FINAL DE VIAJE
Ahora me tomo un café en el aeropuerto de Lisboa, porque me queda más de una hora para embarcar y así trato de despejarme un poco. Entre que anoche salí y me trinqué su buen número de cervezas (Super Bock, por fín me aprendí el nombre de las interfectas), con lo que la vuelta a la pensión fue un trastavilleo de borrachín por infinidad de cuestas y callejas mal alumbradas, y que me he levantado a las ocho en punto para estar seguro de llegar a tiempo, no soy persona. De modo y manera que aquí estoy, un poco más sabio que hace unos días y con un sueño de muerte. Lisboa ha sido una experiencia fallida pero interesante, porque me ha descubierto tres cosas de mí que desconocía.
Primera. Aunque voy de bohemio independiente por la vida, y de sobrado que no precisa de nadie, necesito siempre estar acompañado (bien o mal, es lo de menos) para relacionarme con los otros. Si hay quien me "proteja" de las inclemencias del exterior, entonces me crezco y soy un tigre de lo social, con uñas y dientes y rabo y bigotazos. Si estoy solo, me vuelvo animalito indefenso que tiembla al mínimo cambio del viento.
Segunda. Cada día me parezco más a mi abuelo en lo tocante a viajes. Cuando él y abuelita salían por ahí, a la vuelta todo era un jolgorio de regalos para los nietos y anécdotas del viaje. Y siempre, en un momento dado, abuelito decía: "Sí, ha estado bien, pero ya tenía yo ganas los últimos días de volver a Santander". Lo único es que su nieto ha cambiado el escenario (Santander por Madrid), pero la modorra cada vez más sedentaria es la misma. Con lo que yo he sido.
Tercera. Ya lo escribí aquí ayer mismo. La soledad impuesta es una putada. A mí me gusta estar solo cuando quiero y como quiero, no que la muy zorra se venga sin avisar y sin que se la invite.
Y con estas tres lecciones bien aprendidas, me doy por bien servido en un viaje que, por otra parte, ha sido maravilloso (léase M y su estancia de tres días). Con el tiempo supongo que le sacaré más jugo a todo esto.
Primera. Aunque voy de bohemio independiente por la vida, y de sobrado que no precisa de nadie, necesito siempre estar acompañado (bien o mal, es lo de menos) para relacionarme con los otros. Si hay quien me "proteja" de las inclemencias del exterior, entonces me crezco y soy un tigre de lo social, con uñas y dientes y rabo y bigotazos. Si estoy solo, me vuelvo animalito indefenso que tiembla al mínimo cambio del viento.
Segunda. Cada día me parezco más a mi abuelo en lo tocante a viajes. Cuando él y abuelita salían por ahí, a la vuelta todo era un jolgorio de regalos para los nietos y anécdotas del viaje. Y siempre, en un momento dado, abuelito decía: "Sí, ha estado bien, pero ya tenía yo ganas los últimos días de volver a Santander". Lo único es que su nieto ha cambiado el escenario (Santander por Madrid), pero la modorra cada vez más sedentaria es la misma. Con lo que yo he sido.
Tercera. Ya lo escribí aquí ayer mismo. La soledad impuesta es una putada. A mí me gusta estar solo cuando quiero y como quiero, no que la muy zorra se venga sin avisar y sin que se la invite.
Y con estas tres lecciones bien aprendidas, me doy por bien servido en un viaje que, por otra parte, ha sido maravilloso (léase M y su estancia de tres días). Con el tiempo supongo que le sacaré más jugo a todo esto.
Comentario:
La verdad es que abandonar una ciudad como Lisboa pone melancolico a cualquiera. Es una lastima, pero bueno, es hora tambien de decir bienvenido a casa
Comentario:
gracias, x lo q me toca. idem para mi, ya tenía ganas d repetir cntigo tras marruecos (qué pocos viajes entre tu y yo en esta década prodigiosa, no?).
y la bicha, es verdad, qué real, qué bonito así dicho...
y la bicha, es verdad, qué real, qué bonito así dicho...