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la reportera popera
Sindicación
 
LA TELE NO ATONTA

Después de este periodo de ausencia debido a mi ineludible cita con los exámenes de junio, me dispongo a retomar este trabajo que tantas satisfacciones me ha reportado. Además, vuelvo con nuevas motivaciones, ahora no dependo de ese ente omnipresente llamado profesor que evaluaba mi trabajo y del que dependía mi nota, que por cierto, ha sido un 6. Me esperaba algo más…

Antes de terminar el curso, en la última clase práctica de Metodología de la Investigación vino a darnos una conferencia de lo más interesante el crítico e investigador Ángel Quintana. Pero claro, la situación incómoda llegó en el momento de las preguntas/dudas al señor Quintana, como siempre suele ocurrir en mi clase cuando nos intentan sacar del pensamiento vertical. Unos minutos de silencio incómodo, de esos en los que todos nos miramos, esperando que un arranque de heroísmo por parte de alguno de mis compañeros saque del marasmo al resto de la clase.

Esta vez me tocó a mí ser la valiente, y por si alguna duda teníais al pensar que soy la típica alumna “tocapelotas” que gusta de hacer preguntas que incomodan a quien las recibe, supongo que este ilustrativo ejemplo sacará de dudas a la mayoría de vosotros. Si, creo que lo soy.

Quintana nos estuvo hablando sobre la importancia que tiene no olvidar –sobre todo en nosotros, estudiantes de Comunicación Audiovisual,- que el cine no se acaba en las salas de cine, ni siquiera en las salas de V. O. en las que podemos ver películas que nunca se estrenarán en los multicines. El conferenciante nos recuerda que también en los museos tenemos acceso a grandes obras que ni siquiera llegarán a distribuirse en los pequeños circuitos de V. O. Apuntó también que en una retrospectiva sobre las mejores películas del año, él había incluido una que sólo se proyectó en una sala de exposiciones en todo el país. Aquí me surgió una duda, que compartí con Quintana y el resto de mis compañeros: todo esto de la “alta cultura” de los museos está muy bien, pero qué pasa cuando son esos mismos museos los que proponen un ciclo de proyecciones de películas de El Santo, y otras pertenecientes a las serie B mejicana de los años 60, como pasó hace escasos meses en el museo Reina Sofía de Madrid. Seguramente estos críticos que ahora aceptan este tipo de manifestaciones de la cultura popular dentro de su “cultura de museo”, en su día habrían criticado duramente, o ignorado sin más, estas películas que ahora ensalzan como obras de culto.

Quizá todavía estén a tiempo de rectificar y dejar de ensimismarse con estos fetiches del pasado que ahora les resultan interesantes por su entrañable estética o su significado cultural y empiecen a preocuparse también por las manifestaciones populares de la época que –les guste o no- les ha tocado vivir. Ya está bien de ese miedo absurdo por “contaminarse” del encefalograma plano que produce la “caja tonta”. Porque aunque esta postura resulte cómoda para el crítico o el señor intelectual, LA TELEVISIÓN NO ATONTA. Existen personas más o menos listas independientemente de que vean más o menos la televisión. Una persona poco inteligente se atontará igual viendo “Vídeos de primera” que leyendo Guerra y Paz. Yo misma he pasado los primeros años de mi infancia acompañada por las Mamachicho, los Gladiadores Americanos y el Humor Amarillo y dudo mucho que me hayan generado algún tipo de tara, trauma o incapacidad para desarrollarme como persona.

Supongo que tendremos que esperar muchos años para que estos entrañables programas de televisión emitidos en los principios de los noventa con la llegada de la bendita televisión privada sean considerados algo más que basura para cabezas huecas. Dentro de cuarenta años probablemente se emitan retrospectivas de los mejores bailes de las Mamachicho o las actuaciones más espectaculares de los héroes de Pinilla del Valle en el Grand Prix en pases especiales dedicados a la Televisión en filmotecas y museos. Y si no, al tiempo.