Diario de Madrid
Sindicación
 
SÍ PERO NO
De nuevo, fin de semana enclaustrado. En parte por la lumbalgia, en parte porque no podía separarme de "Las hermanas Zinn" y lo único que me apetecía eran largas sesiones de lectura interrumpidas por un poco de tele –anoche vi un reportaje sobre Gala Dalí, dirigido por Silvia Munt: buenísimo– y comida. Terminé el libro esta madrugada, a eso de las cinco, con la cabeza embarullada de datos y situaciones, frases, poemas y juegos de palabras. Una buena novela; nunca había leído nada de Joyce Carol Oates, así que me pongo sobre la pista a ver qué más encuentro. Divertida, irónica, demoledora.
Pero antes del sábado de reclusión voluntaria, y a pesar de mi espalda jodida (mañana, a lo mejor, cedo en mi cabezonería y voy al médico), hubo mucha tela que cortar. Lo primero, mi cita con Gabriel.
Quedamos en el Star's Café la noche del jueves. Según caminaba hacia allá, me iba poniendo más y más nervioso. ¿Qué pasaría? ¿Seríamos capaces de mostrarnos desinhibidos como por el messenger o no tendríamos nada que decirnos, dos niños tímidos y huraños y recelosos mirándose cada uno desde su rincón, sin dar el paso definitivo? Llegué antes y me senté a una mesa con la Mahou de turno en la mano y mi camiseta de Naranjito bien visible, para que me reconociera nada más entrar. Casi me había bebido el tercio cuando apareció Gabriel. Alto, de hombros anchos y constitución fuerte, con un pañuelo en la cabeza, camiseta de tirantes debajo de la cazadora y pantalones vaqueros desgastados y caídos. Mucho más guapo que en fotografía. Y mucho más intimidante... Tiene ojos claros, rasgados y gatunos, y un óvalo perfecto, de pómulos altos y frente redondeada, nariz recta, labios llenos y sonrosados. Una hermosura casi femenina (demasiado perfecta) que me fascinó y cohibió a partes iguales. Siempre me pasa esto con los muy guapos: tiendo a otorgarles virtudes y cualidades (inteligencia, seguridad en sí mismos, calma y tranquilidad exasperantes, buen fondo) que no necesariamente poseen. Y todo por la belleza, a la que –sí, es cierto– soy sumamente sensible. Porque una cosa es lo que pasaba por encima o por debajo de lo que decíamos, y otra muy diferente lo que decíamos. Chocamos bastante al principio, yo hablaba demasiado rápido (nerviosillo) y él no parecía preocupado en buscar temas de conversación. Opinó demasiado a la ligera sobre mi trabajo, y luego pontificó muy alegremente sobre el suyo, de manera un tanto ingenua (tiene 23 años, claro), como hace tiempo que yo mismo hacía. Iba viendo que no había muchos puntos de unión entre nosotros –él aceite sinuoso, yo agüita de la fuente que, si no has de beber, etcétera–, pero al mismo tiempo me deslumbraba su manera de sonreír, o cómo entornaba los ojos y remarcaba así más sus ojeras, o la manera directa, franca, pero velada de misterio, que tenía de mirarme. Desde el principio di por sentado que la cita estaba perdida, que a él yo no le gustaba. Y tampoco era cuestión de lanzarse a una piscina aparentemente vacía, ni de coña. Aún así no me despedí, sino que me mantuve atornillado en mi silla, incapaz de dar por terminada la noche. Una especie de patético Woody Allen que babea ante la guapísima Diane Keaton, sin esperanzas. Entonces, ante mi insistencia, Gabriel se tomó una segunda copa y la conversación, de repente, se distendió, devino menos incisiva, más fluida y relajada. Me contó sobre sus estudios y acerca de lo que le gustaría hacer en la vida (comprarse una casa rural en Ibiza, vivir de alquilarla y trabajar en lo suyo sin la presión de los medios), y la noche se nos fue adelgazando por los intersticios de las palabras y de la risa, a cada sorbo que le dábamos a la bebida. Cuando cerraron el Star's se ofreció a llevarme en coche, aunque vivo a menos de cinco minutos andando. Ya a su lado, mientras conducía, yo observaba de reojo su perfil de medalla y me preguntaba si no estaría equivocado. Si habría o no agua en la piscinita de marras. Y había. Aparcó el coche cerca de casa y se volvió hacia mí. Nos besamos. Le invité a subir y accedió.
El sexo fue bien, aunque algo de la incomodidad previa de nuestro encuentro (envarado, ficticio) también se fue con nosotros a la cama. Su cuerpo, no tan atlético como prometía, era una playa de arena caliente sobre la que retozar, sus muslos una tabla de náufrago a la que agarrarse.
Cuando terminamos, hizo un gesto mínimo de marcharse.
–Me voy y así te dejo descansar.
–Por mí quédate. Si te vas, hazlo porque quieres. No me molestas.
Se quedó. Dormí mal –ay, esta espalda traidora que no reconozco como mía– y él tampoco descansó mucho. Al levantarnos, casi eran las tres de la tarde, volvimos a follar y ya nos despedimos ahí. Sin dejar muy claro qué pasará. Como estoy sin móvil, hasta hoy en el curro no podré hablar con él (a través del messenger). A no ser que me haya borrado... Yo creo que lo que sucedió es que, cuando nos vimos en el garito y no hubo feeling entre nosotros, se arrepintió de haber venido, pero luego pensó "bueno, este tío no me mata pero, ya que estoy aquí y me pica, me lo tiro". Así que es bastante posible que no volvamos a vernos. Por un lado, mi ego se resiente si no quedamos de nuevo; por elotro, en cambio, casi prefiero que no quedemos más. Y como no depende de mí, a qué preocuparse.
El Viernes por la noche, a las once, me encontré en el Angie con E y sus amigos canarios, que pasaban aquí el finde. Son Alicia (a la que ya conocí a finales de junio) y B. Por allí pasaron, de varios en varios o de uno en uno, sucesivamente, M y su prima Lucía, Vera B junto con el núcleo duro que conforman su hermana, su prima y Ana P, una compañera de piso de Lucía clavadita a mi prima Paula (no hacía más que mirarla y sus gestos eran los de Paula, incluso el tono de su voz en algunos graves era idéntico al de mi prima), el novio de ésta, un amigo de ambos –que me enamoró con su estatura inmensa, su delgadez extrema, su perfil borroka y chulesco–, incluso Laura se vino a saludar. Parecía como si estuviéramos en el salón de casa, recibiendo amigos.
Alicia estaba un poco demasiado encima de E, en plan perro del hortelano. Y E, lógico, estaba tensa y malhumorada. B (un encanto de tío) se encaprichó conmigo, pero no me gustaba, qué le vamos a hacer. Es un chico guapo, pero muy peludo y con las cejas depiladas. Dos cosas que, sintiéndolo en el alma, me dejan la libido a la altura del tobillo. E insistió algo con el tema, en plan casamentera (se le da fatal...).
–Pero si es un chico muy majo.
Nada que hacer. Si no me gusta, no me gusta. Terminamos los cuatro en el Escape, y luego yo me escabullí de B y sus insinuaciones, cada vez más claras y más difíciles de rechazar sin que se viera que aquello era una negativa. Vaya, que está muy bien lo de que a uno le tiren los tejos, pero por un ratillo nada más.

La nota de color de la noche (menos mal que yo estaba ya borrachillo) la tuve al salir del Angie camino del Escape... Me crucé con P, después de dos meses sin vernos. Él ni se enteró, pero a mí me dejó tocado para el resto de la noche. Iba con su amiga Maca, charlando muy animado. Eché de menos los días en que fuimos novios.
 
Comentario:
Hola! He encontrado tu blog sin querer (lo juro por lo más sagrado, que me quede sin porros el resto de mi vida si miento). No lo he leido todo, porque es mucho y porque me acordaba vagamente de tu horror ante la perspectiva de que L., prima de M., leyera tu diario. Sólo quería decirte que tienes una forma de escribir que me ha impresionado, muy desnuda y muy directa- a pesar de la extensión, parece que no hay una palabra de más. Tienes razón, era demasiado peludo y lo de las cejas depiladas era un horror, pero tengo noticias... tu olfato gay te engañó! Tu apuesto borroka milita en tus filas, querido mío, así que no pierdas la esperanza. Besos, L.
 
Comentario:
Hola!Acabo de encontrar tu blog, :) y si de verdad le gustas al chaval? y te llama? :) ....
No