FAMILIADA
El viernes fui al pueblo de mis primos a pasar la noche y estar un poco en familia, que ya tocaba. Excepto una hora solitaria frente a un café en el bar de la plaza, la mañana del sábado, tuve familia a montones, para aburrir, dosis y dosis (mortales) de familia. Como para no volver en una buena temporada. El pueblo es un conjunto feo y desorganizado de casas, el paisaje de alrededor no es nada atractivo, toda la población está ubicada sobre una loma y las cuestas son la tónica dominante, así que caminar por sus calles en plan poeta romántico a la caza de un verso no es ningún placer. Me aburrí como una ostra.
B sigue como siempre, hundida en la mierda, aunque ahora está acompañada por T, que parece un buen hombre. Yo creo que la quiere, y a los 51 años, con la autoestima por los suelos y una separación traumática a sus espaldas, esto de encontrar alguien que quiera pasar tiempo con ella no es moco de pavo. Mi prima B vive en su mundo terrible, hecho de fracasos y de indecisiones, con todas las horas del día supeditadas a su hijo bandarra y drogadicto. Le quiere, es evidente, pero va siendo hora de que anteponga su felicidad al egoísmo profundo de un post adolescente que sólo piensa en comer, follar y meterse de todo por la nariz. Ya ni se sienta a la mesa con ellos, se pasa el día de juerga o trapicheando (si no robando), luego vuelve a casa, saluda con un gruñido y se mete en su cuarto. No hay solución a la vista. Y así lo toma ella, como un mal que llegó a su vida y que, muy posiblemente, le joderá los años que le quedan. Qué triste. Crónica de un desastre anunciado.
Y yo, qué desalmado. Escucho a B, le doy mi opinión, algún consejo y mi apoyo. Pero a las doce de la noche, subo a la habitación de R y me lo tiro.
Anoche estuve en una fiesta de la prima de Antón. El piso estaba en una última planta de un edificio que daba a la plaza General Vara del Rey. Rodeado en sus tres cuartas partes por una terraza inmensa, las vistas de la ciudad eran increíbles. Ya hace algo más de frío, claro, pero con la cazadora puesta y un porrito en la mano, se estaba de fábula. Vamos a ponernos en plan literato essstupendo (si Lucía Etxebarria puede...): la línea del horizonte era un sinuoso juego de luces, Madrid parecía un animal mitológico a nuestros pies, como dormido pero no tanto, entre amenazador y ronroneante.
Según llegué, me di de bruces con Santi P-N, ex novio de hace siete años, cuando ambos vivimos por unos meses en Bilbao. Hacía tiempo que no le veía –desde una de las manis del año pasado en contra de la guerra– y estuvimos charlando bastante rato. De repente cayó en la cuenta de que mucha de la gente que pululaba por la terraza eran amigos suyos a quienes me había presentado cuando me quedé unos días en su casa de Conde Duque, allá por diciembre del 97. Me los fue (re) presentando uno a uno, y todos decían acordarse de mí (yo, ni zorra, pero disimulé divinamente). Luego le llegó el turno a su novio, que mira tú por dónde también se acordaba del menda, y tal y como se comportó no dejó dudas al respecto. "Ese chico con el que hablas es mío", decía su mirada asesina. Y su sonrisa de conveniencia me avisó: "No te acerques más de la cuenta a él, que te araño". Le hice caso y Santi se perdió entre el gentío (la fiesta era multitudinaria).
Sobreviví a una pálida (esos porros...) que me tumbó durante media hora en una colchoneta que había a uno de los extremos de la terraza. Más tarde fue E la que sucumbió a la bebida y los canutos. Entre Espe y yo la llevamos hasta la colchoneta salvadora. Cuando estuvo mejor, salimos de allí, al filo de las seis y con hambre perruna –encontramos un obrador abierto y devoramos una ristra de churros– y todo el sueño del mundo. Hasta las dos y media de este domingo caluroso y primaveral, no he vuelto a ser persona. Sueño agitado y lleno de imágenes.
En el pueblo, cenamos B&T, su hija Azu y Emilio, el novio de ésta. Mi prima está que no caga con su "yerno" (como le llama desde que llevaban unos días juntos). Dice que es guapísimo. A mí, aparte de una altura considerable y unos ojos verdes impactantes, no me lo parece tanto. Cuando ya se fueron para su casa, B me miró y me dijo:
–Tienes que venir más por aquí, para que te cocine yo y engordes un poco, que estás muy delgado.
–Quita, quita. Estoy bien así.
–Necesitarías cinco o seis kilos más. Mira Emilio qué hermoso se está poniendo, con la cara redondita y esa doble papada que le está saliendo.
Y es cierto, vive dios, el chico está engordando a ojos vista. Cómo explicarle a B que, entre heteros, eso puede no importar una vez que el tío está ennoviado y su amorcito le guisa y le ceba a conciencia. Pero en el duro y competitivo mundo gay (musculocas, fashion victim y demás), una doble papadita es el fin de tus días como moneda en curso.
B sigue como siempre, hundida en la mierda, aunque ahora está acompañada por T, que parece un buen hombre. Yo creo que la quiere, y a los 51 años, con la autoestima por los suelos y una separación traumática a sus espaldas, esto de encontrar alguien que quiera pasar tiempo con ella no es moco de pavo. Mi prima B vive en su mundo terrible, hecho de fracasos y de indecisiones, con todas las horas del día supeditadas a su hijo bandarra y drogadicto. Le quiere, es evidente, pero va siendo hora de que anteponga su felicidad al egoísmo profundo de un post adolescente que sólo piensa en comer, follar y meterse de todo por la nariz. Ya ni se sienta a la mesa con ellos, se pasa el día de juerga o trapicheando (si no robando), luego vuelve a casa, saluda con un gruñido y se mete en su cuarto. No hay solución a la vista. Y así lo toma ella, como un mal que llegó a su vida y que, muy posiblemente, le joderá los años que le quedan. Qué triste. Crónica de un desastre anunciado.
Y yo, qué desalmado. Escucho a B, le doy mi opinión, algún consejo y mi apoyo. Pero a las doce de la noche, subo a la habitación de R y me lo tiro.
Anoche estuve en una fiesta de la prima de Antón. El piso estaba en una última planta de un edificio que daba a la plaza General Vara del Rey. Rodeado en sus tres cuartas partes por una terraza inmensa, las vistas de la ciudad eran increíbles. Ya hace algo más de frío, claro, pero con la cazadora puesta y un porrito en la mano, se estaba de fábula. Vamos a ponernos en plan literato essstupendo (si Lucía Etxebarria puede...): la línea del horizonte era un sinuoso juego de luces, Madrid parecía un animal mitológico a nuestros pies, como dormido pero no tanto, entre amenazador y ronroneante.
Según llegué, me di de bruces con Santi P-N, ex novio de hace siete años, cuando ambos vivimos por unos meses en Bilbao. Hacía tiempo que no le veía –desde una de las manis del año pasado en contra de la guerra– y estuvimos charlando bastante rato. De repente cayó en la cuenta de que mucha de la gente que pululaba por la terraza eran amigos suyos a quienes me había presentado cuando me quedé unos días en su casa de Conde Duque, allá por diciembre del 97. Me los fue (re) presentando uno a uno, y todos decían acordarse de mí (yo, ni zorra, pero disimulé divinamente). Luego le llegó el turno a su novio, que mira tú por dónde también se acordaba del menda, y tal y como se comportó no dejó dudas al respecto. "Ese chico con el que hablas es mío", decía su mirada asesina. Y su sonrisa de conveniencia me avisó: "No te acerques más de la cuenta a él, que te araño". Le hice caso y Santi se perdió entre el gentío (la fiesta era multitudinaria).
Sobreviví a una pálida (esos porros...) que me tumbó durante media hora en una colchoneta que había a uno de los extremos de la terraza. Más tarde fue E la que sucumbió a la bebida y los canutos. Entre Espe y yo la llevamos hasta la colchoneta salvadora. Cuando estuvo mejor, salimos de allí, al filo de las seis y con hambre perruna –encontramos un obrador abierto y devoramos una ristra de churros– y todo el sueño del mundo. Hasta las dos y media de este domingo caluroso y primaveral, no he vuelto a ser persona. Sueño agitado y lleno de imágenes.
En el pueblo, cenamos B&T, su hija Azu y Emilio, el novio de ésta. Mi prima está que no caga con su "yerno" (como le llama desde que llevaban unos días juntos). Dice que es guapísimo. A mí, aparte de una altura considerable y unos ojos verdes impactantes, no me lo parece tanto. Cuando ya se fueron para su casa, B me miró y me dijo:
–Tienes que venir más por aquí, para que te cocine yo y engordes un poco, que estás muy delgado.
–Quita, quita. Estoy bien así.
–Necesitarías cinco o seis kilos más. Mira Emilio qué hermoso se está poniendo, con la cara redondita y esa doble papada que le está saliendo.
Y es cierto, vive dios, el chico está engordando a ojos vista. Cómo explicarle a B que, entre heteros, eso puede no importar una vez que el tío está ennoviado y su amorcito le guisa y le ceba a conciencia. Pero en el duro y competitivo mundo gay (musculocas, fashion victim y demás), una doble papadita es el fin de tus días como moneda en curso.