenido. Esta vez, más que nunca, no importa lo que escriba sino dónde. Me explico:
Soy alguien que no cree en horóscopos, quiromancia, males de ojo, el destino, señales y conceptos de esa índole. Creo más en las casualidades que, a veces, parecen tan bien concebidas que merecen la pena atribuirles un creador esotérico y una reflexiva interpretación. Seguiré sin creer, pero sí que lo que escribo ahora tiene que ver con coincidencias curiosas. Voy a intentar relatar esas coincidencias.
Hace mucho tiempo (más de un año, quizá dos, no puedo precisar) me regalaron una libreta y la semana pasada la descubrí medio olvidada en ese clandestino rincón que todos tenemos, donde amontonamos cosas difíciles de clasificar y que “ya ordenaremos cuando tenga un rato”. Y como iba a marcharme de viaje la cogí por si me surgía alguna idea para escribir. Me dije: “parece manejable y cómoda para llevar encima”. Así que la saqué de su funda de plástico y quise darle la oportunidad de cambiar de utensilio inerte a vehículo de sentimientos.
En ese viaje, el sábado me acerqué a una librería para comprar la prensa pero se había agotado el diario que suelo leer. Tampoco soy un fanático en estos temas, aunque sí tenga mis preferencias, así que cogí otro, no habitual para mí. Me senté en una terracita a leerlo junto a un Bitter Kas y descubrí positivamente en él un suplemento sobre libros, discos y arte en general y, al azar, me dejé caer en un artículo titulado “Saldos de agosto” en donde su autor hablaba sobre la posibilidad de encontrar libros muy interesantes a precios muy rebajados para darles salida.
Y me encuentro con que otro de los artículos que las librerías han tenido que reubicar como saldo son “las libretas moleskine”, que estuvieron de moda porque era – por lo que he leído después - la que Hemingway utilizaba para tomar sus notas. No podía creerlo, ¡es la libreta que llevo en el bolsillo! O más bien sí, no sólo puedo creerlo sino que encaja perfectamente todo: esa libreta no es una libreta cualquiera, no es una libreta a la que yo pueda dar vida; es una libreta con pedigrí, ya tiene – o se le supone – un valor propio por su diseño y su historia.

Como decía, todo encaja perfectamente. Creía tener en mis manos el único regalo con valor inmaterial pero… también es de diseño. Y así no lo quiero. No quiero un envoltorio para mis palabras, ni para mi hogar, ni para mis espaldas, ni para mis amigos. He escrito en bordes de un periódico. Compro cuadernos baratos; un papel no vale nada hasta que no se escribe en él. Solo busco que tengan tapas que soporten un poco más la humedad si lo llevo al trabajo; pequeños, que me entren en un departamento de mi furgoneta o que no tengan anillas para escribir con comodidad en la página de la izquierda si lo hago sobre una mesa. ¡No quiero papel noble! Porque no es más que papel, aunque cueste más dinero, más absurdo y estúpido dinero, más presuntuoso y vacío dinero.
No quiero esa libreta, no soy capaz de darle vida. Por eso no quiero escribir nada en ella: tiene valor por fuera pero está vacía y así va a seguir. Podría dejarme el alma entre sus páginas pero daría igual. Hay quien no es capaz de abrir una libreta bonita para ver si lo que hay dentro lo mejora. Ni de ojear un viejo cuaderno sin sospechar que dentro puede haber algo que le conmueva. Hay regalos, hay personas, hay vidas que son sólo un lujoso envoltorio, una gran decepción.
No hay libreta en el mundo, ni cuaderno, ni enciclopedia, ni lujoso libro sagrado en el mismísimo Vaticano que tenga la categoría suficiente para ser el marco apropiado de tres, sólo tres palabras, mal escritas, que me envió mi hijo por teléfono para decirme que había aprobado todo el curso. Las letras y el papel no son más que un vehiculo que llevan un gran tesoro dentro, no son ellos el tesoro.
Hemingway escribía en la libreta Moleskine. Ninguno nos vamos a convertir en Hemingway ni en nadie sino en nosotros mismos. Disfrazarnos de otros es matar nuestra alma y entonces, ¿quiénes somos? ¿otro? , ¿nadie? , ¿nada?...
sin ningún contenido. Esta vez, más que nunca, no importa lo que escriba sino dónde. Me explico:
Soy alguien que no cree en horóscopos, quiromancia, males de ojo, el destino, señales y conceptos de esa índole. Creo más en las casualidades que, a veces, parecen tan bien concebidas que merecen la pena atribuirles un creador esotérico y una reflexiva interpretación. Seguiré sin creer, pero sí que lo que escribo ahora tiene que ver con coincidencias curiosas. Voy a intentar relatar esas coincidencias.
Hace mucho tiempo (más de un año, quizá dos, no puedo precisar) me regalaron una libreta y la semana pasada la descubrí medio olvidada en ese clandestino rincón que todos tenemos, donde amontonamos cosas difíciles de clasificar y que “ya ordenaremos cuando tenga un rato”. Y como iba a marcharme de viaje la cogí por si me surgía alguna idea para escribir. Me dije: “parece manejable y cómoda para llevar encima”. Así que la saqué de su funda de plástico y quise darle la oportunidad de cambiar de utensilio inerte a vehículo de sentimientos.
En ese viaje, el sábado me acerqué a una librería para comprar la prensa pero se había agotado el diario que suelo leer. Tampoco soy un fanático en estos temas, aunque sí tenga mis preferencias, así que cogí otro, no habitual para mí. Me senté en una terracita a leerlo junto a un Bitter Kas y descubrí positivamente en él un suplemento sobre libros, discos y arte en general y, al azar, me dejé caer en un artículo titulado “Saldos de agosto” en donde su autor hablaba sobre la posibilidad de encontrar libros muy interesantes a precios muy rebajados para darles salida.
Y me encuentro con que otro de los artículos que las librerías han tenido que reubicar como saldo son “las libretas moleskine”, que estuvieron de moda porque era – por lo que he leído después - la que Hemingway utilizaba para tomar sus notas. No podía creerlo, ¡es la libreta que llevo en el bolsillo! O más bien sí, no sólo puedo creerlo sino que encaja perfectamente todo: esa libreta no es una libreta cualquiera, no es una libreta a la que yo pueda dar vida; es una libreta con pedigrí, ya tiene – o se le supone – un valor propio por su diseño y su historia.

Como decía, todo encaja perfectamente. Creía tener en mis manos el único regalo con valor inmaterial pero… también es de diseño. Y así no lo quiero. No quiero un envoltorio para mis palabras, ni para mi hogar, ni para mis espaldas, ni para mis amigos. He escrito en bordes de un periódico. Compro cuadernos baratos; un papel no vale nada hasta que no se escribe en él. Solo busco que tengan tapas que soporten un poco más la humedad si lo llevo al trabajo; pequeños, que me entren en un departamento de mi furgoneta o que no tengan anillas para escribir con comodidad en la página de la izquierda si lo hago sobre una mesa. ¡No quiero papel noble! Porque no es más que papel, aunque cueste más dinero, más absurdo y estúpido dinero, más presuntuoso y vacío dinero.
No quiero esa libreta, no soy capaz de darle vida. Por eso no quiero escribir nada en ella: tiene valor por fuera pero está vacía y así va a seguir. Podría dejarme el alma entre sus páginas pero daría igual. Hay quien no es capaz de abrir una libreta bonita para ver si lo que hay dentro lo mejora. Ni de ojear un viejo cuaderno sin sospechar que dentro puede haber algo que le conmueva. Hay regalos, hay personas, hay vidas que son sólo un lujoso envoltorio, una gran decepción.
No hay libreta en el mundo, ni cuaderno, ni enciclopedia, ni lujoso libro sagrado en el mismísimo Vaticano que tenga la categoría suficiente para ser el marco apropiado de tres, sólo tres palabras, mal escritas, que me envió mi hijo por teléfono para decirme que había aprobado todo el curso. Las letras y el papel no son más que un vehiculo que llevan un gran tesoro dentro, no son ellos el tesoro.
Hemingway escribía en la libreta Moleskine. Ninguno nos vamos a convertir en Hemingway ni en nadie sino en nosotros mismos. Disfrazarnos de otros es matar nuestra alma y entonces, ¿quiénes somos? ¿otro? , ¿nadie? , ¿nada?...






Cada mañana me levanto con la idea de que algo va a mejorar. Sin embargo, cada día nos vemos envueltos en otro poco más de basura por causas que no llego a entender. Cuando llego a casa, la ducha no es capaz de quitarme más que la suciedad propia de mi zanja.
Aquí trato de deshacerme de todo el barro que me inyectan dentro antes de que se endurezca y me convierta en una insensible figura de cerámica.
Si os sirve como terapia os invito a gritar conmigo.