LUMBALGIA
Más que una contractura en la espalda, parece que me hubieran apaleado hasta la saciedad. Llevo casi una semana con dolores de diversa intensidad, pero al principio pensé que sería como otras veces, una mala postura al dormir que me tendría unos pocos días baldado. Sin embargo, desde ayer, estoy pelín preocupado. Esta noche dormí muy mal, respiraba hondo y era como si se estirasen las costuras del tórax y no pudiera dar todo de sí, probaba una postura en la cama –me había fumado medio porro y, mientras escuchaba "Seventeen seconds", de The Cure, trataba de alcanzar un estado zen que me aliviara– y todos los músculos chirriaban y decían basta; intentaba otra y, por unos segundos, parecía que lograría descansar, pero enseguida volvían los alfilerazos en el pecho, el costado y la zona lumbar. Me he levantado tardísimo, de un humor de perros, sin haber descansado en absoluto y con la triste consciencia de que hoy curro de nuevo (cómo se ha escapado el fin de semana...). Se me ocurre que esto podría ser cosa del frío. En casa no hay calefacción central, y como vivimos en un cuarto y último piso nos congelamos en cuanto llegan las primeras heladas del invierno. No sé. Pero estoy muy jodido.
La noche del Viernes salí con M. Ya en Cool me encontré con Ma y J –no me habían llamado, como supuse–, así que continuamos los cuatro por ahí. Un after y pico después, yo me retiré a mis aposentos, cansadísimo y con un colocón de cuidado, a eso de las once de la mañana. No pasó nada de particular en todas las horas que estuvimos de bailoteo. A J le pareció que M era un adonis (sin exagerar, lo es), y estuvo todo el rato un poco pesado, hablándome de él. Yo no tuve mucho éxito (snif, snif), algún juego de miradas, un beso robado al aire, poco más. Mi príncipe azul (qué risa) debe andar por los antípodas y yo ni me he enterado.
Antes de discotequear, hubo cita a ciegas con Tomás, el sueco amigo de Daniel. Por un momento, fantaseé con un rubiazo a lo Jesucristo, alto y lampiño, el típico sueco que, en cuanto me viera, caería rendido a mis pies, subyugado por el atractivo latino que me caracteriza (ejem, ejem). Más que suecazo, lo que me encontré en Sol fue un suequín. No muy alto, achaparrado, ojos enormes y redondos, mirada sorprendida, gran y poblada barba rubia que le llegaba hasta la mitad del pecho... Camisa leñador de cuadros y gorra-visera roja. Era un cruce entre uno de los enanitos de Blancanieves y Papá Noel. Me sentí con la suerte en el culo, como siempre. Una pobrecilla Bridget Jones sin final feliz.
La noche del Viernes salí con M. Ya en Cool me encontré con Ma y J –no me habían llamado, como supuse–, así que continuamos los cuatro por ahí. Un after y pico después, yo me retiré a mis aposentos, cansadísimo y con un colocón de cuidado, a eso de las once de la mañana. No pasó nada de particular en todas las horas que estuvimos de bailoteo. A J le pareció que M era un adonis (sin exagerar, lo es), y estuvo todo el rato un poco pesado, hablándome de él. Yo no tuve mucho éxito (snif, snif), algún juego de miradas, un beso robado al aire, poco más. Mi príncipe azul (qué risa) debe andar por los antípodas y yo ni me he enterado.
Antes de discotequear, hubo cita a ciegas con Tomás, el sueco amigo de Daniel. Por un momento, fantaseé con un rubiazo a lo Jesucristo, alto y lampiño, el típico sueco que, en cuanto me viera, caería rendido a mis pies, subyugado por el atractivo latino que me caracteriza (ejem, ejem). Más que suecazo, lo que me encontré en Sol fue un suequín. No muy alto, achaparrado, ojos enormes y redondos, mirada sorprendida, gran y poblada barba rubia que le llegaba hasta la mitad del pecho... Camisa leñador de cuadros y gorra-visera roja. Era un cruce entre uno de los enanitos de Blancanieves y Papá Noel. Me sentí con la suerte en el culo, como siempre. Una pobrecilla Bridget Jones sin final feliz.