MIEDOS
En el Colby, con Grace Jones de fondo musical. Otro día en que me levanto, me pongo las lentillas, entro en la ducha (no me afeito), me visto deprisa mientras procuro ignorar el desorden de mi cuarto, salgo a la calle –me estremezco de frío cuando el aire helado me da en el rostro–, elijo uno de los cafés a que siempre voy para ponerme a leer ("El mensajero", de Fernando Vallejo) y escribir hasta que toque ir al trabajo. Asusta ver en qué se ha convertido mi vida. Una serie de actos reflejos, aprendidos; unas cuantas costumbres cronometradas al milímetro. Claro que luego cada día es diferente, que siempre tengo algo nuevo que contar a M S –cuando quedamos para comer una vez a la semana–, a C&H, a tantos y tantas. Pero yo me ahogo en esta rutina asimétrica que me domina. Y todo para no tener miedo, para que el miedo no me domine y se me coma crudo. Miedo a vivir la vida sin reglas ni patrones de conducta. Miedo al fracaso. Miedo al vacío sentimental. Miedo a perder una juventud que se me escapa, que juega al escondite conmigo y se ríe, la muy cabrona. Miedo a no ser quien creo que soy, sino un extraño frente al espejo, un desdoblamiento absurdo de este Cornelio que me acompaña, con sus cuitas y alegrías, desde siempre.
Ha sido la muerte de abuelita, con su aldabonazo brutal en la consciencia, lo que ha desatado –más si cabe– toda esta ristra de miedos encadenados. Que se pueden resumir en uno solo: miedo a morirme. A que un buen día todo lo que me rodea desaparezca, cierre los ojos y todo, absolutamente todo, se termine para mí. Es cuestión de tiempo. Ya sé que, si las cosas van bien (y con mis genes heredados), el final llegará tarde, me pillará bien, bien viejito. Pero eso es lo de menos. El hecho es que somos finitos. Algo evidente, vaya. Pero, hasta que abuelita se murió hace casi siete meses, la muerte era un tema filosófico, algo que les ocurría a los otros pero que pasaba de largo frente a mi núcleo de querencias y familia. Aún no he asumido esta pérdida. Todos los días, sin faltar uno, me acuerdo de ella. Ahora mismo, mientras escribo, siento una punzada de extrañamiento en el pecho, se me humedecen los ojos. Con la desaparición de esta mujer, mi mundo se ha hecho pedazos sin remedio. Y debo continuar, y hay que seguir adelante, ya. Para qué carajos, no lo sé. Si este vacío no me lo llenará nadie. Pobre huérfano de abuela.
Llegué a Santander sabiendo que el final era inminente. A través del teléfono, mi tío y mi madre me mantenían informado del proceso. Tu abuela se muere. Entré en su casa de noche, molido después de casi seis horas de autobús. Allí estaban tío Charly y su novia, Caque, no sé si alguna de mis primas (me parece que no). Abuelito y abuelita ya acostados. Llamé suave a la puerta y traspasé el umbral. Dentro de su habitación, que olía a muerte, estaban los dos viejos, ella respirando fuerte, el rostro adelgazado y más afilado que la última vez que nos habíamos visto, tres semanas antes. Abuelito le cogía la mano y se la acariciaba obsesivamente, una vez, dos veces, cien veces.
–Dale un beso a tu abuela.
Un largo matrimonio de 61 años resumido en ese cuarto en penumbra, en el olor fuerte a medicamentos, en la respiración afiebrada de ella, en la mano de él, grande y nudosa y arrugada, que se aferraba a su brazo para contener el avance imparable de la muerte.
–Abuelita, ¿sabes quién soy?
Me dijo que sí. No sé por qué, había temido que no pudiera hacerlo, que a lo peor se moriría sin saberme a su lado. Irrealidad. Por encima de mis gestos, de mis palabras, de mis actitudes en esos días finales de abril, siempre la sensación de irrealidad. Esto no puede, no puede, no puede ser. Como el niñito mimado que grita en medio de su sueño para que papá y mamá lo despierten, le acunen en sus brazos, le susurren palabras mágicas y tranquilizadoras al oído.
Aquella noche dormí pésimo. Había estado charlando con mi tío y Caque, nos fumamos algún porro que, en lugar de adormecerme, me despertó los sentidos. Y todo se volvía repasar, una y otra vez, el proceso de la enfermedad, y rememorar tantísimos momentos felices, los paseos hasta el taller de abuelito, las historias que abuelita me contaba, de cuando era niña y joven, antes de la guerra, las veces que posamos juntos en las fotografías de cumpleaños, las comidas, meriendas, cenas. El mediodía en que me fueron a recoger a la salida de clase de recuperación. Era julio y nos fuimos los tres a Mataleñas, a bañarnos en la cala pequeña que entonces casi nadie frecuentaba, a comer opíparamente una paella y un buen helado, y luego jugar al chinchón –ella era imbatible, cómo se picaba las pocas veces que alguno la ganábamos– y dormir una siesta larga, perezosa, con el murmullo de las olas un poco más allá, y el sol en la punta de la nariz, y el mes de julio. Un nieto feliz y sus dos abuelos con él. También recordé la primera vez que fui consciente de que algún día ya no estarían con nosotros. Fue otro verano, uno o dos años antes de la excursión a Mataleñas. Íbamos camino de la playa, abuelito había aparcado el coche y nos había distribuido la carga. Nos acompañaban mis tres hermanos. Yo caminaba un poco rezagado y desde atrás los observaba, una pareja de sesentones con bolsas de la playa y una sombrilla. Abuelita se movía con su peculiar bamboleo, como si alternativamente cargara todo el peso de su cuerpo sobre una pierna y luego sobre la otra. Y entonces lo pensé, "habrá un día en que esto no se repita más, en que eches en falta hasta una mañana en la playa con ellos". Ese día estaba ahora cerca, qué putada más grande es el paso de los años y su carga de decepciones. Mientras, el efecto del cannabis más que adormilarme estimulaba mis recuerdos y agudizaba mis temores. Tardé muchísimo en dormirme, pero antes de las nueve ya estaba en pie.
Volví a entrar en su cuarto. La mañana, soleada, se colaba por las ventanas y le daba a cada cosa un aspecto menos tétrico que la noche anterior. Más cotidiano. Andaba por allí, trasteando, Luisa, la interina. Mi abuela yacía en la cama con los ojos cerrados y la boca entreabierta, alguien le había pasado un peine humedecido en colonia por los cabellos, escasos y frágiles. Luisa suspiraba llorosa mientras arreglaba la cama de al lado. Me acerqué a abuelita y le di un beso.
–¿Has visto quién ha venido de Madrid para verte?–, dijo Luisa con ese tonillo de voz que se emplea con los muy niños, los muy viejos y los muy enfermos.
–Buenos días, ¿qué tal has dormido?
La sonrisa que transfiguró su cara es un regalo que me acompañará siempre. Fue una calidez que distendió sus músculos y la rejuveneció, por un breve instante. Una sonrisa de alegría total porque su nieto, yo, estaba allí con ella. Se me puso un nudo en la garganta.
Hablé de mi viaje, atolondrado, sin saber qué decir. Luego, cuando el cuarto de baño quedó libre, dije que volvía enseguida, que me quería afeitar.
–Para estar guapo, que si no –dije, mirando a Luisa y haciendo una broma– mi abuela me va a ver muy feo y se va a avergonzar de mí.
–Yo nunca me he avergonzado de ti.
Contestó en un hilo de voz. Y éste fue el segundo regalo de la mañana. Cuando entré en el baño, me senté al borde de la bañera y, sin darme cuenta, empecé a llorar.
Eso precisamente es lo que he perdido. La única persona que siempre supe a mi lado, sin fisuras. Que nunca se avergonzó de mí. Que siempre estuvo orgullosa de cómo soy.
Ha sido la muerte de abuelita, con su aldabonazo brutal en la consciencia, lo que ha desatado –más si cabe– toda esta ristra de miedos encadenados. Que se pueden resumir en uno solo: miedo a morirme. A que un buen día todo lo que me rodea desaparezca, cierre los ojos y todo, absolutamente todo, se termine para mí. Es cuestión de tiempo. Ya sé que, si las cosas van bien (y con mis genes heredados), el final llegará tarde, me pillará bien, bien viejito. Pero eso es lo de menos. El hecho es que somos finitos. Algo evidente, vaya. Pero, hasta que abuelita se murió hace casi siete meses, la muerte era un tema filosófico, algo que les ocurría a los otros pero que pasaba de largo frente a mi núcleo de querencias y familia. Aún no he asumido esta pérdida. Todos los días, sin faltar uno, me acuerdo de ella. Ahora mismo, mientras escribo, siento una punzada de extrañamiento en el pecho, se me humedecen los ojos. Con la desaparición de esta mujer, mi mundo se ha hecho pedazos sin remedio. Y debo continuar, y hay que seguir adelante, ya. Para qué carajos, no lo sé. Si este vacío no me lo llenará nadie. Pobre huérfano de abuela.
Llegué a Santander sabiendo que el final era inminente. A través del teléfono, mi tío y mi madre me mantenían informado del proceso. Tu abuela se muere. Entré en su casa de noche, molido después de casi seis horas de autobús. Allí estaban tío Charly y su novia, Caque, no sé si alguna de mis primas (me parece que no). Abuelito y abuelita ya acostados. Llamé suave a la puerta y traspasé el umbral. Dentro de su habitación, que olía a muerte, estaban los dos viejos, ella respirando fuerte, el rostro adelgazado y más afilado que la última vez que nos habíamos visto, tres semanas antes. Abuelito le cogía la mano y se la acariciaba obsesivamente, una vez, dos veces, cien veces.
–Dale un beso a tu abuela.
Un largo matrimonio de 61 años resumido en ese cuarto en penumbra, en el olor fuerte a medicamentos, en la respiración afiebrada de ella, en la mano de él, grande y nudosa y arrugada, que se aferraba a su brazo para contener el avance imparable de la muerte.
–Abuelita, ¿sabes quién soy?
Me dijo que sí. No sé por qué, había temido que no pudiera hacerlo, que a lo peor se moriría sin saberme a su lado. Irrealidad. Por encima de mis gestos, de mis palabras, de mis actitudes en esos días finales de abril, siempre la sensación de irrealidad. Esto no puede, no puede, no puede ser. Como el niñito mimado que grita en medio de su sueño para que papá y mamá lo despierten, le acunen en sus brazos, le susurren palabras mágicas y tranquilizadoras al oído.
Aquella noche dormí pésimo. Había estado charlando con mi tío y Caque, nos fumamos algún porro que, en lugar de adormecerme, me despertó los sentidos. Y todo se volvía repasar, una y otra vez, el proceso de la enfermedad, y rememorar tantísimos momentos felices, los paseos hasta el taller de abuelito, las historias que abuelita me contaba, de cuando era niña y joven, antes de la guerra, las veces que posamos juntos en las fotografías de cumpleaños, las comidas, meriendas, cenas. El mediodía en que me fueron a recoger a la salida de clase de recuperación. Era julio y nos fuimos los tres a Mataleñas, a bañarnos en la cala pequeña que entonces casi nadie frecuentaba, a comer opíparamente una paella y un buen helado, y luego jugar al chinchón –ella era imbatible, cómo se picaba las pocas veces que alguno la ganábamos– y dormir una siesta larga, perezosa, con el murmullo de las olas un poco más allá, y el sol en la punta de la nariz, y el mes de julio. Un nieto feliz y sus dos abuelos con él. También recordé la primera vez que fui consciente de que algún día ya no estarían con nosotros. Fue otro verano, uno o dos años antes de la excursión a Mataleñas. Íbamos camino de la playa, abuelito había aparcado el coche y nos había distribuido la carga. Nos acompañaban mis tres hermanos. Yo caminaba un poco rezagado y desde atrás los observaba, una pareja de sesentones con bolsas de la playa y una sombrilla. Abuelita se movía con su peculiar bamboleo, como si alternativamente cargara todo el peso de su cuerpo sobre una pierna y luego sobre la otra. Y entonces lo pensé, "habrá un día en que esto no se repita más, en que eches en falta hasta una mañana en la playa con ellos". Ese día estaba ahora cerca, qué putada más grande es el paso de los años y su carga de decepciones. Mientras, el efecto del cannabis más que adormilarme estimulaba mis recuerdos y agudizaba mis temores. Tardé muchísimo en dormirme, pero antes de las nueve ya estaba en pie.
Volví a entrar en su cuarto. La mañana, soleada, se colaba por las ventanas y le daba a cada cosa un aspecto menos tétrico que la noche anterior. Más cotidiano. Andaba por allí, trasteando, Luisa, la interina. Mi abuela yacía en la cama con los ojos cerrados y la boca entreabierta, alguien le había pasado un peine humedecido en colonia por los cabellos, escasos y frágiles. Luisa suspiraba llorosa mientras arreglaba la cama de al lado. Me acerqué a abuelita y le di un beso.
–¿Has visto quién ha venido de Madrid para verte?–, dijo Luisa con ese tonillo de voz que se emplea con los muy niños, los muy viejos y los muy enfermos.
–Buenos días, ¿qué tal has dormido?
La sonrisa que transfiguró su cara es un regalo que me acompañará siempre. Fue una calidez que distendió sus músculos y la rejuveneció, por un breve instante. Una sonrisa de alegría total porque su nieto, yo, estaba allí con ella. Se me puso un nudo en la garganta.
Hablé de mi viaje, atolondrado, sin saber qué decir. Luego, cuando el cuarto de baño quedó libre, dije que volvía enseguida, que me quería afeitar.
–Para estar guapo, que si no –dije, mirando a Luisa y haciendo una broma– mi abuela me va a ver muy feo y se va a avergonzar de mí.
–Yo nunca me he avergonzado de ti.
Contestó en un hilo de voz. Y éste fue el segundo regalo de la mañana. Cuando entré en el baño, me senté al borde de la bañera y, sin darme cuenta, empecé a llorar.
Eso precisamente es lo que he perdido. La única persona que siempre supe a mi lado, sin fisuras. Que nunca se avergonzó de mí. Que siempre estuvo orgullosa de cómo soy.
Comentario:
Holas! yo perdi a mi abuelo este pasado mes de septiembre, y la verdad es que me he sentido muy refejado en algunas cosas de las que has dicho. Y como tu mismo has dejao escrito, la vida es finita, son dos dias, asi que mejor que sean 2 dias pero alegres y disfrutados a tope no crees?? CARPE DIEM Besotes y ya puedes meterte en mi blog q por fin doy señales de vida!!! Cuídate
Comentario:
Suerte que has conocido el amor incondicional. El mismo que un día tendrás con otro chico estupendo como tú. Un abrazo.
Comentario:
escribir para conjurar, consolar, ordenar y recordar de nuevo. escribir para convocar otra vez el llanto. escribir para quitarte prendas y verte desnudo, sin coraza.
valiente: abuelita siempre t faltará, no habrá quien sustituya su vacío. claro q no es lo mismo pero piensa q otros rellenan, si kieres, los huecos.
valiente: abuelita siempre t faltará, no habrá quien sustituya su vacío. claro q no es lo mismo pero piensa q otros rellenan, si kieres, los huecos.