Porqué no me gusta el golf
Quizá pasé demasiados años compartiendo el mismo campo de fútbol en el patio de colegio con otros cien niños. Quizá nunca aspiré a ser rico. Quizá mantenga la obsoleta idea de que mi ocio es más ameno en compañía.
El caso es que, por estas u otras razones no me gusta el golf. La sensación que me produce ver varias hectáreas acotadas para el disfrute de unos pocos irrita mis raíces de chaval con bocadillo de pan y chocolate y de balón Kaplan de aquellos que tatuaban sus hexágonos de plástico en mi frente al rematarlos de cabeza.
Pero nuestro verano está diseñado para ellos. En comarcas donde el agua vale más que el Eau de Rochas se instalan sistemas de regadío para que el verdín del fresco césped siga tiñendo de verdín esos absurdos zapatitos del albino nórdico pre-jubileta o del japonés de turno, con sus bermudas caqui y chaleco de Indiana Jones. Los promotores insisten en que diseñan lagunas que autoabastecen esos campos. Pero no ponen el mismo empeño para mantener viva la huerta que da de comer a la región que ofrece sus servicios a su hotel.
Allí hay otra clase de turismo, ese que viene del sur de Mediterráneo, ese que no viene buscando los rayos del sol sino huyendo de ellos. No necesitan más bronceado sino el calor de un puñado de euros y la esperanza de vivir dignamente. Y sudan, pero no por la pesada digestión de una paella en la tumbona de la playa sino por buscar su comida recolectando para la de otros.
No hay sauna más eficaz que trabajar 12 horas en un invernadero, aunque tenga el inconveniente de que no te deja las manos libres para leer la prensa ni el aliento suficiente para debatir con el compañero con qué tipo de palo se alcanza mejor el green.
Pero si en algo coinciden los extranjeros que llegan a nuestras playas es en el recibimiento con plásticos. A unos, según bajan del crucero les entregan un plástico que abre la puerta de una suite con el aire acondicionado a toda pastilla.
A otros, a medianoche, los cubren con plásticos para combatir la hipotermia con que muerden sus huesos las noches de travesía en patera.
Más tarde, para que a aquellos no les falte de nada, colocan en sus muñecas pulseras de plástico que garantizan comida y bebida hasta hartarse. Y lo harán a conciencia, beberán hasta perder esa dignidad que no necesitan porque se saben poderosos y tiene carteras llenas de plásticos que compran afecto, sonrisas y atenciones.
Pero de la dignidad de los otros cuelgan siempre pesadas bolsas bien cargadas de plásticos que intentarán vendernos por la calle y los bares, y en donde saben que llevan su posibilidad de cena y, lo que ellos más aprecian, unos meses de supervivencia para los suyos que esperan en la cara B de nuestro mundo solidario.
El plástico mueve el mundo; compra, paga, vende, pero sobre todo identifica y nos clasifica. Lo que no acabo de entender es porqué algunos, si tanto aprecian el plástico, no se compran la Play Station para jugar a un golf virtual, que ocupa tanto como un posavasos, y que lo puedan hacer desde la suite de su hotel, directamente en gayumbos, con la camiseta imperio y la lata de Budweiser y la pizza al lado, en vez de acaparar las pocas zonas verdes que el asfalto ha esquivado al crear accesos a colosales urbanizaciones.
Quizás las administraciones no recuerdan lo maravilloso que es pasar una tarde GRATIS con los hijos y unos buenos amigos en espacios naturales abiertos. O quizás sí lo recuerdan y no quieren volver a coincidir con los vulgares vecinos de la frutería de abajo y para ello conceden licencias de urbanización a cambio de generosas comisiones para que sus nuevas y glamourosas tardes de campo tengan como única molestia la compañía de un caddy y el hecho de no entender muy bien porqué tienen que llevar pantalones de rombos.
Vivimos rodeados de extranjeros. Yo personalmente trabajo hombro con hombro con muchos de ellos. Pero ellos no llevan pulseras de plástico con lo que no se les colma de atenciones ni los llaman turistas, sino que nos aportan sus manos y su sudor y a cambio los llamamos inmigrantes. Y los miramos con cierto desprecio.
A mí me están aportando mucho, pero es que soy de los que aún piensan que la riqueza no está en una tarjeta de plástico sino en crecer como persona aprendiendo y conviviendo con los demás ... con TODOS los demás.
A mis compañeros polacos, ucranianos, portugueses, rusos, peruanos, rumanos y... de Mali, de los cuales desconozco hasta su gentilicio.
El caso es que, por estas u otras razones no me gusta el golf. La sensación que me produce ver varias hectáreas acotadas para el disfrute de unos pocos irrita mis raíces de chaval con bocadillo de pan y chocolate y de balón Kaplan de aquellos que tatuaban sus hexágonos de plástico en mi frente al rematarlos de cabeza.
Pero nuestro verano está diseñado para ellos. En comarcas donde el agua vale más que el Eau de Rochas se instalan sistemas de regadío para que el verdín del fresco césped siga tiñendo de verdín esos absurdos zapatitos del albino nórdico pre-jubileta o del japonés de turno, con sus bermudas caqui y chaleco de Indiana Jones. Los promotores insisten en que diseñan lagunas que autoabastecen esos campos. Pero no ponen el mismo empeño para mantener viva la huerta que da de comer a la región que ofrece sus servicios a su hotel.
Allí hay otra clase de turismo, ese que viene del sur de Mediterráneo, ese que no viene buscando los rayos del sol sino huyendo de ellos. No necesitan más bronceado sino el calor de un puñado de euros y la esperanza de vivir dignamente. Y sudan, pero no por la pesada digestión de una paella en la tumbona de la playa sino por buscar su comida recolectando para la de otros.
No hay sauna más eficaz que trabajar 12 horas en un invernadero, aunque tenga el inconveniente de que no te deja las manos libres para leer la prensa ni el aliento suficiente para debatir con el compañero con qué tipo de palo se alcanza mejor el green.
Pero si en algo coinciden los extranjeros que llegan a nuestras playas es en el recibimiento con plásticos. A unos, según bajan del crucero les entregan un plástico que abre la puerta de una suite con el aire acondicionado a toda pastilla.
A otros, a medianoche, los cubren con plásticos para combatir la hipotermia con que muerden sus huesos las noches de travesía en patera.
Más tarde, para que a aquellos no les falte de nada, colocan en sus muñecas pulseras de plástico que garantizan comida y bebida hasta hartarse. Y lo harán a conciencia, beberán hasta perder esa dignidad que no necesitan porque se saben poderosos y tiene carteras llenas de plásticos que compran afecto, sonrisas y atenciones.
Pero de la dignidad de los otros cuelgan siempre pesadas bolsas bien cargadas de plásticos que intentarán vendernos por la calle y los bares, y en donde saben que llevan su posibilidad de cena y, lo que ellos más aprecian, unos meses de supervivencia para los suyos que esperan en la cara B de nuestro mundo solidario.
El plástico mueve el mundo; compra, paga, vende, pero sobre todo identifica y nos clasifica. Lo que no acabo de entender es porqué algunos, si tanto aprecian el plástico, no se compran la Play Station para jugar a un golf virtual, que ocupa tanto como un posavasos, y que lo puedan hacer desde la suite de su hotel, directamente en gayumbos, con la camiseta imperio y la lata de Budweiser y la pizza al lado, en vez de acaparar las pocas zonas verdes que el asfalto ha esquivado al crear accesos a colosales urbanizaciones.
Quizás las administraciones no recuerdan lo maravilloso que es pasar una tarde GRATIS con los hijos y unos buenos amigos en espacios naturales abiertos. O quizás sí lo recuerdan y no quieren volver a coincidir con los vulgares vecinos de la frutería de abajo y para ello conceden licencias de urbanización a cambio de generosas comisiones para que sus nuevas y glamourosas tardes de campo tengan como única molestia la compañía de un caddy y el hecho de no entender muy bien porqué tienen que llevar pantalones de rombos.
Vivimos rodeados de extranjeros. Yo personalmente trabajo hombro con hombro con muchos de ellos. Pero ellos no llevan pulseras de plástico con lo que no se les colma de atenciones ni los llaman turistas, sino que nos aportan sus manos y su sudor y a cambio los llamamos inmigrantes. Y los miramos con cierto desprecio.
A mí me están aportando mucho, pero es que soy de los que aún piensan que la riqueza no está en una tarjeta de plástico sino en crecer como persona aprendiendo y conviviendo con los demás ... con TODOS los demás.
A mis compañeros polacos, ucranianos, portugueses, rusos, peruanos, rumanos y... de Mali, de los cuales desconozco hasta su gentilicio.
No todo sigue
Nada puede doler más. Ningún consuelo sirve.
¿Qué decir cuando suceden tragedias así? ¿Cómo ayudar? ¿En qué momento ofrecer un abrazo?
Por mucho que lo pienso no encuentro una tragedia mayor que perder una hija. Que, impotente, escuches que la carretera se la ha tragado.
Casi todo es sustituible en nuestras vidas; todo, me atrevería a decir. Excepto los hijos.
Pasamos los años construyendo un hogar, nuestro reino en el mundo, un pequeño territorio conquistado al tiempo. Es un hogar que cambia en función de lo que la vida nos depara. A veces tiene más lujo, otras veces es un pequeño caos, cambian de tonalidad sus paredes...
Todo se puede cambiar en él. Todo se puede reformar. Incluso diría que cada cambio enriquece, cada reforma estimula. Todo es sustituible.
Todo excepto los hijos.
Y ahora, ¿cómo decir que la vida sigue? Porque esa vida ya no sigue, hay que construir una nueva. Esta tragedia no admite parches, nada se puede rescatar, todo se ha derrumbado.
¿Cómo decirte, Juanma, que tienes que levantarte y construir un nuevo hogar? ¿Cómo, siquiera, llegar a ti para abrazarte si apenas te distingo entre el escombro? Y, ¿qué te puedo ofrecer si lo único que pides no está en mis manos?
¿Alguien sabe volver atrás el calendario? ¿Alguien sabe convencer a un padre que mire hacia delante cuando su vida se ha parado en el ayer?
No es cierto que el tiempo lo cura todo, el tiempo hará de otras necesidades un camino por donde avanzar, aunque sea de espaldas al futuro, hasta que la distancia te obligue a dar la vuelta.
Y es un largo, larguísimo camino. Y sólo ahí es donde podemos caminar a tu lado, tratando de distraer tu recuerdo, de recoger tu angustia. Tratando de romper ese aislamiento en el que el dolor te encierra.
No podemos decirte nada más que: NUNCA CAMINARAS SOLO, JUANMA.
Recibe un enorme abrazo de todos.
¿Qué decir cuando suceden tragedias así? ¿Cómo ayudar? ¿En qué momento ofrecer un abrazo?
Por mucho que lo pienso no encuentro una tragedia mayor que perder una hija. Que, impotente, escuches que la carretera se la ha tragado.
Casi todo es sustituible en nuestras vidas; todo, me atrevería a decir. Excepto los hijos.
Pasamos los años construyendo un hogar, nuestro reino en el mundo, un pequeño territorio conquistado al tiempo. Es un hogar que cambia en función de lo que la vida nos depara. A veces tiene más lujo, otras veces es un pequeño caos, cambian de tonalidad sus paredes...
Todo se puede cambiar en él. Todo se puede reformar. Incluso diría que cada cambio enriquece, cada reforma estimula. Todo es sustituible.
Todo excepto los hijos.
Y ahora, ¿cómo decir que la vida sigue? Porque esa vida ya no sigue, hay que construir una nueva. Esta tragedia no admite parches, nada se puede rescatar, todo se ha derrumbado.
¿Cómo decirte, Juanma, que tienes que levantarte y construir un nuevo hogar? ¿Cómo, siquiera, llegar a ti para abrazarte si apenas te distingo entre el escombro? Y, ¿qué te puedo ofrecer si lo único que pides no está en mis manos?
¿Alguien sabe volver atrás el calendario? ¿Alguien sabe convencer a un padre que mire hacia delante cuando su vida se ha parado en el ayer?
No es cierto que el tiempo lo cura todo, el tiempo hará de otras necesidades un camino por donde avanzar, aunque sea de espaldas al futuro, hasta que la distancia te obligue a dar la vuelta.
Y es un largo, larguísimo camino. Y sólo ahí es donde podemos caminar a tu lado, tratando de distraer tu recuerdo, de recoger tu angustia. Tratando de romper ese aislamiento en el que el dolor te encierra.
No podemos decirte nada más que: NUNCA CAMINARAS SOLO, JUANMA.
Recibe un enorme abrazo de todos.






Cada mañana me levanto con la idea de que algo va a mejorar. Sin embargo, cada día nos vemos envueltos en otro poco más de basura por causas que no llego a entender. Cuando llego a casa, la ducha no es capaz de quitarme más que la suciedad propia de mi zanja.
Aquí trato de deshacerme de todo el barro que me inyectan dentro antes de que se endurezca y me convierta en una insensible figura de cerámica.
Si os sirve como terapia os invito a gritar conmigo.