La vida es sueño
A estas alturas, uno ya no sabe muy bien en qué consiste la vida. A estas alturas, uno se plantea si tener inquietudes más allá que las de pura supervivencia consiguen realizarnos o destrozarnos. A estas alturas uno deja de sentir lástima por los últimos años de su abuela para sentirlo por uno mismo y por los demás.
Sí; al menudo pero inquebrantable cuerpo de mi abuela se le estropeó una pieza y desequilibró un perfecto mecanismo cuando en la pastelería ya buscaban la vela número 96. Pero no llegó a soplar la tarta; se fue “jodida pero contenta” según decía ella misma.
“Contenta…” ¡claro! ¡si no tenía preocupaciones! Su cabeza se había apartado de ellas hace bastantes años y eso le hizo –y cada día me alegro más por ello- vivir con alegría esos últimos años.
Otro amigo, que visitó por unos minutos el trastero de los vivos, opina también que hasta ese día tuvo una vida más que aceptable y se plantea si en esta segunda oportunidad merecerá la pena enfrentarse a los más que probables problemas que estén por venir.
A todo esto le vengo dando vueltas desde que me he levantado de la butaca del cine. (Sí, peligro, cada vez que voy al cine me da por reflexionar y no sé si es bueno). He visto “Revolutionary Road “ y trata sobre el imposible equilibrio entre las inquietudes y las necesidades. Está ambientada hace varias décadas pero la encuentro tremendamente actual. Habla de la gran epidemia de la sociedad del bienestar: el constante sueño con una vida más plena.
Y nos puede, ese deseo… esa sospecha de que aún podemos realizarnos más nos atenaza, nos esclaviza y no nos deja disfrutar de unas posibilidades por las que millones de seres arriesgan su vida y la de sus propios hijos.
En la película aparece el tema del aborto pero no creo que hable de no dejar vivir a un bebé sino de cómo somos capaces de abortarnos a nosotros mismos cuando no nos llena lo que nos queda por delante. “Si no puedo conseguir mi sueño, mejor me retiro” parece decirnos alguno de sus personajes. Y, curiosamente, el personaje desequilibrado para la sociedad es el que ve claramente toda la verdad de lo que sucede.
¿Estamos locos por soñar? ¿Somos cuerdos y sensatos al rendirnos?
Personalmente, me niego a retirarme pero también a dejar de soñar. “La vida es sueño” decía Calderón de la Barca y quiero seguir durmiendo y soñando porque al despertar … los sueños se hacen imposibles.
Sí; al menudo pero inquebrantable cuerpo de mi abuela se le estropeó una pieza y desequilibró un perfecto mecanismo cuando en la pastelería ya buscaban la vela número 96. Pero no llegó a soplar la tarta; se fue “jodida pero contenta” según decía ella misma.
“Contenta…” ¡claro! ¡si no tenía preocupaciones! Su cabeza se había apartado de ellas hace bastantes años y eso le hizo –y cada día me alegro más por ello- vivir con alegría esos últimos años.
Otro amigo, que visitó por unos minutos el trastero de los vivos, opina también que hasta ese día tuvo una vida más que aceptable y se plantea si en esta segunda oportunidad merecerá la pena enfrentarse a los más que probables problemas que estén por venir.
A todo esto le vengo dando vueltas desde que me he levantado de la butaca del cine. (Sí, peligro, cada vez que voy al cine me da por reflexionar y no sé si es bueno). He visto “Revolutionary Road “ y trata sobre el imposible equilibrio entre las inquietudes y las necesidades. Está ambientada hace varias décadas pero la encuentro tremendamente actual. Habla de la gran epidemia de la sociedad del bienestar: el constante sueño con una vida más plena.
Y nos puede, ese deseo… esa sospecha de que aún podemos realizarnos más nos atenaza, nos esclaviza y no nos deja disfrutar de unas posibilidades por las que millones de seres arriesgan su vida y la de sus propios hijos.
En la película aparece el tema del aborto pero no creo que hable de no dejar vivir a un bebé sino de cómo somos capaces de abortarnos a nosotros mismos cuando no nos llena lo que nos queda por delante. “Si no puedo conseguir mi sueño, mejor me retiro” parece decirnos alguno de sus personajes. Y, curiosamente, el personaje desequilibrado para la sociedad es el que ve claramente toda la verdad de lo que sucede.
¿Estamos locos por soñar? ¿Somos cuerdos y sensatos al rendirnos?
Personalmente, me niego a retirarme pero también a dejar de soñar. “La vida es sueño” decía Calderón de la Barca y quiero seguir durmiendo y soñando porque al despertar … los sueños se hacen imposibles.
La ingrata labor del periodista.
Cuántas veces choca la libertad de expresión con lo socialmente práctico.
Digo esto porque una vez más los medios de comunicación, haciendo su labor, colaboran con los supuestos ideales del terrorista. Sé que lo tienen que hacer pero cuánto me gustaría que no se dedicasen a argumentar un acto violento más.
ETA ha vuelto a asesinar, y lo ha hecho a un hombre de 70 años cuando iba a jugar su habitual partida de cartas con sus amigos; ¡nada más! ETA no a asesinado a un contrato, ni a una empresa, ni a un tren de alta velocidad. Pregunten a su familia. Díganles si les preocupa ahora ese tren, ese contrato, esa empresa. Pregunten a ver si echan de menos a ese trabajador, a ese gestor … o a ese padre, marido, abuelo…
Pero para los demás, y según nos cuentan las noticias: ETA ha asesinado a un empresario que trabajaba en el tren de alta velocidad. Perfecta colaboración entre el terrorismo y la prensa. Así, todos aquellos que no estén de acuerdo con el trazado de ese tren tendrán la tentación de conectar de alguna mínima manera con los pistoleros. Se me hace más difícil encontrar personas que, de algún modo, se identifiquen con lo acertado de matar a un padre, marido, pareja o hijo.
Recuerdo hace unos meses, unas imágenes de un vagón de metro en donde un borrego pateaba a una chica. Recuerdo también (con asco) la cantidad de análisis que se hicieron de las características de la persona agredida. Incluso de otro viajero que presenció la agresión. Así, aquella aberrante paliza se encasilló en el apartado de violencia xenófoba y/o machista. Con lo cual, más de uno, sino justificó, sí que entendió los “motivos” de esa agresión; hay imbéciles por todos los lados…
Si esa agresión se hubiese tratado como de “un anormal que patea sin motivo a quien viajaba en el asiento de al lado”, seguro que no hubiésemos tenido que escuchar comentarios sangrantes del tipo: “la verdad es que nos están invadiendo, cada día hay más”
Por todo esto, entiendo que el periodista tiene que ganarse la vida y tanto en la prensa como en la televisión hay que vender un producto. Y se vende mejor cuanto más morbo tiene y más polémica crea. Y en eso se apoyan los criminales. Tú haz cualquier barbaridad que ya vendrán los medios a justificarlo. Tú mata y ellos explicarán a la sociedad que tenemos unos ideales.
El primer fin de semana de noviembre, algunos esbirros descerebrados de esta cuadrilla de matones que parasitan entre nosotros, apedrearon los cristales de mi máquina y me hicieron en ella dos pintadas en diferentes colores negando el tren de alta velocidad. Su contribución a la prosperidad del que llaman “su pueblo” es causar destrozos a un autónomo en el mayor momento de crisis del sector. Pero mi mayor satisfacción es saber que no se ha enterado nadie de “su mensaje reivindicativo”.

Si hubiese tenido cerca un periodista seguro que esa pedrada habría tenido un premio para ellos con algún titular muy diferente al que yo hubiera puesto, que sería algo así como. “Chavales sin respeto apedrean los cristales de una excavadora” Si en algo me han hecho reflexionar quienes lo hayan hecho es en cuántas horas más tengo que trabajar para pagar ese cristal y con qué tipo de disolvente borro las pintadas. ¿Sus motivos? … No lo sé, para tener un motivo primero hay que tener la capacidad de pensar.
Por otra parte, más lamentable fue el comentario del funcionario que cursó la denuncia.
-“Pero, ¿estaba usted trabajando para el tren de alta velocidad?”
- “No. Ni siquiera pasa por esta localidad”
- “Entonces puede que no le corresponda indemnización”
¡Qué eficaces son aquellos funcionarios que saben cuáles son sus capacidades y no se salen de ellas! Hay una frase que suelen dirigir los encargados en las obras a algunos peones: “A ti no te pagan por pensar”. No es muy respetuosa paro sí muy cierta.
Balada de otoño
Llueve,
detrás de los cristales, llueve y llueve
sobre los chopos medio deshojados,
sobre los pardos tejados,
sobre los campos, llueve.
Pintaron de gris el cielo
y el suelo
se fue abrigando con hojas,
se fue vistiendo de otoño.
Llueve, detrás de los mostradores llueve y llueve. La tormenta arrecia y en la calle ya no sólo hay charcos sino un torrente de desesperación que arrastra proyectos de vida hechos con materiales escasos. Van cayendo las chabolas y corren peligro aquellos hogares de construcción precaria.
La tormenta perfecta. Este es el verdadero cambio climático, la evolución insostenible, el desequilibrio más salvaje. Hablamos tanto del respeto a nuestro planeta, a sus cordilleras, a sus mares, a sus bosques, a sus especies, que nos olvidamos de proteger a la más débil.
Una balada en otoño,
a veces como un murmullo,
y a veces como un lamento
y a veces viento.
Te podría contar
que esta quemándose mi último leño en el hogar,
que soy muy pobre hoy,
que por una sonrisa doy
todo lo que soy,
porque estoy solo
y tengo miedo.
No podía ser. El equilibrio se convierte en magia cuando se han de soportar tantas cosas y tan arriba. Y la magia sólo existe cuando me miras a los ojos y confías en que yo te vuelva a subir en lo más alto. Porque tú sabes que yo sé vivir con mucho menos.
Pero necesito vivir. No puedes abandonar ahora. Me ahogo en la calle, al pie de tu rascacielos. Te lo dije: no puedes acumular tantas cosas en la azotea; tanta fiesta, tanto lujo, un helipuerto para ti solo y una piscina, cada vez más grande.
Te lo dije: ya tienes bastante agua y aquí abajo escasea. Nos arreglamos con poco, pero escasea. Pero tú siempre quieres más y ahora tu piscina se ha desbordado, se ha agrietado y aquí abajo nos ha caído todo en tromba y nos arrastra.

Tus empleados piden por megafonía que nos acerquemos a achicar, a recomponer, a limpiar, a curar... Pero el agua no deja de caer y nos arrastra, nos aleja del edificio y no sabemos cuándo parará y si sobreviviremos. Y tú pides nuestra ayuda. Y te la queremos dar. ¡Perdón! ¡He mentido! No queremos, pero sabemos que de otra manera no es posible. Nosotros sí que sabemos que para que la evolución sea sostenible nos necesitamos todos.
Por eso te pedimos: ¡mójate!. ¿No ves que tu escondite se ve mucho? Estás ahí arriba, con los pies secos, en tu helicóptero privado y asustado porque tu gran obra se derrumba. ¿Pero no eres capaz de poner el pie allí donde hay fango para cerrar la manguera del agua?
¡Mójate! Si quieres salir de ésta necesitas nuestra ayuda, pero te necesitamos para poder sobrevivir. Para la sangría, salpica tus pantalones y arriesga. Tú estás tratando de salvar tu ropa, nosotros nuestra casa.
Y tú estás en crisis. Toda la vida invirtiendo en valores para tener poder y ahora tienes poder, pero no tienes valor. ¡Esto sí que es invertir valores!
Si tú fueras capaz
de ver los ojos tristes de una lámpara y hablar
con esa porcelana que descubrí ayer
y que por un momento se ha vuelto mujer.
Entonces, olvidando
mi mañana y tu pasado
volverías a mi lado.
Se va la tarde y me deja
la queja
que mañana será vieja
de una balada en otoño.
detrás de los cristales, llueve y llueve
sobre los chopos medio deshojados,
sobre los pardos tejados,
sobre los campos, llueve.
Pintaron de gris el cielo
y el suelo
se fue abrigando con hojas,
se fue vistiendo de otoño.
Llueve, detrás de los mostradores llueve y llueve. La tormenta arrecia y en la calle ya no sólo hay charcos sino un torrente de desesperación que arrastra proyectos de vida hechos con materiales escasos. Van cayendo las chabolas y corren peligro aquellos hogares de construcción precaria.
La tormenta perfecta. Este es el verdadero cambio climático, la evolución insostenible, el desequilibrio más salvaje. Hablamos tanto del respeto a nuestro planeta, a sus cordilleras, a sus mares, a sus bosques, a sus especies, que nos olvidamos de proteger a la más débil.
Una balada en otoño,
a veces como un murmullo,
y a veces como un lamento
y a veces viento.
Te podría contar
que esta quemándose mi último leño en el hogar,
que soy muy pobre hoy,
que por una sonrisa doy
todo lo que soy,
porque estoy solo
y tengo miedo.
No podía ser. El equilibrio se convierte en magia cuando se han de soportar tantas cosas y tan arriba. Y la magia sólo existe cuando me miras a los ojos y confías en que yo te vuelva a subir en lo más alto. Porque tú sabes que yo sé vivir con mucho menos.
Pero necesito vivir. No puedes abandonar ahora. Me ahogo en la calle, al pie de tu rascacielos. Te lo dije: no puedes acumular tantas cosas en la azotea; tanta fiesta, tanto lujo, un helipuerto para ti solo y una piscina, cada vez más grande.
Te lo dije: ya tienes bastante agua y aquí abajo escasea. Nos arreglamos con poco, pero escasea. Pero tú siempre quieres más y ahora tu piscina se ha desbordado, se ha agrietado y aquí abajo nos ha caído todo en tromba y nos arrastra.

Tus empleados piden por megafonía que nos acerquemos a achicar, a recomponer, a limpiar, a curar... Pero el agua no deja de caer y nos arrastra, nos aleja del edificio y no sabemos cuándo parará y si sobreviviremos. Y tú pides nuestra ayuda. Y te la queremos dar. ¡Perdón! ¡He mentido! No queremos, pero sabemos que de otra manera no es posible. Nosotros sí que sabemos que para que la evolución sea sostenible nos necesitamos todos.
Por eso te pedimos: ¡mójate!. ¿No ves que tu escondite se ve mucho? Estás ahí arriba, con los pies secos, en tu helicóptero privado y asustado porque tu gran obra se derrumba. ¿Pero no eres capaz de poner el pie allí donde hay fango para cerrar la manguera del agua?
¡Mójate! Si quieres salir de ésta necesitas nuestra ayuda, pero te necesitamos para poder sobrevivir. Para la sangría, salpica tus pantalones y arriesga. Tú estás tratando de salvar tu ropa, nosotros nuestra casa.
Y tú estás en crisis. Toda la vida invirtiendo en valores para tener poder y ahora tienes poder, pero no tienes valor. ¡Esto sí que es invertir valores!
Si tú fueras capaz
de ver los ojos tristes de una lámpara y hablar
con esa porcelana que descubrí ayer
y que por un momento se ha vuelto mujer.
Entonces, olvidando
mi mañana y tu pasado
volverías a mi lado.
Se va la tarde y me deja
la queja
que mañana será vieja
de una balada en otoño.
Muñecos vacíos
Desde esta ventana, sí, de esta que tengo a mi lado mientras escribo, veo una calle supongo que no demasiado diferente a la de cualquier otro lugar. Una acera, algunos árboles y la calzada, con su zona de aparcamiento (de pago, por supuesto). En primer plano hay un paso de peatones y tres contenedores diferentes para el reciclaje: orgánicos, papel y plásticos. Y al fondo, por encima de los bloques de esta calle, se levanta un edificio muy alto en cuyas primeras plantas abre sus puertas El Corte Inglés.
Ese es mi paisaje, que normalmente sólo varía con la gente que va y viene por debajo de mi ventana, según vayan en camiseta o con paraguas, de traje o en chándal, en solitario o en pareja, o en pequeños grupos, más numerosos y ruidosos en las noches del fin de semana.
Pero ayer tuve una visita inesperada: ¡Papá Noel! Sí, ayer se estaba rodando bajo mi ventana un spot (y yo que a esto toda mi vida lo había llamado “anuncio”...) publicitario para la lotería de Navidad, y un enorme globo de 6 metros con forma de este simbólico fantasma navideño alzaba vuelos controlados frente a mis cristales. Como diría la niña de “Poltergeist”: “Ya están aquíiiii...

Después salí a pasear y también vi operarios preparando enormes mangueras eléctricas y lo que no sé es si eran del Ayuntamiento o del Corte Inglés pero tenía toda la pinta del inicio de la “operación bombilla de colores” de cada fin de año (a apenas 80 días de las fiestas). Ojalá me equivoque.
Así que volví a recordar la escena y, no sé porqué, quise jugar al Tetris con varios elementos. Me propuse encajar El Corte Inglés, Papá Noel y los contenedores, especialmente el de papel y cartón. Y como banda sonora, teorías sobre el desarrollo sostenible y el cambio climático ... y tal y tal.
¿Cómo se sentiría, si pudiese hacerlo, ese contenedor al ver aproximarse esas fechas? Yo creo que estaría pidiendo ayuda, más compañeros en su calle viendo la que se le avecina. Se me ocurre que a mediados de diciembre habría que reestructurar la plantilla de contenedores y poner con el equipaje azul (el de papel y cartón) aquellos otros que quedan anacrónicos en Navidad: aquellos que recogen nuestras penurias económicas, nuestro control en el consumo, nuestra sensatez y austeridad, nuestra humildad ... y nuestro tremendo rollo ecologista que, por unas semanas, dejamos de utilizar.
No creo yo que crezcan muchos más árboles por amontonar toneladas de cartón en las calles cada 7 de enero. Confiaría más si cada regalo no viniese envuelto en una caja de cartón seis veces más grande que el propio juguete, si no trajese un grueso tomo con las instrucciones en 36 idiomas, si no lo envolviesen con papel de la propia juguetería como si fuese aire, si no le pusiéramos además otro papel mucho más bonito que vimos en una papelería y si no lo llevásemos en esas coquetas bolsas de marca, también de las tiendas.
Total: tres kilos de papel para envolver una Bratz de apenas 20 centímetros, que acabará siendo la muñeca del futuro porque es como nosotros, superflua, aparente y con mucha cabeza pero únicamente útil por fuera, para usarla como lienzo.

Así que, voy a salir a ver si, como me temo, esos cables son los que llenarán nuestras calles de miles de luces ¿sostenibles? durante unos meses para aparentar que estamos en aquél Belén de hace dos milenios en donde ¡qué curioso! únicamente una estrella iluminaba el lugar.
A su imagen y semejanza, seguimos creando un paraíso.
Ese es mi paisaje, que normalmente sólo varía con la gente que va y viene por debajo de mi ventana, según vayan en camiseta o con paraguas, de traje o en chándal, en solitario o en pareja, o en pequeños grupos, más numerosos y ruidosos en las noches del fin de semana.
Pero ayer tuve una visita inesperada: ¡Papá Noel! Sí, ayer se estaba rodando bajo mi ventana un spot (y yo que a esto toda mi vida lo había llamado “anuncio”...) publicitario para la lotería de Navidad, y un enorme globo de 6 metros con forma de este simbólico fantasma navideño alzaba vuelos controlados frente a mis cristales. Como diría la niña de “Poltergeist”: “Ya están aquíiiii...

Después salí a pasear y también vi operarios preparando enormes mangueras eléctricas y lo que no sé es si eran del Ayuntamiento o del Corte Inglés pero tenía toda la pinta del inicio de la “operación bombilla de colores” de cada fin de año (a apenas 80 días de las fiestas). Ojalá me equivoque.
Así que volví a recordar la escena y, no sé porqué, quise jugar al Tetris con varios elementos. Me propuse encajar El Corte Inglés, Papá Noel y los contenedores, especialmente el de papel y cartón. Y como banda sonora, teorías sobre el desarrollo sostenible y el cambio climático ... y tal y tal.
¿Cómo se sentiría, si pudiese hacerlo, ese contenedor al ver aproximarse esas fechas? Yo creo que estaría pidiendo ayuda, más compañeros en su calle viendo la que se le avecina. Se me ocurre que a mediados de diciembre habría que reestructurar la plantilla de contenedores y poner con el equipaje azul (el de papel y cartón) aquellos otros que quedan anacrónicos en Navidad: aquellos que recogen nuestras penurias económicas, nuestro control en el consumo, nuestra sensatez y austeridad, nuestra humildad ... y nuestro tremendo rollo ecologista que, por unas semanas, dejamos de utilizar.
No creo yo que crezcan muchos más árboles por amontonar toneladas de cartón en las calles cada 7 de enero. Confiaría más si cada regalo no viniese envuelto en una caja de cartón seis veces más grande que el propio juguete, si no trajese un grueso tomo con las instrucciones en 36 idiomas, si no lo envolviesen con papel de la propia juguetería como si fuese aire, si no le pusiéramos además otro papel mucho más bonito que vimos en una papelería y si no lo llevásemos en esas coquetas bolsas de marca, también de las tiendas.
Total: tres kilos de papel para envolver una Bratz de apenas 20 centímetros, que acabará siendo la muñeca del futuro porque es como nosotros, superflua, aparente y con mucha cabeza pero únicamente útil por fuera, para usarla como lienzo.

Así que, voy a salir a ver si, como me temo, esos cables son los que llenarán nuestras calles de miles de luces ¿sostenibles? durante unos meses para aparentar que estamos en aquél Belén de hace dos milenios en donde ¡qué curioso! únicamente una estrella iluminaba el lugar.
A su imagen y semejanza, seguimos creando un paraíso.
La razón de la magia.
Él, como tantos otros ilusionistas, algunas veces soñaba con que la magia pudiese existir. Pero conocer los entresijos de cada truco le hacía perder esa ilusión que alimenta la inocencia. La magia no existía para él sino para su público, infantil –y de enormes ojos abiertos- en la mayoría de sus actuaciones. La mayor parte de sus ingresos le llegaban por cumpleaños, comuniones y celebraciones de ese tipo. También trabajaba en algunas discotecas de pueblos pequeños en donde sufría burlas y bromas de mal gusto de un público más pendiente de beber que de su actuación.
Aquella tarde tenía una fiesta de cumpleaños en el comedor privado de un restaurante. Cerca de veinte niños esperaban ver su magia mientras sus padres, más alejados, permanecían en animada y ruidosa tertulia ajenos al espectáculo. Pero aquello no le desanimaba, es más, prefería poco público pero de los que aún sueñan con la magia, como él.
Y sucedió que en uno de los trucos clásicos la magia, la auténtica magia, cobró vida. Se disponía a hacer aparecer de su chistera al viejo conejo –que era su único compañero de piso- y cuando su mano palpó aquello que había dentro su expresión sonriente cambió súbitamente por otra de sorpresa que no era parte del guión. Allí donde esperaba encontrar una suave piel notó el tacto de unas plumas y de su chistera surgió una paloma blanca.
La paloma desplegó sus alas y dio un corto vuelo sobre las cabezas de los niños para regresar después al puño de su ... creador? Éste no podía ocultar su asombro y miraba incrédulo.
Pero el show debía continuar y la depositó en aquella chistera, que puso bajo la mesa, oculta por unas telas negras. Quiso terminar pronto y aceleró su despedida dedicándose a modelar figuras de animales con largos globos de colores vivos que fue regalando a su joven público. Recogió su mesa y se fue entre unos tímidos aplausos que no tuvo tiempo de agradecer.Empujó aquella mesa preparada con ruedas hasta el aparcamiento del restaurante para guardar todo su equipo en su furgoneta y regresar a casa. Pero lo primero que hizo fue buscar la chistera y ... allí estaba de nuevo el conejo, su viejo amigo de siempre. De la paloma no había ni rastro. Colocó ordenadamente cada elemento de su atrezzo comprobando con minuciosa atención si entre alguno de ellos aparecía la paloma. Pero no fue así.
Aquella noche no pudo dormir. Buscaba cualquier explicación racional a lo sucedido y no lo encontraba. Sólo la magia lo podría explicar pero él, mejor que nadie, sabía que la magia no es más que una ilusión en las mentes de las personas sencillas.
Pasó una semana en la que trató de borrar de su recuerdo aquel incidente, aunque no lo conseguía. Y llegó la siguiente actuación. Todo transcurría normal hasta que llegó al mismo truco de la chistera y el conejo. Esta vez no sonreía mirando al público sino que sus ojos se clavaron en el interior de la chistera. ...Y allí estaba de nuevo la paloma.
Aquel hecho se repitió igual en todas sus actuaciones durante unas semanas y lo tenía totalmente desconcertado. ¿habría conseguido crear magia? Tanto tiempo soñando con ella y ahora no sabía como reaccionar al conseguirla.
Sabía que no era así. O necesitaba saberlo. Sin embargo la paloma no faltaba nunca y él disfrutaba más incluso que su público ya que tocaba la magia con sus dedos en, el que se convirtió para él, su número estelar. Se sentía mago; era mago por unos instantes.
Pero la semana en soledad es larga y pasaba demasiado tiempo buscando una explicación razonable a esta locura. Sus dudas mataban la magia.
La práctica del ilusionismo durante tantos años le había acostumbrado a tener todo bajo el control de sus sentidos y, de repente, algo se escapaba a ese control. No podía creer en la magia. Eso es algo que pertenece al mundo de los sueños, una vana ilusión, una quimera. Y tomó una drástica decisión: abandonar sus actuaciones, quizás hasta entender cuál era el truco –porque tenía que haberlo- de aquella sorprendente paloma.
Llegó su primer sábado sin actuación y fue a dar un paseo por la ciudad. Compró un diario y se sentó en un banco del parque a ojearlo. A su alrededor, decenas de palomas buscaban el alimento de otras manos y sus ojos se fueron hacia ellas. Instintivamente quiso reconocer de entre todas a aquella que se aparecía en sus actuaciones. Pero era absurdo; todas se parecían demasiado. Además, aquella paloma sólo existía en su chistera.
En su casa, ya al atardecer se había concentrado demasiado calor. Abrió una ventana y se quedó contemplando la calle desde lo alto. Se sentía con los pies demasiado lejos del suelo de los demás. “Los de ahí abajo no entendería cuál es la locura que me preocupa” – pensaba. Giró sobre sí mismo y se quedó pensativo apoyado en el marco, de espaldas al exterior.
Sólo unos segundos después escuchó un leve ruido tras él. En el alféizar, apenas a unos centímetros de una de sus manos, se había posado una paloma. Esta vez no tuvo que hacer ningún esfuerzo para reconocerla: sin duda era ella. La magia le perseguía, la magia sí creía en él.
Aquella paloma podría ser una de tantas, no era diferente en su aspecto a las demás, sin embargo sólo con ella surgía la magia. Esto le hizo pensar: quizás no haya seres mágicos sino que la magia surge de la unión de varios ingredientes, macerados en el espacio y el tiempo, como en aquellos conjuros de los hechiceros medievales. Y los ingredientes pueden ser, además de extraños y exóticos elementos, dos seres vivos, nada diferentes del resto, pero cuya coincidencia en el momento haga saltar la chispa que haga reaccionar la fórmula perfecta.Cada tarde la paloma visitaba la ventana del mago. Éste la miraba desconcertado, no sabía cómo tratarla, qué hacer con ella. No distinguía si era un ser real o una fantasía tras tantos años como ilusionista. En su intento de hacer algo por ella empezó a darla de comer, como si ella lo visitara para sobrevivir. Y además le ofrecía de la misma comida con que alimentaba a su conejo.
Ella no lo rechazaba, aunque no fuera lo que buscaba ni la comida que a ella le iba bien. Y sabía que aquella comida para conejos acabaría por intoxicarla. Pero volvía cada día con la esperanza de que él se decidiera a alimentar el encantamiento que nacía cuando, ataviado con su viejo frac, se decidía a ser un mago de verdad.
Lo irracional no cabía en su vida. Aquello que se escapaba a su control no entraba a formar parte de una existencia medida y ordenada. Y así fue como decidió cerrar la ventana y no dar más comida de conejos a la paloma. La miraba desde dentro, eso sí, con la eterna duda de saber qué y para qué había aparecido ese misterioso ser en su vida.
Y llegó el invierno. A menudo el hielo cubría todo el alféizar. Sin embargo, la fiel amiga lo visitaba cada día. Ella nunca perdió la fe. Sabía que sólo él era el ingrediente que la hacía un ser mágico. El viento soplaba fuerte y gélido aquella tarde. La paloma, cada vez con peor aspecto, se tambaleaba sobre el hielo con sus plumas empapadas. Él la miraba pegado al cristal pero su orgullo racional le impedía ayudarla.
En un golpe más de viento ella patinó. Él vio que se iba a caer y entonces sí abrió rápido la ventana. Miró hacia abajo esperando que remontase el vuelo. Pero no fue así; cayó girando sobre sí misma. Al llegar al suelo, su impacto tuvo un extraño sonido de cristal.
Bajó apresuradamente las escaleras. En el suelo yacía inerte la paloma. Un ramo de flores de papel, de aquellos que aparecen en una varita, cubría parte de su cuerpo. Dos niños se peleaban por recoger algo del suelo mientras su madre los llamaba impaciente. Eran decenas de pequeños cristales con forma de gota de agua, lágrimas quizá del mundo de la fantasía.
Levantó la vista hasta su ventana y ya apenas se sorprendió al ver cómo de ella colgaba una interminable cuerda hecha con pañuelos de colores anudados. Esta vez, ya demasiado tarde, creyó en el encantamiento de aquel ser de aspecto corriente. La recogió cuidadosamente entre sus manos y al levantarla encontró bajo su cuerpo el último de sus trucos. Un naipe partido en dos mitades. Era el as de corazones.Volvió a dejar el cuerpo de la paloma en el suelo y recogió los dos trozos de aquella carta. Instintivamente los unió y ... el as de corazones se transformó en el dos de corazones. Pero la carta no se podía volver a unir.
Miró a la paloma y comprendió que la magia había terminado allí. Y guardó en su billetera aquellos dos corazones separados para siempre ... por la razón.
Necesitan un traductor
El periodismo, la vieja idea del periodista vocacional, aquella imagen que de él nos mostraban algunas películas míticas, tiende a desaparecer. Si es que no ha muerto ya rendido a la burocracia. Aquellos que rellenan tertulias matinales escupen argumentos tamizados por su carnet político y renuncian a criticar a “los suyos” o a aplaudir un acto digno de “los otros”. Con lo que consiguen un tedioso y previsible espectáculo.
Y quienes redactan sucesos se quedan en lo que quienes tienen voz y una tarjeta de visita les cuentan con el interés de mantener su privilegiado puesto y su supuesta dignidad laboral.
Así se pueden leer noticias como ésta:
Un hombre de 56 años falleció ayer al caer desde una altura de siete metros cuando pintaba el techo de un centro comercial en el municipio de Erandio. Con esta muerte se eleva a 49 el número de trabajadores que han perdido la vida en accidente laboral en lo que va de año en el País Vasco, según los datos aportados por el sindicato UGT.
El pintor fallecido, que pertenecía a una empresa con sede en Madrid y responde a las siglas J. C. M., se precipitó al vacío por causas que actualmente investiga el Instituto Vasco de Seguridad y Salud Laboral (Osalan). Este organismo adelantó ayer, a través de un informe preliminar, que la plataforma elevadora desde la que trabajaba la víctima «tenía barandilla de seguridad cumplía las medidas de prevención recomendadas por la normativa europea».
El luctuoso suceso tuvo lugar a la una de la madrugada, en el interior de una gran superficie ubicada en el barrio de Asua. A esa hora, J. C. M. se encontraba solo, pintando el techo del pabellón, ya que su compañero acababa de bajar al piso para recoger unos cartones. El otro operario únicamente pudo oír el grito de la víctima en el momento en que caía desde una altura aproximada de siete metros. Al parecer, murió en el acto y nada pudieron hacer los servicios de emergencia por salvar su vida.
Concentración de repulsa
Los sindicatos ELA, LAB, ESK y STEE-EILAS han convocado para hoy una concentración con el objetivo de protestar por la muerte del empleado. El acto tendrá lugar en la entrada del supermercado y pretende denunciar la «sangría humana» que suponen estos accidentes laborales. Un problema que «la sociedad vasca no puede seguir soportando durante más tiempo», explicaron las centrales en un comunicado conjunto.
Es un ejemplo claro de cómo la noticia la han redactado a medias la patronal y los sindicatos. Llegando a un curioso acuerdo no hablado: un texto que exculpa a ambos de lo más importante, que un hombre ha muerto trabajando.
Pero el mundo es cada vez más de los que hablan un idioma diferente al de la calle, aquel de las palabras exactas y las expresiones correctas. Babean ante quien les dice cosas como “existe un cierto descontento y malestar entre la clase trabajadora” pero huyen, como si de un apestado se tratara, cuando alguien escupe sobre sus libretas frases como “estamos hasta los cojones de meter horas, estamos reventados”
Quizás equipados con un chubasquero, más para sus delicados oídos que para su piel, encontrarían las verdades que estas noticias esconden. Y que son la realidad del país, las que confeccionan el idioma de la calle, las que sufren la gran mayoría del pueblo. Pero no es políticamente correcto, como si la política y la corrección tuviesen algún nexo. Esa corrección los lleva a mantener ese hueco en la página 8 de un diario, que les asegura parte del alquiler de un piso.
Porque sino podrían encontrarse con una noticia mucho más real. Y puede que muchos de los que piensan que todo va bien allí abajo se deberían replantear si están haciendo bien las cosas. Es difícil cuando sólo leen noticias como la de arriba.
Y es que, si hablaran con los obreros, esos que no sabemos construir una frase sin faltas sintácticas ni semánticas, podrían traducir de ese desastroso idioma que lo que importa no es la redacción sino el contenido. Y el contenido de sus palabras les haría ver que están trabajando a 67 horas a la semana, alternando por antojos diarios jornadas nocturnas con diurnas. O ambas en el mismo día, como este pintor que se mató trabajando a la una de la noche cuando él había estado trabajando por la mañana y no quería trabajar esa noche también; que se había ofrecido a trabajar el domingo para no alterar el ritmo de sueño.
Ahora buscan una imprudencia en su trabajo porque la plataforma reunía las condiciones necesarias de seguridad. La culpa es del obrero. Sus jefes tienen todos los papeles en regla.
Sus jefes tienen todos los papeles en regla. ...Sus jefes no tienen toda su conciencia en orden ... Eso pensaba yo. ¡Pero no! Lo más increíble es cómo estos caníbales devoran cadáveres de obreros mientras haya otros en la lista del paro.
Al día siguiente varios sindicatos convocaron una huelga (caso que tocaré más adelante). Se paró la producción por la mañana. A las 3 de la tarde nos llamaron para reincorporarnos al trabajo, ya sin la presencia de los sindicatos, y con la orden de ¡recuperar las horas perdidas por la mañana!. Ese día se trabajó hasta las 9 de la noche.
El dolor, el pesar de la dirección de obra sólo estaba en alguna cifra de algún albarán. Ni siquiera creo que sepan que una niña de 15 años acababa de perder a su padre por el antojo de pintar unas vigas del pasillo de un centro comercial esa noche, para no molestar a la clientela y bajar las ventas.
El día anterior a la “huelga”, los obreros habíamos llegado a un acuerdo por nosotros mismos. Primero hacer un silencio de 5 minutos a las 10 de la mañana en memoria de nuestro compañero. Y segundo, negarnos a seguir con ese ritmo infernal de plazos y trabajar de una forma más digna. Pero llegaron los “okupas”, los sindicatos. 4 sindicatos vascos que se adueñaron de la situación. Curiosamente sólo yo pertenezco al país vasco de cuantos trabajamos allí y no estoy sindicado, así que esos sindicatos no nos representaban a ninguno. Y no sólo eso sino que JAMÁS se habían preocupado en pasar por allí. Una obra en un centro comercial abierto al público y con maquinaria trabajando de lunes a domingo, noche y día. ¿Quizá no lo habían visto hasta entonces?
El caso es que nos echaron del trabajo, impidieron nuestro homenaje al compañero y se sacaron la foto con su pancarta para salir en el periódico. Entretanto, a diez metros de ellos, la dirección de obra ideaba la compensación de las horas perdidas. Efecto de la acción de los sindicatos: dinero perdido para los obreros y más intensificación de horas; precisamente la causa del accidente por el que protestan. ¡Fantoches! (Permítanme los lectores esta salida de tono)
Ahora han cambiado algunas cosas; hay obreros con residencia en Portugal que han disfrutado de un fin de semana libre después de cuatro meses. Bueno... disfrutado... los han obligado a ir para certificar con su médico de cabecera el reconocimiento médico que les faltaba, por si también tuviesen el ... descuido de matarse. Y esta semana, en la que la obra ya está prácticamente terminada, la dirección de obra a instado a la contrata a impartir un cursillo de prevención entre los obreros. En poco más o menos una hora, por cierto. Una hora en la que habrán dedicado más tiempo a firmar el papel que salva el culo de sus jefes que en enterarse de cuántas cosas no debían haber hecho para no poner en peligro sus vidas.
No existen cadenas, pero existen hipotecas bestiales por un techo. No chasquean más los látigos, pero los despidos y el paro vuelan rozando nuestras espaldas.
Y tampoco existen periodistas sino secretarios de quienes manejan todo. No quiero periodistas, prefiero traductores de castellano-burocrático.
Nos matan en castellano y nos entierran entre papeles.
Y quienes redactan sucesos se quedan en lo que quienes tienen voz y una tarjeta de visita les cuentan con el interés de mantener su privilegiado puesto y su supuesta dignidad laboral.
Así se pueden leer noticias como ésta:
Un hombre de 56 años falleció ayer al caer desde una altura de siete metros cuando pintaba el techo de un centro comercial en el municipio de Erandio. Con esta muerte se eleva a 49 el número de trabajadores que han perdido la vida en accidente laboral en lo que va de año en el País Vasco, según los datos aportados por el sindicato UGT.
El pintor fallecido, que pertenecía a una empresa con sede en Madrid y responde a las siglas J. C. M., se precipitó al vacío por causas que actualmente investiga el Instituto Vasco de Seguridad y Salud Laboral (Osalan). Este organismo adelantó ayer, a través de un informe preliminar, que la plataforma elevadora desde la que trabajaba la víctima «tenía barandilla de seguridad cumplía las medidas de prevención recomendadas por la normativa europea».
El luctuoso suceso tuvo lugar a la una de la madrugada, en el interior de una gran superficie ubicada en el barrio de Asua. A esa hora, J. C. M. se encontraba solo, pintando el techo del pabellón, ya que su compañero acababa de bajar al piso para recoger unos cartones. El otro operario únicamente pudo oír el grito de la víctima en el momento en que caía desde una altura aproximada de siete metros. Al parecer, murió en el acto y nada pudieron hacer los servicios de emergencia por salvar su vida.
Concentración de repulsa
Los sindicatos ELA, LAB, ESK y STEE-EILAS han convocado para hoy una concentración con el objetivo de protestar por la muerte del empleado. El acto tendrá lugar en la entrada del supermercado y pretende denunciar la «sangría humana» que suponen estos accidentes laborales. Un problema que «la sociedad vasca no puede seguir soportando durante más tiempo», explicaron las centrales en un comunicado conjunto.
Es un ejemplo claro de cómo la noticia la han redactado a medias la patronal y los sindicatos. Llegando a un curioso acuerdo no hablado: un texto que exculpa a ambos de lo más importante, que un hombre ha muerto trabajando.
Pero el mundo es cada vez más de los que hablan un idioma diferente al de la calle, aquel de las palabras exactas y las expresiones correctas. Babean ante quien les dice cosas como “existe un cierto descontento y malestar entre la clase trabajadora” pero huyen, como si de un apestado se tratara, cuando alguien escupe sobre sus libretas frases como “estamos hasta los cojones de meter horas, estamos reventados”
Quizás equipados con un chubasquero, más para sus delicados oídos que para su piel, encontrarían las verdades que estas noticias esconden. Y que son la realidad del país, las que confeccionan el idioma de la calle, las que sufren la gran mayoría del pueblo. Pero no es políticamente correcto, como si la política y la corrección tuviesen algún nexo. Esa corrección los lleva a mantener ese hueco en la página 8 de un diario, que les asegura parte del alquiler de un piso.
Porque sino podrían encontrarse con una noticia mucho más real. Y puede que muchos de los que piensan que todo va bien allí abajo se deberían replantear si están haciendo bien las cosas. Es difícil cuando sólo leen noticias como la de arriba.
Y es que, si hablaran con los obreros, esos que no sabemos construir una frase sin faltas sintácticas ni semánticas, podrían traducir de ese desastroso idioma que lo que importa no es la redacción sino el contenido. Y el contenido de sus palabras les haría ver que están trabajando a 67 horas a la semana, alternando por antojos diarios jornadas nocturnas con diurnas. O ambas en el mismo día, como este pintor que se mató trabajando a la una de la noche cuando él había estado trabajando por la mañana y no quería trabajar esa noche también; que se había ofrecido a trabajar el domingo para no alterar el ritmo de sueño.
Ahora buscan una imprudencia en su trabajo porque la plataforma reunía las condiciones necesarias de seguridad. La culpa es del obrero. Sus jefes tienen todos los papeles en regla.
Sus jefes tienen todos los papeles en regla. ...Sus jefes no tienen toda su conciencia en orden ... Eso pensaba yo. ¡Pero no! Lo más increíble es cómo estos caníbales devoran cadáveres de obreros mientras haya otros en la lista del paro.
Al día siguiente varios sindicatos convocaron una huelga (caso que tocaré más adelante). Se paró la producción por la mañana. A las 3 de la tarde nos llamaron para reincorporarnos al trabajo, ya sin la presencia de los sindicatos, y con la orden de ¡recuperar las horas perdidas por la mañana!. Ese día se trabajó hasta las 9 de la noche.
El dolor, el pesar de la dirección de obra sólo estaba en alguna cifra de algún albarán. Ni siquiera creo que sepan que una niña de 15 años acababa de perder a su padre por el antojo de pintar unas vigas del pasillo de un centro comercial esa noche, para no molestar a la clientela y bajar las ventas.
El día anterior a la “huelga”, los obreros habíamos llegado a un acuerdo por nosotros mismos. Primero hacer un silencio de 5 minutos a las 10 de la mañana en memoria de nuestro compañero. Y segundo, negarnos a seguir con ese ritmo infernal de plazos y trabajar de una forma más digna. Pero llegaron los “okupas”, los sindicatos. 4 sindicatos vascos que se adueñaron de la situación. Curiosamente sólo yo pertenezco al país vasco de cuantos trabajamos allí y no estoy sindicado, así que esos sindicatos no nos representaban a ninguno. Y no sólo eso sino que JAMÁS se habían preocupado en pasar por allí. Una obra en un centro comercial abierto al público y con maquinaria trabajando de lunes a domingo, noche y día. ¿Quizá no lo habían visto hasta entonces?
El caso es que nos echaron del trabajo, impidieron nuestro homenaje al compañero y se sacaron la foto con su pancarta para salir en el periódico. Entretanto, a diez metros de ellos, la dirección de obra ideaba la compensación de las horas perdidas. Efecto de la acción de los sindicatos: dinero perdido para los obreros y más intensificación de horas; precisamente la causa del accidente por el que protestan. ¡Fantoches! (Permítanme los lectores esta salida de tono)
Ahora han cambiado algunas cosas; hay obreros con residencia en Portugal que han disfrutado de un fin de semana libre después de cuatro meses. Bueno... disfrutado... los han obligado a ir para certificar con su médico de cabecera el reconocimiento médico que les faltaba, por si también tuviesen el ... descuido de matarse. Y esta semana, en la que la obra ya está prácticamente terminada, la dirección de obra a instado a la contrata a impartir un cursillo de prevención entre los obreros. En poco más o menos una hora, por cierto. Una hora en la que habrán dedicado más tiempo a firmar el papel que salva el culo de sus jefes que en enterarse de cuántas cosas no debían haber hecho para no poner en peligro sus vidas.
No existen cadenas, pero existen hipotecas bestiales por un techo. No chasquean más los látigos, pero los despidos y el paro vuelan rozando nuestras espaldas.
Y tampoco existen periodistas sino secretarios de quienes manejan todo. No quiero periodistas, prefiero traductores de castellano-burocrático.
Nos matan en castellano y nos entierran entre papeles.
Porqué no me gusta el golf
Quizá pasé demasiados años compartiendo el mismo campo de fútbol en el patio de colegio con otros cien niños. Quizá nunca aspiré a ser rico. Quizá mantenga la obsoleta idea de que mi ocio es más ameno en compañía.
El caso es que, por estas u otras razones no me gusta el golf. La sensación que me produce ver varias hectáreas acotadas para el disfrute de unos pocos irrita mis raíces de chaval con bocadillo de pan y chocolate y de balón Kaplan de aquellos que tatuaban sus hexágonos de plástico en mi frente al rematarlos de cabeza.
Pero nuestro verano está diseñado para ellos. En comarcas donde el agua vale más que el Eau de Rochas se instalan sistemas de regadío para que el verdín del fresco césped siga tiñendo de verdín esos absurdos zapatitos del albino nórdico pre-jubileta o del japonés de turno, con sus bermudas caqui y chaleco de Indiana Jones. Los promotores insisten en que diseñan lagunas que autoabastecen esos campos. Pero no ponen el mismo empeño para mantener viva la huerta que da de comer a la región que ofrece sus servicios a su hotel.
Allí hay otra clase de turismo, ese que viene del sur de Mediterráneo, ese que no viene buscando los rayos del sol sino huyendo de ellos. No necesitan más bronceado sino el calor de un puñado de euros y la esperanza de vivir dignamente. Y sudan, pero no por la pesada digestión de una paella en la tumbona de la playa sino por buscar su comida recolectando para la de otros.
No hay sauna más eficaz que trabajar 12 horas en un invernadero, aunque tenga el inconveniente de que no te deja las manos libres para leer la prensa ni el aliento suficiente para debatir con el compañero con qué tipo de palo se alcanza mejor el green.
Pero si en algo coinciden los extranjeros que llegan a nuestras playas es en el recibimiento con plásticos. A unos, según bajan del crucero les entregan un plástico que abre la puerta de una suite con el aire acondicionado a toda pastilla.
A otros, a medianoche, los cubren con plásticos para combatir la hipotermia con que muerden sus huesos las noches de travesía en patera.
Más tarde, para que a aquellos no les falte de nada, colocan en sus muñecas pulseras de plástico que garantizan comida y bebida hasta hartarse. Y lo harán a conciencia, beberán hasta perder esa dignidad que no necesitan porque se saben poderosos y tiene carteras llenas de plásticos que compran afecto, sonrisas y atenciones.
Pero de la dignidad de los otros cuelgan siempre pesadas bolsas bien cargadas de plásticos que intentarán vendernos por la calle y los bares, y en donde saben que llevan su posibilidad de cena y, lo que ellos más aprecian, unos meses de supervivencia para los suyos que esperan en la cara B de nuestro mundo solidario.
El plástico mueve el mundo; compra, paga, vende, pero sobre todo identifica y nos clasifica. Lo que no acabo de entender es porqué algunos, si tanto aprecian el plástico, no se compran la Play Station para jugar a un golf virtual, que ocupa tanto como un posavasos, y que lo puedan hacer desde la suite de su hotel, directamente en gayumbos, con la camiseta imperio y la lata de Budweiser y la pizza al lado, en vez de acaparar las pocas zonas verdes que el asfalto ha esquivado al crear accesos a colosales urbanizaciones.
Quizás las administraciones no recuerdan lo maravilloso que es pasar una tarde GRATIS con los hijos y unos buenos amigos en espacios naturales abiertos. O quizás sí lo recuerdan y no quieren volver a coincidir con los vulgares vecinos de la frutería de abajo y para ello conceden licencias de urbanización a cambio de generosas comisiones para que sus nuevas y glamourosas tardes de campo tengan como única molestia la compañía de un caddy y el hecho de no entender muy bien porqué tienen que llevar pantalones de rombos.
Vivimos rodeados de extranjeros. Yo personalmente trabajo hombro con hombro con muchos de ellos. Pero ellos no llevan pulseras de plástico con lo que no se les colma de atenciones ni los llaman turistas, sino que nos aportan sus manos y su sudor y a cambio los llamamos inmigrantes. Y los miramos con cierto desprecio.
A mí me están aportando mucho, pero es que soy de los que aún piensan que la riqueza no está en una tarjeta de plástico sino en crecer como persona aprendiendo y conviviendo con los demás ... con TODOS los demás.
A mis compañeros polacos, ucranianos, portugueses, rusos, peruanos, rumanos y... de Mali, de los cuales desconozco hasta su gentilicio.
El caso es que, por estas u otras razones no me gusta el golf. La sensación que me produce ver varias hectáreas acotadas para el disfrute de unos pocos irrita mis raíces de chaval con bocadillo de pan y chocolate y de balón Kaplan de aquellos que tatuaban sus hexágonos de plástico en mi frente al rematarlos de cabeza.
Pero nuestro verano está diseñado para ellos. En comarcas donde el agua vale más que el Eau de Rochas se instalan sistemas de regadío para que el verdín del fresco césped siga tiñendo de verdín esos absurdos zapatitos del albino nórdico pre-jubileta o del japonés de turno, con sus bermudas caqui y chaleco de Indiana Jones. Los promotores insisten en que diseñan lagunas que autoabastecen esos campos. Pero no ponen el mismo empeño para mantener viva la huerta que da de comer a la región que ofrece sus servicios a su hotel.
Allí hay otra clase de turismo, ese que viene del sur de Mediterráneo, ese que no viene buscando los rayos del sol sino huyendo de ellos. No necesitan más bronceado sino el calor de un puñado de euros y la esperanza de vivir dignamente. Y sudan, pero no por la pesada digestión de una paella en la tumbona de la playa sino por buscar su comida recolectando para la de otros.
No hay sauna más eficaz que trabajar 12 horas en un invernadero, aunque tenga el inconveniente de que no te deja las manos libres para leer la prensa ni el aliento suficiente para debatir con el compañero con qué tipo de palo se alcanza mejor el green.
Pero si en algo coinciden los extranjeros que llegan a nuestras playas es en el recibimiento con plásticos. A unos, según bajan del crucero les entregan un plástico que abre la puerta de una suite con el aire acondicionado a toda pastilla.
A otros, a medianoche, los cubren con plásticos para combatir la hipotermia con que muerden sus huesos las noches de travesía en patera.
Más tarde, para que a aquellos no les falte de nada, colocan en sus muñecas pulseras de plástico que garantizan comida y bebida hasta hartarse. Y lo harán a conciencia, beberán hasta perder esa dignidad que no necesitan porque se saben poderosos y tiene carteras llenas de plásticos que compran afecto, sonrisas y atenciones.
Pero de la dignidad de los otros cuelgan siempre pesadas bolsas bien cargadas de plásticos que intentarán vendernos por la calle y los bares, y en donde saben que llevan su posibilidad de cena y, lo que ellos más aprecian, unos meses de supervivencia para los suyos que esperan en la cara B de nuestro mundo solidario.
El plástico mueve el mundo; compra, paga, vende, pero sobre todo identifica y nos clasifica. Lo que no acabo de entender es porqué algunos, si tanto aprecian el plástico, no se compran la Play Station para jugar a un golf virtual, que ocupa tanto como un posavasos, y que lo puedan hacer desde la suite de su hotel, directamente en gayumbos, con la camiseta imperio y la lata de Budweiser y la pizza al lado, en vez de acaparar las pocas zonas verdes que el asfalto ha esquivado al crear accesos a colosales urbanizaciones.
Quizás las administraciones no recuerdan lo maravilloso que es pasar una tarde GRATIS con los hijos y unos buenos amigos en espacios naturales abiertos. O quizás sí lo recuerdan y no quieren volver a coincidir con los vulgares vecinos de la frutería de abajo y para ello conceden licencias de urbanización a cambio de generosas comisiones para que sus nuevas y glamourosas tardes de campo tengan como única molestia la compañía de un caddy y el hecho de no entender muy bien porqué tienen que llevar pantalones de rombos.
Vivimos rodeados de extranjeros. Yo personalmente trabajo hombro con hombro con muchos de ellos. Pero ellos no llevan pulseras de plástico con lo que no se les colma de atenciones ni los llaman turistas, sino que nos aportan sus manos y su sudor y a cambio los llamamos inmigrantes. Y los miramos con cierto desprecio.
A mí me están aportando mucho, pero es que soy de los que aún piensan que la riqueza no está en una tarjeta de plástico sino en crecer como persona aprendiendo y conviviendo con los demás ... con TODOS los demás.
A mis compañeros polacos, ucranianos, portugueses, rusos, peruanos, rumanos y... de Mali, de los cuales desconozco hasta su gentilicio.
No todo sigue
Nada puede doler más. Ningún consuelo sirve.
¿Qué decir cuando suceden tragedias así? ¿Cómo ayudar? ¿En qué momento ofrecer un abrazo?
Por mucho que lo pienso no encuentro una tragedia mayor que perder una hija. Que, impotente, escuches que la carretera se la ha tragado.
Casi todo es sustituible en nuestras vidas; todo, me atrevería a decir. Excepto los hijos.
Pasamos los años construyendo un hogar, nuestro reino en el mundo, un pequeño territorio conquistado al tiempo. Es un hogar que cambia en función de lo que la vida nos depara. A veces tiene más lujo, otras veces es un pequeño caos, cambian de tonalidad sus paredes...
Todo se puede cambiar en él. Todo se puede reformar. Incluso diría que cada cambio enriquece, cada reforma estimula. Todo es sustituible.
Todo excepto los hijos.
Y ahora, ¿cómo decir que la vida sigue? Porque esa vida ya no sigue, hay que construir una nueva. Esta tragedia no admite parches, nada se puede rescatar, todo se ha derrumbado.
¿Cómo decirte, Juanma, que tienes que levantarte y construir un nuevo hogar? ¿Cómo, siquiera, llegar a ti para abrazarte si apenas te distingo entre el escombro? Y, ¿qué te puedo ofrecer si lo único que pides no está en mis manos?
¿Alguien sabe volver atrás el calendario? ¿Alguien sabe convencer a un padre que mire hacia delante cuando su vida se ha parado en el ayer?
No es cierto que el tiempo lo cura todo, el tiempo hará de otras necesidades un camino por donde avanzar, aunque sea de espaldas al futuro, hasta que la distancia te obligue a dar la vuelta.
Y es un largo, larguísimo camino. Y sólo ahí es donde podemos caminar a tu lado, tratando de distraer tu recuerdo, de recoger tu angustia. Tratando de romper ese aislamiento en el que el dolor te encierra.
No podemos decirte nada más que: NUNCA CAMINARAS SOLO, JUANMA.
Recibe un enorme abrazo de todos.
¿Qué decir cuando suceden tragedias así? ¿Cómo ayudar? ¿En qué momento ofrecer un abrazo?
Por mucho que lo pienso no encuentro una tragedia mayor que perder una hija. Que, impotente, escuches que la carretera se la ha tragado.
Casi todo es sustituible en nuestras vidas; todo, me atrevería a decir. Excepto los hijos.
Pasamos los años construyendo un hogar, nuestro reino en el mundo, un pequeño territorio conquistado al tiempo. Es un hogar que cambia en función de lo que la vida nos depara. A veces tiene más lujo, otras veces es un pequeño caos, cambian de tonalidad sus paredes...
Todo se puede cambiar en él. Todo se puede reformar. Incluso diría que cada cambio enriquece, cada reforma estimula. Todo es sustituible.
Todo excepto los hijos.
Y ahora, ¿cómo decir que la vida sigue? Porque esa vida ya no sigue, hay que construir una nueva. Esta tragedia no admite parches, nada se puede rescatar, todo se ha derrumbado.
¿Cómo decirte, Juanma, que tienes que levantarte y construir un nuevo hogar? ¿Cómo, siquiera, llegar a ti para abrazarte si apenas te distingo entre el escombro? Y, ¿qué te puedo ofrecer si lo único que pides no está en mis manos?
¿Alguien sabe volver atrás el calendario? ¿Alguien sabe convencer a un padre que mire hacia delante cuando su vida se ha parado en el ayer?
No es cierto que el tiempo lo cura todo, el tiempo hará de otras necesidades un camino por donde avanzar, aunque sea de espaldas al futuro, hasta que la distancia te obligue a dar la vuelta.
Y es un largo, larguísimo camino. Y sólo ahí es donde podemos caminar a tu lado, tratando de distraer tu recuerdo, de recoger tu angustia. Tratando de romper ese aislamiento en el que el dolor te encierra.
No podemos decirte nada más que: NUNCA CAMINARAS SOLO, JUANMA.
Recibe un enorme abrazo de todos.
Una ilusión cautivadora
Quería la brisa pasar alguna página de su libro, pero él mantenía firme el pulgar de su mano izquierda en la base del mismo, entre las dos páginas que tenía abiertas ante sí. Su pierna derecha descansaba sobre la izquierda y su codo derecho se incrustaba en el brazo de la silla de camping que lo sostenía, por el peso de su cabeza que cada vez estaba más recostada sobre la palma de la mano.
Sólo al cambiar de página sus ojos se alzaban más allá del libro para comprobar con desgana cómo el sedal de la caña permanecía inmóvil en el mismo lugar. La pesca no era su gran ambición, sino la lectura en un paraje silencioso, bello y tranquilo.
Por una vez, sin necesidad de terminar la página, algo llamativo distrajo su lectura. No sólo la punta de la caña se bamboleaba sino que un fuerte resplandor provenía del lugar en donde el sedal se hundía en el agua. Sea lo que fuere, aquello que había mordido el anzuelo era extraño y llamativo. No era un pez cualquiera, es más, juraría que ni siquiera era un pez.
Tomó la caña con firmeza y trató de recoger el sedal. Pero no sólo no lo conseguía sino que, por cada intento de recogerlo, aquella extraña captura se alejaba un poco más. Parecía imposible sacarlo a la superficie y su brillo comenzaba a difuminarse a medida que se sumergía más y más.
Era tal la excitación que le provocaba la curiosidad que, sin perder de vista aquella luz, se despojó de parte de su ropa y vació sus bolsillos sobre la silla y, guiado con sus manos sobre el sedal, fue caminando hacia el agua como hipnotizado por aquel resplandor.
Llenó bien de aire sus pulmones cuando comprendió que habría de sumergirse por completo. A medida que se adentraba en las aguas más profundas aquella figura dorada comenzaba a tomar forma. Aún no sabía de qué se trataba, ni siquiera si era un objeto o un ser vivo pero distinguía bien sus destellos brillantes bailando al ritmo de las aguas.
Pero se olvidó de coger más aire en su afán por desvelar el misterio y súbitamente sintió una fuerte presión en los pulmones que le recordaron su condición de mortal. Cuando fue consciente de ello quiso salir a la superficie, pero braceó torpemente y su boca se abrió pronto comenzando a tragar agua...
...Sonó un estruendoso trueno de aquellos que producen las repentinas tormentas de verano. La lluvia caía sobre él en forma de enormes y pesadas gotas y lo despertó sobresaltado, asustado y desconcertado sobre lo que pasaba. Le costaba respirar y su ritmo cardíaco estaba alarmantemente acelerado. Se levantó de la silla de un salto. El libro, que hasta entonces reposaba en su regazo, salió disparado por el impulso y cayó cerrándose unos metros delante de él, casi en el mismo lugar donde estaba clavada la caña.
El fuerte viento que se levantó hacía bailar la punta de la caña violentamente. Sobre las aguas del río, agitadas por el viento, se reflejaban fantasmales rayos de sol de aquellos que se cuelan entre las nubes negras de la tormenta. Estos reflejos lo cegaron y aumentaron más aún su desconcierto.
Se llevó las manos al pecho. Quiso toser pero no le llegaba el aire a los pulmones y en su desesperación corrió hacia el río y se lanzó al agua de cabeza, en dirección a aquella luz, sin comprender porqué lo hacía.
A la mañana siguiente rescataron del río un cuerpo con varias vueltas de sedal alrededor del cuello y un brillante anzuelo clavado en una de sus manos, que permanecía cerrada.
Recogieron la caña de pescar, la cesta con los aparejos y la silla; pero nadie echó de menos el libro. Quizás lo llevó el viento, o algún animal jugó con él. Quizás cayó al río, quizás ... quizás aquella tarde de pesca no lo llevó.
Sólo al cambiar de página sus ojos se alzaban más allá del libro para comprobar con desgana cómo el sedal de la caña permanecía inmóvil en el mismo lugar. La pesca no era su gran ambición, sino la lectura en un paraje silencioso, bello y tranquilo.
Por una vez, sin necesidad de terminar la página, algo llamativo distrajo su lectura. No sólo la punta de la caña se bamboleaba sino que un fuerte resplandor provenía del lugar en donde el sedal se hundía en el agua. Sea lo que fuere, aquello que había mordido el anzuelo era extraño y llamativo. No era un pez cualquiera, es más, juraría que ni siquiera era un pez.Tomó la caña con firmeza y trató de recoger el sedal. Pero no sólo no lo conseguía sino que, por cada intento de recogerlo, aquella extraña captura se alejaba un poco más. Parecía imposible sacarlo a la superficie y su brillo comenzaba a difuminarse a medida que se sumergía más y más.
Era tal la excitación que le provocaba la curiosidad que, sin perder de vista aquella luz, se despojó de parte de su ropa y vació sus bolsillos sobre la silla y, guiado con sus manos sobre el sedal, fue caminando hacia el agua como hipnotizado por aquel resplandor.
Llenó bien de aire sus pulmones cuando comprendió que habría de sumergirse por completo. A medida que se adentraba en las aguas más profundas aquella figura dorada comenzaba a tomar forma. Aún no sabía de qué se trataba, ni siquiera si era un objeto o un ser vivo pero distinguía bien sus destellos brillantes bailando al ritmo de las aguas.
Pero se olvidó de coger más aire en su afán por desvelar el misterio y súbitamente sintió una fuerte presión en los pulmones que le recordaron su condición de mortal. Cuando fue consciente de ello quiso salir a la superficie, pero braceó torpemente y su boca se abrió pronto comenzando a tragar agua...
...Sonó un estruendoso trueno de aquellos que producen las repentinas tormentas de verano. La lluvia caía sobre él en forma de enormes y pesadas gotas y lo despertó sobresaltado, asustado y desconcertado sobre lo que pasaba. Le costaba respirar y su ritmo cardíaco estaba alarmantemente acelerado. Se levantó de la silla de un salto. El libro, que hasta entonces reposaba en su regazo, salió disparado por el impulso y cayó cerrándose unos metros delante de él, casi en el mismo lugar donde estaba clavada la caña.
El fuerte viento que se levantó hacía bailar la punta de la caña violentamente. Sobre las aguas del río, agitadas por el viento, se reflejaban fantasmales rayos de sol de aquellos que se cuelan entre las nubes negras de la tormenta. Estos reflejos lo cegaron y aumentaron más aún su desconcierto.
Se llevó las manos al pecho. Quiso toser pero no le llegaba el aire a los pulmones y en su desesperación corrió hacia el río y se lanzó al agua de cabeza, en dirección a aquella luz, sin comprender porqué lo hacía.A la mañana siguiente rescataron del río un cuerpo con varias vueltas de sedal alrededor del cuello y un brillante anzuelo clavado en una de sus manos, que permanecía cerrada.
Recogieron la caña de pescar, la cesta con los aparejos y la silla; pero nadie echó de menos el libro. Quizás lo llevó el viento, o algún animal jugó con él. Quizás cayó al río, quizás ... quizás aquella tarde de pesca no lo llevó.
Esta canción
Me he dado cuenta
de que miento.
Siempre he mentido,
siempre he mentido.
He escrito tanta
inútil cosa
sin descubrirme,
sin dar conmigo.
Esta canción. Así se llaman estos versos de mi admirado Silvio Rodríguez. Sonaba de fondo mientras mis ojos buscaban una pieza más de un puzzle con el que lleno algunas horas vacías de estas fechas. Y mis oídos me llamaron.
Puse todos mis sentidos para escuchar de nuevo una canción que he oído decenas de veces. Pero nunca la había escuchado como esta vez, o quizás el momento era muy diferente.
Miro hacia atrás y hago balance: casi dos años escribiendo ... escondiéndome tras unos párrafos. Una vez más pongo un parche a un fracaso juvenil; quise haber estudiado periodismo o, mejor aún, quise ser periodista sin estudiar. Y me conformo con un sucedáneo de aquello para lo que no tuve fe en conseguir.
Escribo, escribo... y desvío la diana de los reproches en cualquier dirección lejos de mí. Así me encuentro a salvo. Y muy cómodo. El mundo que quiero crear lo estropean los demás. Yo sólo lo cuento desde aquí, detrás de una pantalla en quién sabe qué rincón del mapa.
“Qué razón tienes”, dicen algunos comentarios que llegan aquí, y me inflo como un pavo real. Pero a mi alrededor, en aquellos lugares donde mi mano alcanza, nada cambia. Y eso no lo cuento porque es responsabilidad mía.
No quiero dejar de escribir, me gusta hacerlo, pero tengo que distinguir cuál es mi obra y no es ésta. Estos artículos no son más que un pasatiempo, como el puzzle que estoy haciendo. La imagen que yo estoy recomponiendo es obra de otro, y es hermosa, pero no tanto como provocar una sonrisa en la mirada de mi hijo. Y esa sí puede ser mi obra, y otras muchas que soy capaz de crear.
Esta canción es la necesidad
de agarrarme a la tierra al fin,
de que te veas en mi,
de que me vea en ti.
Para cambiar el mundo tengo que empezar desde más cerca, empezar por mí. Quitarme esa máscara que muestro cuando me miran unos ojos y no un documento word . Quitar el miedo a decir antes de poder corregir, a bailar y tropezar, a opinar y molestar, a contar un chiste y no hacer reír, a enfadarme y perder el gesto, a cantar y desafinar, a mirar a los ojos y no aguantar la mirada. A vivir y hacer ruido. A ser yo. A vivir.
Creo que aún estoy a tiempo aunque no va a ser fácil. La inercia de tantos años hace difícil girar el timón. Mi mayor fracaso será si éste artículo se vuelve a quedar en eso: otra colección de reproches para alguien que nunca lo lee. Esta vez puedo obligarle a hacerlo. Me va a costar pero cada vez veo más claro que la vida no está en los ojos que miran lo que escribo sino en aquellos que miran a los míos.
Esta canción (Silvio Rodríguez)
Me he dado cuenta
de que miento.
Siempre he mentido,
siempre he mentido.
He escrito tanta
inútil cosa
sin descubrirme,
sin dar conmigo.
No amar en seco,
con tanto dolor,
es quizás la última verdad
que quede en mi interior,
bajo mi corazón.
No se si fue
que malgasté mi fe
en amores sin porvenir,
que no me queda ya
ni un grano de sentir.
(Yo se que a nadie
le interesa
lo de otra gente,
con sus tristezas.)
Esta canción
es más que una canción,
que un pretexto para sufrir
y más que mi vivir
y más que mi sentir.
Esta canción es la necesidad
de agarrarme a la tierra al fin,
de que te veas en mi,
de que me vea en ti.
(Yo sé que hay gente
que me quiere.
Yo sé que hay gente
que no me quiere.)
de que miento.
Siempre he mentido,
siempre he mentido.
He escrito tanta
inútil cosa
sin descubrirme,
sin dar conmigo.
Esta canción. Así se llaman estos versos de mi admirado Silvio Rodríguez. Sonaba de fondo mientras mis ojos buscaban una pieza más de un puzzle con el que lleno algunas horas vacías de estas fechas. Y mis oídos me llamaron.
Puse todos mis sentidos para escuchar de nuevo una canción que he oído decenas de veces. Pero nunca la había escuchado como esta vez, o quizás el momento era muy diferente.
Miro hacia atrás y hago balance: casi dos años escribiendo ... escondiéndome tras unos párrafos. Una vez más pongo un parche a un fracaso juvenil; quise haber estudiado periodismo o, mejor aún, quise ser periodista sin estudiar. Y me conformo con un sucedáneo de aquello para lo que no tuve fe en conseguir.
Escribo, escribo... y desvío la diana de los reproches en cualquier dirección lejos de mí. Así me encuentro a salvo. Y muy cómodo. El mundo que quiero crear lo estropean los demás. Yo sólo lo cuento desde aquí, detrás de una pantalla en quién sabe qué rincón del mapa.
“Qué razón tienes”, dicen algunos comentarios que llegan aquí, y me inflo como un pavo real. Pero a mi alrededor, en aquellos lugares donde mi mano alcanza, nada cambia. Y eso no lo cuento porque es responsabilidad mía.
No quiero dejar de escribir, me gusta hacerlo, pero tengo que distinguir cuál es mi obra y no es ésta. Estos artículos no son más que un pasatiempo, como el puzzle que estoy haciendo. La imagen que yo estoy recomponiendo es obra de otro, y es hermosa, pero no tanto como provocar una sonrisa en la mirada de mi hijo. Y esa sí puede ser mi obra, y otras muchas que soy capaz de crear.
Esta canción es la necesidad
de agarrarme a la tierra al fin,
de que te veas en mi,
de que me vea en ti.
Para cambiar el mundo tengo que empezar desde más cerca, empezar por mí. Quitarme esa máscara que muestro cuando me miran unos ojos y no un documento word . Quitar el miedo a decir antes de poder corregir, a bailar y tropezar, a opinar y molestar, a contar un chiste y no hacer reír, a enfadarme y perder el gesto, a cantar y desafinar, a mirar a los ojos y no aguantar la mirada. A vivir y hacer ruido. A ser yo. A vivir.
Creo que aún estoy a tiempo aunque no va a ser fácil. La inercia de tantos años hace difícil girar el timón. Mi mayor fracaso será si éste artículo se vuelve a quedar en eso: otra colección de reproches para alguien que nunca lo lee. Esta vez puedo obligarle a hacerlo. Me va a costar pero cada vez veo más claro que la vida no está en los ojos que miran lo que escribo sino en aquellos que miran a los míos.
Esta canción (Silvio Rodríguez)
Me he dado cuenta
de que miento.
Siempre he mentido,
siempre he mentido.
He escrito tanta
inútil cosa
sin descubrirme,
sin dar conmigo.
No amar en seco,
con tanto dolor,
es quizás la última verdad
que quede en mi interior,
bajo mi corazón.
No se si fue
que malgasté mi fe
en amores sin porvenir,
que no me queda ya
ni un grano de sentir.
(Yo se que a nadie
le interesa
lo de otra gente,
con sus tristezas.)
Esta canción
es más que una canción,
que un pretexto para sufrir
y más que mi vivir
y más que mi sentir.
Esta canción es la necesidad
de agarrarme a la tierra al fin,
de que te veas en mi,
de que me vea en ti.
(Yo sé que hay gente
que me quiere.
Yo sé que hay gente
que no me quiere.)
Cada mañana me levanto con la idea de que algo va a mejorar. Sin embargo, cada día nos vemos envueltos en otro poco más de basura por causas que no llego a entender. Cuando llego a casa, la ducha no es capaz de quitarme más que la suciedad propia de mi zanja.
Aquí trato de deshacerme de todo el barro que me inyectan dentro antes de que se endurezca y me convierta en una insensible figura de cerámica.
Si os sirve como terapia os invito a gritar conmigo.