Diario de Madrid
Sindicación
 
DOMINGO, MALDITO DOMINGO
Ya de vuelta en el tajo, leo y escribo, escribo y leo con el humor propio de quien aún no se ha recuperado del fin de semana y ya tiene que empezar de nuevo, con las pilas bien cargaditas y la sonrisa más profident que nunca. Para que mi jefa no diga que soy un borde acabado (a veces lo soy, sí). Casi he terminado y escribo esto mientras, a mis espaldas, han encendido la tele y están viendo el comienzo de Gran Hermano VI... Dios, la que nos espera. Una nueva hornada de frikis, más Crónicas marcianas, corazón y vísceras a tutiplén. Algún día tendrá que pinchar esto por algún sitio. O eso deseo: un mundo en el que no haya aídas, ni bolleras que se follan las unas a las otras y luego corren a contárselo a España entera, que está ansiosa de saber de sus aventurillas, claro, ni parejas gays cursis hasta decir basta en búsqueda de la casa de su vida, ni famosillos en horas bajas que hacen casi cualquier cosa por un repunte de popularidad. No digo que el país se llene de seguidores de los documentales de La 2, tampoco es cuestión de aburrir al personal y sofronizarlos, pero una televisión un poquillo más inteligente redundaría en beneficio de los niños, esos monstruitos que crecen a nuestra vera y luego, con el tiempo, nos meterán en el asilo. Igual hasta se sensibilizaban un poco, rompían el póster de Bisbal o de Melodie y se ponían a leer.
He llamado a casa de mi abuelo para ver cómo están las cosas por allí y parece que no hay cambios. Después del susto que nos dio este pasado agosto, cuando le ingresaron por una úlcera en el hospital, veo mucho más cerca el final. Y es que después de la muerte de abuelita, hace cuatro meses, no levanta cabeza. Son casi 88 años, ya sé que es una edad avanzada y todo eso, pero se trata de mi abuelo, alguien a quien quiero mucho y que forma parte, de qué manera, de toda mi infancia y adolescencia. Cuando estuvo ingresado, me quedé una noche a cuidarle. Fue un suplicio, apenas pegué ojo. Cada hora, como un reloj, se levantaba a hacer pis, daba un respingo en la cama y se lanzaba al piso, sin preocuparse del gotero ni de nada. Apenas me daba tiempo a salir disparado detrás de él, para vigilar que no se cayera. Al final, sin hacer caso de sus protestas ("Que no me caigo, hombre"), le puse a la cama la barrita esa para evitar caídas y ya pude dormir algo. A eso de las seis de la mañana, me despertó porque, sin querer, le había pegado un tirón al gotero, se lo había arrancado de la muñeca y estaba sangrando y manchando la cama. ¡Menudo número se montó! El hombre, asustado, como el niño pequeño que ha hecho una trastada y teme el castigo de los mayores. Una de las enfermeras se lo dijo: "Pero, Joaquín, ¿qué ha hecho? ¿No sabe que no puede arrancarse el gotero?". No pude evitar salir en su defensa y, mirándole a él, dije: "Claro, como no duermes todas las noches con este trasto no te has hecho a él, ¿verdad?". Sonrió con esa sonrisa tan suya, medio divertida medio socarrona. Y luego vino lo más duro, tener que ayudarle a lavarse. Allí estaba mi abuelo, la roca inmensa y fuerte de mi niñez, reducida a un anciano tembloroso que mostraba su desnudez y se dejaba manejar, otra vez el niño pequeño asomando en su mirada. Fue triste y hermoso al mismo tiempo. El sentir que se apoyaba en mí, que confiaba en mí y dejaba en mis manos las decisiones importantes.
Ahora, de vuelta a casa, vuelve a ser, en la medida de lo posible, el mismo abuelo de siempre, ése al que le gusta la buena mesa y el buen vino, el que se va los domingos por la tarde al fútbol con los amigos de mi hermana (a los que saca casi 60 años) y se lo pasa de puta madre con ellos (y ellos con él), el que todos los viernes, sin perdonar uno solo, se reúne con sus amigos en el bar de M y canta montañesas a voz en grito. Dentro de dos semanas iré para allá y espero, de veras, encontrármelo así, aún fuerte como para tirar una temporada más, sólo unos meses más.



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