Tabaco y amor (o Cómo el Prince Charming from Down Under se ganó a la campesina a base de maletas y fe).
Once upon a time, in a far, faraway kingdom called The Land of Down Under, vivía un Príncipe Azul cuyo sueño era salir de allí para explorar nuevos mundos (y surfear cual alma libre que se lleva el viento, todo hay que decirlo).
Un día, después de ahorrar y planificar, cogió tres aviones y llegó al Condado Soleado con su maleta.
Poco pensaba el Prince Charming from Down Under, caminando con su maletón por la Gran Vía, en el lío en que se iba a meter. Porque ahorrar ahorró, pero si quieren que les diga la verdad, ya que soy la narradora omnisciente (una de las pocas cosas que aprendí en la ESO) planificar, no planificó mucho.
Once upon a time, al mismo tiempo, en un precioso lugar llamado el Condado Soleado, había una campesina cabreada con la especie humana, que llevaba meses sin dejar su humilde alcoba a causa de desengaños con sus congéneres (y de una traducción larguísima que estaba haciendo).
Una noche de primavera, la campesina le dió al vino cual hiperactivo anfetaminado, y salió con otra campesina y sendas botellas de vino en las manos.
Caminando (bueno, para concretar, lo de "caminando" es una manera elegante de ponerlo. Nos costó dos horas llegar a un garito que estaba a 15 minutos de mi casa) Pues eso, caminando, llegaron a una taberna del condado, donde solían poner el mejor rocanrol del mundo.
Allí se conocieron, como quien encuentra una historia sin complicaciones, un romance efímero para pasar el rato, unos días amables.
(Os juro que es el rollo de primavera más largo de la historia)
Pero la campesina seguía tremendamente cabreada con su especie, y un día decidió que se iba, que ya no quería seguir en el Condado Soleado. Decidió que se iría a explorar Tierras Vikingas, y tal como lo planeó, se puso manos a la obra para dejar su alcoba, sus amistades, su familia, sus ocupaciones y... al Principe Encantador de la Tierra de Down Under? Bueno, eso ya fue más complicado, porque el susodicho, muy almalibrequesellevaelviento y tal, decidió seguirla en su cruzada.
En las Tierras Vikingas pasaron épocas difíciles. Eran pobres, pero descubrieron que se llevaban bien. (déjate de amoríos y pamplinas, la vida no es una peli americana. La vida es cuando tienes que llegar a casa después de trabajar doce horas cambiando pañales y hay que ir a comprar, hacer la cena y cagarse de frío en la capital vikinga. La vida es cuando reality kicks in).
Así pasó un año, hasta que la campesina anunció un día que quería volver al Condado Soleado para acabar lo que había empezado. El Príncipe Encantador del Hemisferio Sur la apoyó, y de nuevo la siguió, no por sumisión, sino porque creía en ella.
El día menos pensado se dieron cuenta de que se querían. Se querían de una manera inusual, progresiva, confiada y sana. Se querían con sus individualismos y sus fobias. Se querían con tantas diferencias. Él era el mar y ella, ella era un mar de dudas. Él era la personificación de la naturaleza salvaje y ella era salvaje y punto. Él era la playa y la montaña. Ella era el piso y la oficina. Él era una guitarra y ella, un piano. No se completaban, ni se complementaban, ni se contradecían. Simplemente se compartían y crecían juntos.
No malinterpretéis la vida. El verdadero romance puede estar en un bocadillo de lentejas, nadie lo sabe nunca. Depende de situaciones, de palabras dichas y de las calladas también, de días, de horas, de madurar como una viña.
Paro antes de volverme real e irreversiblemente patética. Como ya he dicho, nuestra campesina es un rocanrol, no un poema por sms.
El caso es que al volver al Condado Soleado todo se complicó. Nuestro Prince Charming etcétera no podía quedarse en el Condado porque las leyes se lo impedían, así que tuvo que volver a las Tierras Vikingas y ver a su amada sólo una vez al mes. Así viveron durante meses, echándose de menos y haciendo la vida que podían, mientras anhelaban la que no podían hacer.
Al cabo de un tiempo, el padre del Prince Charming blablá les obsequió con un viaje para que fueran juntos a visitar la Tierra de Down Under.
Y allá que fueron.
La campesina casi se vuelve majara, debo decir, ya que soy omnisciente. Fue un cúmulo de sensaciones demasiado enorme para tan poco tiempo, tras lo cual tuvo que volver al Condado porque, como ya he dicho, la campesina era más terca que tres mulas y un maño, y se había empeñado en acabar lo que había empezado allí.
Pero el Prince blablabla se quedó, y la campesina, después de algún tiempo, perdió el norte, y le escribió diciéndole que ya no quería seguir sufriendo por la distancia.
Entonces fue cuando el prince Charming se acojonó y le pidió que se casara con ella y ella lo mandó a tomar por culo de mala manera. Para empezar, porque ella ni creía en los casorios, ni estaba por la labor. Además, uno no pide matrimonio cuando the shit has hit the fan. Lo pide cuando se siente enamorado y seguro de la otra persona.
Amar es algo que se contradice terriblemente con un contrato civil. Lo sé no sólo porque amo cada día sin tener que proponérmelo y sin tener que pensar en algo que he firmado, sino por dos años en la facultad de derecho que me costaron los nervios.
(Y porque como ya he dicho, soy omnisciente, qué carajo).
Un buen día, la campesina-ogro-bruja se despertó y lloró durante semanas. Después, al calmarse un poco, intentó pensar acerca de por qué había llorado tanto y, descartando que le fuera a venir la regla después de contar días con los dedos, se dio cuenta de la verdad aplastante, de la verdadera naturaleza del llanto, de lo que había estado haciéndose a sí misma y al Prince Charming que tanto la había querido y apoyado. Le quería aún. Le había echado tanto de menos que había dejado de extrañarle, que ya casi ni recordaba su voz.
Entonces vivió en sus propias carnes aquello que decían en aquella película, que cuando te das cuenta de que quieres pasar el resto de tu vida con alguien, quieres que el resto de tu vida llegue cuanto antes.
Y le llamó.
Y él lo dejó todo y volvió junto a ella.
Y no la voy a joder ahora con el tema de la ingestión bulímica de perdices, porque no me gustan, y porque el cuento sigue aún hoy, por suerte. Y no, aún no nos hemos cadao, pero estamos en ello. (creo que el príncipe más que la campesina, pero no es una cuestión de sentimientos sino de mi odio hacia la burocracia, esa tortuga artrítica que salía en los comics de Mafalda).
Ahora la campesina está a punto de acabar lo que había empezado aquí y el futuro se presenta incierto, cosa que acojona e ilusiona a la vez, aunque no sé qué dosis hay de cada cosa ahora mismo en mi cabeza. Si sé que está por llegar un viaje muy largo, tanto geográfico como vital, y que va a ser con él, y eso me basta y me sobra, mientras me queden tabaco y amor suficientes para seguir viviendo.
THE PAUSE.
Un día, después de ahorrar y planificar, cogió tres aviones y llegó al Condado Soleado con su maleta.
Poco pensaba el Prince Charming from Down Under, caminando con su maletón por la Gran Vía, en el lío en que se iba a meter. Porque ahorrar ahorró, pero si quieren que les diga la verdad, ya que soy la narradora omnisciente (una de las pocas cosas que aprendí en la ESO) planificar, no planificó mucho.
Once upon a time, al mismo tiempo, en un precioso lugar llamado el Condado Soleado, había una campesina cabreada con la especie humana, que llevaba meses sin dejar su humilde alcoba a causa de desengaños con sus congéneres (y de una traducción larguísima que estaba haciendo).
Una noche de primavera, la campesina le dió al vino cual hiperactivo anfetaminado, y salió con otra campesina y sendas botellas de vino en las manos.
Caminando (bueno, para concretar, lo de "caminando" es una manera elegante de ponerlo. Nos costó dos horas llegar a un garito que estaba a 15 minutos de mi casa) Pues eso, caminando, llegaron a una taberna del condado, donde solían poner el mejor rocanrol del mundo.
Allí se conocieron, como quien encuentra una historia sin complicaciones, un romance efímero para pasar el rato, unos días amables.
(Os juro que es el rollo de primavera más largo de la historia)
Pero la campesina seguía tremendamente cabreada con su especie, y un día decidió que se iba, que ya no quería seguir en el Condado Soleado. Decidió que se iría a explorar Tierras Vikingas, y tal como lo planeó, se puso manos a la obra para dejar su alcoba, sus amistades, su familia, sus ocupaciones y... al Principe Encantador de la Tierra de Down Under? Bueno, eso ya fue más complicado, porque el susodicho, muy almalibrequesellevaelviento y tal, decidió seguirla en su cruzada.
En las Tierras Vikingas pasaron épocas difíciles. Eran pobres, pero descubrieron que se llevaban bien. (déjate de amoríos y pamplinas, la vida no es una peli americana. La vida es cuando tienes que llegar a casa después de trabajar doce horas cambiando pañales y hay que ir a comprar, hacer la cena y cagarse de frío en la capital vikinga. La vida es cuando reality kicks in).
Así pasó un año, hasta que la campesina anunció un día que quería volver al Condado Soleado para acabar lo que había empezado. El Príncipe Encantador del Hemisferio Sur la apoyó, y de nuevo la siguió, no por sumisión, sino porque creía en ella.
El día menos pensado se dieron cuenta de que se querían. Se querían de una manera inusual, progresiva, confiada y sana. Se querían con sus individualismos y sus fobias. Se querían con tantas diferencias. Él era el mar y ella, ella era un mar de dudas. Él era la personificación de la naturaleza salvaje y ella era salvaje y punto. Él era la playa y la montaña. Ella era el piso y la oficina. Él era una guitarra y ella, un piano. No se completaban, ni se complementaban, ni se contradecían. Simplemente se compartían y crecían juntos.
No malinterpretéis la vida. El verdadero romance puede estar en un bocadillo de lentejas, nadie lo sabe nunca. Depende de situaciones, de palabras dichas y de las calladas también, de días, de horas, de madurar como una viña.
Paro antes de volverme real e irreversiblemente patética. Como ya he dicho, nuestra campesina es un rocanrol, no un poema por sms.
El caso es que al volver al Condado Soleado todo se complicó. Nuestro Prince Charming etcétera no podía quedarse en el Condado porque las leyes se lo impedían, así que tuvo que volver a las Tierras Vikingas y ver a su amada sólo una vez al mes. Así viveron durante meses, echándose de menos y haciendo la vida que podían, mientras anhelaban la que no podían hacer.
Al cabo de un tiempo, el padre del Prince Charming blablá les obsequió con un viaje para que fueran juntos a visitar la Tierra de Down Under.
Y allá que fueron.
La campesina casi se vuelve majara, debo decir, ya que soy omnisciente. Fue un cúmulo de sensaciones demasiado enorme para tan poco tiempo, tras lo cual tuvo que volver al Condado porque, como ya he dicho, la campesina era más terca que tres mulas y un maño, y se había empeñado en acabar lo que había empezado allí.
Pero el Prince blablabla se quedó, y la campesina, después de algún tiempo, perdió el norte, y le escribió diciéndole que ya no quería seguir sufriendo por la distancia.
Entonces fue cuando el prince Charming se acojonó y le pidió que se casara con ella y ella lo mandó a tomar por culo de mala manera. Para empezar, porque ella ni creía en los casorios, ni estaba por la labor. Además, uno no pide matrimonio cuando the shit has hit the fan. Lo pide cuando se siente enamorado y seguro de la otra persona.
Amar es algo que se contradice terriblemente con un contrato civil. Lo sé no sólo porque amo cada día sin tener que proponérmelo y sin tener que pensar en algo que he firmado, sino por dos años en la facultad de derecho que me costaron los nervios.
(Y porque como ya he dicho, soy omnisciente, qué carajo).
Un buen día, la campesina-ogro-bruja se despertó y lloró durante semanas. Después, al calmarse un poco, intentó pensar acerca de por qué había llorado tanto y, descartando que le fuera a venir la regla después de contar días con los dedos, se dio cuenta de la verdad aplastante, de la verdadera naturaleza del llanto, de lo que había estado haciéndose a sí misma y al Prince Charming que tanto la había querido y apoyado. Le quería aún. Le había echado tanto de menos que había dejado de extrañarle, que ya casi ni recordaba su voz.
Entonces vivió en sus propias carnes aquello que decían en aquella película, que cuando te das cuenta de que quieres pasar el resto de tu vida con alguien, quieres que el resto de tu vida llegue cuanto antes.
Y le llamó.
Y él lo dejó todo y volvió junto a ella.
Y no la voy a joder ahora con el tema de la ingestión bulímica de perdices, porque no me gustan, y porque el cuento sigue aún hoy, por suerte. Y no, aún no nos hemos cadao, pero estamos en ello. (creo que el príncipe más que la campesina, pero no es una cuestión de sentimientos sino de mi odio hacia la burocracia, esa tortuga artrítica que salía en los comics de Mafalda).
Ahora la campesina está a punto de acabar lo que había empezado aquí y el futuro se presenta incierto, cosa que acojona e ilusiona a la vez, aunque no sé qué dosis hay de cada cosa ahora mismo en mi cabeza. Si sé que está por llegar un viaje muy largo, tanto geográfico como vital, y que va a ser con él, y eso me basta y me sobra, mientras me queden tabaco y amor suficientes para seguir viviendo.
THE PAUSE.
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