SE ME MURIÓ EL MÓVIL
Nueva jornada gastronómica, esta vez cerca del Palacio Real. Me levanté tarde y un poco fastidiado –la espalda, que vuelve a incordiarme, menos mal que tenía a mano una de las pastillas que me había pasado Olivia y pude dormir algo–, con muy pocas ganas de comer con nadie y sí muchas de meterme en uno de mis cafés favoritos para leer y leer y leer (vicio conocido; de los desconocidos, quieras que no, algo se entrevé con el tiempo si uno lee este diario). Antes de salir de casa, la primera en la frente: enciendo el móvil, la pantalla se ilumina y, tras un chisporroteo que me dio muy mala espina, se muere. Tal cual. Se me quedó una cara de gilipollas que aún me dura. Compré este móvil en Santander por mi cumpleaños, en Navidad, así que me ha durado menos de un año. Flipante, ¿no? Y como estamos a fin de mes, habré de esperar a cobrar para comprarme otro. ¿Mientras tanto? A recordar esos viejos tiempos en que vivía sin teléfono móvil ni perrito que me ladrara...
De momento, llevo bien el mono. También es cierto que, nada más llegar a la oficina, Marian me ha pasado uno suyo para que le pusiera mi tarjeta y ver así quién me ha llamado, quién me ha dejado mensajes, etc. Acabo de apuntarme el número de Gabriel, por si acaso.
Comí en un restaurante cuando menos curioso de la plaza Aviación Española (y olé). El dueño es una especie de electroduende apasionado de la gastronomía y de los platos raros y extravagantes. Probé, por primera vez en mi vida, cresta de gallo (hube de aguantarme las ganas de escupir la comida, el tipo me observaba para ver si me gustaba o no... puse cara de actor merecedor de un Oscar y le dije que estaba delicioso), también tiburón, que aunque parecía una carne dura a la hora de partirla, luego resultaba muy jugosa y no estaba nada mal. ¿Lo mejor? Un pastel de zanahorias con no sé qué más que estaba de vicio. Fue un tanto violento, primero porque el tío pensaba que yo vendría acompañado –pero, en cuestiones de trabajo, me da un poco de vergüenza lo de abusar del personal– y como me vio solo se sintió obligado a extremar las explicaciones de esto y lo otro; segundo, porque fui el único cliente en las dos horas que pasé allí, no entró nadie más. Comer solo en un restaurante, con los camareros y el dueño observándote todo el tiempo, es una experiencia que no deseo a nadie.
Esta noche, después del curro, tenemos partida de billar en el irlandés del otro día, por Alonso Martínez. Guau... qué planazo. Pero no es cuestión de desmarcarse de mis compis, que luego dicen que soy raro y algunos hasta lo escriben en su blog... jeje. Por cierto, cruzo los dedos por que el affaire Eva continúe en el tiempo: realmente E, estos días de amour fou, está desconocida. Sonriente, suave como una seda, comprensiva... Lo que hace el amor.
De momento, llevo bien el mono. También es cierto que, nada más llegar a la oficina, Marian me ha pasado uno suyo para que le pusiera mi tarjeta y ver así quién me ha llamado, quién me ha dejado mensajes, etc. Acabo de apuntarme el número de Gabriel, por si acaso.
Comí en un restaurante cuando menos curioso de la plaza Aviación Española (y olé). El dueño es una especie de electroduende apasionado de la gastronomía y de los platos raros y extravagantes. Probé, por primera vez en mi vida, cresta de gallo (hube de aguantarme las ganas de escupir la comida, el tipo me observaba para ver si me gustaba o no... puse cara de actor merecedor de un Oscar y le dije que estaba delicioso), también tiburón, que aunque parecía una carne dura a la hora de partirla, luego resultaba muy jugosa y no estaba nada mal. ¿Lo mejor? Un pastel de zanahorias con no sé qué más que estaba de vicio. Fue un tanto violento, primero porque el tío pensaba que yo vendría acompañado –pero, en cuestiones de trabajo, me da un poco de vergüenza lo de abusar del personal– y como me vio solo se sintió obligado a extremar las explicaciones de esto y lo otro; segundo, porque fui el único cliente en las dos horas que pasé allí, no entró nadie más. Comer solo en un restaurante, con los camareros y el dueño observándote todo el tiempo, es una experiencia que no deseo a nadie.
Esta noche, después del curro, tenemos partida de billar en el irlandés del otro día, por Alonso Martínez. Guau... qué planazo. Pero no es cuestión de desmarcarse de mis compis, que luego dicen que soy raro y algunos hasta lo escriben en su blog... jeje. Por cierto, cruzo los dedos por que el affaire Eva continúe en el tiempo: realmente E, estos días de amour fou, está desconocida. Sonriente, suave como una seda, comprensiva... Lo que hace el amor.