In Aldara veritas.
Hoy he empezado a hacer limpieza de los papeles, las cartulinas, los juegos, las fotocopias y los libros de inglés de las clases con los cacahuetes, a los que muy a mi pesar acabaré volviendo a ver este año, seguramente. (No por las criaturas, sino por las condiciones laborales. Eso ya será otro post, que en éste no viene a cuento).
Quizá ha sido eso, el festival de elementos infantiles al que he expuesto a esta caja de zapatos a la que llamo piso, lo que me ha desatado un montón de recuerdos de cuando era pequeña.
Lo primero que he recordado es lo bocazas que llegaba a ser. Cuando eres pequeña no te das cuenta. Yo, al menos, no me daba cuenta, porque no hablaba con mala intención. Era simplemente por ese afán de dejar puntos bien colocaditos sobre íes siempre, y rodaran las cabezas que rodaran. Ante todo, la Verdad.
Un punto a mi favor, en cierto modo: nunca mentía. Y cuando digo nunca, es nunca.
Mis padres sabían que por inverosímil que pareciera mi relato sobre cómo se me había podido caer al suelo el tercer vaso de leche consecutivo que me preparaban aquella mañana (tras haber recogido los pobres, también del suelo, los dos precedentes) era, sin duda, verdad. Y me castigaban poco, porque hiciera lo que hiciera, me preguntaban y lo explicaba.
Eso está bien, supongo. En mi familia siempre se ha valorado muchísimo que las criaturas no mientan, y yo crecí con ese pensamiento volando sobre mi cabeza, al lado de mi peligrosa, inevitable, impía memoria, que era capaz de almacenar hasta el detalle más insignificante durante meses, y sacarlo así como quien no quiere la cosa, un buen día (es decir, un día que parecía ser bueno).
Así fue como "un día que parecía ser bueno" de esos, mi padre se me llevó al mercado y antes de salir le dije al portero del edificio:
-Y a ver si friega la escalera, oiga, que no vea la de mugre que tiene el suelo.
Y mi padre:
-Niña, por dios, ¿te quieres callar?
Y yo, en voz alta:
-Pero si lo dijiste tú el lunes de hace dos semanas, mientras cenábamos, ¿no te acuerdas?
Y mi padre:
-¡Yo qué voy a decir! ¡Qué voy a decir yo eso, mujer, de dónde lo habrás sacado!- nervios, sudor, movimientos frenéticos de cabeza y tirón de mano para hacerme salir de allí corriendo. Y risitas nerviosas hacia el portero.
Y el portero, claro -esto me lo explicó mi padre- se quedó mirando a mi padre con una de esas expresiones a lo Alain Delon, serio y desconfiado, rollo "No, si está claro que la criatura, con sus cuatro añitos, se lo ha inventado, porque una criatura a los cuatro añitos se da cuenta de la MUGRE del suelo, ¿no?"
En fin. Mi padre aún no había superado los nervios de ésa, cuando llegamos al mercado y le dije al frutero que "haga usted el favor de no ponernos más melocotones casi podridos, que mi padre dice que lo está timaaaan-do".
Yo soy mi padre y me mato. Seguro que ustedes también, no les culpo.
A mi madre también le hice unas cuantas, como ir a decirle a un profe de la escuela (compañero suyo), delante de mi madre, que mi madre había dicho que su mujer ya podía tener la casa bien limpia, ya, porque no rascaba otra bola en todo el día.
Además me han contado mis padres que recordaba las citas exactas, para que quedara bien claro en las mentes de los/as aludidos/as, que aquello no lo había podido decir yo, pobrecita de mí, que sólo era una cría inocente.
Al cabo de un tiempo de negociaciones, explicaciones y amenazas:
-Vamos a visitar a X y a Y. Tú calladita, ¿eh? Oigas lo que oigas, diga lo que diga, tú callada. Si oyes a mamá decir algo que crees que es mentira, cállate. No es pecado, de verdad. Algún día te lo explicaremos.
Que yo iba de visita ya con miedo, que me preguntaban algo y no sabía qué decir. Recuerdo que una vez que fuímos a visitar a no sé qué parientes lejanos y mi madre me había hecho un "previo" ( que es como bauticé a las amenazas antes de salir, tanto las que me hacía en casa como las que me hacía, a mí y al resto de la clase, en el cole, antes de una excursión) Yo iba con un miedo de abrir la boca que ni les cuento, por todo aquel sermón que me había pegado de que "a ti si te preguntan algo, tú sólo sabes de tus cosas, ¿estamos?" Así que llegamos al sitio, los parientes lejanos me preguntaron y yo contesté sobre mis cosas, como había sido instruída:
-Yo no sé nada, porque mi madre me obliga a estar toda la tarde encerrada en mi cuarto estudiando piano y nunca me deja salir, casi ni para ir al baño.
Mi madre dice que no sabía qué quería más en aquel momento, si morirse o matarme.
Eso, por no hablar de los gritos que les pegaba a las amigas de mi abuela paterna, la valenciana, en el pueblo, por pasarse todas las tardes jugando al "burro" (peculiar juego de cartas cuyo modus procedendi nunca en mi vida he llegado a entender):
-¡Burreraaaaaasss, que os van a salir orejas de burro de tanto jugar y no le dejáis a mi abuela estar conmigoooooo!
Creo que me tenían por un caso crónico de posesión demoníaca.
En fin, me estoy desviando de la historia. La historia es la de cómo aprendí la diferencia entre ser sincera y ser demasiado sincera.
Insisto, nunca dije nada con intención de avivar polémicas, ni nada por el estilo. Todos aquellos comentarios del tipo de:
- ¿Ya estás mejor?
-¿Cómo? Si yo no estaba enfermo.
-¿Ah no? Pues mi padre dice que si le das besos al perro y dices que es tu hijo es porque estás enfermo. Como no le dabas besos ni decías nada, pensaba que ya te habías curado.
...Yo los hacía porque pensaba que ayudaba al prójimo. Lo juro. La Verdad ante todo.
En mi casa era tradición que para mi santo se me llevara mi padre una mañana entera de sábado a comprar libros. Podía comprarme dos o tres, dependiendo del precio, si me había portado bien. Los que más me gustaran.
Un año, para mi sorpresa (mis padres ya debían de estar hartos de mí) el libro me lo compraron ellos. Se titulaba "La Roser veraç" (era en catalán, aún lo tengo, lo juro) y trataba de una niña que, como yo, no era capaz de callarse y dejaba a sus padres -y familia extendida- en el mayor de los hundimientos espirituales y emocionales, unas cuantas veces al día.
Es curioso, porque no me explicaron nada más. Sólo me lo dieron y me dijeron que me lo leyera atentamente, que de los libros siempre se aprenden cosas, además de divertirte leyéndolos.
No sé si fue el "efecto espejo" de verme completamente retratada en Roser, aquella niña del libro, tan bocazas, tan impertinente, tan quisquillosa, tan.... puñetera, o qué, pero aprendí la lección yo solita. Me sentí algo avergonzada y todo.
¿He dicho que aprendí la lección? Ejem... sí, la aprendí, pero aún estoy intentando controlar mi veracidad compulsiva. No hace ni un año le dije a un tío en una fiesta que menuda pelambrusca teníamos detrás, que no dejaba de darme con el pelo en los ojos, de tanto remenearse, y que ya podía haberse puesto una falda, con aquel cinturón ancho que llevaba, que se le veía el ombligo desde debajo. Aquella pelambrusca era la mujer del tío, claro. El tío debió de pensar: "Tierra, trágatela, por favor".
No escarmiento. Las situaciones siempre parecen tan diferentes, que reacciono metiendo la pezuña exactamente en el mismo charco y me doy cuenta después, al abstraer.
Sigo creyendo, no obstante, que la Verdad es el camino más recto, a la larga. El portero era un poco guarro, el frutero un timador, la mujer del profesor una vaga de campeonato, la pelambrusca, una pelambrusca, y etcétera, etcétera, etcétera.... et coeterae res.
Quizá ha sido eso, el festival de elementos infantiles al que he expuesto a esta caja de zapatos a la que llamo piso, lo que me ha desatado un montón de recuerdos de cuando era pequeña.
Lo primero que he recordado es lo bocazas que llegaba a ser. Cuando eres pequeña no te das cuenta. Yo, al menos, no me daba cuenta, porque no hablaba con mala intención. Era simplemente por ese afán de dejar puntos bien colocaditos sobre íes siempre, y rodaran las cabezas que rodaran. Ante todo, la Verdad.
Un punto a mi favor, en cierto modo: nunca mentía. Y cuando digo nunca, es nunca.
Mis padres sabían que por inverosímil que pareciera mi relato sobre cómo se me había podido caer al suelo el tercer vaso de leche consecutivo que me preparaban aquella mañana (tras haber recogido los pobres, también del suelo, los dos precedentes) era, sin duda, verdad. Y me castigaban poco, porque hiciera lo que hiciera, me preguntaban y lo explicaba.
Eso está bien, supongo. En mi familia siempre se ha valorado muchísimo que las criaturas no mientan, y yo crecí con ese pensamiento volando sobre mi cabeza, al lado de mi peligrosa, inevitable, impía memoria, que era capaz de almacenar hasta el detalle más insignificante durante meses, y sacarlo así como quien no quiere la cosa, un buen día (es decir, un día que parecía ser bueno).
Así fue como "un día que parecía ser bueno" de esos, mi padre se me llevó al mercado y antes de salir le dije al portero del edificio:
-Y a ver si friega la escalera, oiga, que no vea la de mugre que tiene el suelo.
Y mi padre:
-Niña, por dios, ¿te quieres callar?
Y yo, en voz alta:
-Pero si lo dijiste tú el lunes de hace dos semanas, mientras cenábamos, ¿no te acuerdas?
Y mi padre:
-¡Yo qué voy a decir! ¡Qué voy a decir yo eso, mujer, de dónde lo habrás sacado!- nervios, sudor, movimientos frenéticos de cabeza y tirón de mano para hacerme salir de allí corriendo. Y risitas nerviosas hacia el portero.
Y el portero, claro -esto me lo explicó mi padre- se quedó mirando a mi padre con una de esas expresiones a lo Alain Delon, serio y desconfiado, rollo "No, si está claro que la criatura, con sus cuatro añitos, se lo ha inventado, porque una criatura a los cuatro añitos se da cuenta de la MUGRE del suelo, ¿no?"
En fin. Mi padre aún no había superado los nervios de ésa, cuando llegamos al mercado y le dije al frutero que "haga usted el favor de no ponernos más melocotones casi podridos, que mi padre dice que lo está timaaaan-do".
Yo soy mi padre y me mato. Seguro que ustedes también, no les culpo.
A mi madre también le hice unas cuantas, como ir a decirle a un profe de la escuela (compañero suyo), delante de mi madre, que mi madre había dicho que su mujer ya podía tener la casa bien limpia, ya, porque no rascaba otra bola en todo el día.
Además me han contado mis padres que recordaba las citas exactas, para que quedara bien claro en las mentes de los/as aludidos/as, que aquello no lo había podido decir yo, pobrecita de mí, que sólo era una cría inocente.
Al cabo de un tiempo de negociaciones, explicaciones y amenazas:
-Vamos a visitar a X y a Y. Tú calladita, ¿eh? Oigas lo que oigas, diga lo que diga, tú callada. Si oyes a mamá decir algo que crees que es mentira, cállate. No es pecado, de verdad. Algún día te lo explicaremos.
Que yo iba de visita ya con miedo, que me preguntaban algo y no sabía qué decir. Recuerdo que una vez que fuímos a visitar a no sé qué parientes lejanos y mi madre me había hecho un "previo" ( que es como bauticé a las amenazas antes de salir, tanto las que me hacía en casa como las que me hacía, a mí y al resto de la clase, en el cole, antes de una excursión) Yo iba con un miedo de abrir la boca que ni les cuento, por todo aquel sermón que me había pegado de que "a ti si te preguntan algo, tú sólo sabes de tus cosas, ¿estamos?" Así que llegamos al sitio, los parientes lejanos me preguntaron y yo contesté sobre mis cosas, como había sido instruída:
-Yo no sé nada, porque mi madre me obliga a estar toda la tarde encerrada en mi cuarto estudiando piano y nunca me deja salir, casi ni para ir al baño.
Mi madre dice que no sabía qué quería más en aquel momento, si morirse o matarme.
Eso, por no hablar de los gritos que les pegaba a las amigas de mi abuela paterna, la valenciana, en el pueblo, por pasarse todas las tardes jugando al "burro" (peculiar juego de cartas cuyo modus procedendi nunca en mi vida he llegado a entender):
-¡Burreraaaaaasss, que os van a salir orejas de burro de tanto jugar y no le dejáis a mi abuela estar conmigoooooo!
Creo que me tenían por un caso crónico de posesión demoníaca.
En fin, me estoy desviando de la historia. La historia es la de cómo aprendí la diferencia entre ser sincera y ser demasiado sincera.
Insisto, nunca dije nada con intención de avivar polémicas, ni nada por el estilo. Todos aquellos comentarios del tipo de:
- ¿Ya estás mejor?
-¿Cómo? Si yo no estaba enfermo.
-¿Ah no? Pues mi padre dice que si le das besos al perro y dices que es tu hijo es porque estás enfermo. Como no le dabas besos ni decías nada, pensaba que ya te habías curado.
...Yo los hacía porque pensaba que ayudaba al prójimo. Lo juro. La Verdad ante todo.
En mi casa era tradición que para mi santo se me llevara mi padre una mañana entera de sábado a comprar libros. Podía comprarme dos o tres, dependiendo del precio, si me había portado bien. Los que más me gustaran.
Un año, para mi sorpresa (mis padres ya debían de estar hartos de mí) el libro me lo compraron ellos. Se titulaba "La Roser veraç" (era en catalán, aún lo tengo, lo juro) y trataba de una niña que, como yo, no era capaz de callarse y dejaba a sus padres -y familia extendida- en el mayor de los hundimientos espirituales y emocionales, unas cuantas veces al día.
Es curioso, porque no me explicaron nada más. Sólo me lo dieron y me dijeron que me lo leyera atentamente, que de los libros siempre se aprenden cosas, además de divertirte leyéndolos.
No sé si fue el "efecto espejo" de verme completamente retratada en Roser, aquella niña del libro, tan bocazas, tan impertinente, tan quisquillosa, tan.... puñetera, o qué, pero aprendí la lección yo solita. Me sentí algo avergonzada y todo.
¿He dicho que aprendí la lección? Ejem... sí, la aprendí, pero aún estoy intentando controlar mi veracidad compulsiva. No hace ni un año le dije a un tío en una fiesta que menuda pelambrusca teníamos detrás, que no dejaba de darme con el pelo en los ojos, de tanto remenearse, y que ya podía haberse puesto una falda, con aquel cinturón ancho que llevaba, que se le veía el ombligo desde debajo. Aquella pelambrusca era la mujer del tío, claro. El tío debió de pensar: "Tierra, trágatela, por favor".
No escarmiento. Las situaciones siempre parecen tan diferentes, que reacciono metiendo la pezuña exactamente en el mismo charco y me doy cuenta después, al abstraer.
Sigo creyendo, no obstante, que la Verdad es el camino más recto, a la larga. El portero era un poco guarro, el frutero un timador, la mujer del profesor una vaga de campeonato, la pelambrusca, una pelambrusca, y etcétera, etcétera, etcétera.... et coeterae res.
Comentario:
SIN NOMBRE: ¿Qué?
A.
A.
Comentario:
Cada vez hay mas publicidad por aqui
Comentario:
Un placer volver a verla en mi blog. Claro, si hubiera escrito más...
De pequeño mi familia me decía "con la boca cerrada estás más guapo" y yo venga a mirarme al espejo sin separar los labios. Pero no había manera, me veía igual de feo. Tardé años en captar el sentido de sus palabras. Mientras, humillé a mis progenitores allí donde ibamos. Pero...¿quién ha tenido una infancia prudente?
Como siempre, es vd. lo mejor de todo este mundo de los blogs. Incluso cuando escribe en gallego. Mi Martini de hoy se lo dedico a su persona. Sea!
De pequeño mi familia me decía "con la boca cerrada estás más guapo" y yo venga a mirarme al espejo sin separar los labios. Pero no había manera, me veía igual de feo. Tardé años en captar el sentido de sus palabras. Mientras, humillé a mis progenitores allí donde ibamos. Pero...¿quién ha tenido una infancia prudente?
Como siempre, es vd. lo mejor de todo este mundo de los blogs. Incluso cuando escribe en gallego. Mi Martini de hoy se lo dedico a su persona. Sea!
Comentario:
Mi madre tenía una regla para cuando saliamos, los niños, ven, oyen y callan... nada de lo que habíamos visto u escuchado en casa, lo podiamos soltar en la calle y menos delante de la familia, si es q habian rajado de ella... el día que no saliamos con la lección aprendida, mi madre me situaba a lao de ella, para poder darme un pellizco retorcido en el culo....
O bien eso o me echaba una mirada asesina de... como pidas algo en la casa te enteras!!... mas callada que una muerta que me quedaba...
Eso sí mi hermano no se aprendia la leccion ni a pellizcos... y aún a día de hoy sigue siendo un bocazas...
Y lo del burro... que no le ves la gracia?... jo si es el juego mas divertido de las cartas, eso si tienes que tener cuidado con las manos y las uñas, pq corren peligro, sobre todo si ganas la partida :-pp
Saludos
O bien eso o me echaba una mirada asesina de... como pidas algo en la casa te enteras!!... mas callada que una muerta que me quedaba...
Eso sí mi hermano no se aprendia la leccion ni a pellizcos... y aún a día de hoy sigue siendo un bocazas...
Y lo del burro... que no le ves la gracia?... jo si es el juego mas divertido de las cartas, eso si tienes que tener cuidado con las manos y las uñas, pq corren peligro, sobre todo si ganas la partida :-pp
Saludos





