Diario de Madrid
Sindicación
 
ÚLTIMO DÍA SOLO
Narrar lo que anoche fue mi deambular por los bares lisboetas sería muy triste de no saber ahora que manyana viene M para unirse a mi viaje. No sé por cuánto tiempo, pero unos días, al menos, estaré acompanyado. La noticia me animó tanto que olvidé (en la medida de lo posible) mis miedos atávicos y estuve por ahí hasta las cuatro de la madrugada. Tampoco fue nada del otro mundo. Comencé la jugada en Heróis, un pub en Calzada do Sacramento; entré después de dudarlo un poco y me dirigí, rápido y sin mirar a los lados, a la barra. En plan espía cutre en filme de quinta regional. Pedí tres cervezas, una detrás de otra, y solamente cuando iba por la segunda me atreví a echar un vistazo a mi alrededor... Algún ninyín mono, música de Bjork, en fin, nada resenyable. El camarero era un mulato gordísimo enfundado, no sé cómo, en una camiseta negra ajustada. Traté de no parecer muy serio, porque si no, seguro que no hablaba con nadie. Yo tampoco lo haría con un tipo con la cabeza rapada, vuelto de espaldas a todo el mundo, con una cerveza siempre a tiro de piedra y un gesto de ni te acerques que muerdo. Ay, esa cara de mala leche que nunca, nunquísima, me ha dado buen resultado. Y no hay manera, escondo la timidez bajo una capa de duro cemento y asusto hasta al más lanzado. A lo mejor eran imaginaciones mías, pero creo que hubo varios que me miraron, sobre todo uno, en plan insistente. No era cuestión de tener que llevárselo a la cama, tontín, era cosa de charlar con alguien y quién sabe, a lo mejor tenía amigos guapos. Cuando, después de estas experiencias, regreso a casa y amanezco solo, todos estos terrores me parecen ridículos e infundados, pero mientras tanto ya me cargué la historia... Sucede como con las pesadillas nocturnas, que a la manyana siguiente causan risa y rubor, pero mientras suceden nos acojonan.
Fue allí, en Heróis (heroico yo, agarrado a mi canya y llamándome por lo bajo gilipollas), cuando M me envió un mensaje comentándome la posibilidad de venirse. De la alegría que me dio hasta se me cambió el rictus de solterón amargado.
Luego estuve en Portas Largas, sentado cerca de un grupo de espanyoles (por cierto, ayer no tanto, pero hoy la ciudad está tomada literalmente por hordas de turistas espanyoles, mayoritariamente en familia, que arman un follón tremendo con sus voces altas, sus mira esto mira aquello, la manía de criticar todo lo que les es desconocido, somos así vistos desde fuera?). Uno de ellos, gallego de Santiago, le comentaba a una portuguesa lo bonita que era la ciudad, los vínculos evidentes que había entre Espanya (camisa blanca...) y Portugal, hizo una relación interminable de todos los escritores portugueses que conocía (el primero, claro, el infumable Saramago), la música lusa que le gustaba ("adoro a Dulce Pontes", "tengo un disco de Madredeus" -como si le dieran una medalla por eso-, y en ese plan). También habló de política.
-En Espanya, hay gente como Aznar que quiere más Espanya todavía. Y los hay, en Galicia y Catalunya, por ejemplo, que queremos que Espanya sea Espanya, pero no más Espanya.
La pobre mujer le miraba con un gesto a lo Obelix. Están locos estos espanyoles.
En el Fragil vi a Paulo, que sigue trabajando allí. Primero se le puso una cara de no me lo creo, estoy sonyando, luego me abrazó y empezó a presentarme a medio personal. Me dijo que pensaba que no nos veríamos nunca más. Hombre, tanto como nunca más... Que aún conserva la foto que nos hicimos besándonos. Que ha pensado mucho en mí (y en la patada que le di, supongo). Estaba guapo. Le dejé trabajar y me perdí por los intersticios del local. Cuando se llenó, algún tio canyón ya vi, aunque comenzaban a pesarme la noche y las copas... Hubo uno en especial, alto y delgado, con el pelo largo a lo Tadzio pero en moreno, que me gustó mucho. Qué hizo Cornelio, nuestro superhéroe en acción? Nada, claro. Ni siquiera fui capaz de sostenerle la mirada cuando se cruzó con la mía. Ni que a estas alturas de la película fuera yo una virginal doncella. Otro, algo cachillas, bailaba como un poseso a mi lado y era evidente que hubiéramos podido conectar. Me mantuve digno, con la mirada al frente. Estúpido, estúpido, estúpido. El vodka con naranja era una piedra en la boca del estómago y yo estaba muy solo y muy cansado... Paulo, después del recibimiento inicial, parecía estar recordando cada vez mejor lo mal que me porté con él, y se mostraba raro conmigo. En principio le dije que esperaría a que terminara su turno (para acostarnos?) pero a las cuatro opté por irme a la cama.
-Te doy mi número?
-No sé.
-Bueno, pues tú dirás, te lo doy o no?
-Vale, sí.
La pelota está en su tejado. Si quiere llamarme que lo haga. Esta noche no pienso aparecer por allí.
No