RECORDANDO
Estampa plenamente otoñal. Hace frío y la gente se abriga por la calle. Cazadoras y jerséis, gorros de todos los tipos, alguna bufanda madrugadora. Al menos no llueve.
Hoy me levanté pasadas las diez, a tiempo para abrirle la puerta a M, que anoche se quedó a dormir en casa. Me había llamado por la tarde para que hiciéramos sesión de arqueología diarística. Bueno. Como estos días hace diez años que somos amigos -la primera vez que escribí sobre él, sin nombrarlo, fue el 15 de noviembre del 94, durante la acampada en la plaza de las Farolas de Santander, por lo del 0,7-, la idea era que yo le leyera el Diario de esa época, sin omitir detalle. Pura espeleología memorialista, ya digo.
Lo primero: supuso una vergüenza terrible por lo mal que yo escribía entonces, con un aire ampuloso y recargado que ahora me sube los colores. Lo segundo: qué de cosas completamente olvidadas, borradas, como si nunca hubieran sucedido. Una cena con mis padres en el Yerbabuena, por ejemplo. No la recuerdo, pero ni siquiera algún detalle, por pequeño que sea; y era la primera vez que nos veíamos los tres a solas, que nos encontrábamos para charlar desde que me fui de casa tres años y medio antes.
Leí y leí hasta llegar a junio de 1995. Ahí lo dejamos. A M se le cerraban los ojos; yo tenía la boca seca. Eran casi las seis de la madrugada. Estuvo bien la cosa. Rememoramos nuestra historia juntos, que es la mejor manera de recordar.
Hoy finaliza la semana de trabajo, pero también terminan hoy los meses currando en Pinar de Chamartín. Esta tarde cogeré el 150 por última vez, por última vez caminaré Caleruega abajo, por última vez entraré en el feo edificio de oficinas y pulsaré el botón del quinto piso en el ascensor. A partir de la semana que viene (para cuando regresemos del puente), trabajaremos en pleno centro, a unos minutos en metro de mi casa. Cómo lo voy a notar. Y qué ganas.
Hoy me levanté pasadas las diez, a tiempo para abrirle la puerta a M, que anoche se quedó a dormir en casa. Me había llamado por la tarde para que hiciéramos sesión de arqueología diarística. Bueno. Como estos días hace diez años que somos amigos -la primera vez que escribí sobre él, sin nombrarlo, fue el 15 de noviembre del 94, durante la acampada en la plaza de las Farolas de Santander, por lo del 0,7-, la idea era que yo le leyera el Diario de esa época, sin omitir detalle. Pura espeleología memorialista, ya digo.
Lo primero: supuso una vergüenza terrible por lo mal que yo escribía entonces, con un aire ampuloso y recargado que ahora me sube los colores. Lo segundo: qué de cosas completamente olvidadas, borradas, como si nunca hubieran sucedido. Una cena con mis padres en el Yerbabuena, por ejemplo. No la recuerdo, pero ni siquiera algún detalle, por pequeño que sea; y era la primera vez que nos veíamos los tres a solas, que nos encontrábamos para charlar desde que me fui de casa tres años y medio antes.
Leí y leí hasta llegar a junio de 1995. Ahí lo dejamos. A M se le cerraban los ojos; yo tenía la boca seca. Eran casi las seis de la madrugada. Estuvo bien la cosa. Rememoramos nuestra historia juntos, que es la mejor manera de recordar.
Hoy finaliza la semana de trabajo, pero también terminan hoy los meses currando en Pinar de Chamartín. Esta tarde cogeré el 150 por última vez, por última vez caminaré Caleruega abajo, por última vez entraré en el feo edificio de oficinas y pulsaré el botón del quinto piso en el ascensor. A partir de la semana que viene (para cuando regresemos del puente), trabajaremos en pleno centro, a unos minutos en metro de mi casa. Cómo lo voy a notar. Y qué ganas.
Comentario:
para los que andamos a tientas, sin más pasado que una ciénaga llena de olvido donde de vez en cuando flota alguna isla, nos viene más que bien tener al lado escribidores de la memoria como tú, para que en vez de islitas surjan archipiélagos... gracias, por los recuerdos, por llevar un diario y por escribir tu vida.