AY AY AY, LA SOLEDAD
En la Confeiteria Nacional, un establecimento abierto desde 1829, ahí es nada. Acabo de informarme de dónde sale el 44 hacia el aeropuerto –aquí al lado–, así que el problema del transporte para mañana está solucionado. Anoche quise ir al Bar 106 (y tal vez, más tarde, darme un voltio por el Bricabar), pero recalé en la pensión para leer un ratillo y dormir siesta. Craso error, mon ami. El ratillo se tradujo en más de dos horas (me quito el sombrero ante Laura Restrepo, qué caudal de palabras, qué dominio del lenguaje, la trama y los personajes..., M tenía razón y yo me adelanté en un primer juicio tontiloco que, ahora lo veo, no tenía ninguna base real) y para cuando quise dormir siesta eran las ocho de la noche. Bueno, pensé, doy una cabezadita y me pongo en marcha. Me desperté completamente volado, sin saber muy bien ni quién era ni dónde estaba. Miré el reloj: las doce y pico. Ya no eran horas para ducharse, arreglarse y salir. Lo dejé correr. A lo mejor es el destino (ese duendecillo travieso) que no quiere que ligue con nadie en Lisboa. En fin. Pues no ligo, qué le vamos a hacer...
Ayer todavía tuve noticias de Paulo, pero le dije que no me apetecía verle. Estoy orgulloso de mí mismo porque fui (al menos un poco) sincero con él. Historia finiquitada.
La soledad como una bicha alargada y escurridiza que vegeta y se retuerce en un rincón oscuro, que nos mira desde lo negro con ojos que espejean en la penumbra y nos vigilan siempre, siempre. Es una culebra viscosa que no puede ser domesticada –qué más quisiéramos– y se está muy quieta y como muerta justo antes de que salte, sin previo aviso, y nos muerda en el cuello con unos dientes puntiagudos, dientecitos que no hacen daño (al menos, no un daño mortal) pero que hieren lo mismo, desgarran la carne y dejan su marca indeleble, vampírica, en la blancura del cuello. Entonces llega el antídoto en forma de cafés con los otros, de charlas desesperadas por explicarnos, por hacernos un poco más inteligibles para los demás y así engañarnos con la letanía consabida: no estás solo, ¿no ves cómo te rodean todos?, no estás solo. Y la bicha, astuta y sabia y taimada y traidora pero paciente, se repliega a su rincón brumoso, casi inexistente, como si no estuviera allí, como si su presencia un momento antes terrible sólo fuera un mal sueño de la mente. Hasta la próxima, en que sus dientes agudos y pequeños, transparentes, se hinquen de nuevo en el cuello, una y otra vez, con saña. La verdad final, única e ineludible (a poco que uno mire a su alrededor) es que vivimos y morimos solos, enfrentados con nosotros mismos en un diálogo absurdo y kafkiano que no es diálogo sino monólogo de loco, grito en el desierto y punto final.
Vengo del cibercafé que hay en el Largo do Picadeiro, de meter algunas notas atrasadas en este diario. A través del messenger he charlado con Eloísa, que me aseguró que las sustituciones en el periódico han ido bien. Luego, en plan sorpresa y sin anunciarse (no hubo ruido de trompetas ni angelitos cantando ni flor de azahar ni nada de nada), me saludó Gabriel. No sé, no sé. Este chico es toda una incógnita a resolver, como una ecuación de segundo grado en que a veces me faltan equis y a veces me sobran. Al preguntarme cómo va todo y si he salido, le conté lo de Paulo muy por encima –supongo que para hacerme el interesante– y me soltó algo que no preveía. "Espero que no hagas eso conmigo". Vaya, si al final y todo podría haber una historia aquí... Lo cierto es que he pensado en él más de lo habitual, y que uno de los motivos por los que quiero regresar a Madrid es para aclarar qué es lo que pasa entre nosotros. Ahora estoy de subidón, claro, así que voy a dejar macerar este cosquilleo adolescente que me recorre la piel, tomaré aire y frenaré a mi impaciencia, que me juega tan malas pasadas. Si el problema conmigo ya sé cuál es: un asustadizo quinceañero en cuerpo de hombre. Algo que despista a cualquiera.
Ayer todavía tuve noticias de Paulo, pero le dije que no me apetecía verle. Estoy orgulloso de mí mismo porque fui (al menos un poco) sincero con él. Historia finiquitada.
La soledad como una bicha alargada y escurridiza que vegeta y se retuerce en un rincón oscuro, que nos mira desde lo negro con ojos que espejean en la penumbra y nos vigilan siempre, siempre. Es una culebra viscosa que no puede ser domesticada –qué más quisiéramos– y se está muy quieta y como muerta justo antes de que salte, sin previo aviso, y nos muerda en el cuello con unos dientes puntiagudos, dientecitos que no hacen daño (al menos, no un daño mortal) pero que hieren lo mismo, desgarran la carne y dejan su marca indeleble, vampírica, en la blancura del cuello. Entonces llega el antídoto en forma de cafés con los otros, de charlas desesperadas por explicarnos, por hacernos un poco más inteligibles para los demás y así engañarnos con la letanía consabida: no estás solo, ¿no ves cómo te rodean todos?, no estás solo. Y la bicha, astuta y sabia y taimada y traidora pero paciente, se repliega a su rincón brumoso, casi inexistente, como si no estuviera allí, como si su presencia un momento antes terrible sólo fuera un mal sueño de la mente. Hasta la próxima, en que sus dientes agudos y pequeños, transparentes, se hinquen de nuevo en el cuello, una y otra vez, con saña. La verdad final, única e ineludible (a poco que uno mire a su alrededor) es que vivimos y morimos solos, enfrentados con nosotros mismos en un diálogo absurdo y kafkiano que no es diálogo sino monólogo de loco, grito en el desierto y punto final.
Vengo del cibercafé que hay en el Largo do Picadeiro, de meter algunas notas atrasadas en este diario. A través del messenger he charlado con Eloísa, que me aseguró que las sustituciones en el periódico han ido bien. Luego, en plan sorpresa y sin anunciarse (no hubo ruido de trompetas ni angelitos cantando ni flor de azahar ni nada de nada), me saludó Gabriel. No sé, no sé. Este chico es toda una incógnita a resolver, como una ecuación de segundo grado en que a veces me faltan equis y a veces me sobran. Al preguntarme cómo va todo y si he salido, le conté lo de Paulo muy por encima –supongo que para hacerme el interesante– y me soltó algo que no preveía. "Espero que no hagas eso conmigo". Vaya, si al final y todo podría haber una historia aquí... Lo cierto es que he pensado en él más de lo habitual, y que uno de los motivos por los que quiero regresar a Madrid es para aclarar qué es lo que pasa entre nosotros. Ahora estoy de subidón, claro, así que voy a dejar macerar este cosquilleo adolescente que me recorre la piel, tomaré aire y frenaré a mi impaciencia, que me juega tan malas pasadas. Si el problema conmigo ya sé cuál es: un asustadizo quinceañero en cuerpo de hombre. Algo que despista a cualquiera.