HERMANOS 2
Un lunes, ayer, extraño. A mediodía, oferta de trabajo de M A de la C, muy jugosa pero tardía, dado que lo de gastronomía se acaba con el año (trataré de hablar con E B y, si me lo permite, meter cosillas de vez en cuando, entonces sí podría sacarme un lindo sobresueldo); después, café sorpresa con Ma, que andaba por la zona –ahora curra en un bar por Pez– y me llamó. Como él no vuelve a casa por Navidad, hemos proyectado el hacer algo juntos este viernes, me invitaría a cenar en su casa y luego juerguearíamos en Cool y demás antros de la madrugada hasta que el cuerpo aguante: una manera de celebrar mi cumple que me apetece. En el curro, la jornada se me hizo larga. Chateé a través del messenger con J, olvidados ya Gabriel (desaparecido en combate) y Diego (a quien no me apetece ver de nuevo). A última hora le hablé por teléfono y la cosa fue bien, muy bien, claro que aún no nos hemos visto las caras, y no es lo mismo una conversación telefónica que un vis a vis, donde entran en juego otras cosas, sutiles pero decisivas, miradas, atracción de pieles, buena (o mala) sintonía entre los dos, etc. Queda en el aire un encuentro para este fin de semana. Salimos del periódico a eso de la medianoche y enfilamos como corderitos para el Angie –cómo no, si parecemos puestos allí por el Ayuntamiento–, pero a la segunda cerveza me fui. Ni E estuvo especialmente animada ni nada de lo que se dijo allí me importó un carajo. Tenía más bien aires de algo antiguo, ya dicho, archisabido y archihablado. Fue una conversación manida, que no decayó en ningún momento pero tampoco remontó el vuelo. Esta noche me iré directo a casa, de cuando en cuando es bueno (y sano y necesario) hacer vidita de hogar.
El otro día toqué el tema de los hermanos, que en el fondo es el tema de la familia, tan espinoso para un desarraigado como yo. R alucinó cuando le expliqué por qué no voy a Santander más a menudo. Mi vida familiar (la paz de mi poquito de vida familiar) ha dependido durante más de una década del frágil equilibrio de un tablero en que las fichas se posicionaban claramente cada una en su lugar, como soberbias piezas de ajedrez que se miran de casilla en casilla, con desconfianza, te como si te mueves, cuidado conmigo. Y el tablero se ha tambaleado –quiero creer que no haya volcado del todo– a raíz de la muerte de mi abuela. Todo ha variado de manera irrevocable. Esa frase tremenda que me soltó mi hermana Cristina hace siglos cobra cada día más entidad, como la profecía o la maldición de una gorgona cualquiera: "El día que abuelito y abuelita se mueran te vas a quedar muy solo". Trataba de convencerme de que cediera en mi orgullo e intentara un acercamiente a mis padres –algo que no hice. La frasecita de marras se me clavó mucho más adentro de lo que dejé entrever. Mi hermana venía a decir algo así como que, si me emperraba en no hablar con mis padres por cuestiones (para mí) mayores, en el momento en que mis abuelos maternos desaparecieran ya no tendría apoyos y valedores en el seno de mi sacrosanta y puta familia. Que repartiera mis huevos en varias cestas, por si acaso. Me pareció repugnante y mezquino el que los afectos se vieran desde una óptica tan pragmática. Y si algo no soy, en ciertos temas que me tocan tan de cerca, es práctico. Más bien lo contrario, un tipo visceral que piensa con las entrañas y actúa guiado por una intuición que no siempre le lleva a buen puerto.
Recapitulemos. A los 20 años me voy de casa después de una bronca monumental con mi hermano David que abre la caja de Pandora y suelta montones de huracanes, tifones y tornados. A los dos días (uno de ellos dormí en la playa, menos mal que era junio y no hacía frío) me encuentro con que mis padres dan la situación por buena y han metido todas mis cosas en bolsas y las han enviado a casa de mis abuelos, que me dan asilo. Comprendí enseguida que no había marcha atrás, que los dados habían caído sobre el tapete y aquellos eran los números con que habría de jugar, no otros. Siguió un periodo oscuro de ostracismo, en Madrid (mi primera aventura madrileña, tan diferente de ésta de ahora), que terminó dos años más tarde con mi regreso a Santander –algunos pensaron que con el rabo entre las piernas, pero no– y a la Universidad. Mis padres y yo tratamos de restañar viejas heridas y construir, sobre bases más sólidas, una relación que estaba tocada de muerte. Ahí es cuando empecé a vislumbrar que nada volvería a ser como antes, que el niñín preferido de su mamá había desaparecido para dar paso a este Cornelio a quien sí querían, pero nunca por encima de sus otros tres hermanos, que las protestas de amor de mamá ("Siempre serás mi Tije") rompían contra el acantilado de Eva, David y Cristina y se deshacían en espuma de mar, menos que nada. Multitud de desplantes, infinidad de detalles que no voy a contar porque me aburren de tan rumiados –y porque me da pudor explicarlos... para qué, además. El colofón final (con redoble de tambores incluido) vino a través de mi hermana Eva y su boda, a la que no me invitó porque no quería que su novio y la familia de éste conocieran al maricón de su hermano mayor. ¿Qué se temía? ¿Que bailaría un zapateado encima de la mesa? ¿Que me tiraría al más guapo de los camareros? (Bueno, de acuerdo, de poder hacerlo, eso sí lo haría) ¿Que soltaría un discursito amanerado, plumero y rosísima? En fin. Homofobias a mí. Lo que me jodió no fue esto porque ya entonces buscaba una excusa para no participar en el bodorrio, sino la reacción de mamá. Unas lagrimitas de cocodrilo, mi hermana que cede de mala gana ("Está bien, si te pones así le invitaré"), ella que contesta muy digna con voz herida y victimista ("No, no. Es tu boda. No lo hagas porque me has visto llorar, también lloro otras veces en que no me veis..."). Estupendo, ¿verdad? Yo hubiera preferido que mi madre se volviera leona en defensa de su cachorro, mamma italiana con uñas y dientes y furia y un vozarrón que les hiciera temblar a todos de miedo, en plan ordeno y mando ("Si él no va, yo tampoco"). Y no esa ratita llorona que no acierta a levantar la voz a favor de su hijo. Cosa que sin duda hubiera hecho de no ser invitado por ser ciego, o esquizofrénico o síndrome de Down. La lectura de todo este teatrillo fue muy clara para mí: no se indignó porque en el fondo de sus entretelas burguesas y marujiles creía que el motivo (mi homosexualidad) para excluirme era válido. Muchas sesiones de piano, mucho concurso Paloma O'Sea, mucha clase media con ínfulas de grandes pisos y vestidos caros, mucha finura y corrección para que luego la realidad (con sus aristas agudísimas) sople como ventarrón seco y arramble con todo lo que encuentre a su paso. Esto sucedió hace tres años y medio. Con la enfermedad y muerte de abuelita (una que, a pesar de los pesares, siempre me apoyó y me quiso incondicionalmente) pareció que se daría un acercamiento, pero no es posible, no es posible. Desde primeros de octubre, cuando llamé para felicitarles por su aniversario, ni una llamada, ni un triste mensaje de móvil para saber cómo me encuentro. Podía haberme muerto de asco en una esquina que ni se hubieran enterado. He de aprender que mi familia y mi fuerza son los amigos. Aparcar las lamentaciones, crecer como persona y ya está.
El otro día toqué el tema de los hermanos, que en el fondo es el tema de la familia, tan espinoso para un desarraigado como yo. R alucinó cuando le expliqué por qué no voy a Santander más a menudo. Mi vida familiar (la paz de mi poquito de vida familiar) ha dependido durante más de una década del frágil equilibrio de un tablero en que las fichas se posicionaban claramente cada una en su lugar, como soberbias piezas de ajedrez que se miran de casilla en casilla, con desconfianza, te como si te mueves, cuidado conmigo. Y el tablero se ha tambaleado –quiero creer que no haya volcado del todo– a raíz de la muerte de mi abuela. Todo ha variado de manera irrevocable. Esa frase tremenda que me soltó mi hermana Cristina hace siglos cobra cada día más entidad, como la profecía o la maldición de una gorgona cualquiera: "El día que abuelito y abuelita se mueran te vas a quedar muy solo". Trataba de convencerme de que cediera en mi orgullo e intentara un acercamiente a mis padres –algo que no hice. La frasecita de marras se me clavó mucho más adentro de lo que dejé entrever. Mi hermana venía a decir algo así como que, si me emperraba en no hablar con mis padres por cuestiones (para mí) mayores, en el momento en que mis abuelos maternos desaparecieran ya no tendría apoyos y valedores en el seno de mi sacrosanta y puta familia. Que repartiera mis huevos en varias cestas, por si acaso. Me pareció repugnante y mezquino el que los afectos se vieran desde una óptica tan pragmática. Y si algo no soy, en ciertos temas que me tocan tan de cerca, es práctico. Más bien lo contrario, un tipo visceral que piensa con las entrañas y actúa guiado por una intuición que no siempre le lleva a buen puerto.
Recapitulemos. A los 20 años me voy de casa después de una bronca monumental con mi hermano David que abre la caja de Pandora y suelta montones de huracanes, tifones y tornados. A los dos días (uno de ellos dormí en la playa, menos mal que era junio y no hacía frío) me encuentro con que mis padres dan la situación por buena y han metido todas mis cosas en bolsas y las han enviado a casa de mis abuelos, que me dan asilo. Comprendí enseguida que no había marcha atrás, que los dados habían caído sobre el tapete y aquellos eran los números con que habría de jugar, no otros. Siguió un periodo oscuro de ostracismo, en Madrid (mi primera aventura madrileña, tan diferente de ésta de ahora), que terminó dos años más tarde con mi regreso a Santander –algunos pensaron que con el rabo entre las piernas, pero no– y a la Universidad. Mis padres y yo tratamos de restañar viejas heridas y construir, sobre bases más sólidas, una relación que estaba tocada de muerte. Ahí es cuando empecé a vislumbrar que nada volvería a ser como antes, que el niñín preferido de su mamá había desaparecido para dar paso a este Cornelio a quien sí querían, pero nunca por encima de sus otros tres hermanos, que las protestas de amor de mamá ("Siempre serás mi Tije") rompían contra el acantilado de Eva, David y Cristina y se deshacían en espuma de mar, menos que nada. Multitud de desplantes, infinidad de detalles que no voy a contar porque me aburren de tan rumiados –y porque me da pudor explicarlos... para qué, además. El colofón final (con redoble de tambores incluido) vino a través de mi hermana Eva y su boda, a la que no me invitó porque no quería que su novio y la familia de éste conocieran al maricón de su hermano mayor. ¿Qué se temía? ¿Que bailaría un zapateado encima de la mesa? ¿Que me tiraría al más guapo de los camareros? (Bueno, de acuerdo, de poder hacerlo, eso sí lo haría) ¿Que soltaría un discursito amanerado, plumero y rosísima? En fin. Homofobias a mí. Lo que me jodió no fue esto porque ya entonces buscaba una excusa para no participar en el bodorrio, sino la reacción de mamá. Unas lagrimitas de cocodrilo, mi hermana que cede de mala gana ("Está bien, si te pones así le invitaré"), ella que contesta muy digna con voz herida y victimista ("No, no. Es tu boda. No lo hagas porque me has visto llorar, también lloro otras veces en que no me veis..."). Estupendo, ¿verdad? Yo hubiera preferido que mi madre se volviera leona en defensa de su cachorro, mamma italiana con uñas y dientes y furia y un vozarrón que les hiciera temblar a todos de miedo, en plan ordeno y mando ("Si él no va, yo tampoco"). Y no esa ratita llorona que no acierta a levantar la voz a favor de su hijo. Cosa que sin duda hubiera hecho de no ser invitado por ser ciego, o esquizofrénico o síndrome de Down. La lectura de todo este teatrillo fue muy clara para mí: no se indignó porque en el fondo de sus entretelas burguesas y marujiles creía que el motivo (mi homosexualidad) para excluirme era válido. Muchas sesiones de piano, mucho concurso Paloma O'Sea, mucha clase media con ínfulas de grandes pisos y vestidos caros, mucha finura y corrección para que luego la realidad (con sus aristas agudísimas) sople como ventarrón seco y arramble con todo lo que encuentre a su paso. Esto sucedió hace tres años y medio. Con la enfermedad y muerte de abuelita (una que, a pesar de los pesares, siempre me apoyó y me quiso incondicionalmente) pareció que se daría un acercamiento, pero no es posible, no es posible. Desde primeros de octubre, cuando llamé para felicitarles por su aniversario, ni una llamada, ni un triste mensaje de móvil para saber cómo me encuentro. Podía haberme muerto de asco en una esquina que ni se hubieran enterado. He de aprender que mi familia y mi fuerza son los amigos. Aparcar las lamentaciones, crecer como persona y ya está.
Comentario:
Me has conmocionado con este post, en cuanto a cómo la vida de una persona gay se puede ver marcada por su identidas sexual, en ámbitos tan duros y tan sensibles como es la familia.
Bien es verdad que la familia muchas veces son tus amigos, los que te soportan, te empatizan y te quieren muchas veces más por lo que eres que tus propios consaguíneos.
Saludos
Bien es verdad que la familia muchas veces son tus amigos, los que te soportan, te empatizan y te quieren muchas veces más por lo que eres que tus propios consaguíneos.
Saludos
Comentario:
Estoy muy de acuerdo con las cosas que dices y de algun modo me siento muy identificado. Mi situacion familiar es muy dolorosa y a veces te das cuenta de que el dia de mañana quedaran las personas con las que convives hoy y a las que quieres, o sea, los amigos. Es una lastima tener que sentir este tipo de cosas en Navidades que es cuando se supone que todo el mundo tiene que estar mas unido y esas cosas. En fin, que espero que estes bien, no quiero quedarme demasiado preocupado. Un besito niño
Comentario:
no sé quién dijo que a partir de los 30 la familia deja de ser la sanguínea y se convierte en la elegida: los amigos. ya se q en tu caso no es lo mismo, claro. pero en el fondo es una frase cierta. bucea en todo esto, valiente. besos desde el norte, donde llueve (cómo no).