Balada de otoño
Llueve,
detrás de los cristales, llueve y llueve
sobre los chopos medio deshojados,
sobre los pardos tejados,
sobre los campos, llueve.
Pintaron de gris el cielo
y el suelo
se fue abrigando con hojas,
se fue vistiendo de otoño.
Llueve, detrás de los mostradores llueve y llueve. La tormenta arrecia y en la calle ya no sólo hay charcos sino un torrente de desesperación que arrastra proyectos de vida hechos con materiales escasos. Van cayendo las chabolas y corren peligro aquellos hogares de construcción precaria.
La tormenta perfecta. Este es el verdadero cambio climático, la evolución insostenible, el desequilibrio más salvaje. Hablamos tanto del respeto a nuestro planeta, a sus cordilleras, a sus mares, a sus bosques, a sus especies, que nos olvidamos de proteger a la más débil.
Una balada en otoño,
a veces como un murmullo,
y a veces como un lamento
y a veces viento.
Te podría contar
que esta quemándose mi último leño en el hogar,
que soy muy pobre hoy,
que por una sonrisa doy
todo lo que soy,
porque estoy solo
y tengo miedo.
No podía ser. El equilibrio se convierte en magia cuando se han de soportar tantas cosas y tan arriba. Y la magia sólo existe cuando me miras a los ojos y confías en que yo te vuelva a subir en lo más alto. Porque tú sabes que yo sé vivir con mucho menos.
Pero necesito vivir. No puedes abandonar ahora. Me ahogo en la calle, al pie de tu rascacielos. Te lo dije: no puedes acumular tantas cosas en la azotea; tanta fiesta, tanto lujo, un helipuerto para ti solo y una piscina, cada vez más grande.
Te lo dije: ya tienes bastante agua y aquí abajo escasea. Nos arreglamos con poco, pero escasea. Pero tú siempre quieres más y ahora tu piscina se ha desbordado, se ha agrietado y aquí abajo nos ha caído todo en tromba y nos arrastra.

Tus empleados piden por megafonía que nos acerquemos a achicar, a recomponer, a limpiar, a curar... Pero el agua no deja de caer y nos arrastra, nos aleja del edificio y no sabemos cuándo parará y si sobreviviremos. Y tú pides nuestra ayuda. Y te la queremos dar. ¡Perdón! ¡He mentido! No queremos, pero sabemos que de otra manera no es posible. Nosotros sí que sabemos que para que la evolución sea sostenible nos necesitamos todos.
Por eso te pedimos: ¡mójate!. ¿No ves que tu escondite se ve mucho? Estás ahí arriba, con los pies secos, en tu helicóptero privado y asustado porque tu gran obra se derrumba. ¿Pero no eres capaz de poner el pie allí donde hay fango para cerrar la manguera del agua?
¡Mójate! Si quieres salir de ésta necesitas nuestra ayuda, pero te necesitamos para poder sobrevivir. Para la sangría, salpica tus pantalones y arriesga. Tú estás tratando de salvar tu ropa, nosotros nuestra casa.
Y tú estás en crisis. Toda la vida invirtiendo en valores para tener poder y ahora tienes poder, pero no tienes valor. ¡Esto sí que es invertir valores!
Si tú fueras capaz
de ver los ojos tristes de una lámpara y hablar
con esa porcelana que descubrí ayer
y que por un momento se ha vuelto mujer.
Entonces, olvidando
mi mañana y tu pasado
volverías a mi lado.
Se va la tarde y me deja
la queja
que mañana será vieja
de una balada en otoño.
detrás de los cristales, llueve y llueve
sobre los chopos medio deshojados,
sobre los pardos tejados,
sobre los campos, llueve.
Pintaron de gris el cielo
y el suelo
se fue abrigando con hojas,
se fue vistiendo de otoño.
Llueve, detrás de los mostradores llueve y llueve. La tormenta arrecia y en la calle ya no sólo hay charcos sino un torrente de desesperación que arrastra proyectos de vida hechos con materiales escasos. Van cayendo las chabolas y corren peligro aquellos hogares de construcción precaria.
La tormenta perfecta. Este es el verdadero cambio climático, la evolución insostenible, el desequilibrio más salvaje. Hablamos tanto del respeto a nuestro planeta, a sus cordilleras, a sus mares, a sus bosques, a sus especies, que nos olvidamos de proteger a la más débil.
Una balada en otoño,
a veces como un murmullo,
y a veces como un lamento
y a veces viento.
Te podría contar
que esta quemándose mi último leño en el hogar,
que soy muy pobre hoy,
que por una sonrisa doy
todo lo que soy,
porque estoy solo
y tengo miedo.
No podía ser. El equilibrio se convierte en magia cuando se han de soportar tantas cosas y tan arriba. Y la magia sólo existe cuando me miras a los ojos y confías en que yo te vuelva a subir en lo más alto. Porque tú sabes que yo sé vivir con mucho menos.
Pero necesito vivir. No puedes abandonar ahora. Me ahogo en la calle, al pie de tu rascacielos. Te lo dije: no puedes acumular tantas cosas en la azotea; tanta fiesta, tanto lujo, un helipuerto para ti solo y una piscina, cada vez más grande.
Te lo dije: ya tienes bastante agua y aquí abajo escasea. Nos arreglamos con poco, pero escasea. Pero tú siempre quieres más y ahora tu piscina se ha desbordado, se ha agrietado y aquí abajo nos ha caído todo en tromba y nos arrastra.

Tus empleados piden por megafonía que nos acerquemos a achicar, a recomponer, a limpiar, a curar... Pero el agua no deja de caer y nos arrastra, nos aleja del edificio y no sabemos cuándo parará y si sobreviviremos. Y tú pides nuestra ayuda. Y te la queremos dar. ¡Perdón! ¡He mentido! No queremos, pero sabemos que de otra manera no es posible. Nosotros sí que sabemos que para que la evolución sea sostenible nos necesitamos todos.
Por eso te pedimos: ¡mójate!. ¿No ves que tu escondite se ve mucho? Estás ahí arriba, con los pies secos, en tu helicóptero privado y asustado porque tu gran obra se derrumba. ¿Pero no eres capaz de poner el pie allí donde hay fango para cerrar la manguera del agua?
¡Mójate! Si quieres salir de ésta necesitas nuestra ayuda, pero te necesitamos para poder sobrevivir. Para la sangría, salpica tus pantalones y arriesga. Tú estás tratando de salvar tu ropa, nosotros nuestra casa.
Y tú estás en crisis. Toda la vida invirtiendo en valores para tener poder y ahora tienes poder, pero no tienes valor. ¡Esto sí que es invertir valores!
Si tú fueras capaz
de ver los ojos tristes de una lámpara y hablar
con esa porcelana que descubrí ayer
y que por un momento se ha vuelto mujer.
Entonces, olvidando
mi mañana y tu pasado
volverías a mi lado.
Se va la tarde y me deja
la queja
que mañana será vieja
de una balada en otoño.
Muñecos vacíos
Desde esta ventana, sí, de esta que tengo a mi lado mientras escribo, veo una calle supongo que no demasiado diferente a la de cualquier otro lugar. Una acera, algunos árboles y la calzada, con su zona de aparcamiento (de pago, por supuesto). En primer plano hay un paso de peatones y tres contenedores diferentes para el reciclaje: orgánicos, papel y plásticos. Y al fondo, por encima de los bloques de esta calle, se levanta un edificio muy alto en cuyas primeras plantas abre sus puertas El Corte Inglés.
Ese es mi paisaje, que normalmente sólo varía con la gente que va y viene por debajo de mi ventana, según vayan en camiseta o con paraguas, de traje o en chándal, en solitario o en pareja, o en pequeños grupos, más numerosos y ruidosos en las noches del fin de semana.
Pero ayer tuve una visita inesperada: ¡Papá Noel! Sí, ayer se estaba rodando bajo mi ventana un spot (y yo que a esto toda mi vida lo había llamado “anuncio”...) publicitario para la lotería de Navidad, y un enorme globo de 6 metros con forma de este simbólico fantasma navideño alzaba vuelos controlados frente a mis cristales. Como diría la niña de “Poltergeist”: “Ya están aquíiiii...

Después salí a pasear y también vi operarios preparando enormes mangueras eléctricas y lo que no sé es si eran del Ayuntamiento o del Corte Inglés pero tenía toda la pinta del inicio de la “operación bombilla de colores” de cada fin de año (a apenas 80 días de las fiestas). Ojalá me equivoque.
Así que volví a recordar la escena y, no sé porqué, quise jugar al Tetris con varios elementos. Me propuse encajar El Corte Inglés, Papá Noel y los contenedores, especialmente el de papel y cartón. Y como banda sonora, teorías sobre el desarrollo sostenible y el cambio climático ... y tal y tal.
¿Cómo se sentiría, si pudiese hacerlo, ese contenedor al ver aproximarse esas fechas? Yo creo que estaría pidiendo ayuda, más compañeros en su calle viendo la que se le avecina. Se me ocurre que a mediados de diciembre habría que reestructurar la plantilla de contenedores y poner con el equipaje azul (el de papel y cartón) aquellos otros que quedan anacrónicos en Navidad: aquellos que recogen nuestras penurias económicas, nuestro control en el consumo, nuestra sensatez y austeridad, nuestra humildad ... y nuestro tremendo rollo ecologista que, por unas semanas, dejamos de utilizar.
No creo yo que crezcan muchos más árboles por amontonar toneladas de cartón en las calles cada 7 de enero. Confiaría más si cada regalo no viniese envuelto en una caja de cartón seis veces más grande que el propio juguete, si no trajese un grueso tomo con las instrucciones en 36 idiomas, si no lo envolviesen con papel de la propia juguetería como si fuese aire, si no le pusiéramos además otro papel mucho más bonito que vimos en una papelería y si no lo llevásemos en esas coquetas bolsas de marca, también de las tiendas.
Total: tres kilos de papel para envolver una Bratz de apenas 20 centímetros, que acabará siendo la muñeca del futuro porque es como nosotros, superflua, aparente y con mucha cabeza pero únicamente útil por fuera, para usarla como lienzo.

Así que, voy a salir a ver si, como me temo, esos cables son los que llenarán nuestras calles de miles de luces ¿sostenibles? durante unos meses para aparentar que estamos en aquél Belén de hace dos milenios en donde ¡qué curioso! únicamente una estrella iluminaba el lugar.
A su imagen y semejanza, seguimos creando un paraíso.
Ese es mi paisaje, que normalmente sólo varía con la gente que va y viene por debajo de mi ventana, según vayan en camiseta o con paraguas, de traje o en chándal, en solitario o en pareja, o en pequeños grupos, más numerosos y ruidosos en las noches del fin de semana.
Pero ayer tuve una visita inesperada: ¡Papá Noel! Sí, ayer se estaba rodando bajo mi ventana un spot (y yo que a esto toda mi vida lo había llamado “anuncio”...) publicitario para la lotería de Navidad, y un enorme globo de 6 metros con forma de este simbólico fantasma navideño alzaba vuelos controlados frente a mis cristales. Como diría la niña de “Poltergeist”: “Ya están aquíiiii...

Después salí a pasear y también vi operarios preparando enormes mangueras eléctricas y lo que no sé es si eran del Ayuntamiento o del Corte Inglés pero tenía toda la pinta del inicio de la “operación bombilla de colores” de cada fin de año (a apenas 80 días de las fiestas). Ojalá me equivoque.
Así que volví a recordar la escena y, no sé porqué, quise jugar al Tetris con varios elementos. Me propuse encajar El Corte Inglés, Papá Noel y los contenedores, especialmente el de papel y cartón. Y como banda sonora, teorías sobre el desarrollo sostenible y el cambio climático ... y tal y tal.
¿Cómo se sentiría, si pudiese hacerlo, ese contenedor al ver aproximarse esas fechas? Yo creo que estaría pidiendo ayuda, más compañeros en su calle viendo la que se le avecina. Se me ocurre que a mediados de diciembre habría que reestructurar la plantilla de contenedores y poner con el equipaje azul (el de papel y cartón) aquellos otros que quedan anacrónicos en Navidad: aquellos que recogen nuestras penurias económicas, nuestro control en el consumo, nuestra sensatez y austeridad, nuestra humildad ... y nuestro tremendo rollo ecologista que, por unas semanas, dejamos de utilizar.
No creo yo que crezcan muchos más árboles por amontonar toneladas de cartón en las calles cada 7 de enero. Confiaría más si cada regalo no viniese envuelto en una caja de cartón seis veces más grande que el propio juguete, si no trajese un grueso tomo con las instrucciones en 36 idiomas, si no lo envolviesen con papel de la propia juguetería como si fuese aire, si no le pusiéramos además otro papel mucho más bonito que vimos en una papelería y si no lo llevásemos en esas coquetas bolsas de marca, también de las tiendas.
Total: tres kilos de papel para envolver una Bratz de apenas 20 centímetros, que acabará siendo la muñeca del futuro porque es como nosotros, superflua, aparente y con mucha cabeza pero únicamente útil por fuera, para usarla como lienzo.

Así que, voy a salir a ver si, como me temo, esos cables son los que llenarán nuestras calles de miles de luces ¿sostenibles? durante unos meses para aparentar que estamos en aquél Belén de hace dos milenios en donde ¡qué curioso! únicamente una estrella iluminaba el lugar.
A su imagen y semejanza, seguimos creando un paraíso.






Cada mañana me levanto con la idea de que algo va a mejorar. Sin embargo, cada día nos vemos envueltos en otro poco más de basura por causas que no llego a entender. Cuando llego a casa, la ducha no es capaz de quitarme más que la suciedad propia de mi zanja.
Aquí trato de deshacerme de todo el barro que me inyectan dentro antes de que se endurezca y me convierta en una insensible figura de cerámica.
Si os sirve como terapia os invito a gritar conmigo.