LIBRO
Falta menos de media hora para que se termine la jornada laboral y, una vez cumplida esa engañifa del "ganarás el pan con el sudor de tu frente", creo que me voy de cañas con E y J (seguramente también se nos una su novia A). Después de dos noches seguidas maldurmiendo en casa de M, con la vista fija en la pantalla del ordenador (de ésta me quedo ciego) y la mala conciencia de no haber trabajado lo suficiente en la revista, necesito como el comer (como el beber) unas mahou refrescantes que me abotarguen por dentro y por fuera. No sé cómo explicarlo, pero en la corrala donde vive M, un espacio diminuto en que apenas cabemos el ordenador, la cama, un sofá y yo mismo, me agobio muchísimo, caigo en la trampa de los pensamientos negros y le doy vueltas, una y otra vez de un modo enfermizo, a lo mío con P. ¡Basta ya! Cómo me aburre tanta autocompasión teñida de miedo al futuro. Esta noche salgo, me lío la manta a la cabeza y si vuelvo a casa haciendo eses, mejor que mejor.
Comienza un nuevo programa en Antena 3 ("La Granja"). Y, fieles a su ser catódico, mis compis de redacción están siguiendo minuto a minuto lo que pasa en plató, el embutido brillante de Terelu en un vestido varias tallas más pequeño, el bueno de David Meca y su "ligero" maquillaje de Tierra del Nilo (¿saldrá del armario en directo, para que lo vea, lo sienta, lo huela, España entera?... El programa ganaría audiencia) y, de entre todos los famosuelos a la búsqueda y captura de popularidad -esa diosa esquiva que, cuando abraza, ahoga-, de repente veo a Shangay Lilí. Qué lástima, cuando uno se vuelve insensible a todo lo que no sean un foco de luz y una tribuna desde la que soltar el discurso de turno... A mí esta persona siempre me fue bastante indiferente, pero cuando escuchaba alguna declaración suya reconocía, me gustara o no lo que decía, a un ser inteligente. Un poco estrambótico, probablemente tímido hasta límites insospechados, mas inteligente. ¿Y ahora? Ahora entra en el circo de la tele, se vende por un puñado de lentejuelas y a mí se me cae el alma a los pies con tanta estulticia por metro cuadrado. De veras que no pretendo ser un purista de nada, a mí plin con lo que haga el vecino. Lo que pasa es que nos lo meten, quieras que no, por los ojos todos los días, uno detrás de otro. Y ya cansa.
Estoy leyendo a Henry James. Una novela titulada "Los embajadores". Aún no sé si me gusta, no tengo ni idea de si seré capaz de terminarla o la dejaré de lado, cansado. El hombre retuerce las frases de una manera increíble, se vuelve críptico y oscuro, hasta el punto de que me obliga a volver sobre mis pasos una y otra vez. Los personajes se mueven en el ambiente elitista y sutil de lo no dicho del todo, lo meramente insinuado, una maraña de relaciones que envuelven al protagonista y, de momento, parece que le impiden elevarse, crecer, ganar entidad como personaje. Hay que tener en cuenta cuándo fue escrita la novela, claro (se publicó en 1903). El lenguaje es solemne, culto y plúmbeo. Adivino, escondido, todo un universo James que seguro que me seduce a poco que entre en él, pero lo cierto es que me recuerda a esas casas antiguas, aparentemente en ruinas, de acceso difícil a través de un jardín salvaje y descuidado y lleno el camino de carteles disuasorios, "cuidado con el perro", "peligro, casa en ruinas", etcétera. Si uno es capaz de seguir adelante, llega a un salón antiguo y muy hermoso desde el que se divisa una magnífica vista. Pero, hasta el salón, cuánto esfuerzo.
Este mediodía, al salir de casa, he tenido por primera vez la sensación de que el verano se acabó y que se acercan, a pasos agigantados, el frío y la inestabilidad propios del otoño. Sigo en camiseta, aunque ya dije adiós la semana pasada a las chanclas. Y empiezo a añorar los jerseys de lana, los pantalones de pana y las charlas con amigos, en torno a una mesa en algún cafetín del centro, mientras afuera arrecian el viento y la lluvia. Siempre, cada año, es lo mismo: en marzo deseo con todas mis fuerzas que llegue el buen tiempo y para septiembre ya estoy loco por sacar la ropa de invierno del armario. En fins.
Comienza un nuevo programa en Antena 3 ("La Granja"). Y, fieles a su ser catódico, mis compis de redacción están siguiendo minuto a minuto lo que pasa en plató, el embutido brillante de Terelu en un vestido varias tallas más pequeño, el bueno de David Meca y su "ligero" maquillaje de Tierra del Nilo (¿saldrá del armario en directo, para que lo vea, lo sienta, lo huela, España entera?... El programa ganaría audiencia) y, de entre todos los famosuelos a la búsqueda y captura de popularidad -esa diosa esquiva que, cuando abraza, ahoga-, de repente veo a Shangay Lilí. Qué lástima, cuando uno se vuelve insensible a todo lo que no sean un foco de luz y una tribuna desde la que soltar el discurso de turno... A mí esta persona siempre me fue bastante indiferente, pero cuando escuchaba alguna declaración suya reconocía, me gustara o no lo que decía, a un ser inteligente. Un poco estrambótico, probablemente tímido hasta límites insospechados, mas inteligente. ¿Y ahora? Ahora entra en el circo de la tele, se vende por un puñado de lentejuelas y a mí se me cae el alma a los pies con tanta estulticia por metro cuadrado. De veras que no pretendo ser un purista de nada, a mí plin con lo que haga el vecino. Lo que pasa es que nos lo meten, quieras que no, por los ojos todos los días, uno detrás de otro. Y ya cansa.
Estoy leyendo a Henry James. Una novela titulada "Los embajadores". Aún no sé si me gusta, no tengo ni idea de si seré capaz de terminarla o la dejaré de lado, cansado. El hombre retuerce las frases de una manera increíble, se vuelve críptico y oscuro, hasta el punto de que me obliga a volver sobre mis pasos una y otra vez. Los personajes se mueven en el ambiente elitista y sutil de lo no dicho del todo, lo meramente insinuado, una maraña de relaciones que envuelven al protagonista y, de momento, parece que le impiden elevarse, crecer, ganar entidad como personaje. Hay que tener en cuenta cuándo fue escrita la novela, claro (se publicó en 1903). El lenguaje es solemne, culto y plúmbeo. Adivino, escondido, todo un universo James que seguro que me seduce a poco que entre en él, pero lo cierto es que me recuerda a esas casas antiguas, aparentemente en ruinas, de acceso difícil a través de un jardín salvaje y descuidado y lleno el camino de carteles disuasorios, "cuidado con el perro", "peligro, casa en ruinas", etcétera. Si uno es capaz de seguir adelante, llega a un salón antiguo y muy hermoso desde el que se divisa una magnífica vista. Pero, hasta el salón, cuánto esfuerzo.
Este mediodía, al salir de casa, he tenido por primera vez la sensación de que el verano se acabó y que se acercan, a pasos agigantados, el frío y la inestabilidad propios del otoño. Sigo en camiseta, aunque ya dije adiós la semana pasada a las chanclas. Y empiezo a añorar los jerseys de lana, los pantalones de pana y las charlas con amigos, en torno a una mesa en algún cafetín del centro, mientras afuera arrecian el viento y la lluvia. Siempre, cada año, es lo mismo: en marzo deseo con todas mis fuerzas que llegue el buen tiempo y para septiembre ya estoy loco por sacar la ropa de invierno del armario. En fins.