OSSEA...
Ayer al mediodía, comida para la presentación de un catering. Quedé en Cuzco con Eva, de A&C, pero al final me tocó viajar en el coche con su jefa, A E, y dos periodistas, ambas ya maduritas, la una rubia, la otra morena. A E, que es hija de título, pijísima (con esa entonación ligeramente engolada, y exasperante, en el final de las frases), muy bien vestida, hablaba todo el rato, fiel a un papel autoimpuesto de relaciones públicas y mascarón de proa de su firma. La periodista rubia, una cuarentona impecablemente maquillada, perfectamente conjuntada, un poco rellenita, miraba con ojos sabios, como desde muy lejos, desde muy atrás. También ella engolaba la voz, pero su tono era más grave, menos cabriloca y saltarín que el de A E; si cerraba los ojos, era como estar escuchando a la tía Lourdes. A la morena la conocí en una comida hace meses. Otro pope del periodismo gastronómico, una señora bien entrada en los cincuenta, morenota y de grandes ojos azules, vestida de negro de los pies a la cabeza (pantalones y jersey, colgante azteca en el cuello) y con un cigarrillo permanentemente prendido de la boca. Su belleza asimétrica, el modo cinematográfico de llevarse el cigarro a los labios y luego, distraídamente, aplastarlo contra el cenicero, me recuerdan un tanto a la Bette Davis de "Eva al desnudo".
No bien entré en el coche, me puse en guardia. No estaba cómodo ni lo iba a estar en toda la comida, eso seguro. Viajamos hasta La Moraleja y allí entramos en los dominios de un chalé impresionante, espectacular, muy de las páginas de decoración de El País Semanal.
Éramos los primeros, y a las puertas nos esperaba un sonriente camarero para hacer los honores (un chico alto, delgadísimo, cabello castaño ondulado y ojos zarcos: deseé pasar el resto del día con él en la cocina). Enseguida se nos apareció –como una visión de las alturas– la dueña de la casa y propietaria de la empresa de catering en cuestión. N S, un maniquí menudo y delgado, toda vestida en tonos grises, un trasunto de Isabel Preysler. Cuando se movía lo hacía con la ligereza de una mariposa, pero con el reposo y el saber estar de un animal peligroso. El acento con que hablaba el castellano era señal de su educación cosmopolita –lleva trece años viviendo aquí, pero nació en los Estados Unidos, vivió allí (San Francisco), y en Argentina, y en España tres años siendo niña; su árbol genealógico es un compendio de razas y culturas, ella es la esencia mínima y exquisita de tanto cruce. Como entretanto, pasadas las presentaciones (mua, mua), había salido el sol (grandes exclamaciones de contento por parte de las cuatro), se decidió tomar el aperitivo con el cóctel en la terraza. Si la casa -con su decoración minimal, su chimenea, la librería bien surtida, los espacios enormes y desnudos, los grandes ventanales- impresionaba, la terraza y el jardín eran de ensueño. Con una piscina en forma de u –que rodeaba un tramo de la casa– y un jacuzzi más allá, el jardín era casi un bosque de dimensiones más que interesantes. contaba hasta con una caseta de jardinero/guardabosque en uno de los extremos de la finca.
Nos sentamos y principió la danza absurda de lo social. A E y N S hablaban del próximo viaje de la primera a Nueva York. N S sacó una agenda electrónica y le dio direcciones y teléfonos de los lugares más "in" a los que no podía dejar de acudir. Mientras tanto, Bette Davis fumaba y charlaba con la rubia. Yo quería que la tierra me tragara, volverme invisible. Aparentemente atento a ambas conversaciones, en realidad era demasiado consciente de mi vestir desaliñado (vaqueros, deportivas, camiseta raída y barba de dos días) frente a tanto boato, tanta cursilería, tanto encanto. Y no sabía cómo sentarme, si de este lado, si del otro, si doblando las piernas o manteniendo las rodillas algo separadas. Un suplicio. En ocasiones, N S, con su aire principesco de las Mil y una noches (no en vano, su abuelo fue libanés), posaba su mirada en mí y sonreía mecánicamente, graciosamente, profesionalmente. Yo trataba de luchar (pero era imposible) contra la repentina mudez que, entre tan poquita gente, se iba a notar demasiado. La periodista rubia se volteó hacia mí.
–¿Estuviste el año pasado en Madrid Fusión?
(Dios, ¿Madrid Fusión? Qué coño era eso, no recordaba, piensa, piensa, idiota).
–No... ¿qué tal estuvo?
–Bien–. Pero frunció las cejas en un gesto de desagrado, como si ésa no fuera la respuesta adecuada. ¿Qué debía haber dicho? Sensación de vergüenza infinita.
Luego llegaron el resto de comensales. En el bullicio alegre que se formó con las presentaciones, me relajé un poco. Estaban una chica americana, rubita y pavisosa, ojillos simpáticos tras unas gafas de pasta, acento yanqui muy fuerte, de no sé qué revista en inglés. También la mano derecha -y servil- de N S, que me dijo que se apellidaba igual que yo.
-Me apellido igual que tú.
-¿Ah, sí?
-Fíjate, sois tocayos de apellido-, terció la periodista rubia con su voz de generala.
Y risas. Risas falsísimas. Las suyas porque tocaban y punto. Las mías porque me regalaban unos segundos de tranquilidad hasta la siguiente prueba.
También estaba Eva, eclipsada ante la presencia arrolladora de su señorita, A E. Y poco más tarde aparecieron los presentadores de un programa de televisión, dos hombres y dos mujeres.
-Es que venimos directamente del plató, de rodar el programa de esta noche. Mirad, ellos no, pero nosotras aún llevamos el maquillaje puesto-, explicó T C, rostro inconfundible de los telediarios durante años. Grande y caballuna, con un aire resuelto de periodista todoterreno que hace entrevistas muy humanas, había entrado en escena presentándose en voz alta y besando a todo quisqui. Siguiendo su estela, los otros tres. Una rubia de pelo rizado y gesto travieso, rollo "me he colado en la fiesta y lo voy a pasar en grande"; más los dos chicos (por fin, no era el único), uno muy callado que apenas dijo nada, y otro que parecía ser el graciosillo del grupo, haciendo estúpidos juegos de palabras que fueron recibidos, sistemáticamente, con una sonrisa helada y mucho silencio por todos los presentes.
Segundo round. Pasamos a la mesa. A E se sienta a mi derecha, la periodista rubia, a mi izquierda. Frente a mí, Bette Davis (fastidiada con la cultura de lo políticamente correcto porque no va a poder fumar hasta que nos levantemos) y T C, que es una belleza a lo Letizia hasta que se pone de perfil y muestra una nariz de grulla que la afea muchísimo.
A E capitalizó buena parte de la conversación. Se habló de todo. Cáncer de mama (es bueno dar de mamar para no desarrollarlo/no es bueno; es bueno comer brócoli para no tenerlo/da lo mismo; si tienes muchas posibilidades de sufrirlo, mejor que te vacíen y te implanten unas siliconas), tipos diferentes de sales, con predominio de las francesas, las colas interminables que se forman en los aeropuertos a la hora de alquilar un coche, la vivienda en Madrid.
A E: -Estoy buscando casa. Es que me he separado y mi marido se quiere quedar con la que tenemos, como la construyó él...
T C: -Qué casualidad, en mi urbanización hay un chalé en venta.
A E: -¿Pero tiene terreno y piscina? Porque con los niños (tiene dos, de cuatro y dos años) necesito espacio para que se explayen.
T C: -Sí, sí. Y está muy bien. En el centro de Madrid. Es como un oasis de tranquilidad, lo dice todo el mundo que me visita. La colonia de la Fuente del Berro.
A E: -¿Y tiene barrio?
T C: -Todo. Lo tiene todo a mano. Supermercado, tiendas, estanco.
Bette Davis: -Eso es muy importante, guapa. Quedarse sin tabaco y tener que coger el coche para ir a buscar un paquete es terrible... (Lanza una mirada desesperada a su bolso, donde los cigarrillos susurran cantos de sirena).
Todos de acuerdísimo. Vivir a las afueras sin duda tiene sus ventajas. Pero la esclavitud del coche.
-¿Y el precio?-, preguntó A E.
-Son 175 millones, creo-, contestó la antigua estrella de los informativos con la misma entonación con que diera, durante años, los resultados de la Primitiva.
-Pues no es nada caro. Y ni se inmutó la buena de A E, dueña de agencia de comunicación, mujer de su tiempo recién liberada del yugo del marido. Hubo un silencio en la mesa, no sé si por el órdago financiero que había soltado A E o por simple cambio de tercio.
-¿Tú dónde vives?-, inquiere la periodista rubia desde mi izquierda.
-En Tribunal. Me gustan el centro y el movimiento de gente.
(Cómo explicarle que vivo de alquiler y comparto piso...)
-Yo siempre viví en Moncloa, pero hace 16 años me trasladé a una urbanización y desde entonces me siento aislada del mundo. Creo que me mudaré otra vez a Moncloa, que es mi barrio de toda la vida.
-Claro, dónde va a parar.
Primer plato. Segundo plato. Postre. Todo riquísimo, hay que decirlo. El chistoso hacía menos chistes, T C aún competía con A E en ver quién ocupaba el centro de atención. N S era una cosita pequeña vestida de Chanel que lo vigilaba todo, que a un mínimo gesto hacía que los camareros se acercaran solícitos, añadieran platos, retiraran cubiertos, llenaran copas. Se pasó al tema de los hijos, y la segunda de a borde de T C le preguntó a N S:
-¿Cuántos hijos tienes, N?
-Tengo tres. De siete, cinco y tres años.
-Uy, muy seguidos los tres, ¿no?
-Bueno, es que o los tienes así de seguidos o te da pereza tenerlos.
Para cuando llegué de nuevo al coche, que me devolvería en unos minutos al Madrid real, de a pie, estaba cansadísimo. Volvimos los mismos. A la salida de La Moraleja, surgió un último debate: si la necesidad, el no tenerlo todo en la vida, hace que la gente se espabile y curre más y mejor. A E afirmaba que sí. La periodista rubia decía que no. Bette Davis y yo no nos pronunciamos. La última perla, de la periodista rubia:
-Yo estudié en la Complutense porque no quise estudiar en el CEU... Cuando estaba en 3º, hice unas prácticas en Diario 16 y me pagaron 40.000 pesetas por ellas. Un compañero de clase (que vivía en un barrio de esos de la periferia, Vallecas o por ahí, hijo de un camionero, vamos, de clase baja baja) me soltó que por ese dinero él no se hubiera movido de casa. Fijaos cómo son las clases trabajadoras.
No bien entré en el coche, me puse en guardia. No estaba cómodo ni lo iba a estar en toda la comida, eso seguro. Viajamos hasta La Moraleja y allí entramos en los dominios de un chalé impresionante, espectacular, muy de las páginas de decoración de El País Semanal.
Éramos los primeros, y a las puertas nos esperaba un sonriente camarero para hacer los honores (un chico alto, delgadísimo, cabello castaño ondulado y ojos zarcos: deseé pasar el resto del día con él en la cocina). Enseguida se nos apareció –como una visión de las alturas– la dueña de la casa y propietaria de la empresa de catering en cuestión. N S, un maniquí menudo y delgado, toda vestida en tonos grises, un trasunto de Isabel Preysler. Cuando se movía lo hacía con la ligereza de una mariposa, pero con el reposo y el saber estar de un animal peligroso. El acento con que hablaba el castellano era señal de su educación cosmopolita –lleva trece años viviendo aquí, pero nació en los Estados Unidos, vivió allí (San Francisco), y en Argentina, y en España tres años siendo niña; su árbol genealógico es un compendio de razas y culturas, ella es la esencia mínima y exquisita de tanto cruce. Como entretanto, pasadas las presentaciones (mua, mua), había salido el sol (grandes exclamaciones de contento por parte de las cuatro), se decidió tomar el aperitivo con el cóctel en la terraza. Si la casa -con su decoración minimal, su chimenea, la librería bien surtida, los espacios enormes y desnudos, los grandes ventanales- impresionaba, la terraza y el jardín eran de ensueño. Con una piscina en forma de u –que rodeaba un tramo de la casa– y un jacuzzi más allá, el jardín era casi un bosque de dimensiones más que interesantes. contaba hasta con una caseta de jardinero/guardabosque en uno de los extremos de la finca.
Nos sentamos y principió la danza absurda de lo social. A E y N S hablaban del próximo viaje de la primera a Nueva York. N S sacó una agenda electrónica y le dio direcciones y teléfonos de los lugares más "in" a los que no podía dejar de acudir. Mientras tanto, Bette Davis fumaba y charlaba con la rubia. Yo quería que la tierra me tragara, volverme invisible. Aparentemente atento a ambas conversaciones, en realidad era demasiado consciente de mi vestir desaliñado (vaqueros, deportivas, camiseta raída y barba de dos días) frente a tanto boato, tanta cursilería, tanto encanto. Y no sabía cómo sentarme, si de este lado, si del otro, si doblando las piernas o manteniendo las rodillas algo separadas. Un suplicio. En ocasiones, N S, con su aire principesco de las Mil y una noches (no en vano, su abuelo fue libanés), posaba su mirada en mí y sonreía mecánicamente, graciosamente, profesionalmente. Yo trataba de luchar (pero era imposible) contra la repentina mudez que, entre tan poquita gente, se iba a notar demasiado. La periodista rubia se volteó hacia mí.
–¿Estuviste el año pasado en Madrid Fusión?
(Dios, ¿Madrid Fusión? Qué coño era eso, no recordaba, piensa, piensa, idiota).
–No... ¿qué tal estuvo?
–Bien–. Pero frunció las cejas en un gesto de desagrado, como si ésa no fuera la respuesta adecuada. ¿Qué debía haber dicho? Sensación de vergüenza infinita.
Luego llegaron el resto de comensales. En el bullicio alegre que se formó con las presentaciones, me relajé un poco. Estaban una chica americana, rubita y pavisosa, ojillos simpáticos tras unas gafas de pasta, acento yanqui muy fuerte, de no sé qué revista en inglés. También la mano derecha -y servil- de N S, que me dijo que se apellidaba igual que yo.
-Me apellido igual que tú.
-¿Ah, sí?
-Fíjate, sois tocayos de apellido-, terció la periodista rubia con su voz de generala.
Y risas. Risas falsísimas. Las suyas porque tocaban y punto. Las mías porque me regalaban unos segundos de tranquilidad hasta la siguiente prueba.
También estaba Eva, eclipsada ante la presencia arrolladora de su señorita, A E. Y poco más tarde aparecieron los presentadores de un programa de televisión, dos hombres y dos mujeres.
-Es que venimos directamente del plató, de rodar el programa de esta noche. Mirad, ellos no, pero nosotras aún llevamos el maquillaje puesto-, explicó T C, rostro inconfundible de los telediarios durante años. Grande y caballuna, con un aire resuelto de periodista todoterreno que hace entrevistas muy humanas, había entrado en escena presentándose en voz alta y besando a todo quisqui. Siguiendo su estela, los otros tres. Una rubia de pelo rizado y gesto travieso, rollo "me he colado en la fiesta y lo voy a pasar en grande"; más los dos chicos (por fin, no era el único), uno muy callado que apenas dijo nada, y otro que parecía ser el graciosillo del grupo, haciendo estúpidos juegos de palabras que fueron recibidos, sistemáticamente, con una sonrisa helada y mucho silencio por todos los presentes.
Segundo round. Pasamos a la mesa. A E se sienta a mi derecha, la periodista rubia, a mi izquierda. Frente a mí, Bette Davis (fastidiada con la cultura de lo políticamente correcto porque no va a poder fumar hasta que nos levantemos) y T C, que es una belleza a lo Letizia hasta que se pone de perfil y muestra una nariz de grulla que la afea muchísimo.
A E capitalizó buena parte de la conversación. Se habló de todo. Cáncer de mama (es bueno dar de mamar para no desarrollarlo/no es bueno; es bueno comer brócoli para no tenerlo/da lo mismo; si tienes muchas posibilidades de sufrirlo, mejor que te vacíen y te implanten unas siliconas), tipos diferentes de sales, con predominio de las francesas, las colas interminables que se forman en los aeropuertos a la hora de alquilar un coche, la vivienda en Madrid.
A E: -Estoy buscando casa. Es que me he separado y mi marido se quiere quedar con la que tenemos, como la construyó él...
T C: -Qué casualidad, en mi urbanización hay un chalé en venta.
A E: -¿Pero tiene terreno y piscina? Porque con los niños (tiene dos, de cuatro y dos años) necesito espacio para que se explayen.
T C: -Sí, sí. Y está muy bien. En el centro de Madrid. Es como un oasis de tranquilidad, lo dice todo el mundo que me visita. La colonia de la Fuente del Berro.
A E: -¿Y tiene barrio?
T C: -Todo. Lo tiene todo a mano. Supermercado, tiendas, estanco.
Bette Davis: -Eso es muy importante, guapa. Quedarse sin tabaco y tener que coger el coche para ir a buscar un paquete es terrible... (Lanza una mirada desesperada a su bolso, donde los cigarrillos susurran cantos de sirena).
Todos de acuerdísimo. Vivir a las afueras sin duda tiene sus ventajas. Pero la esclavitud del coche.
-¿Y el precio?-, preguntó A E.
-Son 175 millones, creo-, contestó la antigua estrella de los informativos con la misma entonación con que diera, durante años, los resultados de la Primitiva.
-Pues no es nada caro. Y ni se inmutó la buena de A E, dueña de agencia de comunicación, mujer de su tiempo recién liberada del yugo del marido. Hubo un silencio en la mesa, no sé si por el órdago financiero que había soltado A E o por simple cambio de tercio.
-¿Tú dónde vives?-, inquiere la periodista rubia desde mi izquierda.
-En Tribunal. Me gustan el centro y el movimiento de gente.
(Cómo explicarle que vivo de alquiler y comparto piso...)
-Yo siempre viví en Moncloa, pero hace 16 años me trasladé a una urbanización y desde entonces me siento aislada del mundo. Creo que me mudaré otra vez a Moncloa, que es mi barrio de toda la vida.
-Claro, dónde va a parar.
Primer plato. Segundo plato. Postre. Todo riquísimo, hay que decirlo. El chistoso hacía menos chistes, T C aún competía con A E en ver quién ocupaba el centro de atención. N S era una cosita pequeña vestida de Chanel que lo vigilaba todo, que a un mínimo gesto hacía que los camareros se acercaran solícitos, añadieran platos, retiraran cubiertos, llenaran copas. Se pasó al tema de los hijos, y la segunda de a borde de T C le preguntó a N S:
-¿Cuántos hijos tienes, N?
-Tengo tres. De siete, cinco y tres años.
-Uy, muy seguidos los tres, ¿no?
-Bueno, es que o los tienes así de seguidos o te da pereza tenerlos.
Para cuando llegué de nuevo al coche, que me devolvería en unos minutos al Madrid real, de a pie, estaba cansadísimo. Volvimos los mismos. A la salida de La Moraleja, surgió un último debate: si la necesidad, el no tenerlo todo en la vida, hace que la gente se espabile y curre más y mejor. A E afirmaba que sí. La periodista rubia decía que no. Bette Davis y yo no nos pronunciamos. La última perla, de la periodista rubia:
-Yo estudié en la Complutense porque no quise estudiar en el CEU... Cuando estaba en 3º, hice unas prácticas en Diario 16 y me pagaron 40.000 pesetas por ellas. Un compañero de clase (que vivía en un barrio de esos de la periferia, Vallecas o por ahí, hijo de un camionero, vamos, de clase baja baja) me soltó que por ese dinero él no se hubiera movido de casa. Fijaos cómo son las clases trabajadoras.