Cine sencillo, cenas sencillas. Feliz Navidad
“La vida secreta de las pequeñas cosas...”
Vengo derecho del cine con la mirada perdida, una sonrisa bobalicona y tarareando esa frase, de la canción que aún no tengo claro si es de David Broza o de Jorge Drexler. Eso sí, muerto de frío. Ahora mismo no sería capaz de ponerle un mal gesto a nadie. Ojalá este estado no se pasara nunca.
Así me ha dejado la película “Candida”, esa de la que hablé tres artículos atrás. Tenía tantas ilusiones puestas en ella que al principio me pareció que se quedaba en una parodia más, de un personaje marginal y con un lenguaje cómico. Que Guillermo Fesser, su director y guionista, sólo había conseguido retratar a su asistenta y hacernos reír con media docena de expresiones retorcidas a la manera de su protagonista.
Pero, no sé si porque él lo pensó así, toda la sala vamos entrando poco a poco en el corazón de Cándida. O, más bien, ella en el nuestro. Mientras avanza la película, va asomando por la pantalla el personaje de Pablo; un personaje que, al final, acabamos reconociendo en uno mismo. Pablo es cada uno de los que se cruza en la vida de Cándida y retrata cada gesto, cada sentimiento, cada expresión, cada sorpresa de quienes estamos viendo los avatares de esta “vieja loca”, que no es capaz de odiar a nadie ni de negar un favor o un esfuerzo por aquel que se lo pida.
Por eso he visto a Pablo hacer unas cosas rarísimas ... que me he sorprendido haciéndolas yo a la vez que él. Voy mucho al cine y no recuerdo nunca, en la misma escena y con la misma frase, llorar de tristeza mientras suelto una carcajada. No recuerdo nunca haberme contenido tan poco al reírme ni jamás haber dicho nada en voz alta. Sin embargo, me he sorprendido diciendo, que yo recuerde en una escena: “¿A dónde va?”, mientras me partía de risa. Y creo que no ha sido la única escena.
El director, Guillermo Fesser, decía en su programa de radio “Gomaespuma” que la película es como una montaña rusa. Y creo que es una definición muy exacta. Esa sensación de miedo y gozo que se tiene al bajar a tumba abierta es la misma que provocan aquella escenas en las que uno ríe mientras se desespera por el infortunio y las desgracias que le ocurren a Cándida. Y los descansos con calma duran apenas unos instantes porque en seguida uno se precipita al vacío con otra desventura, traumática en el fondo pero hilarante en las formas a su vez.
Tampoco pretendía encontrar en Cándida Villar a una Bette Davis ni a una Meryl Streep. Existe una eterna discusión sobre si un buen actor es el que es capaz de hacer reír o de hacer llorar. La señora Cándida, la “fregona” Cándida, la pobre de Cándida... tiene varias escenas, una en especial contándole a Pablo cómo se rompió su matrimonio, que ninguna actriz en el mundo es capaz de hacer; en donde quien lo ve se parte de risa a la vez que se estremece y quiere atravesar la pantalla para abrazarla.
Pero esa escena tiene truco: Ella no está actuando, está contando su vida real. Y eso no se puede interpretar, eso se vive, se muere un poco al revivirlo.
No pediría un premio cinematográfico para ella; no creo que signifique mucho más que otra figurita a la que quitar el polvo. Yo sé que ella ya se está viendo recompensada. Está recibiendo parte del cariño que ella ha derrochado allí por donde ha pasado. Y eso le vale más que ninguna alfombra roja. La semana pasada se preestrenó en Martos, su pueblo natal, y no creo que se hubiera sentido más importante en Los Angeles con el mismo Jack Nickolson al lado que como se sintió hablando con el viejo campanero de su pueblo.
Un día como hoy, en el que todo el mundo espera que un ser prodigioso inunde su vida de paz, alegría y regalos, yo quiero desear que todos encuentren en su vida a una persona como Cándida, que les enseñe a ser feliz con aquellas pequeñas cosas que otros desprecian, que sean capaz, como en esa otra escena, de no necesitar más que una cabeza de una merluza, que una alta dama desprecia, para tener feliz y alimentada a su familia.
La buena cena no está en la mesa sino en las sillas que la rodean.
Que en vuestras casas, esta noche, las sillas se llenen con las mejores sonrisas. Feliz Navidad.
El envoltorio de la belleza.
Esta tarde he visitado uno de esos bazares que regentan chinos, en los que hay prácticamente de todo y a precios muy diferentes que en otras tiendas. Nada que se pudiera comprar allí tendría para un adulto más valor que su utilidad práctica.
Así, he comprado una perchas de plástico, una pequeña libreta y, lo que en realidad me ha llevado hasta allí, papel de regalo (es probable que mañana me haga un nudo en los dedos con el cello y más de un papel acabe hecho una bola en el cesto).
De vuelta a casa, sin prisa, he pasado por delante de una galería de arte. Paso por allí a menudo pero nunca me había detenido. He dudado un poco pero me he decidido a entrar. Para ello he tenido que pulsar el timbre ya que tiene un cierre de seguridad. Una mujer custodiaba la solitaria exposición y he entablado con ella una pequeña charla acerca de ésta.
Visito a menudo museos pero no recuerdo haber entrado nunca en una de estas galerías en las que los cuadros están a la venta, así que sentía curiosidad por algunos detalles. Desde un principio he dejado claro que mi intención no era comprar, no por falta de ilusión sino de otra cosa más mundana pero que sirve para comprarla.
Ella me explicaba con interés la autenticidad de las obras, el reconocimiento de la talla de los artistas y las garantías, en forma de certificados, que proporcionan a su venta. Más de una vez he pensado en invertir en arte de haber tenido posibilidades pero, de momento y creo que por muchos años, me tengo que conformar con algún póster navideño de cualquier revista de cine.
Y más cuando, por pura curiosidad le he preguntado cuánto costaría el cuadro más barato de esa exposición. Su respuesta ha certificado con creces mi afición al arte contemplativo y no en propiedad: 5200 euros.
Así que he salido de allí, después de paladear los cuadros como un niño en el escaparate de una pastelería, en especial un pequeño cuadro de Sorolla con una imagen costera. En todo momento llevaba en la mano una sencilla bolsa de plástico con los “tesoros” del baratillo chino. Y pensaba en los posibles compradores de esas obras (por cierto, casi todas compradas ya) exhibiendo en su vasto salón la última adquisición. Me imagino también a su “amigo” (suele ser un pelota) poniendo cara de interés mientras piensa qué tiene de especial aquel cuadro. Hasta que el anfitrión abre una carpeta de cuero de donde saca el certificado de autenticidad de la obra y su valor actual.
Ese documento es el que hará abrir los ojos del visitante, quien realmente ha sido “sobornado” con una copa de un whisky añejo para que el ricachón tenga ante quien mostrarse poderoso.
Más tarde, al llegar a casa y sacar de la bolsa los rollos de papel de regalo he pensado:
“Y pensar que, por poco más de un euro, he comprado un papel de colores que va a iluminar y llenar de ilusión sin falsedades a una pequeña persona que me quiere de verdad...”
Hoy me siento tremendamente rico. No todos pueden comprar una sonrisa verdadera por un euro. No cambio mi papel de regalo por el certificado de un Sorolla.
Las luces de la caravana de la muerte
Estoy triste, muy triste por la muerte de Pinochet.
No ha muerto como merecía. Lo ha hecho demasiado pronto, bien rodeado, bien atendido y provocando horas de reportajes en todas las televisiones del mundo.
Seguimos sin hacer las cosas bien. Seguimos gobernados por cobardes y vendidos materialistas. No se atreven a arrancar la cabeza del cuerpo de un asesino poderoso. Y no lo hacen porque, en el fondo aunque no en las formas, todos –repito- todos crean su política escribiendo en el mismo idioma: el del poder material.
Ninguno de los políticos del mundo se mantiene indiferente ante cualquier mandatario, por muy tirano que sea, sino que le recibe y le saluda atentamente, mientras desoyen las manifestaciones de obreros echados de sus trabajos por cuestiones de productividad.
El tirano chileno ha cumplido su mandato hasta el final. Yo le deseaba la muerte, pero no ésta. Me hubiera gustado más que su cuerpo siguiera respirando una década más, pero sin que nadie supiera nada de él, sin las atenciones que ha tenido, olvidado y escondido vergonzosamente en el peor barrio de Santiago. Que hubiese muerto años más tarde, después de comprobar que ya nadie le conocía por la calle, que nadie recordaba su herencia política.
Me hubiera gustado que ese viejo asesino no viviese mejor que aquella viuda, que no puede dormir porque aún oye por las noches las pisadas de la caravana de la muerte, que lleva más de 30 años llorando una pena sin que nadie le dedique un programa, un reportaje, una entrevista, una pregunta, un abrazo.
Pero no. Se les llena la boca a quienes se creen justos por poder llamar asesino oficialmente al viejo sanguinario. Y se cuadran ante él para decírselo. Y esperan a que él se vista su uniforme de matador, engalanado con decenas de condecoraciones de honor. Y eso es lo que él nunca ha perdido: el honor.
Hoy me da asco ver la televisión. Hoy todos hacen el homenaje a una vida criminal. Hoy escucho cómo preparan su funeral. Su viuda no pasará jamás desapercibida, tendrá todas las cámaras y micrófonos de la prensa alrededor. No le faltará una pensión desorbitada para vivir como una estrella de cine. No le arrebatarán las riquezas robadas a su pueblo. No será olvidada.
No sé nada de las otras viudas, las que dan vida y no muerte, las que en su bolso tienen amor y no poder, las que besan y no disparan, las que callan y lloran y no las que se exhiben con orgullo.
Incluso cuando un dictador muere gana batallas. Y eso es porque la moneda que conocen todos los políticos es la del poder, el orgullo, las balas y la muerte. Y se miran en su bolsillo y ven demasiadas coincidencias.
Estoy en contra de la pena de muerte. Sin embargo, para casos de este tipo, para genocidas y ladrones poderosos, se debería de instaurar la pena del olvido. Pero ninguno, por muy demócrata que sea, quiere arriesgarse a tal sentencia, les da más pavor que la propia muerte.
Y es porque no quieren acabar siendo uno de los nuestros. Saben demasiado bien cuál es la vida que nos regalan y no se ven capaces de soportarla. Prefieren que les insultemos pero no entra en sus planes caer en el anonimato.
Nadie quiere el olvido. Pero vivimos en un mundo en el que la atención y el homenaje es para los asesinos, y el silencio y el olvido es para a las víctimas. El progreso democrático es sólo un eufemismo. Y la justicia, un protocolo para el poder.
Descanse en paz ... el deseo de justicia del pueblo chileno.
Aprovecho para volver a copiar este texto rescatado de entre recortes que guardo en mi cajón, y que publiqué en este artículo en octubre de 2005.
“...le deseo sinceramente un juicio justo, apegado a derecho y, en la medida de lo posible, un calabozo limpio, cómodo y digno.
Ojalá que nadie lo golpee, general, que nadie lo humille.
Que no le confisquen su casa y su auto ni le destruyan su biblioteca.
Que no le venden los ojos ni lo tiren al suelo, para darle patadas y culatazos.
Que no le cuelguen de los pulgares, ni le administren descargas eléctricas en los testículos.
Que no le arranquen la lengua, que no le hundan la cara en el vómito, ni lo asfixien metiéndole la cabeza en una bolsa de plástico, que no le revienten los globos oculares, que no le quiebren los huesos de las manos, que no le introduzcan ratas hambrientas por el ano.
Que no le violen ni lo mutilen.
Que no lo hagan volar a pedazos con una carga explosiva; que no disuelvan su entierro a macanazos, que no secuestren a sus hermanos ni le arranquen los pezones a sus hijas.
Es decir, general, ojalá que no le hagan nada de lo que sus subordinados hicieron, bajo las órdenes de usted...
La humanidad habrá dado un paso, simplemente con un juicio justo.”
(Fragmento de una carta de Pedro Miguel. Chile,1999)
No ha muerto como merecía. Lo ha hecho demasiado pronto, bien rodeado, bien atendido y provocando horas de reportajes en todas las televisiones del mundo.
Seguimos sin hacer las cosas bien. Seguimos gobernados por cobardes y vendidos materialistas. No se atreven a arrancar la cabeza del cuerpo de un asesino poderoso. Y no lo hacen porque, en el fondo aunque no en las formas, todos –repito- todos crean su política escribiendo en el mismo idioma: el del poder material.
Ninguno de los políticos del mundo se mantiene indiferente ante cualquier mandatario, por muy tirano que sea, sino que le recibe y le saluda atentamente, mientras desoyen las manifestaciones de obreros echados de sus trabajos por cuestiones de productividad.
El tirano chileno ha cumplido su mandato hasta el final. Yo le deseaba la muerte, pero no ésta. Me hubiera gustado más que su cuerpo siguiera respirando una década más, pero sin que nadie supiera nada de él, sin las atenciones que ha tenido, olvidado y escondido vergonzosamente en el peor barrio de Santiago. Que hubiese muerto años más tarde, después de comprobar que ya nadie le conocía por la calle, que nadie recordaba su herencia política.
Me hubiera gustado que ese viejo asesino no viviese mejor que aquella viuda, que no puede dormir porque aún oye por las noches las pisadas de la caravana de la muerte, que lleva más de 30 años llorando una pena sin que nadie le dedique un programa, un reportaje, una entrevista, una pregunta, un abrazo.
Pero no. Se les llena la boca a quienes se creen justos por poder llamar asesino oficialmente al viejo sanguinario. Y se cuadran ante él para decírselo. Y esperan a que él se vista su uniforme de matador, engalanado con decenas de condecoraciones de honor. Y eso es lo que él nunca ha perdido: el honor.
Hoy me da asco ver la televisión. Hoy todos hacen el homenaje a una vida criminal. Hoy escucho cómo preparan su funeral. Su viuda no pasará jamás desapercibida, tendrá todas las cámaras y micrófonos de la prensa alrededor. No le faltará una pensión desorbitada para vivir como una estrella de cine. No le arrebatarán las riquezas robadas a su pueblo. No será olvidada.
No sé nada de las otras viudas, las que dan vida y no muerte, las que en su bolso tienen amor y no poder, las que besan y no disparan, las que callan y lloran y no las que se exhiben con orgullo.
Incluso cuando un dictador muere gana batallas. Y eso es porque la moneda que conocen todos los políticos es la del poder, el orgullo, las balas y la muerte. Y se miran en su bolsillo y ven demasiadas coincidencias.
Estoy en contra de la pena de muerte. Sin embargo, para casos de este tipo, para genocidas y ladrones poderosos, se debería de instaurar la pena del olvido. Pero ninguno, por muy demócrata que sea, quiere arriesgarse a tal sentencia, les da más pavor que la propia muerte.
Y es porque no quieren acabar siendo uno de los nuestros. Saben demasiado bien cuál es la vida que nos regalan y no se ven capaces de soportarla. Prefieren que les insultemos pero no entra en sus planes caer en el anonimato.
Nadie quiere el olvido. Pero vivimos en un mundo en el que la atención y el homenaje es para los asesinos, y el silencio y el olvido es para a las víctimas. El progreso democrático es sólo un eufemismo. Y la justicia, un protocolo para el poder.
Descanse en paz ... el deseo de justicia del pueblo chileno.
Aprovecho para volver a copiar este texto rescatado de entre recortes que guardo en mi cajón, y que publiqué en este artículo en octubre de 2005.
“...le deseo sinceramente un juicio justo, apegado a derecho y, en la medida de lo posible, un calabozo limpio, cómodo y digno.
Ojalá que nadie lo golpee, general, que nadie lo humille.
Que no le confisquen su casa y su auto ni le destruyan su biblioteca.
Que no le venden los ojos ni lo tiren al suelo, para darle patadas y culatazos.
Que no le cuelguen de los pulgares, ni le administren descargas eléctricas en los testículos.
Que no le arranquen la lengua, que no le hundan la cara en el vómito, ni lo asfixien metiéndole la cabeza en una bolsa de plástico, que no le revienten los globos oculares, que no le quiebren los huesos de las manos, que no le introduzcan ratas hambrientas por el ano.
Que no le violen ni lo mutilen.
Que no lo hagan volar a pedazos con una carga explosiva; que no disuelvan su entierro a macanazos, que no secuestren a sus hermanos ni le arranquen los pezones a sus hijas.
Es decir, general, ojalá que no le hagan nada de lo que sus subordinados hicieron, bajo las órdenes de usted...
La humanidad habrá dado un paso, simplemente con un juicio justo.”
(Fragmento de una carta de Pedro Miguel. Chile,1999)
Cándida.
En pocos días (creo que el 22 de diciembre) se estrenará la que es, para mí, la película más esperada del año. De nuevo un superhéroe atrae mi atención.
... Es Cándida. No podía llamarse de otra manera.

¿Y quién es Cándida? ¿El personaje, la actriz? Es sencillamente, las dos cosas ... y ninguna. Desde luego que no es una actriz; es su primera y seguramente única película. Porque Cándida no sabe interpretar, no sabe hacer de otra persona, no sabe mentir. Y tampoco es un personaje. Es algo mucho más extraño en este mundo de personajillos que acaparan las pantallas: es una persona, una sencilla persona.
La conozco desde hace años. Es colaboradora del dúo que dicen de humor (para mí son mucho más que eso) Gomaespuma. La primera vez que la vi fue haciendo un gag que consistía en anunciar una gaseosa (Gomaespumosa) potenciando en el anuncio, como mejor cualidad de esta gaseosa, la dureza de su envase. Cándida repetía algo así como: “...Y tiene el casco duro... pero duro, duro de verdad”
Entonces no sabía nada de ella. Después la he podido escuchar casi cada semana en el programa de radio, haciendo críticas cinematográficas. Unas críticas diferentes, divertidas y concretas. Sin ella pretenderlo (no es consciente de cómo hacen las críticas aquellos que viven de esto) consigue divertir a los oyentes con sus constantes confusiones en los nombres y en muchos conceptos de las películas pero, a su vez, informa mucho mejor de lo que los aficionados queremos saber: si es bonita, aburrida, de risas, de carreras, de miedo, de romances; incluso cuenta si se durmió o no al verla. ¿Hay algún dato más claro que ese cuando pretendes ver una película? Sin embargo, los entendidos analizan la iluminación, los travelling, el mensaje subliminal que pretende el autor, la influencia de éste o aquel mítico director... Memeces! Cuando a Cándida le gusta lo que ha visto, concluye su crítica con la frase: “Vayais a verla. Es bonita bonita de verdad” Eso es lo que quiero saber, nada más.
Poco a poco, Guillermo Fesser (uno de los componentes de Gomaespuma junto a Juan Luis Cano) iba dando pinceladas de quién era realmente Cándida. Durante muchos años mantuvieron una parodia de radionovela con su nombre como título, en donde el propio Guillermo imitaba su voz y sus delirantes expresiones. En esa radionovela Cándida era la criada de una supuesta dama de la alta sociedad venida muy a menos.
Y ese es el verdadero trabajo de Cándida, es la empleada de hogar de la familia de Guillermo. Una mujer a la que ni la suerte ni la cultura le visitaron nunca, que ha vivido mil y un avatares sin perder nunca la sonrisa y el optimismo. Alguien que, para ser feliz sólo necesita tener a quién ayudar. Alguien que recuerda mucho a cuando las personas eran personas de verdad y no un manojo de ropas, poses, maneras, intereses, gestos, condiciones e hipocresía. Alguien capaz de vivir con un tesoro tan exiguo pero real como un pedazo de pan y un ser querido con quien compartirlo.
Guillermo Fesser se fue “enamorando” de ella a medida que la fue conociendo. Y descubrió a ese ser sobrenatural imprescindible en la lista de héroes. En una época en la que los superpoderes de los clásicos de Marvel ya no sorprenden, la perpetua sonrisa de Cándida deja a quienes la conocen la sensación de que es posible recuperar la raza humana y, a la vez, la humedad en las pupilas por no ser capaces de soportar unas penurias como sólo ella es capaz de saltarse.
Primero escribió sus memorias en el libro: “Cándida: cuando Dios aprieta ahoga pero bien”, tomando para el título una de las innumerables “sentencias” de ella. Ahora, basada en ese libro, se ha hecho la película en la que Cándida Villar es Cándida Villar.
De esta película no veremos demasiados anuncios en la televisión, ni multitudinarias ruedas de prensa, ni alfombras rojas, ni videojuegos. No está destinada a ir a Hollywood, pero seguro que Guillermo no la ha hecho para ello sino para lo que se hacía antes el cine: ¿alguien se acuerda?. Sí, para el público. Para que quienes nos sentemos en una sala notemos como el corazón cambia de ritmo con las desventuras de la protagonista.
Alguna superproducción se llevará la taquilla de este invierno y las estatuillas cuando éste acabe. Yo, humildemente, y aún sin haber visto la película, ofrezco al productor la recaudación de una butaca, a Guillermo el Oscar al más entrañable proyecto y a Cándida Villar el Nobel a la belleza.
“...vayais a verla”
... Es Cándida. No podía llamarse de otra manera.

¿Y quién es Cándida? ¿El personaje, la actriz? Es sencillamente, las dos cosas ... y ninguna. Desde luego que no es una actriz; es su primera y seguramente única película. Porque Cándida no sabe interpretar, no sabe hacer de otra persona, no sabe mentir. Y tampoco es un personaje. Es algo mucho más extraño en este mundo de personajillos que acaparan las pantallas: es una persona, una sencilla persona.
La conozco desde hace años. Es colaboradora del dúo que dicen de humor (para mí son mucho más que eso) Gomaespuma. La primera vez que la vi fue haciendo un gag que consistía en anunciar una gaseosa (Gomaespumosa) potenciando en el anuncio, como mejor cualidad de esta gaseosa, la dureza de su envase. Cándida repetía algo así como: “...Y tiene el casco duro... pero duro, duro de verdad”
Entonces no sabía nada de ella. Después la he podido escuchar casi cada semana en el programa de radio, haciendo críticas cinematográficas. Unas críticas diferentes, divertidas y concretas. Sin ella pretenderlo (no es consciente de cómo hacen las críticas aquellos que viven de esto) consigue divertir a los oyentes con sus constantes confusiones en los nombres y en muchos conceptos de las películas pero, a su vez, informa mucho mejor de lo que los aficionados queremos saber: si es bonita, aburrida, de risas, de carreras, de miedo, de romances; incluso cuenta si se durmió o no al verla. ¿Hay algún dato más claro que ese cuando pretendes ver una película? Sin embargo, los entendidos analizan la iluminación, los travelling, el mensaje subliminal que pretende el autor, la influencia de éste o aquel mítico director... Memeces! Cuando a Cándida le gusta lo que ha visto, concluye su crítica con la frase: “Vayais a verla. Es bonita bonita de verdad” Eso es lo que quiero saber, nada más.
Poco a poco, Guillermo Fesser (uno de los componentes de Gomaespuma junto a Juan Luis Cano) iba dando pinceladas de quién era realmente Cándida. Durante muchos años mantuvieron una parodia de radionovela con su nombre como título, en donde el propio Guillermo imitaba su voz y sus delirantes expresiones. En esa radionovela Cándida era la criada de una supuesta dama de la alta sociedad venida muy a menos.Y ese es el verdadero trabajo de Cándida, es la empleada de hogar de la familia de Guillermo. Una mujer a la que ni la suerte ni la cultura le visitaron nunca, que ha vivido mil y un avatares sin perder nunca la sonrisa y el optimismo. Alguien que, para ser feliz sólo necesita tener a quién ayudar. Alguien que recuerda mucho a cuando las personas eran personas de verdad y no un manojo de ropas, poses, maneras, intereses, gestos, condiciones e hipocresía. Alguien capaz de vivir con un tesoro tan exiguo pero real como un pedazo de pan y un ser querido con quien compartirlo.
Guillermo Fesser se fue “enamorando” de ella a medida que la fue conociendo. Y descubrió a ese ser sobrenatural imprescindible en la lista de héroes. En una época en la que los superpoderes de los clásicos de Marvel ya no sorprenden, la perpetua sonrisa de Cándida deja a quienes la conocen la sensación de que es posible recuperar la raza humana y, a la vez, la humedad en las pupilas por no ser capaces de soportar unas penurias como sólo ella es capaz de saltarse.
Primero escribió sus memorias en el libro: “Cándida: cuando Dios aprieta ahoga pero bien”, tomando para el título una de las innumerables “sentencias” de ella. Ahora, basada en ese libro, se ha hecho la película en la que Cándida Villar es Cándida Villar.De esta película no veremos demasiados anuncios en la televisión, ni multitudinarias ruedas de prensa, ni alfombras rojas, ni videojuegos. No está destinada a ir a Hollywood, pero seguro que Guillermo no la ha hecho para ello sino para lo que se hacía antes el cine: ¿alguien se acuerda?. Sí, para el público. Para que quienes nos sentemos en una sala notemos como el corazón cambia de ritmo con las desventuras de la protagonista.
Alguna superproducción se llevará la taquilla de este invierno y las estatuillas cuando éste acabe. Yo, humildemente, y aún sin haber visto la película, ofrezco al productor la recaudación de una butaca, a Guillermo el Oscar al más entrañable proyecto y a Cándida Villar el Nobel a la belleza.
“...vayais a verla”
Cada mañana me levanto con la idea de que algo va a mejorar. Sin embargo, cada día nos vemos envueltos en otro poco más de basura por causas que no llego a entender. Cuando llego a casa, la ducha no es capaz de quitarme más que la suciedad propia de mi zanja.
Aquí trato de deshacerme de todo el barro que me inyectan dentro antes de que se endurezca y me convierta en una insensible figura de cerámica.
Si os sirve como terapia os invito a gritar conmigo.