DE VUELTA
En Lerma, donde el autobús parará por espacio de tres cuartos de hora (no me extraña que luego no cumplan los horarios). Ando medio zombi, muy cansado, pero no puedo dormir como quisiera porque me ha tocado uno de los buses de refuerzo, de esos antiguos de asiento duro y sonido generalizado: lo que ponga el conductor en la radio, para todos; la peli de vídeo, también para todos. La mitad del viaje, que es lo que llevo hecho, han sido unos intentos fallidos por dormirme mientras en los oidos me atronaban las voces dobladas de Richard Gere y Sean Connery en "El primer caballero". Infame.
La comida de ayer en casa de mis padres no estuvo mal –mamá cocina de miedo, al césar lo que es del césar–; papá no comió con nosotros porque andaba de guardia en el Ambulatorio. Al principio estábamos un poco envarados, bueno, no todos, mi abuelo ni se enteraba, preocupado en meterle mano a las cigalas y al jamón (el silencio, a este hombre silencioso en extremo, no le pesa), y Rufo, el perro, saltaba enloquecido alrededor nuestro por ver si pillaba cacho –conmigo lo llevaba claro, nunca doy nada a ningún perro durante las comidas, soy así de inhumano. Más tarde la conversación se generalizó y el ambientillo se hizo más respirable. De todos modos, entre la llegada a Entrambasaguas y la despedida de mamá en la puerta, no mediaron ni dos horas, fue una comida relámpago. Aproveché, a la vuelta, para echarme una siestorra profunda profunda, que la necesitaba después del madrugón para sacar a Chiqui. Karen y yo, a partir de las siete y media, nos tomamos unas cervezas en el café La Ópera, donde yo solía ir, casi a diario, cuando estudiaba segundo de carrera y estaba colgadísimo de Chus Allende. Cuántas nostalgias de golpe, dios. Karen anda enamoriscada de uno que no termina de cuajar con ella (ahora te llamo y te veo, ahora desaparezco por espacio de dos semanas... ay, los hombres y sus pequeños minúsculos cerebritos), veremos qué sucede. Casi he prometido volver a Santander para el 21, cumpleaños de abuelito, así que entonces me contará si la cosa tuvo una continuación o sigue en punto muerto, como ahora. Está más delgada ("Los disgustos", se reía) y muy guapa, con su larga y rizada melena rubia, su piel blanquísima y cuajada de pecas, sus ojos azules e inteligentes. Es una de mis amigas más antiguas, nos conocemos de los Agustinos, donde ella cursaba un grado menos que yo. Ni siquiera podría decir cuándo comenzamos a ser amiguetes y no sólo conocidos. Miembros los dos del GEM (Grupo de Excursionistas en Marcha, ahí es nada) durante la primavera del 84, ella con doce y yo con trece, hubo una primera aproximación –hasta entonces era una de las amigas que rodeaban, como vírgenes vestales en torno a su ídolo, a María Jesús C, la beldad de la que yo estaba desesperada, e inútilmente, prendado. Mientras caminábamos a través de los hayedos, o hacíamos un alto en el recodo del camino, exhaustos, empezamos tímidamente a contarnos cosas. Ayer lo recordábamos y nos partíamos de risa: yo era un friqui con gafas de pasta (aún no habían llegado las salvadoras lentillas a mi vida) al que le entusiasmaba la Historia, que en lugar de jugar al fútbol se ponía a escribir cuentos en los recreos y que dibujaba compulsivamente rostros de mujeres, animales, plantas. El rarito de la clase. Ella, una de las princesitas del colegio, conocida de todos y muy, muy popular.
–Y la cosa es que me caías simpático.
–¿De qué hablábamos en las excursiones?
–¿No lo recuerdas? Tú me contabas la Historia de España por capítulos.
–¿En serio? No jodas... Qué vergüenza. Y qué tostón.
Después de mi paso por los Agustinos (ambiente pijo y selecto), en los Salesianos (aires obreros y más normalillos, colegio sólo de chicos) le perdí la pista hasta que amistades comunes nos reunieron en una fiesta el verano del 92. Desde entonces ya nunca dejamos de estar en contacto.
Sobre las once y pico de la noche, en un bar cutre de Alcázar de Toledo –el Cycle, con música de Camela y una recua de raquerillos de barrio (alguno de ellos hermosísimo) que jugaban a los dardos–, se nos unieron Alejandra y su novio Paco. Ellas dos se cayeron de puta madre e iniciamos una peregrinación de bar en bar: no nos separamos hasta cerca de las tres. Lo pasé genial, entre anécdotas y chistes, bromas y veras. Con Alejandrina he quedado en pasarme un fin de semana (pronto) por Valladolid, para hablar y beber, beber y hablar. Que a los dos se nos da muy bien la combinación. La última vez que estuve allí de visita fue hace la friolera de tres años y va siendo hora de repetir, que me han dicho que hay nuevos garitos en la ciudad. En Valladolid vive mi hermana Cristina, quizá la llame.
La comida de ayer en casa de mis padres no estuvo mal –mamá cocina de miedo, al césar lo que es del césar–; papá no comió con nosotros porque andaba de guardia en el Ambulatorio. Al principio estábamos un poco envarados, bueno, no todos, mi abuelo ni se enteraba, preocupado en meterle mano a las cigalas y al jamón (el silencio, a este hombre silencioso en extremo, no le pesa), y Rufo, el perro, saltaba enloquecido alrededor nuestro por ver si pillaba cacho –conmigo lo llevaba claro, nunca doy nada a ningún perro durante las comidas, soy así de inhumano. Más tarde la conversación se generalizó y el ambientillo se hizo más respirable. De todos modos, entre la llegada a Entrambasaguas y la despedida de mamá en la puerta, no mediaron ni dos horas, fue una comida relámpago. Aproveché, a la vuelta, para echarme una siestorra profunda profunda, que la necesitaba después del madrugón para sacar a Chiqui. Karen y yo, a partir de las siete y media, nos tomamos unas cervezas en el café La Ópera, donde yo solía ir, casi a diario, cuando estudiaba segundo de carrera y estaba colgadísimo de Chus Allende. Cuántas nostalgias de golpe, dios. Karen anda enamoriscada de uno que no termina de cuajar con ella (ahora te llamo y te veo, ahora desaparezco por espacio de dos semanas... ay, los hombres y sus pequeños minúsculos cerebritos), veremos qué sucede. Casi he prometido volver a Santander para el 21, cumpleaños de abuelito, así que entonces me contará si la cosa tuvo una continuación o sigue en punto muerto, como ahora. Está más delgada ("Los disgustos", se reía) y muy guapa, con su larga y rizada melena rubia, su piel blanquísima y cuajada de pecas, sus ojos azules e inteligentes. Es una de mis amigas más antiguas, nos conocemos de los Agustinos, donde ella cursaba un grado menos que yo. Ni siquiera podría decir cuándo comenzamos a ser amiguetes y no sólo conocidos. Miembros los dos del GEM (Grupo de Excursionistas en Marcha, ahí es nada) durante la primavera del 84, ella con doce y yo con trece, hubo una primera aproximación –hasta entonces era una de las amigas que rodeaban, como vírgenes vestales en torno a su ídolo, a María Jesús C, la beldad de la que yo estaba desesperada, e inútilmente, prendado. Mientras caminábamos a través de los hayedos, o hacíamos un alto en el recodo del camino, exhaustos, empezamos tímidamente a contarnos cosas. Ayer lo recordábamos y nos partíamos de risa: yo era un friqui con gafas de pasta (aún no habían llegado las salvadoras lentillas a mi vida) al que le entusiasmaba la Historia, que en lugar de jugar al fútbol se ponía a escribir cuentos en los recreos y que dibujaba compulsivamente rostros de mujeres, animales, plantas. El rarito de la clase. Ella, una de las princesitas del colegio, conocida de todos y muy, muy popular.
–Y la cosa es que me caías simpático.
–¿De qué hablábamos en las excursiones?
–¿No lo recuerdas? Tú me contabas la Historia de España por capítulos.
–¿En serio? No jodas... Qué vergüenza. Y qué tostón.
Después de mi paso por los Agustinos (ambiente pijo y selecto), en los Salesianos (aires obreros y más normalillos, colegio sólo de chicos) le perdí la pista hasta que amistades comunes nos reunieron en una fiesta el verano del 92. Desde entonces ya nunca dejamos de estar en contacto.
Sobre las once y pico de la noche, en un bar cutre de Alcázar de Toledo –el Cycle, con música de Camela y una recua de raquerillos de barrio (alguno de ellos hermosísimo) que jugaban a los dardos–, se nos unieron Alejandra y su novio Paco. Ellas dos se cayeron de puta madre e iniciamos una peregrinación de bar en bar: no nos separamos hasta cerca de las tres. Lo pasé genial, entre anécdotas y chistes, bromas y veras. Con Alejandrina he quedado en pasarme un fin de semana (pronto) por Valladolid, para hablar y beber, beber y hablar. Que a los dos se nos da muy bien la combinación. La última vez que estuve allí de visita fue hace la friolera de tres años y va siendo hora de repetir, que me han dicho que hay nuevos garitos en la ciudad. En Valladolid vive mi hermana Cristina, quizá la llame.
Comentario:
Bienvenido d nuevo ala blogosfera!! Aunque veo que no nos has abandonao...pues aun estando x hay has seguio actualizando x aki...
Ah!! y grasiasss por lo del contador, q ya me lo he puesto
Besukis
Ah!! y grasiasss por lo del contador, q ya me lo he puesto
Besukis
Comentario:
Pues, querido Cornelio, parece que al fin y al cabo has tenido buena entrada de año. Y me alegro. Eres un buen tío :)
Feliz Año Nuevo!
Feliz Año Nuevo!
Comentario:
bueno es alg asi como que te quiten lo bailao no??? Bueno bienvenido a casa
Comentario:
Es como si te viera sonreír mientras escribías este post, una sonrisa de esas de "pues me lo he pasado bien después de todo".
Y yo que me alegro.
Un beso.
Y yo que me alegro.
Un beso.
Comentario:
Bueno, pues parece que ha salido bien: reencuentro con amigos queridos, familia querida... Me alegro mucho, en serio.
¿Y dónde quedó el cubano? No nos dejes así.
Un besazo
¿Y dónde quedó el cubano? No nos dejes así.
Un besazo