POCO TIEMPO PARA LO MÍO
Los días desde mi vuelta han sido una locura de tiempo perdido, en que lo social ha tenido mucho que ver. La pérdida de tiempo es algo que me subleva, pero no puedo –y no quiero, visto lo visto– evitarlo. Como le decía el bueno de Valmont a la pánfila de madame de Tourvel cuando estaba rompiendo con ella. Duermo cada día hasta tarde, hasta muy tarde, y luego sólo me da para un café desmadejado por ahí. Después del trabajo (que estos días se me ha hecho muy cuesta arriba, debo de haber perdido mano con las vacaciones) siempre caen unas cañas por ahí, y cuando llego a casa lo hago seriamente perjudicado –no a cuatro patas, pero casi–, veo un poco la tele entre vapores etílicos, me fumo medio canuto y caigo redondo, como una piedra enorme en un pozo de oscuridad, sin sueños.
Leo los "Diarios" de Rosa Chacel, en la edición de su Obra Completa, y es como tomar un elixir de juventud que me arranca del aquí y ahora y me lleva en volandas al año 92, también en Madrid, cuando vivía en Bretón de los Herreros, inmerso en la sordidez de mi trabajo de vendedor de seguros y esa casa imposible, con aquel chico (no recuerdo ahora su nombre... ¿Óscar? Sí, era Óscar) que nos alquilaba baratísimas las habitaciones porque ejercía la prostitución y recibía a los clientes allí mismo... Tardes enteras pasadas entre las cuatro paredes de mi cuartito, leyendo a Rosa Chacel y soñando, soñando con escribir. Mientras afuera se percibía, como en sordina, el trasiego lento de hombres entrando y saliendo del piso. Entonces creía que eso no me salpicaría, pero vaya si me manchó. Yo tenía 21 años y una inocencia a prueba de bombas, ahora lo veo.
Así que la Chacel cumple hoy una función de retrospectiva, es la pequeña magdalena proustiana que saboreo con ansia. Su prosa (se queja continuamente, en exceso, de todo y de todos) se me hace menos dura, eso es buena señal, estos años he crecido y ya no paso las páginas sin enterarme de la misa la media; ahora no, ahora entiendo sin problema lo que leo y le saco su jugo, que lo tiene. Sin embargo... su concepto de la literatura, de la excelencia en lo literario, no es el mío. A mí me gusta el brochazo nervioso, un poco al tuntún. Ella es la pincelada justa, fina, miniada, que se pierde en el fárrago de un discurso orteguiano y bastante pesado al estómago.
Estoy en el Laan (son casi las tres de la tarde) a vueltas con las críticas. Me queda un poco de la segunda y en cuanto termine enfilo para el periódico, a editarlas y olvidarme de ellas cuanto antes. Hoy jueves, por la noche, conoceré a Diego, el chiquito argentino con el que últimamente he estado chateando a través del messenger. A lo mejor nos vamos a la cama, puede ser (a mí me apetece un poquillo de acción), aunque ni siquiera me he afeitado y voy más grunge –y descuidado– que nunca. Como si me diera igual gustarle o no. Y es que me da lo mismo. De Gabriel no tengo noticias, su presencia se va borrando poco a poco y ya me cuesta pensar en él. Bueno. Mañana tengo un día complicado, quedaré con E a primera hora de la tarde para que me ayude a buscarle un regalo a Noeli, después a las ocho he dicho que sí a una reunión en donde C&H (estarán todos los de ese grupo, espero que sin novios guapetones que me pongan los dientes largos; también M, de finde fuera de Santander: la operación a su madre salió bien, ahora queda lo más difícil, la convalecencia), y más tarde, sobre las once y media, fiesta de cumpleaños de Noeli en su casa, imagino que fiesta bollo (aquí sí me gustaría que hubiera algún tío que llevarse a los ojos, pero lo dudo). El sábado tengo previsto un poco menos de movimiento: cena gratis a cuenta de mi "prestigio" como crítico (ay, ay, ay qué impostura), en un indio con M S, más posterior salida por ¿Chueca? con toda su gente. Para cuando quiera darme cuenta, el fin de semana habrá pasado y volveré a estar pegado frente a la pantalla del ordenador, en la maravillosa y encantadora redacción donde curro de domingos a jueves.
Ya es seguro que no hay vacaciones. Y mi cumpleaños es en ocho días... Debo llamar a Santander para avisarles que no voy. Claro que a mí, de Santander, no me llama ni el Tato. ¿Habrá caído una bomba nuclear y se han quedado todos carbonizados en el sitio? Ay, cuánto echo de menos a mi abuela.
El martes por la noche quedé con Ma (y su corte imperial). Se rieron mucho con mis desventuras lisboetas. A este chico, el sexo le parece lo más importante del mundo, así que el que yo no follara con nadie en Portugal le parece increíble. En fins. Me llevaron a La Rosa, un garito indescriptible, a medio camino entre boite setentera y bar de carretera extremeño. Actuaban, cómo no, unos amigos suyos. J llevaba cámara nueva y se hinchó a sacarnos fotos. Posturita va, posturita viene. Me las envió ayer y lo cierto es que me veo muy guapo. Con ojazos y tal. Habrá que hacer copias para enviar por ahí, jeje. Cayeron tejillos, pero me los quité de encima como pude. Una vez más, comprobé que me muevo por estos ambientes de un modo torpe y desmayado. Las cosas que se dicen (con mucha floritura de manos y tanto hablar en femenino) no me interesan nada, me siento completamente ajeno a su mundo. Como si fuera un buzo que se pusiera la escafandra y realizara una inmersión rápida al fondo marino. Todo muy bonito, pececillos de diversos tamaños y colores, algún tiburón a lo lejos, corales de una rara belleza. Pero siempre deseando salir al exterior, a respirar un poco de aire puro. Ellos no parecen darse cuenta de lo ajeno que me siento –si se la dan, no lo demuestran–, quizás me ven como una rareza curiosa a la que sacar a pasear de cuando en cuando.
Leo los "Diarios" de Rosa Chacel, en la edición de su Obra Completa, y es como tomar un elixir de juventud que me arranca del aquí y ahora y me lleva en volandas al año 92, también en Madrid, cuando vivía en Bretón de los Herreros, inmerso en la sordidez de mi trabajo de vendedor de seguros y esa casa imposible, con aquel chico (no recuerdo ahora su nombre... ¿Óscar? Sí, era Óscar) que nos alquilaba baratísimas las habitaciones porque ejercía la prostitución y recibía a los clientes allí mismo... Tardes enteras pasadas entre las cuatro paredes de mi cuartito, leyendo a Rosa Chacel y soñando, soñando con escribir. Mientras afuera se percibía, como en sordina, el trasiego lento de hombres entrando y saliendo del piso. Entonces creía que eso no me salpicaría, pero vaya si me manchó. Yo tenía 21 años y una inocencia a prueba de bombas, ahora lo veo.
Así que la Chacel cumple hoy una función de retrospectiva, es la pequeña magdalena proustiana que saboreo con ansia. Su prosa (se queja continuamente, en exceso, de todo y de todos) se me hace menos dura, eso es buena señal, estos años he crecido y ya no paso las páginas sin enterarme de la misa la media; ahora no, ahora entiendo sin problema lo que leo y le saco su jugo, que lo tiene. Sin embargo... su concepto de la literatura, de la excelencia en lo literario, no es el mío. A mí me gusta el brochazo nervioso, un poco al tuntún. Ella es la pincelada justa, fina, miniada, que se pierde en el fárrago de un discurso orteguiano y bastante pesado al estómago.
Estoy en el Laan (son casi las tres de la tarde) a vueltas con las críticas. Me queda un poco de la segunda y en cuanto termine enfilo para el periódico, a editarlas y olvidarme de ellas cuanto antes. Hoy jueves, por la noche, conoceré a Diego, el chiquito argentino con el que últimamente he estado chateando a través del messenger. A lo mejor nos vamos a la cama, puede ser (a mí me apetece un poquillo de acción), aunque ni siquiera me he afeitado y voy más grunge –y descuidado– que nunca. Como si me diera igual gustarle o no. Y es que me da lo mismo. De Gabriel no tengo noticias, su presencia se va borrando poco a poco y ya me cuesta pensar en él. Bueno. Mañana tengo un día complicado, quedaré con E a primera hora de la tarde para que me ayude a buscarle un regalo a Noeli, después a las ocho he dicho que sí a una reunión en donde C&H (estarán todos los de ese grupo, espero que sin novios guapetones que me pongan los dientes largos; también M, de finde fuera de Santander: la operación a su madre salió bien, ahora queda lo más difícil, la convalecencia), y más tarde, sobre las once y media, fiesta de cumpleaños de Noeli en su casa, imagino que fiesta bollo (aquí sí me gustaría que hubiera algún tío que llevarse a los ojos, pero lo dudo). El sábado tengo previsto un poco menos de movimiento: cena gratis a cuenta de mi "prestigio" como crítico (ay, ay, ay qué impostura), en un indio con M S, más posterior salida por ¿Chueca? con toda su gente. Para cuando quiera darme cuenta, el fin de semana habrá pasado y volveré a estar pegado frente a la pantalla del ordenador, en la maravillosa y encantadora redacción donde curro de domingos a jueves.
Ya es seguro que no hay vacaciones. Y mi cumpleaños es en ocho días... Debo llamar a Santander para avisarles que no voy. Claro que a mí, de Santander, no me llama ni el Tato. ¿Habrá caído una bomba nuclear y se han quedado todos carbonizados en el sitio? Ay, cuánto echo de menos a mi abuela.
El martes por la noche quedé con Ma (y su corte imperial). Se rieron mucho con mis desventuras lisboetas. A este chico, el sexo le parece lo más importante del mundo, así que el que yo no follara con nadie en Portugal le parece increíble. En fins. Me llevaron a La Rosa, un garito indescriptible, a medio camino entre boite setentera y bar de carretera extremeño. Actuaban, cómo no, unos amigos suyos. J llevaba cámara nueva y se hinchó a sacarnos fotos. Posturita va, posturita viene. Me las envió ayer y lo cierto es que me veo muy guapo. Con ojazos y tal. Habrá que hacer copias para enviar por ahí, jeje. Cayeron tejillos, pero me los quité de encima como pude. Una vez más, comprobé que me muevo por estos ambientes de un modo torpe y desmayado. Las cosas que se dicen (con mucha floritura de manos y tanto hablar en femenino) no me interesan nada, me siento completamente ajeno a su mundo. Como si fuera un buzo que se pusiera la escafandra y realizara una inmersión rápida al fondo marino. Todo muy bonito, pececillos de diversos tamaños y colores, algún tiburón a lo lejos, corales de una rara belleza. Pero siempre deseando salir al exterior, a respirar un poco de aire puro. Ellos no parecen darse cuenta de lo ajeno que me siento –si se la dan, no lo demuestran–, quizás me ven como una rareza curiosa a la que sacar a pasear de cuando en cuando.
Comentario:
Yo tambien veo muy fuerte que no follaras en portugal... tio como se te ocurre!!! jejejeje es coña
1Muakk y cuidate
1Muakk y cuidate