DE VUELTA AL TAJO
En el Colby, espero a Raymond, que llegará en media hora.
Ayer me despedí de Santander (sin pena alguna, y más bien con poca gloria), a eso de las diez de la mañana, cuando E me recogió con el coche frente al Lupa de Numancia. El viaje, nuevamente, resultó accidentado. Lluvia torrencial –a ratos más suave– desde el comienzo hasta el puerto de Somosierra, con el consiguiente peligro en carretera. El Escudo era un lodazal de niebla, apenas se veía a dos metros de distancia. Cuando nos acercábamos a Burgos, a la altura de Sotopalacios (donde pensábamos parar a tomar un café), a E se le fue el coche y a punto estuvimos de no contarlo. Se salió al otro lado del carril (un camión venía de frente) y cuando consiguió volver al suyo, casi choca con el coche que teníamos delante. Un número. Por lo visto fue cosa del "aquaplanning" (quiera decir lo que quiera decir esto). El susto fue terrible. Y lo milagroso es que no ocurrió nada. En el coche que casi nos comemos, viajaban varios niños, y E se quedó blanca cuando pensó en que podía haberles sucedido algo. Durante la secuencia de hechos, no sentí miedo –fue una cadena rápida de segundos, no hubo tiempo para razonar–, pero sí cuando E me confesó que había estado tentada, mecánicamente, de soltar las manos del volante y cerrar los ojos...
Después de esto (y de una tila para ella), continuamos viaje despacito y con buena letra. Hubo una conversación de las nuestras –que no conducen a nada, en cuanto que E se mantiene en sus posiciones y yo no me muevo de las mías–, que no me puso de buen humor precisamente. Viene a reducirse a que ella piensa que hago mal en no ahorrar, en ser un manirroto que nunca llega a fin de mes y tiene que andar pidiendo prestado a los amigos. Que, porque me quiere, no entiende cómo no me angustio cuando (como ha sucedido en octubre) llego a mitad de mes sin un euro en el bolsillo. Y que ella sufre pensándolo. ¿Qué pasaría si todos fueran como yo?... Vamos a ver, a mí me la suda cómo sean los demás, lo que tengo muy claro es que no voy a cambiar, porque me gusta ser como soy y no hago mal a nadie con ello (E dice que, indirectamente, sí: no lo veo, no lo veo), no tengo hijos ni nada por el estilo a mi cargo. Si a fin de mes tengo que comer pasta y arroz porque me lo fundí todo en libros, en cenas por ahí o en copas, es problema mío, me jodo y me aguanto. "Así que no eres capaz de cambiar por nadie", me espetó. ¿Es que hay que cambiar por alguien? Si uno no tiene una pareja, o no quiere ceder en una serie de supuestos vitales para conseguir una pareja, ¿es un fracasado?, ¿un egoísta? De ahí pasó a hablar (claro) de mi egotismo, feroz y mayúsculo. No es tanto que yo sea el gigante egoísta del cuento, dentro de su jardín al que nunca deja entrar a nadie, como que no tengo por qué variar mi manera de ser (que me gusta, insisto) por resultar más simpático, o más atractivo, o más "casadero". Conclusión: no volverá a prestarme dinero porque se siente fatal "financiando" mi mala cabeza. Le dije que no hay problema. Y que no quiero una amiga/madre, que una cosa son las tonterías y gracietas que digo, y otra es que no sea un tipo ya formado, adulto, que no necesita que nadie le controle. No lo soportaría.
Reconozco que me enfadó no ser comprendido. Pero estas conversaciones con E son parte de nuestra amistad, y como tal las acepto. Eso sí, le comenté que su planteamiento me parecía rancio y muy conservador.
El sábado noche, salí con M S, su ex, Miguel, y más gente. Anduvimos por todas partes, me tajé a base de bien, terminé en el Dragón y ligué con un asturianín de 18 años. Alto y delgado, demasiado fashion victim para mi gusto, pero bueno. Me lo llevé a casa. Abuelito estaba en la cama, pero nunca se levanta antes de las nueve, y yo me había comprometido con mi tío Charly (que dormía en casa de su novia) en sacar a la perra a las ocho. Total, que follamos y nos quedamos dormidos. A las diez me desperté y encontré a mi tío ya en casa, no muy contento conmigo. Fue mi abuelo quien sacó a la perra, y encima entró en mi cuarto para despertarme y nos vio en la cama... Glups. Marronazo. Al final, cuando me preguntó a la tarde (yo más sereno, después de un resacón que me duró horas y horas) que quién era ese chico, puse cara de total inocencia y le expliqué que era un amigo a quien le dije que se viniera conmigo hasta las ocho, para hacerme compañía y evitar que me durmiera. Pero que nos quedamos fritos y que cuánto sentía haberle obligado a sacar a Chiqui. No hay mayor ciego que el que no quiere ver. Y mi abuelo prefiere no pensar en si soy o no maricón.
De todos modos, mea culpa. Ya me vale el subir a nadie a su casa. Es la primera vez que lo hago, y muy borracho debía andar para pasarme esta norma por el forro.
Ayer me despedí de Santander (sin pena alguna, y más bien con poca gloria), a eso de las diez de la mañana, cuando E me recogió con el coche frente al Lupa de Numancia. El viaje, nuevamente, resultó accidentado. Lluvia torrencial –a ratos más suave– desde el comienzo hasta el puerto de Somosierra, con el consiguiente peligro en carretera. El Escudo era un lodazal de niebla, apenas se veía a dos metros de distancia. Cuando nos acercábamos a Burgos, a la altura de Sotopalacios (donde pensábamos parar a tomar un café), a E se le fue el coche y a punto estuvimos de no contarlo. Se salió al otro lado del carril (un camión venía de frente) y cuando consiguió volver al suyo, casi choca con el coche que teníamos delante. Un número. Por lo visto fue cosa del "aquaplanning" (quiera decir lo que quiera decir esto). El susto fue terrible. Y lo milagroso es que no ocurrió nada. En el coche que casi nos comemos, viajaban varios niños, y E se quedó blanca cuando pensó en que podía haberles sucedido algo. Durante la secuencia de hechos, no sentí miedo –fue una cadena rápida de segundos, no hubo tiempo para razonar–, pero sí cuando E me confesó que había estado tentada, mecánicamente, de soltar las manos del volante y cerrar los ojos...
Después de esto (y de una tila para ella), continuamos viaje despacito y con buena letra. Hubo una conversación de las nuestras –que no conducen a nada, en cuanto que E se mantiene en sus posiciones y yo no me muevo de las mías–, que no me puso de buen humor precisamente. Viene a reducirse a que ella piensa que hago mal en no ahorrar, en ser un manirroto que nunca llega a fin de mes y tiene que andar pidiendo prestado a los amigos. Que, porque me quiere, no entiende cómo no me angustio cuando (como ha sucedido en octubre) llego a mitad de mes sin un euro en el bolsillo. Y que ella sufre pensándolo. ¿Qué pasaría si todos fueran como yo?... Vamos a ver, a mí me la suda cómo sean los demás, lo que tengo muy claro es que no voy a cambiar, porque me gusta ser como soy y no hago mal a nadie con ello (E dice que, indirectamente, sí: no lo veo, no lo veo), no tengo hijos ni nada por el estilo a mi cargo. Si a fin de mes tengo que comer pasta y arroz porque me lo fundí todo en libros, en cenas por ahí o en copas, es problema mío, me jodo y me aguanto. "Así que no eres capaz de cambiar por nadie", me espetó. ¿Es que hay que cambiar por alguien? Si uno no tiene una pareja, o no quiere ceder en una serie de supuestos vitales para conseguir una pareja, ¿es un fracasado?, ¿un egoísta? De ahí pasó a hablar (claro) de mi egotismo, feroz y mayúsculo. No es tanto que yo sea el gigante egoísta del cuento, dentro de su jardín al que nunca deja entrar a nadie, como que no tengo por qué variar mi manera de ser (que me gusta, insisto) por resultar más simpático, o más atractivo, o más "casadero". Conclusión: no volverá a prestarme dinero porque se siente fatal "financiando" mi mala cabeza. Le dije que no hay problema. Y que no quiero una amiga/madre, que una cosa son las tonterías y gracietas que digo, y otra es que no sea un tipo ya formado, adulto, que no necesita que nadie le controle. No lo soportaría.
Reconozco que me enfadó no ser comprendido. Pero estas conversaciones con E son parte de nuestra amistad, y como tal las acepto. Eso sí, le comenté que su planteamiento me parecía rancio y muy conservador.
El sábado noche, salí con M S, su ex, Miguel, y más gente. Anduvimos por todas partes, me tajé a base de bien, terminé en el Dragón y ligué con un asturianín de 18 años. Alto y delgado, demasiado fashion victim para mi gusto, pero bueno. Me lo llevé a casa. Abuelito estaba en la cama, pero nunca se levanta antes de las nueve, y yo me había comprometido con mi tío Charly (que dormía en casa de su novia) en sacar a la perra a las ocho. Total, que follamos y nos quedamos dormidos. A las diez me desperté y encontré a mi tío ya en casa, no muy contento conmigo. Fue mi abuelo quien sacó a la perra, y encima entró en mi cuarto para despertarme y nos vio en la cama... Glups. Marronazo. Al final, cuando me preguntó a la tarde (yo más sereno, después de un resacón que me duró horas y horas) que quién era ese chico, puse cara de total inocencia y le expliqué que era un amigo a quien le dije que se viniera conmigo hasta las ocho, para hacerme compañía y evitar que me durmiera. Pero que nos quedamos fritos y que cuánto sentía haberle obligado a sacar a Chiqui. No hay mayor ciego que el que no quiere ver. Y mi abuelo prefiere no pensar en si soy o no maricón.
De todos modos, mea culpa. Ya me vale el subir a nadie a su casa. Es la primera vez que lo hago, y muy borracho debía andar para pasarme esta norma por el forro.
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E tiene razón y todo lo que te dice es porque te quiere.
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OLeeeeeeeeee
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mon dieu!