DE VUELTA AL HOGAR...
Santander. Mediodía soleado y relativamente cálido. Después de la rasca que ya hace en Madrid, se agradece este repunte de buen tiempo, como una coda primaveral. El viaje hasta aquí fue agradable, aunque dice E que soy un pésimo copiloto: mucha mímica pero poco llamar a las cosas por su nombre (a saber, derecha, centro, izquierda. Ay, ese programa nunca visto de Barrio Sésamo). La salida de Madrid fue un despropósito. Más que Red de carreteras del Estado, parece una malla finísima en que todos los pezqueñines despistados terminamos atrapados. Una hora de reloj -se dice pronto- nos llevó enfilar por la Autovía del Norte, dirección Burgos. Lo demás, chupado, pocos coches en carretera, sol de a ratos (lluvia torrencial a la altura de Somosierra), un sueñecito del menda de media hora (malo, malísimo copiloto), música agradable, de vez en cuando conversación con E (que parecía Fernando Alonso en pleno rally, concentradísima con la mirada clavada al frente y, a medida que le cogía el tranquillo, gesto de "me gusta, me gusta mucho la velocidad"). Su historia con R ya es ídem. Se ha agobiado porque la otra iba muy rápido, un poco elefante en cacharrería. Y todos los que la conocemos, sabemos cuántos cacharritos guarda E en su tratienda. En fins, como diría ella.
Al llegar a Burgos, problemas técnicos con el coche, que al borde estuvo de ponerse en punto de ebullición. Para solucionarlo, hubo que desviarse de ruta y meterse por el entramado de calles que es el centro. Luego no sabíamos volver, E empeñada en que preguntase a alguien, yo empeñado en salir de allí sin preguntar -es algo atávico, pero me pone nerviosísimo acercarme a un desconocido, deben ser restos de cuando era pequeño y me avisaban de que todo extraño podía llevar un cargamento de caramelos con droga dentro... Salimos del atolladero sin ayuda de nadie, pero casi una hora después de la llegada a Burgos. Vale. Las Merindades, pasado el páramo de Masa, una gozada para los sentidos; lástima que ya anochecía y no pudiera verlo como otras veces. Quintanilla de Escalada, el pueblo en que me gustaría vivir cuando cumpla sesenta o así. Después, el Escudo y la entrada en Cantabria, verde que te quiero verde, Vega de Pas, Ontaneda, yo qué sé, pueblos y puebliños que me iban nublando los ojos de nostalgia. Si seré parvo. Entramos en Santander a las ocho y media, cuando ya era noche cerrada. Paramos un minuto en Los Riojanos, saludé a abuelito y a sus amigos, le presenté a E. Ella dice que le vio muy bien, pero yo no tanto. Claro que no le conoció hace un tiempo, cuando estaba realmente estupendo. Sigue demasiado gordo, y mientras charlábamos noté cómo se apoyaba, discretamente, sobre una silla. No pude evitar compararle con el abuelo de E, a quien conocí este verano en Asturias. Un hombre anciano pero aún ágil, con una mente despierta y joven. Qué tontería entrar en estas competiciones de abuelos.
Más tarde, con Andrés y A, hermano y cuñadísima de E. Y con sus amigos. Por primera vez en mucho tiempo, escuché el término fascista referido a gente viva. Me provocó mucha ternura ver a estos treintañeros que aún creen que pueden cambiar el mundo y, en la medida de sus posibilidades, lo hacen. Cenamos en el Río de la Pila, nos tajamos en el Bolero y por los garitos de la calle del Carmen. Vi a mis primas Paula y Anita. Al filo de las tres y media, puse el piloto automático y me fui a casa. Muy cansado. A puntito estuve de desviarme hasta el Dragón, pero me lo pensé dos veces y no lo hice. Cuánto me alegro esta mañana.
Me he levantado al mediodía, sin resaca. Cambios en la casa. La mesita de noche que había al lado de mi cama ha desaparecido; dentro de la bañera han puesto la silla baja que siempre estuvo en la cocina (donde se sentaba mi bisabuela cuando pelaba patatas), supongo que para que abuelito se bañe sin riesgo de caerse; el mueble donde se guardaban todos mis teleprogramas (los coleccioné durante doce años) ahora contiene discos de mi tío Charly, los tepés han ido a la basura. Cada vez me siento más un invitado incómodo, menos en mi casa.
Fiel a mi sentido absoluto de la oportunidad, me entero de que hoy por la tarde (qué ojo tienes, guapo) es el bautizo de la hija menor de mi hermana Eva. Hace una hora, cuando me despedía de mi abuelo para ir a dar una vuelta y tomarme este café, me preguntó si iría. Alma de cántaro.
-Vendrás esta tarde al bautizo de la niña, ¿no?
-Pero abuelito, si no estoy invitado...
Me miró como si no comprendiera (más bien, como si no quisiera comprender, a él le gustaría que todos nos lleváramos de puta madre y fuéramos la Familia Feliz y Unida que no somos).
-Eva no me invitó a la boda (por ser gay, iba a añadir, pero me contuve), no me invitó al bautizo de Isabel y no me ha invitado a éste. ¿Cómo quieres que vaya?
El día, muy santanderinamente, ha dado un giro de ciento ochenta grados, hacia nubosidad variable con riesgo de precipitaciones. Un nordeste frío sopla con ganas y la impresión de bonanza desaparece. El invierno, también aquí, asoma las orejas puntiagudas de lobo.
Leo "Los años", de Virginia Woolf. Y de nuevo me quito el sombrero ante la manera genial que tiene de mostrar el suave pasar del tiempo por sobre el ser humano... Unos pensamientos no del todo formulados, unas actitudes mínimas, un pálpito de amor o un arrebato de inquina. Todo suave, mínimo, dulce. Pero son estos segundos de emoción, de fastidio, de aburrimiento o de tristeza los que conforman los grandes hechos. Un día, una mujer mata a su madre inválida. Cuántas pequeñas cosas no condujeron, calladamente y durante años, al titular final a cuatro columnas, al punto de inflexión drástico e inesperado.
Al llegar a Burgos, problemas técnicos con el coche, que al borde estuvo de ponerse en punto de ebullición. Para solucionarlo, hubo que desviarse de ruta y meterse por el entramado de calles que es el centro. Luego no sabíamos volver, E empeñada en que preguntase a alguien, yo empeñado en salir de allí sin preguntar -es algo atávico, pero me pone nerviosísimo acercarme a un desconocido, deben ser restos de cuando era pequeño y me avisaban de que todo extraño podía llevar un cargamento de caramelos con droga dentro... Salimos del atolladero sin ayuda de nadie, pero casi una hora después de la llegada a Burgos. Vale. Las Merindades, pasado el páramo de Masa, una gozada para los sentidos; lástima que ya anochecía y no pudiera verlo como otras veces. Quintanilla de Escalada, el pueblo en que me gustaría vivir cuando cumpla sesenta o así. Después, el Escudo y la entrada en Cantabria, verde que te quiero verde, Vega de Pas, Ontaneda, yo qué sé, pueblos y puebliños que me iban nublando los ojos de nostalgia. Si seré parvo. Entramos en Santander a las ocho y media, cuando ya era noche cerrada. Paramos un minuto en Los Riojanos, saludé a abuelito y a sus amigos, le presenté a E. Ella dice que le vio muy bien, pero yo no tanto. Claro que no le conoció hace un tiempo, cuando estaba realmente estupendo. Sigue demasiado gordo, y mientras charlábamos noté cómo se apoyaba, discretamente, sobre una silla. No pude evitar compararle con el abuelo de E, a quien conocí este verano en Asturias. Un hombre anciano pero aún ágil, con una mente despierta y joven. Qué tontería entrar en estas competiciones de abuelos.
Más tarde, con Andrés y A, hermano y cuñadísima de E. Y con sus amigos. Por primera vez en mucho tiempo, escuché el término fascista referido a gente viva. Me provocó mucha ternura ver a estos treintañeros que aún creen que pueden cambiar el mundo y, en la medida de sus posibilidades, lo hacen. Cenamos en el Río de la Pila, nos tajamos en el Bolero y por los garitos de la calle del Carmen. Vi a mis primas Paula y Anita. Al filo de las tres y media, puse el piloto automático y me fui a casa. Muy cansado. A puntito estuve de desviarme hasta el Dragón, pero me lo pensé dos veces y no lo hice. Cuánto me alegro esta mañana.
Me he levantado al mediodía, sin resaca. Cambios en la casa. La mesita de noche que había al lado de mi cama ha desaparecido; dentro de la bañera han puesto la silla baja que siempre estuvo en la cocina (donde se sentaba mi bisabuela cuando pelaba patatas), supongo que para que abuelito se bañe sin riesgo de caerse; el mueble donde se guardaban todos mis teleprogramas (los coleccioné durante doce años) ahora contiene discos de mi tío Charly, los tepés han ido a la basura. Cada vez me siento más un invitado incómodo, menos en mi casa.
Fiel a mi sentido absoluto de la oportunidad, me entero de que hoy por la tarde (qué ojo tienes, guapo) es el bautizo de la hija menor de mi hermana Eva. Hace una hora, cuando me despedía de mi abuelo para ir a dar una vuelta y tomarme este café, me preguntó si iría. Alma de cántaro.
-Vendrás esta tarde al bautizo de la niña, ¿no?
-Pero abuelito, si no estoy invitado...
Me miró como si no comprendiera (más bien, como si no quisiera comprender, a él le gustaría que todos nos lleváramos de puta madre y fuéramos la Familia Feliz y Unida que no somos).
-Eva no me invitó a la boda (por ser gay, iba a añadir, pero me contuve), no me invitó al bautizo de Isabel y no me ha invitado a éste. ¿Cómo quieres que vaya?
El día, muy santanderinamente, ha dado un giro de ciento ochenta grados, hacia nubosidad variable con riesgo de precipitaciones. Un nordeste frío sopla con ganas y la impresión de bonanza desaparece. El invierno, también aquí, asoma las orejas puntiagudas de lobo.
Leo "Los años", de Virginia Woolf. Y de nuevo me quito el sombrero ante la manera genial que tiene de mostrar el suave pasar del tiempo por sobre el ser humano... Unos pensamientos no del todo formulados, unas actitudes mínimas, un pálpito de amor o un arrebato de inquina. Todo suave, mínimo, dulce. Pero son estos segundos de emoción, de fastidio, de aburrimiento o de tristeza los que conforman los grandes hechos. Un día, una mujer mata a su madre inválida. Cuántas pequeñas cosas no condujeron, calladamente y durante años, al titular final a cuatro columnas, al punto de inflexión drástico e inesperado.
Comentario:
Nunca he estdo en Santander pero me gustariaa
Comentario:
reitérome. que vivir junto a un registrador lúcido de segundos de emoción, fastidio, aburrimiento o tristeza no tiene precio. viajo a santan sin moverme de mi/tu casa. y los billetes de esos viajes son tuyos: prestados, regalados. ojalá, siendo los dos viejitos, vaya a verte a quintanilla, y veamos pasar las tardes, ya repletos de todo, frente a ese pequeño cañón del colorado.