INSOMNIO
Noche del sábado al domingo. Estoy en la pensión, en pijama y zapatillas, sufriendo los útimos (eso espero) zarpazos de esta lumbalgia que no termina de marcharse. Paulo no me llamó, pero a cambio me envió un poema con su número para que fuera yo quien le llamara -debe estar pillado de dinero. Ay, Paulo. Sigue tan ingenuo como hace tres anyos, cuando temblaba de emoción ante la hermosura del amanecer sobre un alto de la ciudad, con Lisboa y el Tajo a sus pies. Fue una chiquillada por su parte enamorarse de un espanyol a quien trató sólo tres días y por quien lo hubiera dejado todo: así me lo anunciaba en una de las pocas cartas que me escribió, estaba estudiando castellano para irse a vivir a Madrid, en pos de una quimera, de un suenyo, de una dulce fantasía, porque yo no soy ese chico que conoció, o sí que lo soy pero no solamente ese, también otros muchos, menos amables, menos amorosos, menos recomendables. Soy el que se quedó por espacio de todo un día en su cama, arrullándole y haciéndole cosquillas, besándole y acariciándole, durmiendo y despertando alternativamente, charlando de todo (nos contamos la vida, hubo confidencias, y risas y hasta un poco de llanto). Pero al mismo tiempo soy el veleta que desea salir y emborracharse de sexo y carnalidad, para tirarme a la primera belleza que pase y colgarme del pecho los amantes de una noche como si fueran medallitas ganadas en múltiples batallas. Se lo dije en una carta dura, en que "rompía" nuestro "noviazgo". Y entrecomillo las dos palabras porque nunca sentí que hubiera nada realmente serio entre nosotros. El Cornelio que le decía cosas bonitas mirándole a los ojos era el mismo capullo que, unas horas después, se quejaba a sus amigos de lo pesado -por su insistencia en verme- que era Paulo. Un Cornelio mezquino y canalla.
Ahora me asegura que ha madurado -que va a cumplir 33 anyos y ya no es el inocente corderillo que yo conocí. Qué va a haber cambiado. Madurar sí, de acuerdo, pero la bondad, en quien es bueno por naturaleza, difícilmente desaparece. Paulo es de las personas más sanas, limpias y vulnerables que he conocido. No quiero que mi debilidad ante estas virtudes (que se vuelve fortaleza en cuanto me doy la vuelta y dejo de estar bajo su influencia) le haga danyo de nuevo.
Por otra parte, me apetece verle. No únicamente acostarme con él -aunque también lo deseo- sino pasar horas en su companyía. Hemos hablado por teléfono esta noche. Se mostró desencantado porque esperaba verme en Fragil; se lo expliqué lo mejor que pude: con la espalda hecha trizas y muy pocas ganas de vestirme y salir a la calle, no me apetece llegar allí y esperar horas, aburrido, a que termine. He prometido volver a llamar manyana al mediodía para tomarnos un café juntos y charlar. Miedo me da de mí mismo y de lo que pueda conllevar ese café.
Ahora me asegura que ha madurado -que va a cumplir 33 anyos y ya no es el inocente corderillo que yo conocí. Qué va a haber cambiado. Madurar sí, de acuerdo, pero la bondad, en quien es bueno por naturaleza, difícilmente desaparece. Paulo es de las personas más sanas, limpias y vulnerables que he conocido. No quiero que mi debilidad ante estas virtudes (que se vuelve fortaleza en cuanto me doy la vuelta y dejo de estar bajo su influencia) le haga danyo de nuevo.
Por otra parte, me apetece verle. No únicamente acostarme con él -aunque también lo deseo- sino pasar horas en su companyía. Hemos hablado por teléfono esta noche. Se mostró desencantado porque esperaba verme en Fragil; se lo expliqué lo mejor que pude: con la espalda hecha trizas y muy pocas ganas de vestirme y salir a la calle, no me apetece llegar allí y esperar horas, aburrido, a que termine. He prometido volver a llamar manyana al mediodía para tomarnos un café juntos y charlar. Miedo me da de mí mismo y de lo que pueda conllevar ese café.