London Calling.
Pues resulta que el pasado lunes, miles de personas de la plantilla de la BBC (aclaro: British Broadcasting Corporation, no Bodas, Bautizos y Comuniones) montaron una huelga de un día para protestar contra el posible despido de unas 4000 personas, para recortar gastos.
¡Recortar gastos! Citando a mis grandes figuras de la retórica literaria, mis Monkeys, “Jo, qué morro”.
En “Auntie Beeby” están de guasa. Lo juro. Es poco menos que indignante tener que leer una noticia como ésta, después de vivir la experiencia que más tarde bauticé como “El Incidente del Tío de la Tele en Fulham.”.
Durante mi año en Londres, el barrio donde más tiempo viví (y el que más me gustó, con diferencia abismal) fue Fulham. Fulham, para quien conozca Barcelona, es una especie de Poblenou/Gràcia con más Starbucks, más pubs y menos Rocanrol. (Esto último, muy a mi pesar, pero Shepherd’s Bush está a un paso y cuenta con un magnífico y descaradamente sucio antro llamado “The Walkabout”, macropub australiano donde tocan en vivo, montan conciertos, retransmiten Rugby y Aussie Rules Footie, etcétera)
En fin, Fulham es un pueblo dentro de una ciudad, con sus casitas y edificios bajos, sus escaparates victorianos llenos de tapices de flores, sus restaurantes pijos, su Sainsbury’s inmenso, su cine y nada menos que el estadio del Chelsea. (Vamos, que vida no le falta).
Ahora no me vayan a pensar que aquí una vivía en casa de Beckham, ni nada de eso, no. Es barrio es precioso y tirando a pijísimo, sí, pero, como todo en esta vida, tenía su “Lado Oscuro”, que era justo donde yo pasé más tiempo: un bloque de pisos grises y apestosos de esos de protección civil donde acabé convirtiéndome en una auténtica “homie” al más puro estilo “Yo, man, wassup, my dog, let’s roll, ‘awight?”, después de unas cuantas terapias de psicoanálisis con el vecino anglo-africano alcohólico maltratado por su mujer, unas cuantas disputas con los chorizos del mercado de abajo por querer timarme, un sinfín de kebabs de la “Baba” de enfrente, noches divertidísimas en el Havana Club y una buenísima y exquisita relación con el personal del gimnasio al que íbamos Craig y yo.
Compartíamos piso con dos institutrices neozelandesas, una camarera italiana, dos albañiles sudafricanos y un técnico de sonido lituano que se pasaba la vida de concierto en concierto.
Y dirán: “Qué aglomeración”. Sí, pero nos lo pasábamos bien. La convivencia era fácil, dado que nadie está para demasiadas puñetas, en Londres. Todo el mundo acepta, de algún modo, que es diferente, que viene de una cultura, de una lengua y de un país diferente y todo el mundo se ponía ese chip de tolerancia para vivir en esa especie de “melting pot” que es Londres.
Todo el mundo, menos un sudafricano blanco que vino a ver el piso un día y que al darse cuenta de que los otros dos sudafricanos que allí cohabitaban eran más negros que una noche londinense sin luna dijo que seguiría buscando. A pesar de que eran dos de las mejores personas que he conocido en el Reino Unido. Aún quedan racismos e ignorancias voluntarias, fíjense.
En fin. El caso es que yo, allá por Enero-Febrero estaba una mañana en casa, con una página web que me habían dado para traducir, cuando llamaron a la puerta. Todo el mundo se había ido ya a trabajar y yo estaba sola en casa.
Yo, que soy tan precavida e inteligente, miré por la mirilla y divisé un pedazo de estatua de ébano de dos metros de altura y otros tantos de anchura, y decidí no abrir. Porque a aquellas horas de la mañana, sólo podía ser un vendedor o alguien tocando las narices, y porque aquél Lado Oscuro de Londres, por mucho que a mí me gustara y tal, era peligroso para una extranjera sola en casa.
Y yo, que soy tan precavida e inteligente II, no me acordé de que perfectamente el tipo podía mirar por la ventana de la cocina y verme allí con el portátil, que fue exactamente como sucedió.
El tío: -Señora, TV licence, abra la puerta, por favor.
Y yo: -Ya tenemos televisión, gracias, no necesitamos.
Y el tío: -Ya sabemos que la tienen, por eso estoy aquí.
Y yo: -Es que va a tener que volver esta tarde, ahora no están las titulares del piso.
Y el tío: -Señora, no me obligue a echar la puerta abajo, que yo sólo soy un funcionario y hago mi trabajo.
Al oír lo de que trabajaba para el estado, ya, como que… una empieza a sudar en medio de un día de nieve, y tal. Así que le abrí la puerta.
Al natural, aún era más grande, el tío.
-Tengo que hacerle unas preguntas. Como sabrá, si tiene una televisión, necesita una licencia.
-Pues no, no lo sabía. (¿preguntas? ¿es una encuesta de audiencia? Pensé yo. Si seré imbécil.)
-Pues sí. Para cada televisión de propiedad, en el Reino Unido, se necesita pagar una licencia.
-Creía que con todos los impuestos que pago ya quedaba cubierta la tele. (qué cabrones, con la mierda que ponen y aún cobran aparte).
-Pues no. Tiene que pagar 102 libras al año por cada televisor en color y hemos visto que en este piso no se ha pagado nada. Y la multa si no paga es de mil libras.
-Bueno, ¿y qué le hace pensar que nosotros aquí tenemos teles? (Mierda, se lo he dicho yo misma antes. ¡Mierda, mil libras! ¡Ha dicho multa y ha dicho mil libras!)
-… (me dedica una sonrisa de esas con sorna que casi me pongo a reír yo sola de la absurdidad que acabo de decir. ¿Londres, en pleno invierno, y sin tele? Resulta más fácil imaginarse a la Parker-Bowles haciendo un Strip Tease a ritmo de “The Queen is Dead” de los Smiths delante del Big Ben y con setecientos cincuenta y dos millones de japoneses sacándole fotos.)
- ¿Cuántas teles tienen en esta vivienda, señora?
- No lo sé, yo sólo tengo una habitación y, como comprenderá, no me dedico a espiar las de las otras personas.
- Bueno, pues tendrá que dejarme pasar para que lo compruebe yo mismo.
-Si le “dejo” pasar, llamo inmediatamente a la policía por allanamiento de morada.
-De acuerdo. (nunca había escuchado un “ok” que sonara tan poco a “ok”, lo juro.) Pues haga el favor de contestarme, al menos, a unas cuantas preguntas.
-No tengo por qué hacerlo, pero si insiste… (Una de cal y otra de arena. Podía decir que me llamaba Wilma Flinstone, ¿no?)
-¿En cuál de los Estados Unidos nació?
- (En Ourense, el número cincuenta y uno. Acabáramos). En ninguno. Soy española.
-¡Ah, vaya! (qué divertido) Pues habría jurado que es usted americana, por su acento, y eso…
-(Habría jurado que está usted haciéndose el simpático, y como intente algo, la batalla de Waterloo va a ser una fiesta de sociedad en comparación con la patada en plena zona genital que se va a llevar.) Pues no. Soy española. De nacionalidad europea. (Por si luego aún vas y me envías al Destacamento Inmigración, que aquí hay mucha persona hijnorante de la bida)
El tío allí, rellenando formulario de esos con membrete, y mientras tanto, en la puerta pelándonos de frío. Como comprenderán, no le iba a dejar pasar y cerrar la puerta. Aquí una se ha chupado muchas películas de serie B.
-¿Fecha de nacimiento?
-Dudo que eso tenga nada que ver con ninguna licencia ni de televisor, ni de Minipimer de tres velocidades, y por si ese argumento no le sirve, tengo otro: atentado contra la integridad moral y la privacidad.
- Señora, esto no es personal, es que…
-Mire, tengo trabajo, ¿por qué no vuelve usted esta tarde? Seguro que mis compañeras estarán encantadas de invitarle a un té y explicarle lo que haga falta.
-Señora, por favor…
-No. Voy a tener que pedirle que se vaya. (Siempre, desde que era pequeña y lo veía en las pelis, había querido decir esa frase. Es que en español suena demasiado cursi).
- Bien, pues le dejo esta notificación. Recuerde que si no paga, son mil libras de multa.
-“Okay”. (Sí, búscame por Barcelona, chato)
En aquel preciso instante en que cerré la puerta, de repente se me iluminó la bombilla y me vino el flash de un capítulo de aquella serie, The Young Ones (“Els Joves” en Catalunya) en que Rick, el anarquista gay, pilla la tele y la tira por la ventana cagándose en voz muy alta en la madre que parió al tipo que inventó lo de la licencia, o algo por el estilo.

¡Así que era eso! Además de los impuestos, hay que pagar una licencia aparte para tener tele. Pues lo siento, pero yo me uno a Rick. Total, para lo que veo la tele…
De repente me entró así como un instinto mezcla de la psicosis de Braveheart con el odio de Napoleón, hacia Inglaterra (que no hacia el resto del Reino Unido, ojo) y a punto estuve de plantarme en las Houses of Parliament con una espumadera, o algo contundente y afilado y montar una escabechina.
(Afortunadamente aún conservaba una cierta capacidad de diferenciación entre fantasías y realidad).
Pues sí. Y luego, los de la BBC, que evidentemente es la destinataria del dinero de esas licencias, aún quieren hacer limpieza de plantilla por falta de fondos. Habrase visto.
No, si los documentales son buenos, no lo negaré, y sí que se ve una intención de “televisión de calidad” (comparado con el resto de cadenas actuales a nivel mundial tampoco es, que digamos, como para dedicarles un Cantar de Gesta).
Pero desde luego, prefiero el método peninsular. (Id est, que te sablen igual pero sin llamarte a la puerta descaradamente para decírtelo).
Comentario:
Dios creo que hacia mucho tiempo que no me reía de esta manera!!!
Felicidades por el post y por hacerme pasar un buen rato! Estoy dispuesta a emprender una llamativa recorgida de firmas para que vuelvan a poner "Els Joves" en la tele!
Besos desde Barcelona.
Felicidades por el post y por hacerme pasar un buen rato! Estoy dispuesta a emprender una llamativa recorgida de firmas para que vuelvan a poner "Els Joves" en la tele!
Besos desde Barcelona.
Comentario:
Abrumado estoy. Sabed que mi necesidad diaria de inteligencia se ve colmada en vuestro blog; y debido a lo disperso de mi agenda, la mayoría de las veces que me situo frente a la pantalla es para leeros y salir zumbando. No tendré tiempo para escribir, pero siempre lo hay para disfrutar de buena literatura. Y si encima puedo saludaros -como hoy- es que voy holgado a mi próxima cita. No más.
Y ya que lo cita, la cerdita "Peggy" tiene su qué, pero estará conmigo en que puestos a ligar es mejor la piel que el peluche.
Contento de saber que está ahí, le saludo muy cordialmente.
Y ya que lo cita, la cerdita "Peggy" tiene su qué, pero estará conmigo en que puestos a ligar es mejor la piel que el peluche.
Contento de saber que está ahí, le saludo muy cordialmente.
Comentario:
Lo mejor en estos casos es lo que realmente hicieron los de "The Young Ones". Creo que era Mike el que le decía a Vivien (¿se escribirá así?): "¡Rápido, cómete la tele!" y el otro iba y se la zampaba. La lástima es que después el inspector los trincaba porque al pobre punk le colgaba el cable del enchufe de la boca. Señor, señor, cómo se echa de menos a los Young Ones y a los Monty Python...
Comentario:
Jo, que fuerte!
No sabía eso de la licencia de la tele, ni que eso pasara en ningún sitio del mundo, es que no conocen la publicidad?
kisses!
No sabía eso de la licencia de la tele, ni que eso pasara en ningún sitio del mundo, es que no conocen la publicidad?
kisses!





