Diario de Madrid
Sindicación
 
DE PASEO POR LISBOA
Diez de la manyana de mi primer día en Lisboa. Llegué hace hora y media, después de un viaje más bien incómodo. Anoche tomé una pinta de despedida con E, por Alonso Martínez. No nos veremos en los próximos ocho días, algo que se me hace extranyo si consideramos que últimamente es de las personas que más frecuento. Ella se va de familiada a Asturias (primero) y de romanticismo exacerbado con Eva (después). Ya me contará. Me da en la nariz que comienza a estar muy pillada, que además es consciente de esto y cada día se resiste menos. Me alegro: hay que ser todo lo feliz que se pueda.
El hecho es que hubo una cerveza con E y para cuando regresé a casa, en lugar de hacer la maleta me puse a ver el capítulo grabado de "Aquí no hay quien viva". Entre una cosa y otra, me acosté a las tres y media. Y para las seis, en pie. Con el estómago revuelto, tentaciones enormes de darme media vuelta y seguir durmiendo, un frío extremo que me paralizaba y muy pocas ganas de preparar el equipaje. Total, al final hice como siempre: con el tiempo justo metí cuatro cosas en una bolsa y me largué pitando, que si no no llegaba a Barajas. Metro -cuánto hacía que no lo cogía a esas horas, ya no recordaba la mirada vacía de los viajeros, los rostros cetrinos, la sensación de vencimiento de quien cada día madruga para ir al trabajo y ganarse, miserablemente, la vida-, aeropuerto, facturación, puerta de embarque... Unas colas gigantescas, todo el mundo huyendo hacia sus vacaciones. En la cola para la puerta de embarque, delante mío, dos pijos de treintaitantos, uno de ellos exageradísimo en su papel: media melenita repeinada, moreno de solarium, camisa a rayas de seda, chaqueta de pana entallada, pantalones vaqueros de marca, zapatos de ante. Un figurín. Directamente me cayó gordo; no lo puedo evitar, ese tipo de gente me carga bastante. En un momento dado, el pijotrónico se dirigió a su amigo:
-Has leído últimamente la prensa económica?
Socorro. Pero, hay gente así? Vaya que si la hay, lo que pasa es que, encerrado en mi burbuja de amigos y conocidos, no suelo encontrármelos por ahí. Existen. Y dominan el mundo.
En el avión, como sardinas en lata. Aunque no hubo retrasos, menos mal. Me tocó pasillo, al lado de un matrimonio catalán de mediana edad. Afortunadamente, nadie habló conmigo, así que pude cerrar los ojos y descansar algo del ajetreo de la manyana.
Ya en Lisboa -sol y temperaturas agradables- recuperé mi bolsa y cogí un autobús, el 44, que me dejó en Restauradores. A medida que el bus se iba acercando al centro, los edificios ganaban en belleza y entidad. No recordaba que fuera una ciudad tan bonita.
Mi pensión (Pençao Ibérica) está en Praça da Figueira. Ya he pagado las ocho noches y ahora me tomo un café (malísimo) a la espera de que mi habitación, que da a la misma plaza, en pleno Rossio, y dispone de una cama enorme para mí solito, esté arreglada. Luego creo que dormiré un rato, porque estoy muerto.

Vuelvo a la pensión y mi cuarto ya está limpio. Desde la ventana domino todo el ir y venir de la plaza. Hay una mesa de madera usada con su silla. El armario desvencijado y escaso de perchas. Me gusta esta habitación con su desnudez y su pobreza. Duermo por espacio de dos horas, un suenyo letárgico, sin imágenes y profundo. Para la una de la tarde estoy de nuevo en la calle, a la busca de un ciber. No lo encuentro. Tiendas de ropa, de calzado, de complementos, FNAC, centros comerciales, supermercados y restaurantes, tiendas de regalos y souvenirs, estancos, hasta una sucursal de Viajes El Corte Inglés, pero ni un puto ciber a la vista. Podría preguntar a alguien (y terminaré haciéndolo, si no hay más remedio) pero me puede la timidez y no me decido.El paseo se alarga y alarga, primero por el Chiado y el Bairro Alto, luego hasta Restauradores y más arriba, hasta la mitad de la Avenida da Liberdade. El día es espléndido, y me abrigo madrilenyo comienza a pesarme demasiado (tengo calor!). Hasta hoy pensaba que la Navidad en Madrid era un horror -por lo presente que está en calles y comercios. Pues bien, aquí es aún peor. Por todo el centro hay altavoces estratégicamente situados que vomitan, de manera machacona, villancicos.
Al final opto por el tópico de los tópicos y termino en el Café Brasileira, donde me encuentro escribiendo esto. Otra costumbre europea que no me gusta: el que a tu mesa, si no hay espacio, pueda sentarse un extranyo. Me siento cohibido y pequenyito. Tanto que he cedido a la tentación y me he comprado una cajetilla de tabaco. Supongo que el peso de la soledad, unido a la excitación de estar en Lisboa, en plan aventurero, me han agudizado el mono. De modo que, tras dos meses y medio, me da en la nariz que volveré a fumar. De momento, me refugio en Fernando Vallejo y su biografía descarnada, personalísima, subjetiva y canalla del poeta Porfirio Barba Jacob. Más tarde volveré a la pensión a descansar otro poco, afeitarme, pasarme la maquinilla por el pelo, hacer acopio de valor y lanzarme a la noche del Viernes, a ver qué me tiene preparado el destino.
El interior del café es de un barroquismo feroz, como una joya antigua que misteriosamente hubiera sobrevivido al paso del tiempo, del siglo XIX a estos albores del XXI. La sombra principesca de Pessoa -resumida en su estatua de hierro forjado en la terraza- planea sobre mesas y clientes, un fantasma incorpóreo sin alma ni sentimientos, convertido en mera atracción turística, como el Hemingway de los Sanfermines o el Valle-Inclán del Callejón del Gato. Hay un continuo trasiego de gente, la marea humana que será pleamar en unas horas, cuando media ciudad se engalane a la caza de esa otra media que, ay, casi siempre se queda en casa.

Pregunté en la pensión y resulta que, a unos metros, tengo este ciber desde es que transcribo lo anterior.
 
Comentario:
Gracias por tus animos pa mi resfri jejeje
Quee vaya muy bien por Lisboaaaaa
 
Comentario:
qué bien! esto es como seguir a tu lado, vayas donde vayas. suerte esta noche, a ver si cae algún caboverdiano o similar! ten paciencia y lánzate...
beso
No