La razón de la magia.
Él, como tantos otros ilusionistas, algunas veces soñaba con que la magia pudiese existir. Pero conocer los entresijos de cada truco le hacía perder esa ilusión que alimenta la inocencia. La magia no existía para él sino para su público, infantil –y de enormes ojos abiertos- en la mayoría de sus actuaciones. La mayor parte de sus ingresos le llegaban por cumpleaños, comuniones y celebraciones de ese tipo. También trabajaba en algunas discotecas de pueblos pequeños en donde sufría burlas y bromas de mal gusto de un público más pendiente de beber que de su actuación.
Aquella tarde tenía una fiesta de cumpleaños en el comedor privado de un restaurante. Cerca de veinte niños esperaban ver su magia mientras sus padres, más alejados, permanecían en animada y ruidosa tertulia ajenos al espectáculo. Pero aquello no le desanimaba, es más, prefería poco público pero de los que aún sueñan con la magia, como él.
Y sucedió que en uno de los trucos clásicos la magia, la auténtica magia, cobró vida. Se disponía a hacer aparecer de su chistera al viejo conejo –que era su único compañero de piso- y cuando su mano palpó aquello que había dentro su expresión sonriente cambió súbitamente por otra de sorpresa que no era parte del guión. Allí donde esperaba encontrar una suave piel notó el tacto de unas plumas y de su chistera surgió una paloma blanca.
La paloma desplegó sus alas y dio un corto vuelo sobre las cabezas de los niños para regresar después al puño de su ... creador? Éste no podía ocultar su asombro y miraba incrédulo.
Pero el show debía continuar y la depositó en aquella chistera, que puso bajo la mesa, oculta por unas telas negras. Quiso terminar pronto y aceleró su despedida dedicándose a modelar figuras de animales con largos globos de colores vivos que fue regalando a su joven público. Recogió su mesa y se fue entre unos tímidos aplausos que no tuvo tiempo de agradecer.Empujó aquella mesa preparada con ruedas hasta el aparcamiento del restaurante para guardar todo su equipo en su furgoneta y regresar a casa. Pero lo primero que hizo fue buscar la chistera y ... allí estaba de nuevo el conejo, su viejo amigo de siempre. De la paloma no había ni rastro. Colocó ordenadamente cada elemento de su atrezzo comprobando con minuciosa atención si entre alguno de ellos aparecía la paloma. Pero no fue así.
Aquella noche no pudo dormir. Buscaba cualquier explicación racional a lo sucedido y no lo encontraba. Sólo la magia lo podría explicar pero él, mejor que nadie, sabía que la magia no es más que una ilusión en las mentes de las personas sencillas.
Pasó una semana en la que trató de borrar de su recuerdo aquel incidente, aunque no lo conseguía. Y llegó la siguiente actuación. Todo transcurría normal hasta que llegó al mismo truco de la chistera y el conejo. Esta vez no sonreía mirando al público sino que sus ojos se clavaron en el interior de la chistera. ...Y allí estaba de nuevo la paloma.
Aquel hecho se repitió igual en todas sus actuaciones durante unas semanas y lo tenía totalmente desconcertado. ¿habría conseguido crear magia? Tanto tiempo soñando con ella y ahora no sabía como reaccionar al conseguirla.
Sabía que no era así. O necesitaba saberlo. Sin embargo la paloma no faltaba nunca y él disfrutaba más incluso que su público ya que tocaba la magia con sus dedos en, el que se convirtió para él, su número estelar. Se sentía mago; era mago por unos instantes.
Pero la semana en soledad es larga y pasaba demasiado tiempo buscando una explicación razonable a esta locura. Sus dudas mataban la magia.
La práctica del ilusionismo durante tantos años le había acostumbrado a tener todo bajo el control de sus sentidos y, de repente, algo se escapaba a ese control. No podía creer en la magia. Eso es algo que pertenece al mundo de los sueños, una vana ilusión, una quimera. Y tomó una drástica decisión: abandonar sus actuaciones, quizás hasta entender cuál era el truco –porque tenía que haberlo- de aquella sorprendente paloma.
Llegó su primer sábado sin actuación y fue a dar un paseo por la ciudad. Compró un diario y se sentó en un banco del parque a ojearlo. A su alrededor, decenas de palomas buscaban el alimento de otras manos y sus ojos se fueron hacia ellas. Instintivamente quiso reconocer de entre todas a aquella que se aparecía en sus actuaciones. Pero era absurdo; todas se parecían demasiado. Además, aquella paloma sólo existía en su chistera.
En su casa, ya al atardecer se había concentrado demasiado calor. Abrió una ventana y se quedó contemplando la calle desde lo alto. Se sentía con los pies demasiado lejos del suelo de los demás. “Los de ahí abajo no entendería cuál es la locura que me preocupa” – pensaba. Giró sobre sí mismo y se quedó pensativo apoyado en el marco, de espaldas al exterior.
Sólo unos segundos después escuchó un leve ruido tras él. En el alféizar, apenas a unos centímetros de una de sus manos, se había posado una paloma. Esta vez no tuvo que hacer ningún esfuerzo para reconocerla: sin duda era ella. La magia le perseguía, la magia sí creía en él.
Aquella paloma podría ser una de tantas, no era diferente en su aspecto a las demás, sin embargo sólo con ella surgía la magia. Esto le hizo pensar: quizás no haya seres mágicos sino que la magia surge de la unión de varios ingredientes, macerados en el espacio y el tiempo, como en aquellos conjuros de los hechiceros medievales. Y los ingredientes pueden ser, además de extraños y exóticos elementos, dos seres vivos, nada diferentes del resto, pero cuya coincidencia en el momento haga saltar la chispa que haga reaccionar la fórmula perfecta.Cada tarde la paloma visitaba la ventana del mago. Éste la miraba desconcertado, no sabía cómo tratarla, qué hacer con ella. No distinguía si era un ser real o una fantasía tras tantos años como ilusionista. En su intento de hacer algo por ella empezó a darla de comer, como si ella lo visitara para sobrevivir. Y además le ofrecía de la misma comida con que alimentaba a su conejo.
Ella no lo rechazaba, aunque no fuera lo que buscaba ni la comida que a ella le iba bien. Y sabía que aquella comida para conejos acabaría por intoxicarla. Pero volvía cada día con la esperanza de que él se decidiera a alimentar el encantamiento que nacía cuando, ataviado con su viejo frac, se decidía a ser un mago de verdad.
Lo irracional no cabía en su vida. Aquello que se escapaba a su control no entraba a formar parte de una existencia medida y ordenada. Y así fue como decidió cerrar la ventana y no dar más comida de conejos a la paloma. La miraba desde dentro, eso sí, con la eterna duda de saber qué y para qué había aparecido ese misterioso ser en su vida.
Y llegó el invierno. A menudo el hielo cubría todo el alféizar. Sin embargo, la fiel amiga lo visitaba cada día. Ella nunca perdió la fe. Sabía que sólo él era el ingrediente que la hacía un ser mágico. El viento soplaba fuerte y gélido aquella tarde. La paloma, cada vez con peor aspecto, se tambaleaba sobre el hielo con sus plumas empapadas. Él la miraba pegado al cristal pero su orgullo racional le impedía ayudarla.
En un golpe más de viento ella patinó. Él vio que se iba a caer y entonces sí abrió rápido la ventana. Miró hacia abajo esperando que remontase el vuelo. Pero no fue así; cayó girando sobre sí misma. Al llegar al suelo, su impacto tuvo un extraño sonido de cristal.
Bajó apresuradamente las escaleras. En el suelo yacía inerte la paloma. Un ramo de flores de papel, de aquellos que aparecen en una varita, cubría parte de su cuerpo. Dos niños se peleaban por recoger algo del suelo mientras su madre los llamaba impaciente. Eran decenas de pequeños cristales con forma de gota de agua, lágrimas quizá del mundo de la fantasía.
Levantó la vista hasta su ventana y ya apenas se sorprendió al ver cómo de ella colgaba una interminable cuerda hecha con pañuelos de colores anudados. Esta vez, ya demasiado tarde, creyó en el encantamiento de aquel ser de aspecto corriente. La recogió cuidadosamente entre sus manos y al levantarla encontró bajo su cuerpo el último de sus trucos. Un naipe partido en dos mitades. Era el as de corazones.Volvió a dejar el cuerpo de la paloma en el suelo y recogió los dos trozos de aquella carta. Instintivamente los unió y ... el as de corazones se transformó en el dos de corazones. Pero la carta no se podía volver a unir.
Miró a la paloma y comprendió que la magia había terminado allí. Y guardó en su billetera aquellos dos corazones separados para siempre ... por la razón.
Necesitan un traductor
El periodismo, la vieja idea del periodista vocacional, aquella imagen que de él nos mostraban algunas películas míticas, tiende a desaparecer. Si es que no ha muerto ya rendido a la burocracia. Aquellos que rellenan tertulias matinales escupen argumentos tamizados por su carnet político y renuncian a criticar a “los suyos” o a aplaudir un acto digno de “los otros”. Con lo que consiguen un tedioso y previsible espectáculo.
Y quienes redactan sucesos se quedan en lo que quienes tienen voz y una tarjeta de visita les cuentan con el interés de mantener su privilegiado puesto y su supuesta dignidad laboral.
Así se pueden leer noticias como ésta:
Un hombre de 56 años falleció ayer al caer desde una altura de siete metros cuando pintaba el techo de un centro comercial en el municipio de Erandio. Con esta muerte se eleva a 49 el número de trabajadores que han perdido la vida en accidente laboral en lo que va de año en el País Vasco, según los datos aportados por el sindicato UGT.
El pintor fallecido, que pertenecía a una empresa con sede en Madrid y responde a las siglas J. C. M., se precipitó al vacío por causas que actualmente investiga el Instituto Vasco de Seguridad y Salud Laboral (Osalan). Este organismo adelantó ayer, a través de un informe preliminar, que la plataforma elevadora desde la que trabajaba la víctima «tenía barandilla de seguridad cumplía las medidas de prevención recomendadas por la normativa europea».
El luctuoso suceso tuvo lugar a la una de la madrugada, en el interior de una gran superficie ubicada en el barrio de Asua. A esa hora, J. C. M. se encontraba solo, pintando el techo del pabellón, ya que su compañero acababa de bajar al piso para recoger unos cartones. El otro operario únicamente pudo oír el grito de la víctima en el momento en que caía desde una altura aproximada de siete metros. Al parecer, murió en el acto y nada pudieron hacer los servicios de emergencia por salvar su vida.
Concentración de repulsa
Los sindicatos ELA, LAB, ESK y STEE-EILAS han convocado para hoy una concentración con el objetivo de protestar por la muerte del empleado. El acto tendrá lugar en la entrada del supermercado y pretende denunciar la «sangría humana» que suponen estos accidentes laborales. Un problema que «la sociedad vasca no puede seguir soportando durante más tiempo», explicaron las centrales en un comunicado conjunto.
Es un ejemplo claro de cómo la noticia la han redactado a medias la patronal y los sindicatos. Llegando a un curioso acuerdo no hablado: un texto que exculpa a ambos de lo más importante, que un hombre ha muerto trabajando.
Pero el mundo es cada vez más de los que hablan un idioma diferente al de la calle, aquel de las palabras exactas y las expresiones correctas. Babean ante quien les dice cosas como “existe un cierto descontento y malestar entre la clase trabajadora” pero huyen, como si de un apestado se tratara, cuando alguien escupe sobre sus libretas frases como “estamos hasta los cojones de meter horas, estamos reventados”
Quizás equipados con un chubasquero, más para sus delicados oídos que para su piel, encontrarían las verdades que estas noticias esconden. Y que son la realidad del país, las que confeccionan el idioma de la calle, las que sufren la gran mayoría del pueblo. Pero no es políticamente correcto, como si la política y la corrección tuviesen algún nexo. Esa corrección los lleva a mantener ese hueco en la página 8 de un diario, que les asegura parte del alquiler de un piso.
Porque sino podrían encontrarse con una noticia mucho más real. Y puede que muchos de los que piensan que todo va bien allí abajo se deberían replantear si están haciendo bien las cosas. Es difícil cuando sólo leen noticias como la de arriba.
Y es que, si hablaran con los obreros, esos que no sabemos construir una frase sin faltas sintácticas ni semánticas, podrían traducir de ese desastroso idioma que lo que importa no es la redacción sino el contenido. Y el contenido de sus palabras les haría ver que están trabajando a 67 horas a la semana, alternando por antojos diarios jornadas nocturnas con diurnas. O ambas en el mismo día, como este pintor que se mató trabajando a la una de la noche cuando él había estado trabajando por la mañana y no quería trabajar esa noche también; que se había ofrecido a trabajar el domingo para no alterar el ritmo de sueño.
Ahora buscan una imprudencia en su trabajo porque la plataforma reunía las condiciones necesarias de seguridad. La culpa es del obrero. Sus jefes tienen todos los papeles en regla.
Sus jefes tienen todos los papeles en regla. ...Sus jefes no tienen toda su conciencia en orden ... Eso pensaba yo. ¡Pero no! Lo más increíble es cómo estos caníbales devoran cadáveres de obreros mientras haya otros en la lista del paro.
Al día siguiente varios sindicatos convocaron una huelga (caso que tocaré más adelante). Se paró la producción por la mañana. A las 3 de la tarde nos llamaron para reincorporarnos al trabajo, ya sin la presencia de los sindicatos, y con la orden de ¡recuperar las horas perdidas por la mañana!. Ese día se trabajó hasta las 9 de la noche.
El dolor, el pesar de la dirección de obra sólo estaba en alguna cifra de algún albarán. Ni siquiera creo que sepan que una niña de 15 años acababa de perder a su padre por el antojo de pintar unas vigas del pasillo de un centro comercial esa noche, para no molestar a la clientela y bajar las ventas.
El día anterior a la “huelga”, los obreros habíamos llegado a un acuerdo por nosotros mismos. Primero hacer un silencio de 5 minutos a las 10 de la mañana en memoria de nuestro compañero. Y segundo, negarnos a seguir con ese ritmo infernal de plazos y trabajar de una forma más digna. Pero llegaron los “okupas”, los sindicatos. 4 sindicatos vascos que se adueñaron de la situación. Curiosamente sólo yo pertenezco al país vasco de cuantos trabajamos allí y no estoy sindicado, así que esos sindicatos no nos representaban a ninguno. Y no sólo eso sino que JAMÁS se habían preocupado en pasar por allí. Una obra en un centro comercial abierto al público y con maquinaria trabajando de lunes a domingo, noche y día. ¿Quizá no lo habían visto hasta entonces?
El caso es que nos echaron del trabajo, impidieron nuestro homenaje al compañero y se sacaron la foto con su pancarta para salir en el periódico. Entretanto, a diez metros de ellos, la dirección de obra ideaba la compensación de las horas perdidas. Efecto de la acción de los sindicatos: dinero perdido para los obreros y más intensificación de horas; precisamente la causa del accidente por el que protestan. ¡Fantoches! (Permítanme los lectores esta salida de tono)
Ahora han cambiado algunas cosas; hay obreros con residencia en Portugal que han disfrutado de un fin de semana libre después de cuatro meses. Bueno... disfrutado... los han obligado a ir para certificar con su médico de cabecera el reconocimiento médico que les faltaba, por si también tuviesen el ... descuido de matarse. Y esta semana, en la que la obra ya está prácticamente terminada, la dirección de obra a instado a la contrata a impartir un cursillo de prevención entre los obreros. En poco más o menos una hora, por cierto. Una hora en la que habrán dedicado más tiempo a firmar el papel que salva el culo de sus jefes que en enterarse de cuántas cosas no debían haber hecho para no poner en peligro sus vidas.
No existen cadenas, pero existen hipotecas bestiales por un techo. No chasquean más los látigos, pero los despidos y el paro vuelan rozando nuestras espaldas.
Y tampoco existen periodistas sino secretarios de quienes manejan todo. No quiero periodistas, prefiero traductores de castellano-burocrático.
Nos matan en castellano y nos entierran entre papeles.
Y quienes redactan sucesos se quedan en lo que quienes tienen voz y una tarjeta de visita les cuentan con el interés de mantener su privilegiado puesto y su supuesta dignidad laboral.
Así se pueden leer noticias como ésta:
Un hombre de 56 años falleció ayer al caer desde una altura de siete metros cuando pintaba el techo de un centro comercial en el municipio de Erandio. Con esta muerte se eleva a 49 el número de trabajadores que han perdido la vida en accidente laboral en lo que va de año en el País Vasco, según los datos aportados por el sindicato UGT.
El pintor fallecido, que pertenecía a una empresa con sede en Madrid y responde a las siglas J. C. M., se precipitó al vacío por causas que actualmente investiga el Instituto Vasco de Seguridad y Salud Laboral (Osalan). Este organismo adelantó ayer, a través de un informe preliminar, que la plataforma elevadora desde la que trabajaba la víctima «tenía barandilla de seguridad cumplía las medidas de prevención recomendadas por la normativa europea».
El luctuoso suceso tuvo lugar a la una de la madrugada, en el interior de una gran superficie ubicada en el barrio de Asua. A esa hora, J. C. M. se encontraba solo, pintando el techo del pabellón, ya que su compañero acababa de bajar al piso para recoger unos cartones. El otro operario únicamente pudo oír el grito de la víctima en el momento en que caía desde una altura aproximada de siete metros. Al parecer, murió en el acto y nada pudieron hacer los servicios de emergencia por salvar su vida.
Concentración de repulsa
Los sindicatos ELA, LAB, ESK y STEE-EILAS han convocado para hoy una concentración con el objetivo de protestar por la muerte del empleado. El acto tendrá lugar en la entrada del supermercado y pretende denunciar la «sangría humana» que suponen estos accidentes laborales. Un problema que «la sociedad vasca no puede seguir soportando durante más tiempo», explicaron las centrales en un comunicado conjunto.
Es un ejemplo claro de cómo la noticia la han redactado a medias la patronal y los sindicatos. Llegando a un curioso acuerdo no hablado: un texto que exculpa a ambos de lo más importante, que un hombre ha muerto trabajando.
Pero el mundo es cada vez más de los que hablan un idioma diferente al de la calle, aquel de las palabras exactas y las expresiones correctas. Babean ante quien les dice cosas como “existe un cierto descontento y malestar entre la clase trabajadora” pero huyen, como si de un apestado se tratara, cuando alguien escupe sobre sus libretas frases como “estamos hasta los cojones de meter horas, estamos reventados”
Quizás equipados con un chubasquero, más para sus delicados oídos que para su piel, encontrarían las verdades que estas noticias esconden. Y que son la realidad del país, las que confeccionan el idioma de la calle, las que sufren la gran mayoría del pueblo. Pero no es políticamente correcto, como si la política y la corrección tuviesen algún nexo. Esa corrección los lleva a mantener ese hueco en la página 8 de un diario, que les asegura parte del alquiler de un piso.
Porque sino podrían encontrarse con una noticia mucho más real. Y puede que muchos de los que piensan que todo va bien allí abajo se deberían replantear si están haciendo bien las cosas. Es difícil cuando sólo leen noticias como la de arriba.
Y es que, si hablaran con los obreros, esos que no sabemos construir una frase sin faltas sintácticas ni semánticas, podrían traducir de ese desastroso idioma que lo que importa no es la redacción sino el contenido. Y el contenido de sus palabras les haría ver que están trabajando a 67 horas a la semana, alternando por antojos diarios jornadas nocturnas con diurnas. O ambas en el mismo día, como este pintor que se mató trabajando a la una de la noche cuando él había estado trabajando por la mañana y no quería trabajar esa noche también; que se había ofrecido a trabajar el domingo para no alterar el ritmo de sueño.
Ahora buscan una imprudencia en su trabajo porque la plataforma reunía las condiciones necesarias de seguridad. La culpa es del obrero. Sus jefes tienen todos los papeles en regla.
Sus jefes tienen todos los papeles en regla. ...Sus jefes no tienen toda su conciencia en orden ... Eso pensaba yo. ¡Pero no! Lo más increíble es cómo estos caníbales devoran cadáveres de obreros mientras haya otros en la lista del paro.
Al día siguiente varios sindicatos convocaron una huelga (caso que tocaré más adelante). Se paró la producción por la mañana. A las 3 de la tarde nos llamaron para reincorporarnos al trabajo, ya sin la presencia de los sindicatos, y con la orden de ¡recuperar las horas perdidas por la mañana!. Ese día se trabajó hasta las 9 de la noche.
El dolor, el pesar de la dirección de obra sólo estaba en alguna cifra de algún albarán. Ni siquiera creo que sepan que una niña de 15 años acababa de perder a su padre por el antojo de pintar unas vigas del pasillo de un centro comercial esa noche, para no molestar a la clientela y bajar las ventas.
El día anterior a la “huelga”, los obreros habíamos llegado a un acuerdo por nosotros mismos. Primero hacer un silencio de 5 minutos a las 10 de la mañana en memoria de nuestro compañero. Y segundo, negarnos a seguir con ese ritmo infernal de plazos y trabajar de una forma más digna. Pero llegaron los “okupas”, los sindicatos. 4 sindicatos vascos que se adueñaron de la situación. Curiosamente sólo yo pertenezco al país vasco de cuantos trabajamos allí y no estoy sindicado, así que esos sindicatos no nos representaban a ninguno. Y no sólo eso sino que JAMÁS se habían preocupado en pasar por allí. Una obra en un centro comercial abierto al público y con maquinaria trabajando de lunes a domingo, noche y día. ¿Quizá no lo habían visto hasta entonces?
El caso es que nos echaron del trabajo, impidieron nuestro homenaje al compañero y se sacaron la foto con su pancarta para salir en el periódico. Entretanto, a diez metros de ellos, la dirección de obra ideaba la compensación de las horas perdidas. Efecto de la acción de los sindicatos: dinero perdido para los obreros y más intensificación de horas; precisamente la causa del accidente por el que protestan. ¡Fantoches! (Permítanme los lectores esta salida de tono)
Ahora han cambiado algunas cosas; hay obreros con residencia en Portugal que han disfrutado de un fin de semana libre después de cuatro meses. Bueno... disfrutado... los han obligado a ir para certificar con su médico de cabecera el reconocimiento médico que les faltaba, por si también tuviesen el ... descuido de matarse. Y esta semana, en la que la obra ya está prácticamente terminada, la dirección de obra a instado a la contrata a impartir un cursillo de prevención entre los obreros. En poco más o menos una hora, por cierto. Una hora en la que habrán dedicado más tiempo a firmar el papel que salva el culo de sus jefes que en enterarse de cuántas cosas no debían haber hecho para no poner en peligro sus vidas.
No existen cadenas, pero existen hipotecas bestiales por un techo. No chasquean más los látigos, pero los despidos y el paro vuelan rozando nuestras espaldas.
Y tampoco existen periodistas sino secretarios de quienes manejan todo. No quiero periodistas, prefiero traductores de castellano-burocrático.
Nos matan en castellano y nos entierran entre papeles.
Porqué no me gusta el golf
Quizá pasé demasiados años compartiendo el mismo campo de fútbol en el patio de colegio con otros cien niños. Quizá nunca aspiré a ser rico. Quizá mantenga la obsoleta idea de que mi ocio es más ameno en compañía.
El caso es que, por estas u otras razones no me gusta el golf. La sensación que me produce ver varias hectáreas acotadas para el disfrute de unos pocos irrita mis raíces de chaval con bocadillo de pan y chocolate y de balón Kaplan de aquellos que tatuaban sus hexágonos de plástico en mi frente al rematarlos de cabeza.
Pero nuestro verano está diseñado para ellos. En comarcas donde el agua vale más que el Eau de Rochas se instalan sistemas de regadío para que el verdín del fresco césped siga tiñendo de verdín esos absurdos zapatitos del albino nórdico pre-jubileta o del japonés de turno, con sus bermudas caqui y chaleco de Indiana Jones. Los promotores insisten en que diseñan lagunas que autoabastecen esos campos. Pero no ponen el mismo empeño para mantener viva la huerta que da de comer a la región que ofrece sus servicios a su hotel.
Allí hay otra clase de turismo, ese que viene del sur de Mediterráneo, ese que no viene buscando los rayos del sol sino huyendo de ellos. No necesitan más bronceado sino el calor de un puñado de euros y la esperanza de vivir dignamente. Y sudan, pero no por la pesada digestión de una paella en la tumbona de la playa sino por buscar su comida recolectando para la de otros.
No hay sauna más eficaz que trabajar 12 horas en un invernadero, aunque tenga el inconveniente de que no te deja las manos libres para leer la prensa ni el aliento suficiente para debatir con el compañero con qué tipo de palo se alcanza mejor el green.
Pero si en algo coinciden los extranjeros que llegan a nuestras playas es en el recibimiento con plásticos. A unos, según bajan del crucero les entregan un plástico que abre la puerta de una suite con el aire acondicionado a toda pastilla.
A otros, a medianoche, los cubren con plásticos para combatir la hipotermia con que muerden sus huesos las noches de travesía en patera.
Más tarde, para que a aquellos no les falte de nada, colocan en sus muñecas pulseras de plástico que garantizan comida y bebida hasta hartarse. Y lo harán a conciencia, beberán hasta perder esa dignidad que no necesitan porque se saben poderosos y tiene carteras llenas de plásticos que compran afecto, sonrisas y atenciones.
Pero de la dignidad de los otros cuelgan siempre pesadas bolsas bien cargadas de plásticos que intentarán vendernos por la calle y los bares, y en donde saben que llevan su posibilidad de cena y, lo que ellos más aprecian, unos meses de supervivencia para los suyos que esperan en la cara B de nuestro mundo solidario.
El plástico mueve el mundo; compra, paga, vende, pero sobre todo identifica y nos clasifica. Lo que no acabo de entender es porqué algunos, si tanto aprecian el plástico, no se compran la Play Station para jugar a un golf virtual, que ocupa tanto como un posavasos, y que lo puedan hacer desde la suite de su hotel, directamente en gayumbos, con la camiseta imperio y la lata de Budweiser y la pizza al lado, en vez de acaparar las pocas zonas verdes que el asfalto ha esquivado al crear accesos a colosales urbanizaciones.
Quizás las administraciones no recuerdan lo maravilloso que es pasar una tarde GRATIS con los hijos y unos buenos amigos en espacios naturales abiertos. O quizás sí lo recuerdan y no quieren volver a coincidir con los vulgares vecinos de la frutería de abajo y para ello conceden licencias de urbanización a cambio de generosas comisiones para que sus nuevas y glamourosas tardes de campo tengan como única molestia la compañía de un caddy y el hecho de no entender muy bien porqué tienen que llevar pantalones de rombos.
Vivimos rodeados de extranjeros. Yo personalmente trabajo hombro con hombro con muchos de ellos. Pero ellos no llevan pulseras de plástico con lo que no se les colma de atenciones ni los llaman turistas, sino que nos aportan sus manos y su sudor y a cambio los llamamos inmigrantes. Y los miramos con cierto desprecio.
A mí me están aportando mucho, pero es que soy de los que aún piensan que la riqueza no está en una tarjeta de plástico sino en crecer como persona aprendiendo y conviviendo con los demás ... con TODOS los demás.
A mis compañeros polacos, ucranianos, portugueses, rusos, peruanos, rumanos y... de Mali, de los cuales desconozco hasta su gentilicio.
El caso es que, por estas u otras razones no me gusta el golf. La sensación que me produce ver varias hectáreas acotadas para el disfrute de unos pocos irrita mis raíces de chaval con bocadillo de pan y chocolate y de balón Kaplan de aquellos que tatuaban sus hexágonos de plástico en mi frente al rematarlos de cabeza.
Pero nuestro verano está diseñado para ellos. En comarcas donde el agua vale más que el Eau de Rochas se instalan sistemas de regadío para que el verdín del fresco césped siga tiñendo de verdín esos absurdos zapatitos del albino nórdico pre-jubileta o del japonés de turno, con sus bermudas caqui y chaleco de Indiana Jones. Los promotores insisten en que diseñan lagunas que autoabastecen esos campos. Pero no ponen el mismo empeño para mantener viva la huerta que da de comer a la región que ofrece sus servicios a su hotel.
Allí hay otra clase de turismo, ese que viene del sur de Mediterráneo, ese que no viene buscando los rayos del sol sino huyendo de ellos. No necesitan más bronceado sino el calor de un puñado de euros y la esperanza de vivir dignamente. Y sudan, pero no por la pesada digestión de una paella en la tumbona de la playa sino por buscar su comida recolectando para la de otros.
No hay sauna más eficaz que trabajar 12 horas en un invernadero, aunque tenga el inconveniente de que no te deja las manos libres para leer la prensa ni el aliento suficiente para debatir con el compañero con qué tipo de palo se alcanza mejor el green.
Pero si en algo coinciden los extranjeros que llegan a nuestras playas es en el recibimiento con plásticos. A unos, según bajan del crucero les entregan un plástico que abre la puerta de una suite con el aire acondicionado a toda pastilla.
A otros, a medianoche, los cubren con plásticos para combatir la hipotermia con que muerden sus huesos las noches de travesía en patera.
Más tarde, para que a aquellos no les falte de nada, colocan en sus muñecas pulseras de plástico que garantizan comida y bebida hasta hartarse. Y lo harán a conciencia, beberán hasta perder esa dignidad que no necesitan porque se saben poderosos y tiene carteras llenas de plásticos que compran afecto, sonrisas y atenciones.
Pero de la dignidad de los otros cuelgan siempre pesadas bolsas bien cargadas de plásticos que intentarán vendernos por la calle y los bares, y en donde saben que llevan su posibilidad de cena y, lo que ellos más aprecian, unos meses de supervivencia para los suyos que esperan en la cara B de nuestro mundo solidario.
El plástico mueve el mundo; compra, paga, vende, pero sobre todo identifica y nos clasifica. Lo que no acabo de entender es porqué algunos, si tanto aprecian el plástico, no se compran la Play Station para jugar a un golf virtual, que ocupa tanto como un posavasos, y que lo puedan hacer desde la suite de su hotel, directamente en gayumbos, con la camiseta imperio y la lata de Budweiser y la pizza al lado, en vez de acaparar las pocas zonas verdes que el asfalto ha esquivado al crear accesos a colosales urbanizaciones.
Quizás las administraciones no recuerdan lo maravilloso que es pasar una tarde GRATIS con los hijos y unos buenos amigos en espacios naturales abiertos. O quizás sí lo recuerdan y no quieren volver a coincidir con los vulgares vecinos de la frutería de abajo y para ello conceden licencias de urbanización a cambio de generosas comisiones para que sus nuevas y glamourosas tardes de campo tengan como única molestia la compañía de un caddy y el hecho de no entender muy bien porqué tienen que llevar pantalones de rombos.
Vivimos rodeados de extranjeros. Yo personalmente trabajo hombro con hombro con muchos de ellos. Pero ellos no llevan pulseras de plástico con lo que no se les colma de atenciones ni los llaman turistas, sino que nos aportan sus manos y su sudor y a cambio los llamamos inmigrantes. Y los miramos con cierto desprecio.
A mí me están aportando mucho, pero es que soy de los que aún piensan que la riqueza no está en una tarjeta de plástico sino en crecer como persona aprendiendo y conviviendo con los demás ... con TODOS los demás.
A mis compañeros polacos, ucranianos, portugueses, rusos, peruanos, rumanos y... de Mali, de los cuales desconozco hasta su gentilicio.
No todo sigue
Nada puede doler más. Ningún consuelo sirve.
¿Qué decir cuando suceden tragedias así? ¿Cómo ayudar? ¿En qué momento ofrecer un abrazo?
Por mucho que lo pienso no encuentro una tragedia mayor que perder una hija. Que, impotente, escuches que la carretera se la ha tragado.
Casi todo es sustituible en nuestras vidas; todo, me atrevería a decir. Excepto los hijos.
Pasamos los años construyendo un hogar, nuestro reino en el mundo, un pequeño territorio conquistado al tiempo. Es un hogar que cambia en función de lo que la vida nos depara. A veces tiene más lujo, otras veces es un pequeño caos, cambian de tonalidad sus paredes...
Todo se puede cambiar en él. Todo se puede reformar. Incluso diría que cada cambio enriquece, cada reforma estimula. Todo es sustituible.
Todo excepto los hijos.
Y ahora, ¿cómo decir que la vida sigue? Porque esa vida ya no sigue, hay que construir una nueva. Esta tragedia no admite parches, nada se puede rescatar, todo se ha derrumbado.
¿Cómo decirte, Juanma, que tienes que levantarte y construir un nuevo hogar? ¿Cómo, siquiera, llegar a ti para abrazarte si apenas te distingo entre el escombro? Y, ¿qué te puedo ofrecer si lo único que pides no está en mis manos?
¿Alguien sabe volver atrás el calendario? ¿Alguien sabe convencer a un padre que mire hacia delante cuando su vida se ha parado en el ayer?
No es cierto que el tiempo lo cura todo, el tiempo hará de otras necesidades un camino por donde avanzar, aunque sea de espaldas al futuro, hasta que la distancia te obligue a dar la vuelta.
Y es un largo, larguísimo camino. Y sólo ahí es donde podemos caminar a tu lado, tratando de distraer tu recuerdo, de recoger tu angustia. Tratando de romper ese aislamiento en el que el dolor te encierra.
No podemos decirte nada más que: NUNCA CAMINARAS SOLO, JUANMA.
Recibe un enorme abrazo de todos.
¿Qué decir cuando suceden tragedias así? ¿Cómo ayudar? ¿En qué momento ofrecer un abrazo?
Por mucho que lo pienso no encuentro una tragedia mayor que perder una hija. Que, impotente, escuches que la carretera se la ha tragado.
Casi todo es sustituible en nuestras vidas; todo, me atrevería a decir. Excepto los hijos.
Pasamos los años construyendo un hogar, nuestro reino en el mundo, un pequeño territorio conquistado al tiempo. Es un hogar que cambia en función de lo que la vida nos depara. A veces tiene más lujo, otras veces es un pequeño caos, cambian de tonalidad sus paredes...
Todo se puede cambiar en él. Todo se puede reformar. Incluso diría que cada cambio enriquece, cada reforma estimula. Todo es sustituible.
Todo excepto los hijos.
Y ahora, ¿cómo decir que la vida sigue? Porque esa vida ya no sigue, hay que construir una nueva. Esta tragedia no admite parches, nada se puede rescatar, todo se ha derrumbado.
¿Cómo decirte, Juanma, que tienes que levantarte y construir un nuevo hogar? ¿Cómo, siquiera, llegar a ti para abrazarte si apenas te distingo entre el escombro? Y, ¿qué te puedo ofrecer si lo único que pides no está en mis manos?
¿Alguien sabe volver atrás el calendario? ¿Alguien sabe convencer a un padre que mire hacia delante cuando su vida se ha parado en el ayer?
No es cierto que el tiempo lo cura todo, el tiempo hará de otras necesidades un camino por donde avanzar, aunque sea de espaldas al futuro, hasta que la distancia te obligue a dar la vuelta.
Y es un largo, larguísimo camino. Y sólo ahí es donde podemos caminar a tu lado, tratando de distraer tu recuerdo, de recoger tu angustia. Tratando de romper ese aislamiento en el que el dolor te encierra.
No podemos decirte nada más que: NUNCA CAMINARAS SOLO, JUANMA.
Recibe un enorme abrazo de todos.
Una ilusión cautivadora
Quería la brisa pasar alguna página de su libro, pero él mantenía firme el pulgar de su mano izquierda en la base del mismo, entre las dos páginas que tenía abiertas ante sí. Su pierna derecha descansaba sobre la izquierda y su codo derecho se incrustaba en el brazo de la silla de camping que lo sostenía, por el peso de su cabeza que cada vez estaba más recostada sobre la palma de la mano.
Sólo al cambiar de página sus ojos se alzaban más allá del libro para comprobar con desgana cómo el sedal de la caña permanecía inmóvil en el mismo lugar. La pesca no era su gran ambición, sino la lectura en un paraje silencioso, bello y tranquilo.
Por una vez, sin necesidad de terminar la página, algo llamativo distrajo su lectura. No sólo la punta de la caña se bamboleaba sino que un fuerte resplandor provenía del lugar en donde el sedal se hundía en el agua. Sea lo que fuere, aquello que había mordido el anzuelo era extraño y llamativo. No era un pez cualquiera, es más, juraría que ni siquiera era un pez.
Tomó la caña con firmeza y trató de recoger el sedal. Pero no sólo no lo conseguía sino que, por cada intento de recogerlo, aquella extraña captura se alejaba un poco más. Parecía imposible sacarlo a la superficie y su brillo comenzaba a difuminarse a medida que se sumergía más y más.
Era tal la excitación que le provocaba la curiosidad que, sin perder de vista aquella luz, se despojó de parte de su ropa y vació sus bolsillos sobre la silla y, guiado con sus manos sobre el sedal, fue caminando hacia el agua como hipnotizado por aquel resplandor.
Llenó bien de aire sus pulmones cuando comprendió que habría de sumergirse por completo. A medida que se adentraba en las aguas más profundas aquella figura dorada comenzaba a tomar forma. Aún no sabía de qué se trataba, ni siquiera si era un objeto o un ser vivo pero distinguía bien sus destellos brillantes bailando al ritmo de las aguas.
Pero se olvidó de coger más aire en su afán por desvelar el misterio y súbitamente sintió una fuerte presión en los pulmones que le recordaron su condición de mortal. Cuando fue consciente de ello quiso salir a la superficie, pero braceó torpemente y su boca se abrió pronto comenzando a tragar agua...
...Sonó un estruendoso trueno de aquellos que producen las repentinas tormentas de verano. La lluvia caía sobre él en forma de enormes y pesadas gotas y lo despertó sobresaltado, asustado y desconcertado sobre lo que pasaba. Le costaba respirar y su ritmo cardíaco estaba alarmantemente acelerado. Se levantó de la silla de un salto. El libro, que hasta entonces reposaba en su regazo, salió disparado por el impulso y cayó cerrándose unos metros delante de él, casi en el mismo lugar donde estaba clavada la caña.
El fuerte viento que se levantó hacía bailar la punta de la caña violentamente. Sobre las aguas del río, agitadas por el viento, se reflejaban fantasmales rayos de sol de aquellos que se cuelan entre las nubes negras de la tormenta. Estos reflejos lo cegaron y aumentaron más aún su desconcierto.
Se llevó las manos al pecho. Quiso toser pero no le llegaba el aire a los pulmones y en su desesperación corrió hacia el río y se lanzó al agua de cabeza, en dirección a aquella luz, sin comprender porqué lo hacía.
A la mañana siguiente rescataron del río un cuerpo con varias vueltas de sedal alrededor del cuello y un brillante anzuelo clavado en una de sus manos, que permanecía cerrada.
Recogieron la caña de pescar, la cesta con los aparejos y la silla; pero nadie echó de menos el libro. Quizás lo llevó el viento, o algún animal jugó con él. Quizás cayó al río, quizás ... quizás aquella tarde de pesca no lo llevó.
Sólo al cambiar de página sus ojos se alzaban más allá del libro para comprobar con desgana cómo el sedal de la caña permanecía inmóvil en el mismo lugar. La pesca no era su gran ambición, sino la lectura en un paraje silencioso, bello y tranquilo.
Por una vez, sin necesidad de terminar la página, algo llamativo distrajo su lectura. No sólo la punta de la caña se bamboleaba sino que un fuerte resplandor provenía del lugar en donde el sedal se hundía en el agua. Sea lo que fuere, aquello que había mordido el anzuelo era extraño y llamativo. No era un pez cualquiera, es más, juraría que ni siquiera era un pez.Tomó la caña con firmeza y trató de recoger el sedal. Pero no sólo no lo conseguía sino que, por cada intento de recogerlo, aquella extraña captura se alejaba un poco más. Parecía imposible sacarlo a la superficie y su brillo comenzaba a difuminarse a medida que se sumergía más y más.
Era tal la excitación que le provocaba la curiosidad que, sin perder de vista aquella luz, se despojó de parte de su ropa y vació sus bolsillos sobre la silla y, guiado con sus manos sobre el sedal, fue caminando hacia el agua como hipnotizado por aquel resplandor.
Llenó bien de aire sus pulmones cuando comprendió que habría de sumergirse por completo. A medida que se adentraba en las aguas más profundas aquella figura dorada comenzaba a tomar forma. Aún no sabía de qué se trataba, ni siquiera si era un objeto o un ser vivo pero distinguía bien sus destellos brillantes bailando al ritmo de las aguas.
Pero se olvidó de coger más aire en su afán por desvelar el misterio y súbitamente sintió una fuerte presión en los pulmones que le recordaron su condición de mortal. Cuando fue consciente de ello quiso salir a la superficie, pero braceó torpemente y su boca se abrió pronto comenzando a tragar agua...
...Sonó un estruendoso trueno de aquellos que producen las repentinas tormentas de verano. La lluvia caía sobre él en forma de enormes y pesadas gotas y lo despertó sobresaltado, asustado y desconcertado sobre lo que pasaba. Le costaba respirar y su ritmo cardíaco estaba alarmantemente acelerado. Se levantó de la silla de un salto. El libro, que hasta entonces reposaba en su regazo, salió disparado por el impulso y cayó cerrándose unos metros delante de él, casi en el mismo lugar donde estaba clavada la caña.
El fuerte viento que se levantó hacía bailar la punta de la caña violentamente. Sobre las aguas del río, agitadas por el viento, se reflejaban fantasmales rayos de sol de aquellos que se cuelan entre las nubes negras de la tormenta. Estos reflejos lo cegaron y aumentaron más aún su desconcierto.
Se llevó las manos al pecho. Quiso toser pero no le llegaba el aire a los pulmones y en su desesperación corrió hacia el río y se lanzó al agua de cabeza, en dirección a aquella luz, sin comprender porqué lo hacía.A la mañana siguiente rescataron del río un cuerpo con varias vueltas de sedal alrededor del cuello y un brillante anzuelo clavado en una de sus manos, que permanecía cerrada.
Recogieron la caña de pescar, la cesta con los aparejos y la silla; pero nadie echó de menos el libro. Quizás lo llevó el viento, o algún animal jugó con él. Quizás cayó al río, quizás ... quizás aquella tarde de pesca no lo llevó.
Esta canción
Me he dado cuenta
de que miento.
Siempre he mentido,
siempre he mentido.
He escrito tanta
inútil cosa
sin descubrirme,
sin dar conmigo.
Esta canción. Así se llaman estos versos de mi admirado Silvio Rodríguez. Sonaba de fondo mientras mis ojos buscaban una pieza más de un puzzle con el que lleno algunas horas vacías de estas fechas. Y mis oídos me llamaron.
Puse todos mis sentidos para escuchar de nuevo una canción que he oído decenas de veces. Pero nunca la había escuchado como esta vez, o quizás el momento era muy diferente.
Miro hacia atrás y hago balance: casi dos años escribiendo ... escondiéndome tras unos párrafos. Una vez más pongo un parche a un fracaso juvenil; quise haber estudiado periodismo o, mejor aún, quise ser periodista sin estudiar. Y me conformo con un sucedáneo de aquello para lo que no tuve fe en conseguir.
Escribo, escribo... y desvío la diana de los reproches en cualquier dirección lejos de mí. Así me encuentro a salvo. Y muy cómodo. El mundo que quiero crear lo estropean los demás. Yo sólo lo cuento desde aquí, detrás de una pantalla en quién sabe qué rincón del mapa.
“Qué razón tienes”, dicen algunos comentarios que llegan aquí, y me inflo como un pavo real. Pero a mi alrededor, en aquellos lugares donde mi mano alcanza, nada cambia. Y eso no lo cuento porque es responsabilidad mía.
No quiero dejar de escribir, me gusta hacerlo, pero tengo que distinguir cuál es mi obra y no es ésta. Estos artículos no son más que un pasatiempo, como el puzzle que estoy haciendo. La imagen que yo estoy recomponiendo es obra de otro, y es hermosa, pero no tanto como provocar una sonrisa en la mirada de mi hijo. Y esa sí puede ser mi obra, y otras muchas que soy capaz de crear.
Esta canción es la necesidad
de agarrarme a la tierra al fin,
de que te veas en mi,
de que me vea en ti.
Para cambiar el mundo tengo que empezar desde más cerca, empezar por mí. Quitarme esa máscara que muestro cuando me miran unos ojos y no un documento word . Quitar el miedo a decir antes de poder corregir, a bailar y tropezar, a opinar y molestar, a contar un chiste y no hacer reír, a enfadarme y perder el gesto, a cantar y desafinar, a mirar a los ojos y no aguantar la mirada. A vivir y hacer ruido. A ser yo. A vivir.
Creo que aún estoy a tiempo aunque no va a ser fácil. La inercia de tantos años hace difícil girar el timón. Mi mayor fracaso será si éste artículo se vuelve a quedar en eso: otra colección de reproches para alguien que nunca lo lee. Esta vez puedo obligarle a hacerlo. Me va a costar pero cada vez veo más claro que la vida no está en los ojos que miran lo que escribo sino en aquellos que miran a los míos.
Esta canción (Silvio Rodríguez)
Me he dado cuenta
de que miento.
Siempre he mentido,
siempre he mentido.
He escrito tanta
inútil cosa
sin descubrirme,
sin dar conmigo.
No amar en seco,
con tanto dolor,
es quizás la última verdad
que quede en mi interior,
bajo mi corazón.
No se si fue
que malgasté mi fe
en amores sin porvenir,
que no me queda ya
ni un grano de sentir.
(Yo se que a nadie
le interesa
lo de otra gente,
con sus tristezas.)
Esta canción
es más que una canción,
que un pretexto para sufrir
y más que mi vivir
y más que mi sentir.
Esta canción es la necesidad
de agarrarme a la tierra al fin,
de que te veas en mi,
de que me vea en ti.
(Yo sé que hay gente
que me quiere.
Yo sé que hay gente
que no me quiere.)
de que miento.
Siempre he mentido,
siempre he mentido.
He escrito tanta
inútil cosa
sin descubrirme,
sin dar conmigo.
Esta canción. Así se llaman estos versos de mi admirado Silvio Rodríguez. Sonaba de fondo mientras mis ojos buscaban una pieza más de un puzzle con el que lleno algunas horas vacías de estas fechas. Y mis oídos me llamaron.
Puse todos mis sentidos para escuchar de nuevo una canción que he oído decenas de veces. Pero nunca la había escuchado como esta vez, o quizás el momento era muy diferente.
Miro hacia atrás y hago balance: casi dos años escribiendo ... escondiéndome tras unos párrafos. Una vez más pongo un parche a un fracaso juvenil; quise haber estudiado periodismo o, mejor aún, quise ser periodista sin estudiar. Y me conformo con un sucedáneo de aquello para lo que no tuve fe en conseguir.
Escribo, escribo... y desvío la diana de los reproches en cualquier dirección lejos de mí. Así me encuentro a salvo. Y muy cómodo. El mundo que quiero crear lo estropean los demás. Yo sólo lo cuento desde aquí, detrás de una pantalla en quién sabe qué rincón del mapa.
“Qué razón tienes”, dicen algunos comentarios que llegan aquí, y me inflo como un pavo real. Pero a mi alrededor, en aquellos lugares donde mi mano alcanza, nada cambia. Y eso no lo cuento porque es responsabilidad mía.
No quiero dejar de escribir, me gusta hacerlo, pero tengo que distinguir cuál es mi obra y no es ésta. Estos artículos no son más que un pasatiempo, como el puzzle que estoy haciendo. La imagen que yo estoy recomponiendo es obra de otro, y es hermosa, pero no tanto como provocar una sonrisa en la mirada de mi hijo. Y esa sí puede ser mi obra, y otras muchas que soy capaz de crear.
Esta canción es la necesidad
de agarrarme a la tierra al fin,
de que te veas en mi,
de que me vea en ti.
Para cambiar el mundo tengo que empezar desde más cerca, empezar por mí. Quitarme esa máscara que muestro cuando me miran unos ojos y no un documento word . Quitar el miedo a decir antes de poder corregir, a bailar y tropezar, a opinar y molestar, a contar un chiste y no hacer reír, a enfadarme y perder el gesto, a cantar y desafinar, a mirar a los ojos y no aguantar la mirada. A vivir y hacer ruido. A ser yo. A vivir.
Creo que aún estoy a tiempo aunque no va a ser fácil. La inercia de tantos años hace difícil girar el timón. Mi mayor fracaso será si éste artículo se vuelve a quedar en eso: otra colección de reproches para alguien que nunca lo lee. Esta vez puedo obligarle a hacerlo. Me va a costar pero cada vez veo más claro que la vida no está en los ojos que miran lo que escribo sino en aquellos que miran a los míos.
Esta canción (Silvio Rodríguez)
Me he dado cuenta
de que miento.
Siempre he mentido,
siempre he mentido.
He escrito tanta
inútil cosa
sin descubrirme,
sin dar conmigo.
No amar en seco,
con tanto dolor,
es quizás la última verdad
que quede en mi interior,
bajo mi corazón.
No se si fue
que malgasté mi fe
en amores sin porvenir,
que no me queda ya
ni un grano de sentir.
(Yo se que a nadie
le interesa
lo de otra gente,
con sus tristezas.)
Esta canción
es más que una canción,
que un pretexto para sufrir
y más que mi vivir
y más que mi sentir.
Esta canción es la necesidad
de agarrarme a la tierra al fin,
de que te veas en mi,
de que me vea en ti.
(Yo sé que hay gente
que me quiere.
Yo sé que hay gente
que no me quiere.)
De bocazas y camorreros.
Pocas semanas atrás, un incidente en un campo de fútbol hizo abrir los ojos a mucha gente. En el duelo local Betis – Sevilla, un espectador, perdón, un imbécil lanzó una botella llena de agua que golpeó la cabeza del entrenador del Sevilla llevándole al hospital.
Pronto, todos los medios de comunicación dirigieron sus miradas acusadoras al palco, en donde se sentaban dos infames presidentes, que habían estado varias semanas sembrando cizaña entre las dos aficiones (cizaña aireada, por cierto, por estos mismos medios que después se lo reprochan). Sobre ellos, un busto que el “señor” Ruiz de Lopera impuso que se colocase allí, ya que él es el auténtico amo del Betis; un mafioso moderno, tirano y ladrón a partes iguales pero siempre rayando con lo legal, por eso lo de moderno.
Como decía, los medios culparon a estos personajes de la agresión por el ambiente que crearon, los mismos medios que venden portadas a base de alusiones como “machacar” al rival o “necesidades de venganza”.
Al final resulta que el agresor acabará siendo una víctima del entorno, con lo que estamos creando un ejército de borregos sin carácter ni opinión propia que justifican cualquier acto violento en base a supuestas provocaciones. Así, se puede violar a una joven porque “va provocando”, o pegar a un colegial porque “es un pringao”, o maltratar a la propia mujer porque “algo habrá hecho”.
Esto es el fútbol, algo que en su día fue lúdico y ahora es un escenario de desahogo para cualquier miserable incapaz, que se siente frustrado por su penoso devenir en la vida. Pero no sólo del fútbol viven las masas, ni sólo los presidentes de club son pendencieros, ni sólo la prensa deportiva es partidista y demagoga, ni sólo los “hooligans” ocupan las calles berreando.
Llevamos unos años en los que la vida de todos (del fútbol uno se puede aislar) la gobiernan dos partidos tan inmersos en su propio enfrentamiento que han olvidado su verdadera labor. Han olvidado para qué están. Han enterrado aquella lección que a todo el mundo dieron aquellos que SE UNIERON para conseguir una transición PACÍFICA.
No hace mucho escuchaba decir a una representante del PP: “La oposición está para vigilar al gobierno”
No señora, no; para eso estamos los ciudadanos y ustedes están para intentar orientar las decisiones de aquél hacia un rumbo más cercano al que sus votantes defienden, no para tumbar cualquier propósito de avance, por mucho que a ustedes no les guste. No olviden que ellos representan a mayor número de ciudadanos.
Así, hemos llegado a un punto en el que, como si de vulgares y malhablados presidentes de club se tratasen, estos mandamases se insultan gravemente en el mismísimo parlamento (no sé qué tipo de educación se precisa para ser un cargo público) y arengan a sus ejércitos de fieles a tomar las calles convocados por medio de sus emisoras y pasquines filiales.
Yo ya he perdido la inocencia de creer en el periodismo y la esperanza de creer en los políticos. Jamás he pertenecido ni perteneceré a ningún partido porque jamás pagaré por perder mi libertad de voto y menos a quienes enarbolan una bandera que más tarde utilizan como toalla de bidet después de vender su esfínter ante el mejor postor inmobiliario.
Pero me aterra pensar que aquellos lanzadores de botellas y quienes les protegen haciendo piña a su alrededor se adueñen de las calles y conviertan el país en una gran pelea de rebaños. Que, amparados en la masa, aparezcan aquellos frustrados y descerebrados imbéciles que creen justificada cualquier agresión, cualquier modo de violencia, cualquier insulto.
Me aterra pensar que las razones que esgrimen los políticos sean tan banales como: “Mi rebaño es más grande que el tuyo y balan más fuerte”. No sé si son conscientes de cualquiera de los dos que convoque una manifestación es capaz de llenar las calles. Son demasiado grandes. Eso demuestra su ineficacia para el trabajo por el que NOSOTROS les pagamos.
Me aterra ver cómo han pasado de diputados a “ocupas” de nuestra única propiedad: la calle. Si ellos quieren ocupar la calle que lo hagan siempre, que trabajen en la calle y cobren sueldos de la calle. Y que nos dejen a nosotros dialogar en el parlamento. ...Es el mundo al revés.
Algún día no será un entrenador de fútbol quien vaya al hospital, ni se solucionará todo con cerrar un estadio. Algún día habrá sangre por las calles y será muy tarde para mirar al palco, a la prensa, a “los otros”. Y ninguno de estos charlatanes se hará responsable de sus palabras ni tratará de detener la cadena de violencia, sino que culpará al vecino, como hacen siempre ... como les permitimos hacer siempre.
Y no me gusta definirme (aunque quien me haya leído a menudo sospechará cuál es mi tendencia, no así mi voto), pero últimamente hay tres bocas de las que no ha salido NI UNA SOLA PALABRA que busque mejorar el bienestar de su pueblo. No digo nombres porque si estoy equivocado nadie sabrá a quienes me refiero. Pero si se reconocen ¿no será que tienen algo sobre lo que reflexionar?.
Pronto, todos los medios de comunicación dirigieron sus miradas acusadoras al palco, en donde se sentaban dos infames presidentes, que habían estado varias semanas sembrando cizaña entre las dos aficiones (cizaña aireada, por cierto, por estos mismos medios que después se lo reprochan). Sobre ellos, un busto que el “señor” Ruiz de Lopera impuso que se colocase allí, ya que él es el auténtico amo del Betis; un mafioso moderno, tirano y ladrón a partes iguales pero siempre rayando con lo legal, por eso lo de moderno.
Como decía, los medios culparon a estos personajes de la agresión por el ambiente que crearon, los mismos medios que venden portadas a base de alusiones como “machacar” al rival o “necesidades de venganza”.
Al final resulta que el agresor acabará siendo una víctima del entorno, con lo que estamos creando un ejército de borregos sin carácter ni opinión propia que justifican cualquier acto violento en base a supuestas provocaciones. Así, se puede violar a una joven porque “va provocando”, o pegar a un colegial porque “es un pringao”, o maltratar a la propia mujer porque “algo habrá hecho”.
Esto es el fútbol, algo que en su día fue lúdico y ahora es un escenario de desahogo para cualquier miserable incapaz, que se siente frustrado por su penoso devenir en la vida. Pero no sólo del fútbol viven las masas, ni sólo los presidentes de club son pendencieros, ni sólo la prensa deportiva es partidista y demagoga, ni sólo los “hooligans” ocupan las calles berreando.
Llevamos unos años en los que la vida de todos (del fútbol uno se puede aislar) la gobiernan dos partidos tan inmersos en su propio enfrentamiento que han olvidado su verdadera labor. Han olvidado para qué están. Han enterrado aquella lección que a todo el mundo dieron aquellos que SE UNIERON para conseguir una transición PACÍFICA.
No hace mucho escuchaba decir a una representante del PP: “La oposición está para vigilar al gobierno”
No señora, no; para eso estamos los ciudadanos y ustedes están para intentar orientar las decisiones de aquél hacia un rumbo más cercano al que sus votantes defienden, no para tumbar cualquier propósito de avance, por mucho que a ustedes no les guste. No olviden que ellos representan a mayor número de ciudadanos.
Así, hemos llegado a un punto en el que, como si de vulgares y malhablados presidentes de club se tratasen, estos mandamases se insultan gravemente en el mismísimo parlamento (no sé qué tipo de educación se precisa para ser un cargo público) y arengan a sus ejércitos de fieles a tomar las calles convocados por medio de sus emisoras y pasquines filiales.
Yo ya he perdido la inocencia de creer en el periodismo y la esperanza de creer en los políticos. Jamás he pertenecido ni perteneceré a ningún partido porque jamás pagaré por perder mi libertad de voto y menos a quienes enarbolan una bandera que más tarde utilizan como toalla de bidet después de vender su esfínter ante el mejor postor inmobiliario.
Pero me aterra pensar que aquellos lanzadores de botellas y quienes les protegen haciendo piña a su alrededor se adueñen de las calles y conviertan el país en una gran pelea de rebaños. Que, amparados en la masa, aparezcan aquellos frustrados y descerebrados imbéciles que creen justificada cualquier agresión, cualquier modo de violencia, cualquier insulto.
Me aterra pensar que las razones que esgrimen los políticos sean tan banales como: “Mi rebaño es más grande que el tuyo y balan más fuerte”. No sé si son conscientes de cualquiera de los dos que convoque una manifestación es capaz de llenar las calles. Son demasiado grandes. Eso demuestra su ineficacia para el trabajo por el que NOSOTROS les pagamos.
Me aterra ver cómo han pasado de diputados a “ocupas” de nuestra única propiedad: la calle. Si ellos quieren ocupar la calle que lo hagan siempre, que trabajen en la calle y cobren sueldos de la calle. Y que nos dejen a nosotros dialogar en el parlamento. ...Es el mundo al revés.
Algún día no será un entrenador de fútbol quien vaya al hospital, ni se solucionará todo con cerrar un estadio. Algún día habrá sangre por las calles y será muy tarde para mirar al palco, a la prensa, a “los otros”. Y ninguno de estos charlatanes se hará responsable de sus palabras ni tratará de detener la cadena de violencia, sino que culpará al vecino, como hacen siempre ... como les permitimos hacer siempre.
Y no me gusta definirme (aunque quien me haya leído a menudo sospechará cuál es mi tendencia, no así mi voto), pero últimamente hay tres bocas de las que no ha salido NI UNA SOLA PALABRA que busque mejorar el bienestar de su pueblo. No digo nombres porque si estoy equivocado nadie sabrá a quienes me refiero. Pero si se reconocen ¿no será que tienen algo sobre lo que reflexionar?.
Mensaje en la botella
He conocido a un hombre tras los cristales de un balcón. Perdón: lo he visto, no lo he conocido, pero en mi retina se ha quedado grabada su imagen.
Y es que no es un hombre común ... o quizás sí, pero actúa de un modo diferente. Hemos invadido su calle con un clamor de máquinas y tubos. Hemos ensuciado su silencio y el horizonte que él ve cada día. Sólo cuando mira al frente sigue viendo una pequeña cala, una esquirla del Cantábrico que se perdió en un pliegue del mapa.
Allí las aguas llegan rotas, sin fuerza; pero son puntuales a su cita con aquella pequeña y rocosa cala, como si se enfrentaran a la infinita tarea de convertir en arena aquel pedregal.
Y este hombre también es puntual, a su manera. Casi como si de un fantasma se tratase, una vez a la hora su silueta desaparece tras los reflejos de una galería. Segundos antes, una lata vacía de cerveza golpea el asfalto de la calle y me hace girar la cabeza. Y él ya se va.
Comentan las gentes de por allí que es un hombre huraño, con la vista muy cansada, enfadado con todo el mundo, quién sabe si consigo mismo. Dicen que actúa como si quisiera abandonar pronto la costa, que tiene prisa por hacerse daño.
Y no puedo dejar de mirar a su balcón en cuanto puedo. Jamás le he podido ver apurando su lata de cerveza, sin embargo he visto caer varias. Le veo encender un cigarrillo a menudo y sé que lo tiene prohibido, pero él se rebela. Lo apura tras los cristales, con su eterna expresión de mal humor, y lanza una mínima colilla a la calle mientras se da la vuelta y se va.
Puede tener unos 80 años, quizás más. Y no sé nada de él. Pero intento dibujar su pasado cuando le miro fijamente como queriendo preguntar.
Una vez más cae una lata desde su balcón y convierto aquel balcón en un deshabitado islote del pacífico, al viejo huraño en un Robinson Crusoe y a sus inagotables latas en botellas con mensaje. Más de una vez he estado tentado de coger una y mirar en su interior. Creo que lanza preguntas, o quizás respuestas.
En la otra parte de la cala, el acantilado aún se mantiene orgulloso y erguido, plantando cara a la violencia del mar. Él no ve esta parte de la costa desde su balcón pero todas las mañanas se acerca dando un paseo a contemplarlo. Quizás se ve reflejado. Cuando él era joven él podía ser así; recio y poderoso ante los golpes que la vida le daba. Pero el paso del tiempo lo convirtió en una áspera playa de roca deshecha en mil pedazos.
Ahora a nadie le gusta, nadie le visita. Y él, desde su balcón lanza reproches, súplicas, preguntas, invitaciones, quién sabe. Pero ninguno hacemos caso a esas latas, sólo las apartamos para encerrarlas en un contenedor. En el lugar en donde ocultamos aquellas cosas que ya no nos son útiles.
No sé si estaremos limpiando la calle de los desperdicios de un viejo loco o si estaremos enterrando una enorme colección de historias de vida. Creo que en cada lata hay una fórmula para aprender a vivir y hacerle sonreír. Creo que en cada lata hay un mensaje que dice: “Una historia a cambio de un abrazo”
Y es que no es un hombre común ... o quizás sí, pero actúa de un modo diferente. Hemos invadido su calle con un clamor de máquinas y tubos. Hemos ensuciado su silencio y el horizonte que él ve cada día. Sólo cuando mira al frente sigue viendo una pequeña cala, una esquirla del Cantábrico que se perdió en un pliegue del mapa.Allí las aguas llegan rotas, sin fuerza; pero son puntuales a su cita con aquella pequeña y rocosa cala, como si se enfrentaran a la infinita tarea de convertir en arena aquel pedregal.
Y este hombre también es puntual, a su manera. Casi como si de un fantasma se tratase, una vez a la hora su silueta desaparece tras los reflejos de una galería. Segundos antes, una lata vacía de cerveza golpea el asfalto de la calle y me hace girar la cabeza. Y él ya se va.
Comentan las gentes de por allí que es un hombre huraño, con la vista muy cansada, enfadado con todo el mundo, quién sabe si consigo mismo. Dicen que actúa como si quisiera abandonar pronto la costa, que tiene prisa por hacerse daño.
Y no puedo dejar de mirar a su balcón en cuanto puedo. Jamás le he podido ver apurando su lata de cerveza, sin embargo he visto caer varias. Le veo encender un cigarrillo a menudo y sé que lo tiene prohibido, pero él se rebela. Lo apura tras los cristales, con su eterna expresión de mal humor, y lanza una mínima colilla a la calle mientras se da la vuelta y se va.
Puede tener unos 80 años, quizás más. Y no sé nada de él. Pero intento dibujar su pasado cuando le miro fijamente como queriendo preguntar.
Una vez más cae una lata desde su balcón y convierto aquel balcón en un deshabitado islote del pacífico, al viejo huraño en un Robinson Crusoe y a sus inagotables latas en botellas con mensaje. Más de una vez he estado tentado de coger una y mirar en su interior. Creo que lanza preguntas, o quizás respuestas.
En la otra parte de la cala, el acantilado aún se mantiene orgulloso y erguido, plantando cara a la violencia del mar. Él no ve esta parte de la costa desde su balcón pero todas las mañanas se acerca dando un paseo a contemplarlo. Quizás se ve reflejado. Cuando él era joven él podía ser así; recio y poderoso ante los golpes que la vida le daba. Pero el paso del tiempo lo convirtió en una áspera playa de roca deshecha en mil pedazos.Ahora a nadie le gusta, nadie le visita. Y él, desde su balcón lanza reproches, súplicas, preguntas, invitaciones, quién sabe. Pero ninguno hacemos caso a esas latas, sólo las apartamos para encerrarlas en un contenedor. En el lugar en donde ocultamos aquellas cosas que ya no nos son útiles.
No sé si estaremos limpiando la calle de los desperdicios de un viejo loco o si estaremos enterrando una enorme colección de historias de vida. Creo que en cada lata hay una fórmula para aprender a vivir y hacerle sonreír. Creo que en cada lata hay un mensaje que dice: “Una historia a cambio de un abrazo”
El reflejo de Kriss
Me invade un insensato dolor, un absurdo contagio del pesar de otras gentes. No puedo tragar saliva con facilidad porque alguien a quien nunca conocí me aprieta la garganta.
No sé si es normal. No recuerdo haber pasado por esto alguna otra vez. Pero hoy se hace tan intensa su presencia que me obliga a abandonar otro texto en el que trabajaba para dedicarle unas líneas.
Ayer se fue de entre nosotros alguien a quien hoy empiezo a conocer. Y me queda el pesar de no haber llegado a conocerla. Quizás para justificar mejor que hoy me sienta mal.
Sólo me une a ella un grupo de amigos comunes y todo lo que hoy me llega es a traves de sus miradas, de sus textos, del temblor de sus manos al coger un pañuelo, de sus silencios compartidos.
Y me llega. Me llega porque no lo he sentido en ninguna ceremonia en donde todo parece resignado al llanto, sino en una relajada tarde alrededor de una mesa, con niños y cerveza, con el humor de una serena tarde primaveral a primeros de marzo. Una tarde cuyas nubes presagiaban lluvia que nunca llegó. Sin embargo el sonido de un teléfono partió como un trueno la temperatura del sosiego.
Ella había cerrado su cámara. Se veló para siempre su carrete y ya no nos regalará mas imágenes como las que hoy empiezo a descubrir en esta página en donde fue dibujando su despedida.
http://www.flickr.com/photos/99474556@N00/
No me queda de ella sino su reflejo en los temblorosos corazones de sus amigos. Supongo que me daría su permiso para despedirme con esta foto de su colección.

Quizás si te hubiera conocido hoy me sentiría más aliviado. O quizás roto del todo ... no lo sé. Lo cierto es que envidio, a pesar de todo el dolor que hoy sienten, a todos aquellos que tuvieron la ocasión de conocerte.
...Un adiós que se da antes que un hola...¡Qué situación tan extraña! Quizás por eso no sé qué es lo que realmente siento. Pero te aseguro Kriss que algo siento. Y es porque has dejado huella a mi alrededor. Espero conocerte mejor, ellos sabrán presentarte en mi recuerdo.
Hasta siempre.
No sé si es normal. No recuerdo haber pasado por esto alguna otra vez. Pero hoy se hace tan intensa su presencia que me obliga a abandonar otro texto en el que trabajaba para dedicarle unas líneas.
Ayer se fue de entre nosotros alguien a quien hoy empiezo a conocer. Y me queda el pesar de no haber llegado a conocerla. Quizás para justificar mejor que hoy me sienta mal.
Sólo me une a ella un grupo de amigos comunes y todo lo que hoy me llega es a traves de sus miradas, de sus textos, del temblor de sus manos al coger un pañuelo, de sus silencios compartidos.
Y me llega. Me llega porque no lo he sentido en ninguna ceremonia en donde todo parece resignado al llanto, sino en una relajada tarde alrededor de una mesa, con niños y cerveza, con el humor de una serena tarde primaveral a primeros de marzo. Una tarde cuyas nubes presagiaban lluvia que nunca llegó. Sin embargo el sonido de un teléfono partió como un trueno la temperatura del sosiego.
Ella había cerrado su cámara. Se veló para siempre su carrete y ya no nos regalará mas imágenes como las que hoy empiezo a descubrir en esta página en donde fue dibujando su despedida.
http://www.flickr.com/photos/99474556@N00/
No me queda de ella sino su reflejo en los temblorosos corazones de sus amigos. Supongo que me daría su permiso para despedirme con esta foto de su colección.

Quizás si te hubiera conocido hoy me sentiría más aliviado. O quizás roto del todo ... no lo sé. Lo cierto es que envidio, a pesar de todo el dolor que hoy sienten, a todos aquellos que tuvieron la ocasión de conocerte.
...Un adiós que se da antes que un hola...¡Qué situación tan extraña! Quizás por eso no sé qué es lo que realmente siento. Pero te aseguro Kriss que algo siento. Y es porque has dejado huella a mi alrededor. Espero conocerte mejor, ellos sabrán presentarte en mi recuerdo.
Hasta siempre.
Ciencia-ficción
El cine se había convertido en el mundo de la fantasía del siglo XX. Un divertimento donde evadirnos de la gris realidad que dos grandes guerras nos dejaron, que una gran cantidad de tiranías forjaron (y aún perduran) a base de crímenes en masa, que las lacras racistas y xenófobas, mezcladas con las tensiones por la diferencia de ídolos, tiñen de hediondas fosas.
Pero cualquier tarde de invierno, uno podía dejar en el vestíbulo las heridas de su ilusión por un mundo mejor y, tras un momento de oscuridad, a modo de la cinematográfica Stargate, se adentraba en un sueño en tecnicolor y pantalla gigante.
Allí saltaba King Kong, mientras Superman salvaba al mundo. ¿De quién?. Quizás de Alien, que contraatacaba tras la invasión que Luke Skywalker hacía de su galaxia. Mientras, aquí abajo Hamlet moría sin saber si Tom Sawyer saldría vivo de su penúltima aventura. Y el fantasma de la ópera no podía ver desde el orificio de su sótano los bailes que 7 hermanos brindaban a sus 7 novias, porque los Hermanos Marx lo tapaban. Charlot hubiera necesitado de la General de Búster Keaton para ir a buscar su quimera. Frankenstein y Drácula hubieran huido despavoridos de aquel pequeño pueblo que Hitchcock infestó de pájaros. Nemo luchaba contra un enorme pulpo en un mar donde reinaba Moby Dick. Y bajo la nave Discovery, en donde el ordenador Hal 9000 hace la vida imposible a su tripulación, una musical lluvia inunda las aceras por las que un enamorado Gene Kelly chapotea con sus zapatos de claqué.
...Eso era el cine. Cuando Julio Verne, R. L. Stevenson, Oscar Wilde, Shakespeare, Mary Shelley o los más cercanos, Walt Disney, Hitchcock o Woody Allen eran los guionistas.
Hoy he vuelto al cine, al actual, al que ya no necesita guionistas sino arreglistas de los libros de historia. Y he completado una cruenta trilogía.
Hace unas semanas me acerqué a ver “Banderas de nuestros padres”, una terrible visión sobre las vidas que cuesta una foto propagandística en un peñasco inútil perdido en el Pacífico. Después me hundí en la butaca viendo cómo aún hoy se consiguen esos diamantes que lucen en la alfombra roja de los Oscars, en la película “Diamantes de sangre”. Y hoy he rematado mi estado de ánimo con un relato entorno a la concepción del poder que un despiadado Idi Amin Dada dibujó en Uganda con la sangre de 300.000 personas.
No me quejo de que se hagan películas como éstas, todo lo contrario. Parece que no somos conscientes del mundo en que vivimos hasta que no nos lo muestran nuestros ídolos de la pantalla. Pero me gustaría que volviéramos a necesitar de aquellos fabulosos guionistas y que se acabasen de una vez los terribles relatos que aquellos a quienes damos nuestros votos no escriben en un papel sino que diseñan en un campo de batalla.

Quiero convertir de nuevo un trocito de mi vida en ciencia-ficción y no al contrario, porque cada vez veo más cerca el día en que la historia de Charlton Heston en “El planeta de los simios” aparezca en la videoteca en la balda destinada a las biografías.
No dejemos que nuestros simios sigan desangrando este planeta.
Pero cualquier tarde de invierno, uno podía dejar en el vestíbulo las heridas de su ilusión por un mundo mejor y, tras un momento de oscuridad, a modo de la cinematográfica Stargate, se adentraba en un sueño en tecnicolor y pantalla gigante.
Allí saltaba King Kong, mientras Superman salvaba al mundo. ¿De quién?. Quizás de Alien, que contraatacaba tras la invasión que Luke Skywalker hacía de su galaxia. Mientras, aquí abajo Hamlet moría sin saber si Tom Sawyer saldría vivo de su penúltima aventura. Y el fantasma de la ópera no podía ver desde el orificio de su sótano los bailes que 7 hermanos brindaban a sus 7 novias, porque los Hermanos Marx lo tapaban. Charlot hubiera necesitado de la General de Búster Keaton para ir a buscar su quimera. Frankenstein y Drácula hubieran huido despavoridos de aquel pequeño pueblo que Hitchcock infestó de pájaros. Nemo luchaba contra un enorme pulpo en un mar donde reinaba Moby Dick. Y bajo la nave Discovery, en donde el ordenador Hal 9000 hace la vida imposible a su tripulación, una musical lluvia inunda las aceras por las que un enamorado Gene Kelly chapotea con sus zapatos de claqué....Eso era el cine. Cuando Julio Verne, R. L. Stevenson, Oscar Wilde, Shakespeare, Mary Shelley o los más cercanos, Walt Disney, Hitchcock o Woody Allen eran los guionistas.
Hoy he vuelto al cine, al actual, al que ya no necesita guionistas sino arreglistas de los libros de historia. Y he completado una cruenta trilogía.
Hace unas semanas me acerqué a ver “Banderas de nuestros padres”, una terrible visión sobre las vidas que cuesta una foto propagandística en un peñasco inútil perdido en el Pacífico. Después me hundí en la butaca viendo cómo aún hoy se consiguen esos diamantes que lucen en la alfombra roja de los Oscars, en la película “Diamantes de sangre”. Y hoy he rematado mi estado de ánimo con un relato entorno a la concepción del poder que un despiadado Idi Amin Dada dibujó en Uganda con la sangre de 300.000 personas.No me quejo de que se hagan películas como éstas, todo lo contrario. Parece que no somos conscientes del mundo en que vivimos hasta que no nos lo muestran nuestros ídolos de la pantalla. Pero me gustaría que volviéramos a necesitar de aquellos fabulosos guionistas y que se acabasen de una vez los terribles relatos que aquellos a quienes damos nuestros votos no escriben en un papel sino que diseñan en un campo de batalla.

Quiero convertir de nuevo un trocito de mi vida en ciencia-ficción y no al contrario, porque cada vez veo más cerca el día en que la historia de Charlton Heston en “El planeta de los simios” aparezca en la videoteca en la balda destinada a las biografías.
No dejemos que nuestros simios sigan desangrando este planeta.
Cada mañana me levanto con la idea de que algo va a mejorar. Sin embargo, cada día nos vemos envueltos en otro poco más de basura por causas que no llego a entender. Cuando llego a casa, la ducha no es capaz de quitarme más que la suciedad propia de mi zanja.
Aquí trato de deshacerme de todo el barro que me inyectan dentro antes de que se endurezca y me convierta en una insensible figura de cerámica.
Si os sirve como terapia os invito a gritar conmigo.