Diario de Madrid
Sindicación
 
PRIMER MADRUGÓN DEL AÑO...
Mañana espléndida que ha sucedido, sin avisar (como suele ocurrir por estos pagos), a la noche de calabobos con que ayer despedimos el año. He madrugado para sacar a la perra, porque mi tío durmió en casa de su novia y abuelito ha renunciado hace tiempo a estas tareas. Vengo de dar un paseo por el centro de Santander, tomado por la tercera edad, que habrá ido a misa (ancianas a lo miss Marple que van, de dos en dos o de tres en tres, cogidas del brazo, caminando despacio por las calles manchadas de noche, confeti y celebración), y algún grupo rezagado de jóvenes que siguen la francachela, endomingados y en la cabeza el consabido gorrito de Papá Noel –esa infamia ridícula que cada año más se pone de moda. Al sol de la mañana, la ciudad bosteza y se estira, despierta de a poco de un sueño pesado y corto, muestra en su piel de asfalto las cicatrices de una resaca que los de la limpieza se encargarán en breve de lavar. Me tomo un café (un mediano, como dicen, y ya se me olvidaba, por aquí) en el único lugar que he visto abierto, muy cerca de casa, plaza de Numancia. Parroquianos que se felicitan el año, ruido de tazas que chocan con platos que chocan con cucharillas, la cafetera es una locomotora asmática que suelta su chorro de vapor a todo trapo, chucuchú, chucuchú... (Lírico me he levantado, por Tutatis) A las tres tenemos comida de tiros largos en el pueblo (Entrambasaguas) con mis padres, y antes hay que pasarse por casa de la tía Ana para recuperar mi móvil, que con las prisas del champán y de las despedidas me olvidé ayer.
Llegué a Santander tras seis horas de viaje de las que apenas recuerdo nada. Tan cansado estaba que dormí casi todo el trayecto; de cuando en cuando abría los ojos y el campo castellano era un erial de nieve y casucas diseminadas aquí y allá. Luego, pasado El Escudo, el paisaje se volvió agreste, verdísimo –ya sin nieve–, y supe, por la belleza salvaje de las montañas y el aire inconfundible de las cabañas pasiegas y demás edificios, que estaba en casa. Abuelito, bien, aunque más dormilón que nunca. Cuando entré en el salón estaba frente a la tele, en su asiento, con la cabeza derrumbada sobre el pecho y roncando. Despertó, me dio un beso de bienvenida y volvió a caer en la letargia de la vejez que son estas siestas leves y continuadas. Él y Charly han pasado por una gripe que arrastran todavía, y, al respirar, el aire se le vuelve una caja de grillos, un pequeño seísmo controlado de sonidos y fatiga.
Quedé en Bar Gas con Borja B para entregarle de parte de M las entradas para el concierto de REM. Charlamos sobre sus clases (este año, flamante funcionario con la oposición cumplida, es profesor de instituto) y los alumnos con quienes ha de lidiar cada día. Menuda generación se nos viene encima. Él, gran fumador de porros, ha de poner cara seria cuando sus estudiantes llegan al aula fumados. También nos tomamos una con su novia Elena, a la que prepara una declaración (sorpresa) de matrimonio precisamente durante el concierto –al parecer, es el grupo favorito de ella. Las gentes se casan y se descasan, tienen hijos, "sientan" la cabeza y se alejan, sin remedio, de mi mundo peterpanesco y bohemiazo. Qué le vamos a hacer.
La cena de Nochevieja fue opípara. Unos centollos enormes y muy bien cocinados se llevaron la palma. También hubo caracoles (que no soporto) en recuerdo de abuelita, quien todas las navidades preparaba una buena olla. Alrededor de la mesa, mis primas, tía Ana, Charly, mi abuelo y yo. Ana es un resto borroso de la belleza que Charly nos presentó a la familia hace casi treinta años. Recuerdo el día, una mañana de primavera del 76, en el Sardinero. Yo tenía cinco años y me enamoré de su piel morena y brillante, de sus ojos verdes que reían tanto, de la perfección imposible de su nariz y labios, de la melena lisa y arrubiada que lucía suelta, muy por debajo de los hombros. Era la niña bien, delicada e inocente, que se enamoró con locura del hippy transgresor que parecía mi tío. El ventarrón canalla de los años ha arramblado con su hermosura legendaria, ahora es una señora de casi cincuenta tremendamente gorda, aunque todavía fascinante, metida en cosas de religión y en movidas kármicas, que ni bebe ni fuma. Después de años hundida por las drogas, el cáncer y el desamor. A mí siempre me quiso mucho, y yo la correspondo con largueza... Pendiente queda un café mano a mano para cuando vuelva por aquí, tal vez en torno al cumpleaños de abuelito. Que, por cierto, estaba exultante, dentro de lo que cabe, rodeado de sus nietos y mimado por todos.
No