SER GAY EN ZAMORA
Anoche, antes de acabar en el trabajo, llamé a Ma para confirmar si nos veíamos hoy en el Cool. Le noté esquivo y me dio la impresión de que me castigaba con su indiferencia por no llamarle más a menudo. En realidad tiene razón, pueden pasar semanas sin que dé señales de vida, y no todo el mundo comprende eso. Quedó en enviarme un mensaje por si al final decidían salir.
Luego, por aquello de oxigenarse, me acoplé con Jon C, Laura y E (que tenían negocios turbios que dirimir, y una piedra que cortar) hasta un pub irlandés cerca de Alonso Martínez, como todos (para mí), horrible y con una clientela de lo más desasosegante. Di rienda suelta a mi rabia contenida contra ML R -Jon asentía con la cabeza, "qué bien te entiendo", decía- y luego ya opté por callarme, que no era cuestión de ponerse pesadito.
E me convenció (pero no hacía falta, me apetecía seguir por ahí) para que la acompañara en su cita del Escape. No recuerdo el nombre de la chica. Según la vi no me gustó nada; más adelante, en cambio, me cayó muy bien. Antes, hubo una cerveza a dos en el BAires, con disección incluida de mi (rara, rarísima, rarisísima) personalidad. Básicamente, que soy un cabezón y a veces me dan unos puntos que desorientan mogollón a la peña. El otro día, por ejemplo, bajaron E y J de redacción a comprar al súper. Yo les había encargado algo para comisquear. Como el Día estaba cerrado, decidieron ir hasta el Corte Inglés y E me llamó para decírmelo. Entonces me encabroné y le contesté que ya no quería nada. ¿Por qué? Lo ignoro, un tornillo suelto que de cuando en cuando golpea mis neuronas. Hay ocasiones en que, si no se cumplen las cosas como estaba previsto, me enfado conmigo mismo y con el mundo, hago un gesto teatral de lo más histriónico y rompo la baraja. Menudo capricornio complicado y absurdo que soy. Otro ejemplo: dice E que a veces se me proponen planes y, antes incluso de escuchar hasta el final, me desmarco y digo que no. Luego cambio de opinión pero no lo reconozco, sigo diciendo que no, quién sabe por qué estúpido mecanismo de defensa. Juré y perjuré que no era así, pero en el fondo sé que lleva razón. No me extraña la fama de perro verde que estoy criando. A pulso.
En el Escape dejé que las chicas hablaran de sus historias y me puse a charlar con un chico de Zamora que me presentó otro al que había conocido poco antes en el baño. Tiene 19 años, estaba allí por primera vez (pasa unos días en Madrid junto a la que es su novia desde hace dos años) y tiene la picha hecha un lío...
-A mí me gusta mi novia, pero no me importaría tener una experiencia con un tío.
Empezó así, y terminó por confesar que a ella la quiere mucho, que es su mejor amiga y tal, pero que en el sexo les va fatal porque ella no le pone. Que cuando follan, muchas veces su chica le pregunta si es que no la ve atractiva, mientras él se deshace en excusas tontas, porque no sabe qué decirle. En cambio, los hombres le gustan, y mucho (aunque le da un poco de palo pensar en la penetración..., me pareció tan tierno). No soporta la idea de hacerle daño, aunque, claro, mantenerla engañada es otra manera de putearla. Y luego está el tema de ser (y reconocerse) gay.
-Aquí en Madrid es sencillo. Pero en Zamora... en Zamora hasta pueden llegar a pegarte por maricón. Es una ciudad pequeña, todo el mundo se conoce. No sé. Un lío tremendo.
Vaya. Yo aquí, metido en mi burbuja, daba por sentado que las cosas son diferentes ahora, que hay más aceptación, libertad y respeto. Y me doy de bruces con la triste realidad. Un tío de 19 años, completamente armarizado y lleno de los típicos miedos que hace mucho que debían estar olvidados.
Su novia, visiblemente amoscada porque no le hacía caso, se acercó a nosotros y se me presentó. Cuánta pena me dieron los dos, atrapados en la representación de una farsa que les ahoga. Él me dijo que le gustaría continuar hablando conmigo pero que. Y yo le contesté que no siguiera, que lo entendía. Preferí alejarme y no meterme en camisa de once varas. Al despedirnos, me dio las gracias y yo le deseé mucha suerte.
En el Colby (son las tres de la tarde) dejo macerar la resaca mientras observo, con curiosidad, a mi alrededor. Ahora que Raymond se fue, puedo volver a pasarme por aquí. Acabo de recibir una llamada de un tal Tomás, amigo sueco de Daniel P. Ya ni me acordaba de que, hará una semana, Daniel me envió un mail desde Estocolmo preguntándome si podía darle mi número a este Tomás. Va a pasar unos días en Madrid y le apetecía que le mostrara el ambiente de por aquí. Pues bueno. Hemos quedado a las ocho en Sol, rollo cita a ciegas. Puedo encontrarme con el suecazo del siglo o con un bluf total. Veremos.
Luego, por aquello de oxigenarse, me acoplé con Jon C, Laura y E (que tenían negocios turbios que dirimir, y una piedra que cortar) hasta un pub irlandés cerca de Alonso Martínez, como todos (para mí), horrible y con una clientela de lo más desasosegante. Di rienda suelta a mi rabia contenida contra ML R -Jon asentía con la cabeza, "qué bien te entiendo", decía- y luego ya opté por callarme, que no era cuestión de ponerse pesadito.
E me convenció (pero no hacía falta, me apetecía seguir por ahí) para que la acompañara en su cita del Escape. No recuerdo el nombre de la chica. Según la vi no me gustó nada; más adelante, en cambio, me cayó muy bien. Antes, hubo una cerveza a dos en el BAires, con disección incluida de mi (rara, rarísima, rarisísima) personalidad. Básicamente, que soy un cabezón y a veces me dan unos puntos que desorientan mogollón a la peña. El otro día, por ejemplo, bajaron E y J de redacción a comprar al súper. Yo les había encargado algo para comisquear. Como el Día estaba cerrado, decidieron ir hasta el Corte Inglés y E me llamó para decírmelo. Entonces me encabroné y le contesté que ya no quería nada. ¿Por qué? Lo ignoro, un tornillo suelto que de cuando en cuando golpea mis neuronas. Hay ocasiones en que, si no se cumplen las cosas como estaba previsto, me enfado conmigo mismo y con el mundo, hago un gesto teatral de lo más histriónico y rompo la baraja. Menudo capricornio complicado y absurdo que soy. Otro ejemplo: dice E que a veces se me proponen planes y, antes incluso de escuchar hasta el final, me desmarco y digo que no. Luego cambio de opinión pero no lo reconozco, sigo diciendo que no, quién sabe por qué estúpido mecanismo de defensa. Juré y perjuré que no era así, pero en el fondo sé que lleva razón. No me extraña la fama de perro verde que estoy criando. A pulso.
En el Escape dejé que las chicas hablaran de sus historias y me puse a charlar con un chico de Zamora que me presentó otro al que había conocido poco antes en el baño. Tiene 19 años, estaba allí por primera vez (pasa unos días en Madrid junto a la que es su novia desde hace dos años) y tiene la picha hecha un lío...
-A mí me gusta mi novia, pero no me importaría tener una experiencia con un tío.
Empezó así, y terminó por confesar que a ella la quiere mucho, que es su mejor amiga y tal, pero que en el sexo les va fatal porque ella no le pone. Que cuando follan, muchas veces su chica le pregunta si es que no la ve atractiva, mientras él se deshace en excusas tontas, porque no sabe qué decirle. En cambio, los hombres le gustan, y mucho (aunque le da un poco de palo pensar en la penetración..., me pareció tan tierno). No soporta la idea de hacerle daño, aunque, claro, mantenerla engañada es otra manera de putearla. Y luego está el tema de ser (y reconocerse) gay.
-Aquí en Madrid es sencillo. Pero en Zamora... en Zamora hasta pueden llegar a pegarte por maricón. Es una ciudad pequeña, todo el mundo se conoce. No sé. Un lío tremendo.
Vaya. Yo aquí, metido en mi burbuja, daba por sentado que las cosas son diferentes ahora, que hay más aceptación, libertad y respeto. Y me doy de bruces con la triste realidad. Un tío de 19 años, completamente armarizado y lleno de los típicos miedos que hace mucho que debían estar olvidados.
Su novia, visiblemente amoscada porque no le hacía caso, se acercó a nosotros y se me presentó. Cuánta pena me dieron los dos, atrapados en la representación de una farsa que les ahoga. Él me dijo que le gustaría continuar hablando conmigo pero que. Y yo le contesté que no siguiera, que lo entendía. Preferí alejarme y no meterme en camisa de once varas. Al despedirnos, me dio las gracias y yo le deseé mucha suerte.
En el Colby (son las tres de la tarde) dejo macerar la resaca mientras observo, con curiosidad, a mi alrededor. Ahora que Raymond se fue, puedo volver a pasarme por aquí. Acabo de recibir una llamada de un tal Tomás, amigo sueco de Daniel P. Ya ni me acordaba de que, hará una semana, Daniel me envió un mail desde Estocolmo preguntándome si podía darle mi número a este Tomás. Va a pasar unos días en Madrid y le apetecía que le mostrara el ambiente de por aquí. Pues bueno. Hemos quedado a las ocho en Sol, rollo cita a ciegas. Puedo encontrarme con el suecazo del siglo o con un bluf total. Veremos.
Comentario:
"a veces se me proponen planes y, antes incluso de escuchar hasta el final, me desmarco y digo que no"
Si mis amigos estuviesen leyendo ésto, dirían : ese es -dexterciyo- !! Y al igual que tú, lo niego y reniego, pero en el fondo acabo dando la razón. :)
Un abrazo