MÁS SALIDO QUE EL PICO DE UNA PLANCHA
Así me siento. Son casi tres semanas de "viudedad" y el cuerpo, que es sabio y siempre campa a sus anchas, sin entender de sentimientos y demás historias, comienza a revolucionárseme. Parece que en lugar de ir camino del otoño (caída de la hoja, amarillos y ocres por doquier, atardeceres increibles, la berrea...) me acerco a una primavera con la sangre más alterada que nunca. Voy por la calle y parezco la niña del exorcista, vuelta de cuello va, vuelta de cuello viene, son tantos y tantos los chicos que se cruzan en mi camino y me dejan sin aliento: jóvenes delgados y casi imberbes, con esa mezcla de malicia e ingenuidad en la mirada que me pierde, me pierde; grunchies de camiseta raída y pelo desordenado, muy morenos tras las vacaciones; algún nuevo camarero en el Colby, o en el BAires, o en el Laan que parece mirarme unos segundos más de la cuenta, no sé si porque no he pagado el café (que sí he pagado) o porque le suena mi cara de algo (que no le suena, claro) o porque, mira tú por dónde, le gusto un poquillo. Y uno se pone el uniforme de madre superiora, hace oídos sordos a los cánticos de sirena que pueblan Chueca (mira tú, otro tipo de berrea, más urbana y seguramente más salvaje), procura que la mirada se deslice sobre tanta belleza sin ser consciente de ella y piensa en P, con tozudez, con intensidad, con nostalgia que empieza a ser olvido. Estoy muy a gusto con él, pero a medida que pasan los días, el teléfono se me antoja un ser cruel que me hurta su presencia, más que acercármele.
Dice que regresa a Madrid en torno al 15. Este finde tenía pensado hacer una excursión con E en su superbólido hasta Jaén, para compensar el fiasco de Torrevieja y romper con mi quincena de abstinencia, pero resulta que, justamente este viernes, P se larga de Jaén para encontrarse en Almería con M, su amiga de toda la vida a la que hace mucho que no ve y con la que tiene tanto que tratar... Pues qué bien. La gente me pregunta por mi novio y yo les contesto que está de gira por provincias. Cómo entiendo ahora a las mujeres de los toreros, y de los marinos, y de los astronautas. Menos mal que aún tengo las fotos y, así, cuando me entran unas ganas voraces de tirarme al primero que me haga caso, las repaso, recuerdo cuándo se hicieron y observo su rostro, rememoro su sonrisa, hundo la mirada en su pelo, acaricio sobre el papel su perfil romano y me digo que bueno, que puedo y debo aguantar, que son sólo unos días más y luego llegarán, otra vez, las vacas gordas...
Anoche me quedé a dormir en casa de M, para ver si terminaba de una puta vez el rollo de la revista, que me da una pereza tremenda (ahora mismo, sólo con pensar en lo que me queda, el sueño y el cansancio me pueden, amenazan con dislocarme la cabeza en caída libre sobre el teclado del ordenador: pero no, las fuerzas del mal -léase ML R- acechan). Poco después de la medianoche se pasó de visita L. Bebimos cerveza, fumamos algún canuto (más bien bebí y fumé yo, porque L es asquerosamente sano) y ya se nos fue el santo al cielo. La historia de este chico conmigo es curiosa: nos conocimos en el Gris, cuando ya cerraban el bar, hace más de un año. Fue engancharnos con la mirada, hablar cuatro palabras, darnos un morreo y ya quedamos en que nos veíamos al día siguiente. Y eso hicimos. Estuvimos paseando, un domingo primaveral, por las Vistillas. Buscamos un lugar apartado sobre el césped y nos enrollamos del todo (esto es, besos y magreos, con el consiguiente escándalo de viejecillas de misa diaria, abuelos con nieto de la mano, familias nucleares y limpísimas y demás fauna que andaba por allí). Pero entonces, después de todos esos preliminares, y cuando el polvo, cuando menos el polvo, parecía seguro, L levantó entre nosotros un muro de hormigón armado, dejó los cariños a un lado y al llegar a su portal quedó en llamarme (no lo hizo sino varios meses más tarde), con un "hasta luego" que me dejó completamente volado. Luego hemos seguido en contacto, siempre es él quien me llama, quien dice sí pero no, quien baila la danza de la seducción y me roza con sus siete velos para luego, sin transición, hacerse el estrecho, hablarme de su novio o del grado de inclinación de la torre de Pisa... Es un mulato muy guapo, tiene 26 años y un cuerpo, como decía la Melanie en aquella película, para el pecado. Muy bien, aunque yo no voy a babear por un espejismo que se me presenta de cuando en cuando en casa, sin previo aviso y hasta la cocina. Hace mucho que no deseo a L, al menos no de una manera activa. Pero anoche... Menos mal que preguntó por mi vida sentimental y entonces yo me lancé a una apología de P, del amor por fin encontrado y de lo feliz (?) que me siento. Exageré un poco, vale, pero es que era eso o tirarme en vuelo rasante sobre su bragueta. Y uno, además de no querer cagarla con P, todavía tiene su algo de dignidad...
Dice que regresa a Madrid en torno al 15. Este finde tenía pensado hacer una excursión con E en su superbólido hasta Jaén, para compensar el fiasco de Torrevieja y romper con mi quincena de abstinencia, pero resulta que, justamente este viernes, P se larga de Jaén para encontrarse en Almería con M, su amiga de toda la vida a la que hace mucho que no ve y con la que tiene tanto que tratar... Pues qué bien. La gente me pregunta por mi novio y yo les contesto que está de gira por provincias. Cómo entiendo ahora a las mujeres de los toreros, y de los marinos, y de los astronautas. Menos mal que aún tengo las fotos y, así, cuando me entran unas ganas voraces de tirarme al primero que me haga caso, las repaso, recuerdo cuándo se hicieron y observo su rostro, rememoro su sonrisa, hundo la mirada en su pelo, acaricio sobre el papel su perfil romano y me digo que bueno, que puedo y debo aguantar, que son sólo unos días más y luego llegarán, otra vez, las vacas gordas...
Anoche me quedé a dormir en casa de M, para ver si terminaba de una puta vez el rollo de la revista, que me da una pereza tremenda (ahora mismo, sólo con pensar en lo que me queda, el sueño y el cansancio me pueden, amenazan con dislocarme la cabeza en caída libre sobre el teclado del ordenador: pero no, las fuerzas del mal -léase ML R- acechan). Poco después de la medianoche se pasó de visita L. Bebimos cerveza, fumamos algún canuto (más bien bebí y fumé yo, porque L es asquerosamente sano) y ya se nos fue el santo al cielo. La historia de este chico conmigo es curiosa: nos conocimos en el Gris, cuando ya cerraban el bar, hace más de un año. Fue engancharnos con la mirada, hablar cuatro palabras, darnos un morreo y ya quedamos en que nos veíamos al día siguiente. Y eso hicimos. Estuvimos paseando, un domingo primaveral, por las Vistillas. Buscamos un lugar apartado sobre el césped y nos enrollamos del todo (esto es, besos y magreos, con el consiguiente escándalo de viejecillas de misa diaria, abuelos con nieto de la mano, familias nucleares y limpísimas y demás fauna que andaba por allí). Pero entonces, después de todos esos preliminares, y cuando el polvo, cuando menos el polvo, parecía seguro, L levantó entre nosotros un muro de hormigón armado, dejó los cariños a un lado y al llegar a su portal quedó en llamarme (no lo hizo sino varios meses más tarde), con un "hasta luego" que me dejó completamente volado. Luego hemos seguido en contacto, siempre es él quien me llama, quien dice sí pero no, quien baila la danza de la seducción y me roza con sus siete velos para luego, sin transición, hacerse el estrecho, hablarme de su novio o del grado de inclinación de la torre de Pisa... Es un mulato muy guapo, tiene 26 años y un cuerpo, como decía la Melanie en aquella película, para el pecado. Muy bien, aunque yo no voy a babear por un espejismo que se me presenta de cuando en cuando en casa, sin previo aviso y hasta la cocina. Hace mucho que no deseo a L, al menos no de una manera activa. Pero anoche... Menos mal que preguntó por mi vida sentimental y entonces yo me lancé a una apología de P, del amor por fin encontrado y de lo feliz (?) que me siento. Exageré un poco, vale, pero es que era eso o tirarme en vuelo rasante sobre su bragueta. Y uno, además de no querer cagarla con P, todavía tiene su algo de dignidad...