Diario de Madrid
Sindicación
 
INCOMUNICACIÓN
Televisor nuevo desde esta mañana. Ayer agarré todos los papeles y me fui hasta Menaje del Hogar, en Santa Isabel. Elegí un aparato grande, con pantalla plana y tal, lo más de lo más. Y carísimo. Como me aseguraron que se pasarían por casa a partir de las diez, he madrugado lo mío. Al final (estas cosas son siempre así), aparecieron cerca de la una de la tarde. Aproveché para limpiar el salón y parte de la cocina. Ahora ya podemos ver las pelis en condiciones.
Raymond me pesa como una piedra inmensa que yo mismo me hubiera colgado al cuello... No es culpa suya (pobre), como a veces estoy tentado de pensar -por aquello de descargar sobre un hombro ajeno sentimientos de culpa varios. Es que no tenemos nada (pero nada) en común. Y la cama, por primera vez, se resiente de esto. Hemos follado en dos ocasiones y sí, cuando entramos en materia lo paso muy bien, pero hasta llegar a eso, todo el proceso de besos, de abrazos y de cariñitos me da muchísima pereza. Él me busca y yo me muestro esquivo. Cuando paseamos por ahí o comemos en algún lugar -el chino de Hortaleza, porque es barato y Raymond mira cada céntimo que gasta, es como una versión neoyorquina y mulata de Ebenezer Scrooge-, nunca sé bien de qué hablarle. ¿De literatura? No lee. ¿De pintura, de arquitectura, de cine, de la bonita mañana que ha quedado? Un cuadro es un paisaje colorido que cuelga de la pared; un edificio es el cubículo donde la gente duerme, trabaja o reza; le gustan las comedias románticas hollywoodienses (Meg Ryan, Jennifer Lopez y así); la mañana de cielos espejeantes pasa por su mirada sin que se mueva un solo músculo de su rostro, no siente ni frío ni calor, es un tío sin emociones. Pero algo habrá que le guste, ¿no? Pues sí. Algo hay. El dinero en toooodas sus variantes. Es capaz de pasarse horas explicándome lo que haría si ganase la lotería, los diferentes tipos de interés que te renta el dinero según el banco en que guardes la pasta, cómo lleva ahorrada equis cantidad y lo que va a hacer (comprar una casa, poner un negocio) con el dinero. Yo le escucho, cuento hasta 1.587 por dentro, para no descomponerme por fuera, y pienso qué pérdida de tiempo esta comida, este paseo, el café que nos tomamos en este garito.
El otro día estuvimos (estuve, él apenas despegó los labios) charlando sobre las elecciones USA y la victoria de Bush. En un momento dado -yo encendido de justa ira, yo tipo moderno de izquierdas que no entiende la idiocia del pueblo estadounidense, yo abanderado de la causa antiyanqui-, me di cuenta de que me escuchaba pero no me comprendía. No es que no estuviera de acuerdo conmigo, no. Es que ni siquiera entendía bien de qué coño hablábamos, el porqué de mi pasión. Le daba igual. Da miedo cómo dos personas, frente a frente en una mesa, pueden estar tan alejadas, a años luz de distancia la una de la otra. Y sin embargo la danza de lo social gira y gira en su visagra de sonrisas, de asentimiento, de fórmulas milenarias de cortesía desgastada por el eje.
En principio se iba a quedar hoy y mañana en casa -para ahorrarse el dinero de la pensión durante el finde- pero a la una de la tarde no había dado señales de vida y decidí no esperarle más (debía aparecer a las doce). Ahora me tomo un café en Laan. Tengo el móvil encendido; si quiere localizarme, sabe cómo hacerlo. Yo disfruto así de una soledad necesaria y muy querida.
El otro día, apareció R a dormir. Le dije que es la última vez que no me llama antes para ver si puede venir. No me apetece nada que coja la costumbre de presentarse sin más, con su psique zozobrando y esa bomba de relojería que es su afición desmedida por las drogas. Naturalmente, después del rapapolvo, follamos.

Hoy hace 21 años que murió la Bisa. Ahora no tengo a quién llamar para recordar juntos la efeméride. Antes siempre estaba abuelita. Madre e hija se encuentran ya más allá de estas cosas. Cuando el último de nosotros desaparezca, se morirán de nuevo, esta vez para siempre.
 
Comentario:
No hay nada como una tele en condiciones
Un beso
No