¿POR QUE SE OLVIDA EL ABSOLUTISMO DE FERNANDO VII?
La vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, el pasado viernes –y para celebrar el día del libro-, regaló a los periodistas que cubren la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros el libro Los afrancesados, escrito por el profesor donostiarra Miguel Artola y publicado en 1953. Ahora, con motivo del bicentenario del 2 de mayo y de la guerra de la Independencia, la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales (SECC) ha reeditado este volumen, prologado en su día por Gregorio Marañón.
En medio de la apoteosis de patrioterismo de “campana y de cañón”, a la que hemos de asistir estos días, con Esperanza Aguirre ejerciendo de heroína y pregonera de la “guerra contra el francés” –cual si ella fuera, doscientos años más tarde, una especie de Agustina de Aragón, versión madrileña-, el gesto de Fernández de la Vega parece digno de loa. Los afrancesados fueron considerados casi como apestados cuando, como señaló la vicepresidenta, “definieron por primera vez en España un concepto de Gobierno responsable, que debía ocuparse de que los ciudadanos accedieran al bienestar e incluso a la felicidad”.
Gentes ilustradas
Eran los afrancesados gentes ilustradas, liberales en el sentido más noble de la palabra, partidarios de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad, seguidores de la Revolución francesa y deseosos de que España dejara de estar sometida a reyes absolutistas, a tiranos y a gobernantes indignos. Fernando VII representaba al populacho de la época y también a la aristocracia más reaccionaria “¡Viva las caenas”!, gritaban. Fernando VII encarnaba el Antiguo Régimen, el del absolutismo. José Bonaparte -impuesto por las tropas de su hermano Napoleón- trató de construir un Estado moderno y, en algunos asuntos relevantes, progresista.
Un rey republicano
José I, un rey republicano, como apunta el también profesor, de Sevilla, Antonio Moreno Alonso, autor de un reciente libro sobre nuestro Bonaparte, ha sido silenciado y ultrajado a lo largo de dos siglos por la caverna, principal beneficiada, al fin y al cabo, de la guerra de la Independencia. El monarca galo instalado en Madrid tuvo el coraje de abolir -en una de sus primeras medidas- nada menos que el Tribunal del Santo Oficio o de la Santa Inquisición. Sólo por ello hubiera tenido que merecer el beneplácito y el agradecimiento de muchísimos españoles. He aquí una de las grandes diferencias entre uno y otro rey: poco después de que volviera al trono Fernando VII, la Inquisición fue legalizada de nuevo.
Menéndez Pelayo
El católico tridentino Marcelino Menéndez Pelayo, azote de herejes y heterodoxos, dejó escrito cosas que, significativamente, no son en el fondo muy diferentes a las que continúa repitiendo la derecha española actual: “Los clérigos ilustrados y de luces, los abates, los liberales, los economistas y los filántropos tomaron muy desde el principio el partido de los afrancesados y constituyen aquella legión de traidores, de eterno vilipendio en los anales del mundo, que nuestros mayores llamaron afrancesados. Después de todo no ha de negarse que procedieron con lógica; si ellos no eran cristianos ni españoles, ni tenían nada en común con la antigua España (…)”
La expedición militar de 1823
La incursión armada de Napoleón fue en sí misma condenable, aunque en aquellos tiempos este tipo de comportamientos eran frecuentes en Europa. Y lo continuaron siendo, por cierto, hasta bien entrado el siglo XX. Pero si la irrupción en España del Ejército bonapartista, generó una reacción que condujo a la guerra, ganada finalmente por los españoles –con el apoyo militar de Inglaterra-, cabe preguntarse por qué la siguiente invasión, la del año 1823, fue bastante aceptada y apenas nadie la rememora.
Stendhal y José Bonaparte
Me refiero a la expedición colonial de los llamados “Cien Mil Hijos de San Luís”. Comandaba este ejército el duque de Angulema, Luís Antonio de Borbón, príncipe y general francés. La Santa Alianza, destinada a destruir la herencia de la Revolución de 1789, ordenó esa acción militar -asimismo ominosa- con el único fin de desterrar de España el liberalismo y de devolver el poder absoluto a Fernando VII. Consiguieron con facilidad el objetivo y España -a punta de bayoneta- regresó a lo peor de su atormentada historia. Por eso, estos días, reconforta recordar con gratitud a los afrancesados y rendir homenaje a los intentos reformistas de José Bonaparte. De él escribió Stendhal: “Fue muy superior, en todos los aspectos, a los demás reyes contemporáneos suyos”.
En medio de la apoteosis de patrioterismo de “campana y de cañón”, a la que hemos de asistir estos días, con Esperanza Aguirre ejerciendo de heroína y pregonera de la “guerra contra el francés” –cual si ella fuera, doscientos años más tarde, una especie de Agustina de Aragón, versión madrileña-, el gesto de Fernández de la Vega parece digno de loa. Los afrancesados fueron considerados casi como apestados cuando, como señaló la vicepresidenta, “definieron por primera vez en España un concepto de Gobierno responsable, que debía ocuparse de que los ciudadanos accedieran al bienestar e incluso a la felicidad”.
Gentes ilustradas
Eran los afrancesados gentes ilustradas, liberales en el sentido más noble de la palabra, partidarios de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad, seguidores de la Revolución francesa y deseosos de que España dejara de estar sometida a reyes absolutistas, a tiranos y a gobernantes indignos. Fernando VII representaba al populacho de la época y también a la aristocracia más reaccionaria “¡Viva las caenas”!, gritaban. Fernando VII encarnaba el Antiguo Régimen, el del absolutismo. José Bonaparte -impuesto por las tropas de su hermano Napoleón- trató de construir un Estado moderno y, en algunos asuntos relevantes, progresista.
Un rey republicano
José I, un rey republicano, como apunta el también profesor, de Sevilla, Antonio Moreno Alonso, autor de un reciente libro sobre nuestro Bonaparte, ha sido silenciado y ultrajado a lo largo de dos siglos por la caverna, principal beneficiada, al fin y al cabo, de la guerra de la Independencia. El monarca galo instalado en Madrid tuvo el coraje de abolir -en una de sus primeras medidas- nada menos que el Tribunal del Santo Oficio o de la Santa Inquisición. Sólo por ello hubiera tenido que merecer el beneplácito y el agradecimiento de muchísimos españoles. He aquí una de las grandes diferencias entre uno y otro rey: poco después de que volviera al trono Fernando VII, la Inquisición fue legalizada de nuevo.
Menéndez Pelayo
El católico tridentino Marcelino Menéndez Pelayo, azote de herejes y heterodoxos, dejó escrito cosas que, significativamente, no son en el fondo muy diferentes a las que continúa repitiendo la derecha española actual: “Los clérigos ilustrados y de luces, los abates, los liberales, los economistas y los filántropos tomaron muy desde el principio el partido de los afrancesados y constituyen aquella legión de traidores, de eterno vilipendio en los anales del mundo, que nuestros mayores llamaron afrancesados. Después de todo no ha de negarse que procedieron con lógica; si ellos no eran cristianos ni españoles, ni tenían nada en común con la antigua España (…)”
La expedición militar de 1823
La incursión armada de Napoleón fue en sí misma condenable, aunque en aquellos tiempos este tipo de comportamientos eran frecuentes en Europa. Y lo continuaron siendo, por cierto, hasta bien entrado el siglo XX. Pero si la irrupción en España del Ejército bonapartista, generó una reacción que condujo a la guerra, ganada finalmente por los españoles –con el apoyo militar de Inglaterra-, cabe preguntarse por qué la siguiente invasión, la del año 1823, fue bastante aceptada y apenas nadie la rememora.
Stendhal y José Bonaparte
Me refiero a la expedición colonial de los llamados “Cien Mil Hijos de San Luís”. Comandaba este ejército el duque de Angulema, Luís Antonio de Borbón, príncipe y general francés. La Santa Alianza, destinada a destruir la herencia de la Revolución de 1789, ordenó esa acción militar -asimismo ominosa- con el único fin de desterrar de España el liberalismo y de devolver el poder absoluto a Fernando VII. Consiguieron con facilidad el objetivo y España -a punta de bayoneta- regresó a lo peor de su atormentada historia. Por eso, estos días, reconforta recordar con gratitud a los afrancesados y rendir homenaje a los intentos reformistas de José Bonaparte. De él escribió Stendhal: “Fue muy superior, en todos los aspectos, a los demás reyes contemporáneos suyos”.
LOS CURAS TIENEN VOZ Y VOTO EN MADRID
El Gobierno regional de Esperanza Aguirre ha firmado con el Arzobispado de Madrid, dirigido por el cardenal y presidente de la Conferencia Episcopal Antonio María Rouco Varela, un convenio para la asistencia en los hospitales de la Comunidad que amplía las funciones de los curas. Así, se incluye a sacerdotes católicosen el comité de ética y el comité interdisciplinar de cuidados paliativos, por lo que intervendrán en cuestiones que afectan a los pacientes.
Según informó la Cadena SER, el Ejecutivo de Aguirre y Rouco Varela firmaron el pasado mes de enero un convenio por el cual se amplían las funciones de la asistencia religiosa en los hospitales. A partir de ahora, los curas no sólo visitarán a los enfermos y les darán asesoramiento religioso, sino que también podrán decidir sobre cuidados paliativos a los enfermos terminales. Estas decisiones eran actualmente competencia exclusiva de los médicos.
Religión dentro del comité de ética
En el convenio, que firmaron el consejero de Sanidad de la Comunidad, Juan José Güemes, y el obispo auxiliar de Madrid, Fidel Herráez, se incluye una cláusula en la que se determina que el servicio de asistencia religiosa se englobará dentro del comité de ética y del comité interdisciplinar de cuidados paliativos.
Decisión sobre sedaciones y abortos
Estos comités se encargan de decisiones de gran trascendencia, como dar o no sedación terminal a determinados enfermos, practicar abortos a una mujer violada que no haya denunciado el caso o reanimar a bebés con malformaciones en la unidad de neonatología. Hasta ahora los comités estaban integrados, según explicó a la emisora el presidente del comité ético del hospital de Getafe, Miguel Casares, por médicos, enfermeros y expertos en bioética.
Para "garantizar los derechos de los pacientes"
Casares criticó que se quieran imponer argumentos religiosos en estos comités, ya que deben estar basados sólo en la ética, es decir, en criterios de igualdad y justicia, de analizar lo mejor para el paciente y para evitar daños en él y en sus familiares. Según este experto, la función de los comités sería la de “garantizar los derechos de los pacientes” sin entrar en “ideas preconcebidas” ni cuestionamientos religiosos.
Voces en contra
En el programa Hoy por hoy, numerosos oyentes intervinieron para mostrar su desacuerdo con la intromisión de los poderes religiosos en cuestiones médicas. Cabe destacar el testimonio de una joven con una enfermedad degenerativa, que se presentó como católica y practicante, y que aseguró estar en profundo desacuerdo con la intervención de los sacerdotes en estos procesos médicos. Tanto ella como su familia, aseguró, se muestran partidarios de los cuidados paliativos, y no comparten, pese a tener una ideología cercana a la Iglesia, que esta institución participe en este tipo de procesos.
Según informó la Cadena SER, el Ejecutivo de Aguirre y Rouco Varela firmaron el pasado mes de enero un convenio por el cual se amplían las funciones de la asistencia religiosa en los hospitales. A partir de ahora, los curas no sólo visitarán a los enfermos y les darán asesoramiento religioso, sino que también podrán decidir sobre cuidados paliativos a los enfermos terminales. Estas decisiones eran actualmente competencia exclusiva de los médicos.
Religión dentro del comité de ética
En el convenio, que firmaron el consejero de Sanidad de la Comunidad, Juan José Güemes, y el obispo auxiliar de Madrid, Fidel Herráez, se incluye una cláusula en la que se determina que el servicio de asistencia religiosa se englobará dentro del comité de ética y del comité interdisciplinar de cuidados paliativos.
Decisión sobre sedaciones y abortos
Estos comités se encargan de decisiones de gran trascendencia, como dar o no sedación terminal a determinados enfermos, practicar abortos a una mujer violada que no haya denunciado el caso o reanimar a bebés con malformaciones en la unidad de neonatología. Hasta ahora los comités estaban integrados, según explicó a la emisora el presidente del comité ético del hospital de Getafe, Miguel Casares, por médicos, enfermeros y expertos en bioética.
Para "garantizar los derechos de los pacientes"
Casares criticó que se quieran imponer argumentos religiosos en estos comités, ya que deben estar basados sólo en la ética, es decir, en criterios de igualdad y justicia, de analizar lo mejor para el paciente y para evitar daños en él y en sus familiares. Según este experto, la función de los comités sería la de “garantizar los derechos de los pacientes” sin entrar en “ideas preconcebidas” ni cuestionamientos religiosos.
Voces en contra
En el programa Hoy por hoy, numerosos oyentes intervinieron para mostrar su desacuerdo con la intromisión de los poderes religiosos en cuestiones médicas. Cabe destacar el testimonio de una joven con una enfermedad degenerativa, que se presentó como católica y practicante, y que aseguró estar en profundo desacuerdo con la intervención de los sacerdotes en estos procesos médicos. Tanto ella como su familia, aseguró, se muestran partidarios de los cuidados paliativos, y no comparten, pese a tener una ideología cercana a la Iglesia, que esta institución participe en este tipo de procesos.
LA POLITICA DE ESPERANZA: VUELTA AL SIGLO XIX
Sumergirnos en el deprimente siglo XIX español significa reencontrarnos con la política de Esperanza Aguirre y de la “Brunete mediática” en su palpitar más puro.
España, que había soportado con resignación de buey el feudalismo, el derecho de pernada, las torturas de la inquisición y las hambrunas, se unió para alzarse contra la Ilustración, la ciencia y el avance. Al grito de “vivan las caenas” se aclamó a Fernando VII, aquel felón indeseable y fofo.
Al glorioso Rafael de Riego, restaurador de las libertades de Cádiz, se le acaba ahorcando en la Plaza de la Cebada. Amadeo de Saboya, demócrata y amante del progreso y las artes, tiene que marcharse exclamando: “…todos los que con la espada, con la pluma, con la palabra, agravan y perpetúan los males de la nación son españoles”. Unos tarados de grotescas boinas rojas, los carlistas, provocan varias guerras civiles al grito de “Dios y fueros”, en demanda de una vuelta “a la fe católica más pura”, entre otras sandeces. Algunos hombres, pocos, como Espartero, Mendizábal, Manuel Becerra, Claudio Moyano, Salmerón, etc lucen como pepitas de oro entre el inmenso cenagal de aquella nación podrida de fanatismo y desigualdad.
Sorprendentemente, pretenden representar el progreso quienes ahora han concurrido a manifestaciones de la mano de los obispos, aquellos que hostigan las clínicas abortistas, los que crucificaron al doctor Montes y su equipo con denuncias anónimas y falsas, la caverna que se niega a condenar la dictadura franquista con sus centenares de miles de asesinados, los que arremeten contra gays y lesbianas a base de alegorías frutícolas, quienes niegan el derecho a morir con dignidad, los que acusan a los inmigrantes de colapsar la sanidad, quienes apoyan a la iglesia católica reiteradamente condenada en los tribunales por vulnerar los derechos de los trabajadores…
Sin embargo, todo esto es poco ante la colosal estafa y vuelta al siglo XIX que significa el ideario neoliberal de Esperanza Aguirre. Miles de millones de dinero de nuestros impuestos se destinan a la construcción de hospitales, escuelas, etc para que particulares y empresas se lucren con su explotación. Nada recuerda más el atraso secular español. Aquella época funesta en la cual entre todos pagaban las alcaldías, concejalías, cabildos y diputaciones y luego se entregaba a particulares para que las “gestionaran”.
Con las recetas neoliberales de Esperanza Aguirre volvemos a un sistema similar: los servicios públicos los pagamos entre todos, los construimos entre todos, los mantenemos entre todos… pero unos particulares harán negocio con lo que nosotros compramos y mantenemos. Sanidad para quien pueda sufragarse una póliza como en EEUU, educación de calidad para quien pueda llevar a sus hijos a colegios privados, seguridad para quien pueda pagársela. La desigualdad social en su jugo. Todo ello bien macerado en “Roucomanía”… el retorno al siglo XIX está servido.
Gustavo Vidal Manzanares es jurista y escritor
España, que había soportado con resignación de buey el feudalismo, el derecho de pernada, las torturas de la inquisición y las hambrunas, se unió para alzarse contra la Ilustración, la ciencia y el avance. Al grito de “vivan las caenas” se aclamó a Fernando VII, aquel felón indeseable y fofo.
Al glorioso Rafael de Riego, restaurador de las libertades de Cádiz, se le acaba ahorcando en la Plaza de la Cebada. Amadeo de Saboya, demócrata y amante del progreso y las artes, tiene que marcharse exclamando: “…todos los que con la espada, con la pluma, con la palabra, agravan y perpetúan los males de la nación son españoles”. Unos tarados de grotescas boinas rojas, los carlistas, provocan varias guerras civiles al grito de “Dios y fueros”, en demanda de una vuelta “a la fe católica más pura”, entre otras sandeces. Algunos hombres, pocos, como Espartero, Mendizábal, Manuel Becerra, Claudio Moyano, Salmerón, etc lucen como pepitas de oro entre el inmenso cenagal de aquella nación podrida de fanatismo y desigualdad.
Sorprendentemente, pretenden representar el progreso quienes ahora han concurrido a manifestaciones de la mano de los obispos, aquellos que hostigan las clínicas abortistas, los que crucificaron al doctor Montes y su equipo con denuncias anónimas y falsas, la caverna que se niega a condenar la dictadura franquista con sus centenares de miles de asesinados, los que arremeten contra gays y lesbianas a base de alegorías frutícolas, quienes niegan el derecho a morir con dignidad, los que acusan a los inmigrantes de colapsar la sanidad, quienes apoyan a la iglesia católica reiteradamente condenada en los tribunales por vulnerar los derechos de los trabajadores…
Sin embargo, todo esto es poco ante la colosal estafa y vuelta al siglo XIX que significa el ideario neoliberal de Esperanza Aguirre. Miles de millones de dinero de nuestros impuestos se destinan a la construcción de hospitales, escuelas, etc para que particulares y empresas se lucren con su explotación. Nada recuerda más el atraso secular español. Aquella época funesta en la cual entre todos pagaban las alcaldías, concejalías, cabildos y diputaciones y luego se entregaba a particulares para que las “gestionaran”.
Con las recetas neoliberales de Esperanza Aguirre volvemos a un sistema similar: los servicios públicos los pagamos entre todos, los construimos entre todos, los mantenemos entre todos… pero unos particulares harán negocio con lo que nosotros compramos y mantenemos. Sanidad para quien pueda sufragarse una póliza como en EEUU, educación de calidad para quien pueda llevar a sus hijos a colegios privados, seguridad para quien pueda pagársela. La desigualdad social en su jugo. Todo ello bien macerado en “Roucomanía”… el retorno al siglo XIX está servido.
Gustavo Vidal Manzanares es jurista y escritor





