VUELVO A ESTAR (CASI) BIEN
Los dolores remiten, el sol luce bien alto –aunque frío– en el cielo, los pajaritos cantan (o deben de estar piando en algún punto menos ruidoso y contaminado de la ciudad) y yo me lleno de un cariño hacia todo y todos que no es sino alegría de estar vivo y sano. Siempre me sucede lo mismo: enfermo y el mundo se me cae encima (no quiero ni pensar en lo insoportable que seré de viejo), luego me recupero y todo tiene más intensidad, un colorido mayor, paso por las cosas saboreando cada momento como si fuera el único...
En el Colby, donde por primera vez desde que soy habitué escucho música de Radiohead en lugar del chill out moderno y ultra mega hiper fashion que normalmente ponen. Una mujer solitaria entra a pasitos cortos y se sienta a la mesa que hay frente a mí. Pide el menú con una vocecilla débil y aflautada, como suplicando perdón por resultar una molestia. Observa a su alrededor abriendo mucho unos ojos tímidos y acuosos, aunque apenas fija la mirada en nada ni nadie, por si acaso. Viste falda oscura por debajo de la rodilla y una blusa antediluviana, estampada con multitud de florecitas minúsculas en tono azul oscuro. Me recuerda a las que usaba mi bisabuela cuando yo era niño, las llamadas "de alivio", no del todo negras (de luto) pero tampoco de colores chillones. Es regordeta y pequeñita, de perfil endurecido y virginal –una virgen desesperada por dejar de serlo–, de mujer probablemente sola y (probablemente) amargada. El pelo lo lleva peinado de cualquier manera, recogido en una simple coleta que muy bien podría ser un moño, tanta seriedad le otorga al óvalo del rostro. Parece mayor, de una edad indeterminada en torno a la cuarentena, y sin embargo debe ser incluso más joven que yo; lo adivino por la textura de la piel y cierta limpia inocencia en su mirada. Me lleno de ternura hacia ella y quisiera hablarle, protegerla. De repente me acuerdo de María Luz, una niña que iba conmigo a los Agustinos, de tez permanentemente enrojecida y voz inmaudible, quebradiza, triste. Hice lo imposible por convertirme en su amigo, a pesar de que los demás, en el recreo, se reían de ella (y de mis intenciones quijotescas, claro). La cosa trascendió, y hasta en casa se reían de mí y hablaban de mi novia la friqui –aunque el término, entonces, no se utilizaba–; tanta chirigota me quitó las ínfulas catoliconas de ir por el mundo repartiendo amor... Seguro que si me acerco a ésta de ahora se piensa que me la intento ligar o algo así. Mejor te quedas en tu mesa, con tu libro y tus historias. Estás más guapo calladito. Además, tanta fantasía y a lo mejor es madre de cuatro churumbeles, está felizmente casada con un maromo de los que quitan el hipo y de virginal, apocada y timidilla tiene lo que yo de pívot de los Lakers.
He comido con Marisa, de A&C. Cuando estábamos con el aperitivo se nos ha sentado un tipo (cuyo nombre, ay, no recuerdo) que es el que lleva toda la cadena de restaurantes a la que pertenece el local en que estábamos. Pensé que venía solamente a saludar, pero cuando ha ordenado un primero y un segundo he comprendido que se quedaría hasta el final. Horror y vituperio... Odio comer con gente a la que no conozco de nada. Buscar temas de conversación, ser ingenioso, bla, bla, un puntito de coqueteo y seducción, la palabra justa en el momento preciso, más bla, bla, bla... grrrr. Menos mal que el paisano en cuestión resultó ser de Santander, y la conversación ya fluyó por sí misma. La pobre Marisa nos miraba con sus ojos grandes y aburridos sin despegar la boca, mientras que nosotros nos lanzamos a una disección de Santander y sus defectos congénitos más conocidos. Bueno, sirvió para pasar el mal trago.
Quedan dos días para que Gabriel y yo nos conozcamos. Ya empiezo a sentir los primeros escalofríos de miedo escénico. ¿Qué hago?
En el Colby, donde por primera vez desde que soy habitué escucho música de Radiohead en lugar del chill out moderno y ultra mega hiper fashion que normalmente ponen. Una mujer solitaria entra a pasitos cortos y se sienta a la mesa que hay frente a mí. Pide el menú con una vocecilla débil y aflautada, como suplicando perdón por resultar una molestia. Observa a su alrededor abriendo mucho unos ojos tímidos y acuosos, aunque apenas fija la mirada en nada ni nadie, por si acaso. Viste falda oscura por debajo de la rodilla y una blusa antediluviana, estampada con multitud de florecitas minúsculas en tono azul oscuro. Me recuerda a las que usaba mi bisabuela cuando yo era niño, las llamadas "de alivio", no del todo negras (de luto) pero tampoco de colores chillones. Es regordeta y pequeñita, de perfil endurecido y virginal –una virgen desesperada por dejar de serlo–, de mujer probablemente sola y (probablemente) amargada. El pelo lo lleva peinado de cualquier manera, recogido en una simple coleta que muy bien podría ser un moño, tanta seriedad le otorga al óvalo del rostro. Parece mayor, de una edad indeterminada en torno a la cuarentena, y sin embargo debe ser incluso más joven que yo; lo adivino por la textura de la piel y cierta limpia inocencia en su mirada. Me lleno de ternura hacia ella y quisiera hablarle, protegerla. De repente me acuerdo de María Luz, una niña que iba conmigo a los Agustinos, de tez permanentemente enrojecida y voz inmaudible, quebradiza, triste. Hice lo imposible por convertirme en su amigo, a pesar de que los demás, en el recreo, se reían de ella (y de mis intenciones quijotescas, claro). La cosa trascendió, y hasta en casa se reían de mí y hablaban de mi novia la friqui –aunque el término, entonces, no se utilizaba–; tanta chirigota me quitó las ínfulas catoliconas de ir por el mundo repartiendo amor... Seguro que si me acerco a ésta de ahora se piensa que me la intento ligar o algo así. Mejor te quedas en tu mesa, con tu libro y tus historias. Estás más guapo calladito. Además, tanta fantasía y a lo mejor es madre de cuatro churumbeles, está felizmente casada con un maromo de los que quitan el hipo y de virginal, apocada y timidilla tiene lo que yo de pívot de los Lakers.
He comido con Marisa, de A&C. Cuando estábamos con el aperitivo se nos ha sentado un tipo (cuyo nombre, ay, no recuerdo) que es el que lleva toda la cadena de restaurantes a la que pertenece el local en que estábamos. Pensé que venía solamente a saludar, pero cuando ha ordenado un primero y un segundo he comprendido que se quedaría hasta el final. Horror y vituperio... Odio comer con gente a la que no conozco de nada. Buscar temas de conversación, ser ingenioso, bla, bla, un puntito de coqueteo y seducción, la palabra justa en el momento preciso, más bla, bla, bla... grrrr. Menos mal que el paisano en cuestión resultó ser de Santander, y la conversación ya fluyó por sí misma. La pobre Marisa nos miraba con sus ojos grandes y aburridos sin despegar la boca, mientras que nosotros nos lanzamos a una disección de Santander y sus defectos congénitos más conocidos. Bueno, sirvió para pasar el mal trago.
Quedan dos días para que Gabriel y yo nos conozcamos. Ya empiezo a sentir los primeros escalofríos de miedo escénico. ¿Qué hago?
Comentario:
¿Que qué haces? Ponerte tus mejores galas y ala, a disfrutar de la cita a ciegas. Espero que sea un guapetón como debes serlo tú.