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Cosas de este mundo
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"... Sólo mirándolas del revés se ven bien las cosas de este mundo ..." Hildegard MARTH.
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PEQUEÑO CUENTO DE MIERDA (by Puck)
Mi padre guardaba la mierda en una cajita pequeña, pero que tenía que poseer un fondo más profundo que la fosa de las Marianas. No se como lo hacía, pero cada vez que la abría le cabían más y más cosas sin apenas apreciarse desde el exterior más que un leve llenado superficial.

Mi madre en cambio debía de tener una especie de lavadero. Introducía la porquería por un lado y al rato salía por el otro extremo transformada en exóticas fragancias. Tampoco me pregunten como lo hacía, pero creo que alguna vez tuve la impresión de que hacía trampas y usaba la magia. Siempre pensé que en caso de escribirse una nueva biblia ella sería la principal invitada a las nuevas bodas de Caná.

Mi destino, el de su hijo, estaba escrito: debía continuar con el negocio familiar.

Una vez conocida la técnica artesanal de almacenaje y manufacturación del excremento, los conocimientos adquiridos en los años de Universidad deberían de servirme la base para la creación industrial del proceso, eliminando el lado sentimental y siendo capaz de producir delicados perfumes a través de cantidades ingentes bodrios, deposiciones y cacas diversas.

Pero entonces sucedió.

Sin darme cuenta, abracé la coprofilia.

Y todo empezó con pequeñas degustaciones de marrones, a los que siguieron buffets libres en la comunidad de la boñiga y verdaderos atracones de vidas de mierda.

Pero como decía mi abuelo, lo poco agrada y lo mucho cansa.

Así que lo he dejado.

Porque de tanto oler a podrido estaba pensando en hacerme bocadillos con mi propia vida.
 
VOLTERETA (:EL RINCÓN DE PUCK:)
Voy a darme la vuelta.

A cerrar los ojos.

A contar hasta cien.

Voy a darme la vuelta.

A apretar los dientes con rabia.

A pensar que no me estás apuntando con tus palabras.

Voy a imaginarme que no eres una bomba de hidrógeno ni un huracán de fuerza cinco.

Voy a darme la vuelta.

A cerrarte mi vida.

A contar hasta mil.

Voy a mudarme de piel y a dejar de ser un capullo.

Y cuando me haya convertido en crisálida voy a sobrevolar tu cerebro volcánico por última vez.

Espero que el simple roce del aire de mi aleteo no te haga entrar en erupción.

Que no quiero que me mates de nuevo.

Así que quieta, no te muevas.

Ahora.

Voy a darme la vuelta.