VIDA SOCIAL COMPULSIVA
Ayer, durante mi día libre (que vivan, que vivan los puentes), sucesión ininterrumpida de cafés y cañas y copas –según la hora y lugar– con diversas gentes. Primero fue Nazario, cuando iba caminando Augusto Figueroa abajo en dirección al Laan. Mexicano amigo de JM, mi ex vecino (que cada día se hunde un poco más en su pozo de mentiras y de cocaína), hacía mucho que no nos veíamos. Un beso, un abrazo muy sentido por su parte (a mí el contacto físico no me gusta mucho, la verdad, pero bueno...), la consabida pregunta de adónde voy, mi respuesta de que me iba a tomar un café y el te acompaño final. Vale, sustituyo la lectura por una conversación que en ningún momento decae del todo pero que se me hace larga y un pelín aburrida. Una vez que Nazario se marcha a trabajar, yo me quedo en el Laan y puedo (¡por fin!) navegar por las aguas calmas, procelosas, picadas, de marejadilla, quietas y como muertas, de olas gigantes que espantan y mareas traicioneras de 2666, la obra genial de Bolaño. Paso estos días como alucinado por la realidad, metido tanto en la trama de esta novela que cuanto sucede a mi alrededor se me antoja la verdadera ficción.
Después de una compra en Día, me di de bruces a la altura de Vázquez de Mella con Ma y J (a quienes no había llamado en más de dos semanas, glups). Más besos y abrazos, un poco de frivolidad ("qué guapa estás, perra", me suelta Ma... lo de hablar en femenino me pone del nervio óptico), y mi promesa de que voy a casa, suelto las bolsas de la compra y me tiro de nuevo a la calle, esta vez al Colby, para otro café con ellos. Vale, dejo a un lado las aventuras amalfitanas en Santa Teresa y buceo un poco en el entramado de amantes, cuartos oscuros, saunas y tríos que son la vida de Ma y, en menor medida, también la de J. Cuando toca reírse, discretamente, apoyo la mano en la boca y aborto un bostezo de aburrimiento.
Ya en casa –a las ocho y pico de la tarde–, llamada de teléfono de E, que está por el barrio de compras y quiere saber si nos podemos ver. Y entonces exploto con quien menos culpa tiene y, de malos modos, le digo que estoy cansado y que no me apetece ir de compras por ahí, que prefiero quedarme en casa leyendo. Decidimos vernos más tarde, cuando ella haya terminado sus compras. Cuelgo el teléfono y me siento un ser infame, un "pitufo gruñón" (así me dice E) que se mosquea con suma facilidad y siempre carga contra el más débil, contra quien no tiene la culpa de nada. Mis malos modos por teléfono habían sido la muestra de un enfado conmigo mismo, por no ser capaz de decir que no a la propuesta de un café. Animal social compulsivo que es uno, con arrepentimiento de tantas horas perdidas en compañía de los otros, pero siempre a toro pasado.
A las diez, pues, me tomé una caña con E en la taberna del 2 de Mayo. Apareció R al poco rato, se creó un ambiente extraño, como de cosas no dichas y formación de nubarrones precursoras de tormenta. Como vi que tenían cosas que aclarar, me despedí y regresé a casa.
Lectura hasta la una de la madrugada. Luego, ponerse guapo y salir pitando para el Gris, donde había quedado con A. No le gustó mucho la cantidad de gente que poblaba el garito (estaba hasta los topes) y de ahí nos fuimos haciendo la ronda habitual de bares, cada uno un poco más cutre y oscuro que el anterior. Terminamos por Callao, donde volví a encontrar a Nazario, por un lado, y a Ma y J, por el otro. Hicimos pandi. Una especie de resumen del día, sólo faltaba E, claro que en este tipo de garitos no dejan entrar a las tías.
Curioso cómo en ocasiones la soledad es una piedra enorme sobre el pecho, una falta de interlocutor que puede conducir a la locura y a la desesperación. Y otras veces, como ayer, se vuelve una hermosa entelequia, imposible de lograr.
Después de una compra en Día, me di de bruces a la altura de Vázquez de Mella con Ma y J (a quienes no había llamado en más de dos semanas, glups). Más besos y abrazos, un poco de frivolidad ("qué guapa estás, perra", me suelta Ma... lo de hablar en femenino me pone del nervio óptico), y mi promesa de que voy a casa, suelto las bolsas de la compra y me tiro de nuevo a la calle, esta vez al Colby, para otro café con ellos. Vale, dejo a un lado las aventuras amalfitanas en Santa Teresa y buceo un poco en el entramado de amantes, cuartos oscuros, saunas y tríos que son la vida de Ma y, en menor medida, también la de J. Cuando toca reírse, discretamente, apoyo la mano en la boca y aborto un bostezo de aburrimiento.
Ya en casa –a las ocho y pico de la tarde–, llamada de teléfono de E, que está por el barrio de compras y quiere saber si nos podemos ver. Y entonces exploto con quien menos culpa tiene y, de malos modos, le digo que estoy cansado y que no me apetece ir de compras por ahí, que prefiero quedarme en casa leyendo. Decidimos vernos más tarde, cuando ella haya terminado sus compras. Cuelgo el teléfono y me siento un ser infame, un "pitufo gruñón" (así me dice E) que se mosquea con suma facilidad y siempre carga contra el más débil, contra quien no tiene la culpa de nada. Mis malos modos por teléfono habían sido la muestra de un enfado conmigo mismo, por no ser capaz de decir que no a la propuesta de un café. Animal social compulsivo que es uno, con arrepentimiento de tantas horas perdidas en compañía de los otros, pero siempre a toro pasado.
A las diez, pues, me tomé una caña con E en la taberna del 2 de Mayo. Apareció R al poco rato, se creó un ambiente extraño, como de cosas no dichas y formación de nubarrones precursoras de tormenta. Como vi que tenían cosas que aclarar, me despedí y regresé a casa.
Lectura hasta la una de la madrugada. Luego, ponerse guapo y salir pitando para el Gris, donde había quedado con A. No le gustó mucho la cantidad de gente que poblaba el garito (estaba hasta los topes) y de ahí nos fuimos haciendo la ronda habitual de bares, cada uno un poco más cutre y oscuro que el anterior. Terminamos por Callao, donde volví a encontrar a Nazario, por un lado, y a Ma y J, por el otro. Hicimos pandi. Una especie de resumen del día, sólo faltaba E, claro que en este tipo de garitos no dejan entrar a las tías.
Curioso cómo en ocasiones la soledad es una piedra enorme sobre el pecho, una falta de interlocutor que puede conducir a la locura y a la desesperación. Y otras veces, como ayer, se vuelve una hermosa entelequia, imposible de lograr.
Comentario:
Ha sido una sorpresa leer este diario de cornelio....es ágil, realista y nada ostentoso. Escritura particularmente agradable, y creo, aunque no soy especialista, que muy buena.