Patología de la adireccionalidad paranoide (nada nuevo).
(Elvis Costello. My mood swings).
All people dream, but not equally.
Those who dream by night in the dusty recesses of their mind,
Wake in the morning to find that it was vanity.
But the dreamers of the day are dangerous people,
For they dream their dreams with open eyes,
And make them come true.
(D.H. Lawrence).
Ayer alguien me preguntó si se podía morir de felicidad. Curioso que me lo preguntara precisamente a mí, que siempre he creído que la felicidad es algo que sólo seré capaz de evaluar, calcular y comprender el día en que me muriera... y eso contando con que me dé tiempo, claro.
Luego lo estuve pensando. Más que morir en si de felicidad, me atrevo a decir que la felicidad puede llegar a matarnos si no sabemos cómo emplearla, cómo mezclarla con algunas dosis de amargura de vez en cuando. Claro que bien mirado, podría ser peor. Podría perdonarnos la vida, también, y forzarnos a pasar por los años sin pisar el suelo y darnos cuenta, al final, cuando llegue el barco que nos ha de llevar, de que no hemos gastado ni un mísero par de suelas.
Estoy de acuerdo en eso de que la gente no cambia... aunque debo añadir, copiado y pegado desde mi disco duro (o debería decir endurecido) que eso sólo es una verdad a medias. Porque aunque nuestra esencia no cambie, hay experiencias que nos cambian. Situaciones que nos cambian. Hábitos que adquirimos, y que nos cambian. Gente a la que conocemos que hace que entendamos las experiencias, las situaciones, los hábitos, de maneras diferente.
Claro que no cambiamos si no queremos, de modo que por mucho que nuestro entorno se empeñe en darnos codazos para movernos, podríamos quedarnos para siempre en posición fetal. Pero tarde o temprano te das cuenta de que eso no es vida.
No tengo excusa para mis defectos. Tengo años de vida, y memorias silvestres, extendidas por todas partes, que vienen de vez en cuando a recordarme que no se han perdido y, justo cuando estoy intentando entenderlas, se largan corriendo a jugar por ahí otra vez. No tengo cuerdas para atarlas y que se queden hasta que mi poca razón las domine y las supere... ni bote de gasolina y mechero para quemarlas una vez procesadas. Y... cuando no tienes manera de atacar, sólo te quedan dos opciones, a mi entender: defenderte, o dejarte machacar. Por muy típico y usado que suene, párense a pensar cuál de las dos opciones responde a nuestros instintos, mucho más allá de teorías sobre quién es más cobarde, quién es más fuerte, o quién no conoce el valor. Eso son mamarrachadas que nos hemos ido inventando luego. Hablo de instinto: cuando ves un puño cerrado aproximársete a toda velocidad, puede que la primera vez acabes con un ojo morado, pero la segunda vez, ¿quién no se aparta o se cubre la cara?
Yo me aparto de la gente en cuanto creo que son susceptibles o capaces de enroscarse los dedos en la palma de la mano. Aunque no lo hagan nunca. Aunque ni se lo hayan planteado en la vida. Quizá con ello sacrifique sentimientos, horas de existencia, experiencias que de otro modo sí que viviría... con el perpétuo propósito , eso sí, de no tener que arrepentirme nunca de algo que no hice, por no haberlo hecho.
Y es verdad, sin embargo, que sueño más de día que de noche, pero ni dejo que la vida me quite el sueño, ni dejo que el sueño me robe el día.
COSAS POR HACER:
1. Aprender a compartir las palomitas y las patatas fritas.
2. Mejor pensado, dejar de ingerir ambas, ya que contener índices calóricos desmesurados.





