La vida es sueño
A estas alturas, uno ya no sabe muy bien en qué consiste la vida. A estas alturas, uno se plantea si tener inquietudes más allá que las de pura supervivencia consiguen realizarnos o destrozarnos. A estas alturas uno deja de sentir lástima por los últimos años de su abuela para sentirlo por uno mismo y por los demás.
Sí; al menudo pero inquebrantable cuerpo de mi abuela se le estropeó una pieza y desequilibró un perfecto mecanismo cuando en la pastelería ya buscaban la vela número 96. Pero no llegó a soplar la tarta; se fue “jodida pero contenta” según decía ella misma.
“Contenta…” ¡claro! ¡si no tenía preocupaciones! Su cabeza se había apartado de ellas hace bastantes años y eso le hizo –y cada día me alegro más por ello- vivir con alegría esos últimos años.
Otro amigo, que visitó por unos minutos el trastero de los vivos, opina también que hasta ese día tuvo una vida más que aceptable y se plantea si en esta segunda oportunidad merecerá la pena enfrentarse a los más que probables problemas que estén por venir.
A todo esto le vengo dando vueltas desde que me he levantado de la butaca del cine. (Sí, peligro, cada vez que voy al cine me da por reflexionar y no sé si es bueno). He visto “Revolutionary Road “ y trata sobre el imposible equilibrio entre las inquietudes y las necesidades. Está ambientada hace varias décadas pero la encuentro tremendamente actual. Habla de la gran epidemia de la sociedad del bienestar: el constante sueño con una vida más plena.
Y nos puede, ese deseo… esa sospecha de que aún podemos realizarnos más nos atenaza, nos esclaviza y no nos deja disfrutar de unas posibilidades por las que millones de seres arriesgan su vida y la de sus propios hijos.
En la película aparece el tema del aborto pero no creo que hable de no dejar vivir a un bebé sino de cómo somos capaces de abortarnos a nosotros mismos cuando no nos llena lo que nos queda por delante. “Si no puedo conseguir mi sueño, mejor me retiro” parece decirnos alguno de sus personajes. Y, curiosamente, el personaje desequilibrado para la sociedad es el que ve claramente toda la verdad de lo que sucede.
¿Estamos locos por soñar? ¿Somos cuerdos y sensatos al rendirnos?
Personalmente, me niego a retirarme pero también a dejar de soñar. “La vida es sueño” decía Calderón de la Barca y quiero seguir durmiendo y soñando porque al despertar … los sueños se hacen imposibles.
Sí; al menudo pero inquebrantable cuerpo de mi abuela se le estropeó una pieza y desequilibró un perfecto mecanismo cuando en la pastelería ya buscaban la vela número 96. Pero no llegó a soplar la tarta; se fue “jodida pero contenta” según decía ella misma.
“Contenta…” ¡claro! ¡si no tenía preocupaciones! Su cabeza se había apartado de ellas hace bastantes años y eso le hizo –y cada día me alegro más por ello- vivir con alegría esos últimos años.
Otro amigo, que visitó por unos minutos el trastero de los vivos, opina también que hasta ese día tuvo una vida más que aceptable y se plantea si en esta segunda oportunidad merecerá la pena enfrentarse a los más que probables problemas que estén por venir.
A todo esto le vengo dando vueltas desde que me he levantado de la butaca del cine. (Sí, peligro, cada vez que voy al cine me da por reflexionar y no sé si es bueno). He visto “Revolutionary Road “ y trata sobre el imposible equilibrio entre las inquietudes y las necesidades. Está ambientada hace varias décadas pero la encuentro tremendamente actual. Habla de la gran epidemia de la sociedad del bienestar: el constante sueño con una vida más plena.
Y nos puede, ese deseo… esa sospecha de que aún podemos realizarnos más nos atenaza, nos esclaviza y no nos deja disfrutar de unas posibilidades por las que millones de seres arriesgan su vida y la de sus propios hijos.
En la película aparece el tema del aborto pero no creo que hable de no dejar vivir a un bebé sino de cómo somos capaces de abortarnos a nosotros mismos cuando no nos llena lo que nos queda por delante. “Si no puedo conseguir mi sueño, mejor me retiro” parece decirnos alguno de sus personajes. Y, curiosamente, el personaje desequilibrado para la sociedad es el que ve claramente toda la verdad de lo que sucede.
¿Estamos locos por soñar? ¿Somos cuerdos y sensatos al rendirnos?
Personalmente, me niego a retirarme pero también a dejar de soñar. “La vida es sueño” decía Calderón de la Barca y quiero seguir durmiendo y soñando porque al despertar … los sueños se hacen imposibles.






Cada mañana me levanto con la idea de que algo va a mejorar. Sin embargo, cada día nos vemos envueltos en otro poco más de basura por causas que no llego a entender. Cuando llego a casa, la ducha no es capaz de quitarme más que la suciedad propia de mi zanja.
Aquí trato de deshacerme de todo el barro que me inyectan dentro antes de que se endurezca y me convierta en una insensible figura de cerámica.
Si os sirve como terapia os invito a gritar conmigo.