logotipo

img_google
COSAS POR HACER
Crónicas de la antiheroicidad involuntaria.
Acerca de
Aldara: Pseudónimo. Si me hubieran preguntado, habría preferido ser la heroína que la antiheroína... Pero el condicional es el tiempo verbal más absurdo, y ahora ya le he cogido el truco a mis meteduras de pata. Con el tiempo voy desmadurando y todo lo que parecía estar claro y archivado vuelve a la carpeta de cosas pendientes.
Sindicación
 
PROPERA PARADA: PARAL·LEL. (Correspondència amb L2 i Funicular de Montjuïch).

(Vaya con Dios. At the Paral·lel).

No puedo remediarlo; me gusta mirar por la ventana. Cada vez odio más y soporto menos el ruido infernal de cuatro carriles que emana de la avenida, y debería reprochármelo, porque he vivido aquí más de veinte años, y porque no ha cambiado tanto desde entonces.

Desde los ventanales de mi estudio tengo una vista que ya llevo tiempo añorando, al pensar en cuánto la voy a echar de menos. Podría decir que lo que veo es un resumen perfecto de Barcelona, pero me faltarían las puntillas de hierro, los visillos de cristal estrambótico y las piedras de clara de huevo de Gaudí.
Aún así, Montjuïch sobresale como una gran verruga despeinada de pelos verdes o tostados, según la época, por detrás de los edificios del final sin gloria del Poble Sec, justo antes de convertirse en agua y golondrinas. Y quedan en pie las tres inmensas chimeneas presidiendo el parque de delante, como únicas supervivientes de los decorados de mi infancia, o como si hubieran llegado de golpe en una máquina del tiempo, desde el pasado industrial en que Barcelona se despertaba antes que Dios para ir a trabajar.
En casi todos los parques de la ciudad hay recordatorios de la esencia de la vida de la ciudad. Para que no olvidemos que nuestras familias trabajaron duro para que nosotros podamos columpiarnos y jugar a pelota cada cuatro bloques.
La población del barrio ha ido cambiando de idioma, de cultura, de número. Cerraron el Molino y el Arnau, dos de los más carismáticos motores de las brisas bohemias que soplaron por estos rincones de mi barrio cuando yo aún respiraba por los pulmones de mis padres, cogida del carro de la compra los sábados por la mañana, yendo hacia el mercado del Carmen. El mercado del Carmen ahora es un solar alquitranado y dividido en dos partes: Una, donde se pinchan los drogadictos todas las noches y otra, donde los niños paquistaníes e indios juegan a cricket en sandalias.
El cruce de Drassanes, el que queda justo del lado del castillo de las antiguas atarazanas, en frente de la gasolinera Ubach (perenne, inamovible) sigue siendo igual de mortal y peligroso que siempre. Llevo años preguntándome si lo arreglarán algún día, y ahora que me queda poco tiempo aquí, cada vez que lo cruzo me da miedo pensar que quizá para cuando vuelva, lo hayan arreglado. Me gustaría pausarlo todo por si algún día vuelvo.
Uno de los lugares que seguramente nunca figurarán en ninguna guía para turistas es el quiosco del Manco, al que todo el mundo llamaba así porque en él solía trabajar un señor manco, hasta que se jubiló y llegaron una madre y una hija, que a pesar de conservar sendas manos enteras cada una, nunca lograron cambiarle el nombre.
De pequeña le pregunté al hombre manco del quiosco del Manco si había nacido en Lepanto (lo que me costó tremenda bronca posterior por parte de mi padre y su sacrojuramentosanctum de que nunca más pararíamos a comprar una piruleta en el sitio). A mí lo de "manco" me sonaba a "Lepanto" y di por sentado que en Lepanto, la gente nacía con un solo brazo. El hombre se rió, y lo cierto es que a pesar de que me cogió cariño nunca me atreví, después, a preguntarle dónde había perdido el brazo.
No, claro, no todo sigue igual en el Paral·lel. Bueno, sigue el puestecito de la castañera en la esquina con Ronda de Sant Pau, que conoce a mi abuela porque son del mismo pueblo. Sigue la churrería a la entrada de Urgell, que perfuma de aceites y grasas un perímetro nada despreciable de acera. Sigue el teatro Victoria, donde disfruté, reí y lloré en más de una obra de teatro.
Y el Apolo. Mirar por la ventana y ver el Apolo es como encender la tele y ver "Noche de fiesta", en todo su apogeo caspa. Saliendo del metro me he encontrado a Moncho Borrajo, a Rocío Jurado, a los supervivientes de la familia Ozores al completo... y a muchos más que ahora ni recuerdo. Son muchos años aquí.
El hombre enano del Bagdad, en la esquina con Nou de la Rambla, sigue en la puerta, vestido de uniforme. Hay bares nuevos, y tiendas de kebabs, locutorios, minisupermercados de paquistaníes, indios de la India, indios peruanos e indios que sólo lo son porque lo hacen.

Un grupo de Latin Kings tiene sitiada la entrada del parque que hay al lado de Sant Pau del Camp. Ver a un grupo de Latins al lado de una de las joyas más vivas y preciosas del Románico me produce la misma sensación que ver a alguien fumando en la unidad de cuidados intensivos de un hospital... pero es lo que hay. (Los Latins, quiero decir. Lo otro ya sería el acabóse).
Sin embargo, no cabe duda de que este trocito de ciudad sigue conservando, en esencia, el carácter magullado kitsch de toda la vida. Carmen de Mairena y un sinfín de especímenes de su genero pasean su decadencia despampanante de perfumes insufribles y siliconas trabajadas por las terrazas de la esquina, entre estudiantes que sacan dinero del cajero, turistas sumergidos en conversaciones banales y abuelos y abuelas que miran el estectáculo humano desde sus bancos. Las tiendas son tiendas de mujeres desteñidas y desatendidas, algunas desalmadas y otras con el alma perdida en un coletero viejo deshilachado, en unas zapatillas de estar por casa que nunca se quitan, en una dentadura que perdieron en situaciones que más vale no preguntar, no pensar, no saber.
A la hora de la salida del colegio público, el de Sant Pau del Camp, el espectáculo es lo más parecido a cómo sería un campo de refugiados si fueran felices. Hay cabecitas y cabezotas de todos los colores, sonrisas de todos los idiomas y madres que deberían ser alumnas.
Últimamente casi no salgo a la calle. Desde que volví de Londres y supe, cada vez con más certeza, que me iba a vivir a Australia, he estado evitando construir recuerdos, con toda la cobardía del mundo. He estado intentando odiar las calles, despotricar sobre la suciedad de las aceras, quejarme de todo y de todo el mundo...
Y me siento miserable, porque son las calles que me vieron crecer, los edificios que me vieron pasar de primaria a secundaria, de secundaria a bachillerato; las farolas y los semáforos testigos de mis años de idas y venidas de natación, de música, de inglés, de comprar, de salir con mis compañeras, con chicos, con auriculares y la música perforándome los tímpanos.
Son las aceras de los árboles que me vieron volver a casa con buenas notas, con otras no tan buenas, con las manos llenas de ilusiones, sueños, fracasos, llantos... y bolsas de pipas de once pesetas los jueves por la tarde. Con una estación de Vivaldi latiendo dentro de la mochila, una estación que duró un año entero de violín soprano convertido en silbido, Paral·lel arriba, Paral·lel abajo.
No puedo remediar mirar por la ventana y preguntarme si las ventanas que vendrán, las nuevas, serán mejores que ésta. Porque ésta, créanme, no es envidiable en absoluto. Deja pasar el frío, las riñas y peleas callejeras, el violento ruido industrial del trance de algunos coches demasiado tuneados, los gritos de niños y niñas que nunca han tenido oportunidad de serlo, el chirrido de las ruedas de un carro de la compra que arrastra una mujer gastada y perpétuamente borracha de años malditos y vino en tetra-brick.
No es envidiable en absoluto, pero es ese jersey viejo, descolorido y lleno de bolas que te sigues poniendo porque se conoce al milímetro la forma de tu cuerpo y porque después de todos los otros jerseys que has tenido, aún puedes seguir diciendo que es tu favorito.
Y me da por pensar que sería mejor no saberme el futuro tan de memoria, así ignoraría, aún, el hecho de que siempre, en lo que me queda de vida, voy a tener algo que echar de menos.
 
Comentario:
La ignorancia es temeraria, Gertrude, pero la ignorancia voluntaria, imperdonable.
A.
 
Comentario:
Me encanta pensar que vivas donde vivas y viva donde viva yo compartiremos un mismo background barrístico.
Sólo me cuesta pensar que te hayas desprendido del pasado para poderte enfrentar con mejor ánimo al futuro.
A las calles, esquinas, churrerías y burdeles que has intentado olvidar mediante el menosprecio, yo voy a añadir ciertas personas que pasarán a pertenecer a tu pasado cuando estés en los antípodas. Que ya pertenecemos a tu pasado, por lo visto.
No