Diario de Madrid
Sindicación
 
DIEGO
Mientras estaba con Diego en el Gris, encuentro con Javicretino. Nos habíamos visto en Santander a primeros de agosto, en la estación de autobuses, cuando yo llegaba y él esperaba a su novio, que venía de no sé dónde. Entonces me lo quité de encima con facilidad, hubo promesas vagas de salir por ahí a que les enseñara la ciudad; promesas que nunca tuve verdadera intención de cumplir. Anoche en el Gris fue lo mismo, la repetición de la jugada punto por punto, con nuevo intercambio de teléfonos y danza de lo social. Como siempre, en medio de frases aparentemente neutras y sin doble intención, sus pataditas que tanto me revientan. Eso es lo que en su momento me alejó de él, comprobar una especie de envidia malsana por su parte que se convertía en competencia desleal y que a mí me frenaba como si fuera un lastre. Y lo peor es que, antes estos tipos que lo único que desean (en el fondo) es ver cómo te das el batacazo, en lugar de mostrar indiferencia y reírme de ellos por lo bajo, lo que hago es regodearme -e hincharlos, incluso con pequeñas mentiras a mi favor- en mis éxitos, en lo bien que me va en la vida (sea un nuevo amor, lo redondo de un artículo, el comienzo de una novela, un viaje). Con lo que entro en su juego y les concedo una importancia que no tienen. Vale. Apunté su número y prometí llamarle. Que espere sentado. Con un poco de suerte no nos veremos las caras hasta dentro de seis meses o más.
En cuanto a Diego... Durante la tarde, a medida que se desarrollaba el trabajo en el periódico, me iba invadiendo una pereza monumental ante la idea de quedar con él. Lo que me apetecía eran unas cervezas en el Angie con E y los demás. Estuve tentado de llamarle con una excusa, y cuando me decidí y lo hice, al escuchar su voz confiada y alegre no pude hacerlo, así que concertamos la cita. Fui sin ganas. Eso sí, me afeité cuando pasé por casa, para estar un poco más presentable... Según le vi, no me gustó. Era el mismo tío de la foto, sí, pero degradado, mucho más normalillo de lo que parecía: 22 años hechos en agosto, mofletudo, no gordo pero tampoco delgado (y, como dicen E y M, a mí me van los anoréxicos), principio de alopecia y bolsas bajo unos ojos que, cuando reía, eran apenas dos rendijas oradadas en el rostro. Nariz entre judía y de boxeador. Nada que me atrajera especialmente. Costó lo suyo arrancarle alguna frase, estaba calladito y como intimidado, así que yo evitaba los silencios incómodos con una batería de palabras que no decían nada, estúpidas y huecas. Primero fuimos al Rey Lagarto, pero no encontramos dónde sentarnos y charlar con calma, así que recalamos en el Gris. Para mí es terreno conocido y me hace sentir cómodo. Allí, con unas cervezas encima, se volvió más hablador, y después de dos cosas que me dijo ("contigo no me aburro nada", ante mi pregunta de si estaba bien, si no se aburría, y "qué va, si eres guapísimo", porque le había entendido no sé qué de un trofeo e hice como que pensaba que me estaba llamando feo...) ya me relajé porque comprobé que le gustaba: mi puñetero ego podía estar tranquilo y expandirse sin miedo, otro para la colección.
En mi casa, sexo sin mayores, y luego enseguida se fue, porque yo exageré mi cansancio y le había dejado claro, antes de invitarle a subir, que lo hacía por un rato nada más. Una vez que tuve la cama para mí solo, dormí como un plomo durante más de nueve horas seguidas y ahora me encuentro estupendo, despejado y bastante animado. Escribo en Laan -intercalo esto con largas catas a los Diarios de la Chacel, voy por el año 65-, adonde pasará a recogerme E para ir juntos a comprar los regalos, el mío para Noeli y el suyo para Anna.
No